Rocío Jurado

Fíjate, Cristóbal, si te digo la verdad, yo jamás habría imaginado que escribiría una separata algún día que se títulase Rocío Jurado, porque a mí, con todos los respetos, el mundo de la copla en general y la cantante de Chipiona en particular, me han interesado siempre bastante poco, por no decirte que nada. Y que su retoña, Rociíto, se haya aprovechado del nombre de su famosa madre para montárselo por el morro me parecía tan vergonzante que se me había quedado la boca seca de pregonarlo cada vez que tenía una oportunidad. Y de su ex marido, el ex guardia civil, mejor no hablamos. Quiero decirte con esto, Cristóbal, que a mí las gente que acostumbra a rellenar las páginas de las revistas del corazón por tener el mismo apellido de un famoso me merece tan poco respeto que no he tenido nunca reparo en decirlo. Pero no es eso de lo que quiero hablar hoy, Cristóbal, sino de respeto, porque lo cierto es que a nadie le deseo la que se ha montado en la puerta de la casa de Rocío Jurado: más de cien periodistas, según he podido enterarme, dándose codazos por ser los primeros en dar la noticia de su muerte, todos muy educados cuando conectaban en directo con el telediario de turno, sin querer pronunciar la palabra muerte, como si una conjura colectiva pudiera impedir dar la noticia que todo el mundo esperaba, antes o después, aunque no quisieran pronunciar la palabra maldita. No sé, Cristóbal, a mí me gusta tanto vivir tranquilo que no concibo otra forma de abandonar el mundo más que también tranquilo, en paz, sin que nadie me moleste a mí o a los míos. Y, fíjate la familia de Rocío Jurado, Cristóbal: tiene narices que estés pasando las noches en vela porque la vida de un ser querido se apaga mientras a la entrada de tu casa hay un centenar de cámaras y de micrófonos, de periodistas capaces de partirse los morros con tal de ser los primeros en dar la noticia, como si en lugar de la puerta de la casa donde hay una persona muriéndose estuvieran en la parrilla de salida de una carrera de coches, dándose tortas por ver quién consigue la pole. Y que no me venga nadie con el derecho a la información, con que si Rocío Jurado era una gran artista y la gente tiene derecho a estar informada. Vamos a decir las cosas claras, hombre, porque nadie parece poner un punto de cordura en este despropósito. Nadie discute que Rocío Jurado haya sido la más grande, ni siquiera yo, que entiendo tanto de copla como de cría de elefantes marinos. A lo mejor tal vez por eso deberíamos reflexionar: si Rocío Jurado, como dicen, ha sido la más grande, lo mínimo que mere-cía, ella y su familia, como cualquiera, a ver si nos damos cuenta de una vez, era el derecho a poder morirse en paz.

© Andrés Pérez Domínguez, mayo de 2006


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