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Mostrando entradas de julio, 2007

Guarros

Cristóbal, hoy, para despedir la temporada, voy a dedicarle esta separata a unos cuantos ignorantes. Bueno, unos cuantos no: por desgracia son muchos más que unos cuantos. Pero bueno, como siempre tengo la esperanza de que alguno de ellos me escuche cuando estoy hablando delante del micrófono, a lo mejor lo que digo no cae en saco roto. Lo que yo quiero explicarles a estos ignorantes, Cristóbal, es que hay unos cubos con unas bolsas de plástico dentro y unos armatostes verdes, de plástico también, que sirven para echar basura. Que las papeleras y los contenedores no son la última obra de un artista de esos tan raros, y que no están de adorno en la calle. Que los coches tienen una pequeña bandeja, más o menos a la altura de la palanca de cambios, que se llama cenicero, y que sirve para echar las colillas, el envoltorio de un chicle, o el mismo chicle, fíjate, cuando ya se ha quedado sin sabor de tanto masticarlo. Y que estas bandejitas, los ceniceros, quiero decir, las puede uno vaciar…

George y el sexo

Querido Cristóbal: como ya te dije hace un par de semanas, a mí me gustan mucho los documentales, y todo eso de los animales y la naturaleza me emociona, así que te puedes imaginar que ando preocupado estos días por la tortuga George. La tortuga George, si no sabes quién es, yo te lo explico ahora mismo. Verás, Cristóbal, George no es una tortuga, sino un tortugo, o como quiera que se llamen los machos de la tortuga, bueno, una tortuga macho de los de toda la vida, ya sabes, bañándose en las islas Galápagos a sus ochenta primaveras, que si hay que ver el calor que da el caparazón y todo eso, y los biólogos preocupados porque el pobre animal no se quiere aparear, Cristóbal, ni a la de tres. Y no es porque haber llegado a los ochenta años le suponga un problema, que eso para una tortuga que todavía puede vivir otros doscientos años más no es excusa, sino porque aunque le pongan a una hembra sin caparazón delante, el animal no se arranca. Pero nada Cristóbal, que a la tortuga ―o al tortu…

Superguay

Cristóbal, qué quieres que te diga. Pues te voy a decir la verdad. A mí, a estas alturas, me duelen los oído ya. Y estoy harto, te lo tengo que contar, querido amigo, porque voy a reventar, de la palabra super, de la palabra guay, y de la gente que está todo el día con el puñeterosúper en la boca, cansado de la gente que la única manera de expresar su admiración por algo es con la palabrita guay, y, bueno, espérate, que hay mucha gente, seguro que tú también te toparás con más de una docena cada día, cuya máxima expresión de felicidad es, superguay.
 Yo antes creía que era por los planes de estudio, ya sabes, por esos libros de texto que ahora parecen tebeos y que dado como hablan los jóvenes no deben de servir para mucho. Pero será que me voy haciendo viejo y cada vez me estoy volviendo más cascarrabias, Cristóbal, porque hay gente no tan joven, gente con estudios y con trabajos envidiables que ha olvidado que se puede decir el muy de toda la vida para matizar que algo es más que boni…