Uniformes y malos modales

No voy a ponerme cursi y a decir que el mundo sería mucho mejor sin soldados, sin policías o sin leyes que nos repriman porque eso no me parece más que el mensaje trasnochado de ciertos utópicos pasados de moda hace ya tres o cuatro décadas por lo menos, pero tampoco me voy a reprimir de contar que odio los uniformes, la prepotencia y los malos modales, y que cuando estas tres cosas se juntan -y por desgracia se juntan muchas veces- el resultado es lo más parecido a lo que debía de ser este país cuando en las escuelas todavía se cantaba por las mañanas el Cara al sol, la gente no podía decir lo que pensaba, podían detenerte si estabas reunido en la calle con cuatro o cinco amigos y quienes se adornaban la cabeza con un tricornio parecían poco menos que la guardia pretoriana del Régimen.
El botón de muestra es ir paseando por la calle, por ejemplo, y encontrarte en un fregado en el que un agente del orden te pide el carnet de identidad y resulta que, como vas andando y te has dejado la cartera en el coche, según el humor del que esté el guardia puedes verte entregando las manos como un corderito para que te pongan los grilletes o pidiendo clemencia como si fueran a fusilarte. Yo, que procuro respetar a las leyes y a la gente de igual manera, siempre he sentido cierta aprensión congénita cuando se me planta delante un tipo serio con uniforme y pistola. Tal vez por eso de haberme educado en un colegio de curas me cuesta soslayar el pensamiento de que si un guardia civil me pide la documentación será porque tendré pinta de delincuente o porque habré hecho algo malo. Incluso a pesar que con sólo oler la mayoría de las bebidas alcohólicas me empiezan a dar arcadas, una noche estuve veinte minutos soplando en un control del alcoholemia porque el aire de la boquilla se me escapaba por los labios y el guardia civil pensaba que estaba borracho hasta que se dio cuenta de que la boquilla que me había dado -y todas las que había en la bolsa- tenían un defecto de fabricación y no se podía soplar por ella.
Y que quede claro que lo de las multas, los puntos del carnet y todo lo que sirva para que ciertos descerebrados vayan a la cárcel me parece magnífico, y yo seré siempre el primero que se ofrecerá a colaborar, a soplar donde haga falta, a firmar donde sea. Pero lo único que pido, ya que ningún tipo con uniforme me pidió disculpas por tenerme aquella vez soplando veinte minutos hasta que me dolía la barriga, ni tampoco el guardia civil que me pidió esta mañana el carnet se lo pensó antes de amenazarme con llevarme detenido al cuartel, es que al menos le hablen a uno con buenos modales. Al final es lo mismo -vas a soplar hasta que eches las tripas si las boquillas están estropeadas y te van a amenazar con llevarte al cuartel o te van a poner los grilletes hasta que puedas identificarte-, pero las buenas maneras, sobre todo si vienen de gente que lleva uniforme y pistola, hacen que la vida sea mucho más agradable.

© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2008

Comentarios

  1. Te has pasado Andrés. No hay que generalizar

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  2. Andrés Pérez Domínguez20 de junio de 2008, 14:37

    No he generalizado. Está bastante claro en el artículo, creo. En cualquier caso, el problema de los malos modales es algo que por desgracia viene con los tiempos. Paradójicamente, dado el talante de muchos de los que ahora visten uniforme, se puede echar de menos a los guardias civiles de antes. Pero no son todos, claro. Y menos mal, porque, si no, apaga y vámonos.

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