El último hombre vivo

A principios del siglo XVIII, Alexander Selkirk, un corsario que ejercía actividades piráticas bajo las órdenes de William Dampier, fue acusado de insubordinación y abandonado a su suerte en la isla de Juan Fernández, frente a la costa chilena, sin mucha más compañía que el sol, el agua salada, un fusil, unas pocas municiones y algunos utensilios. Lejos de amilanarse, el filibustero se adaptó a crueldad de la vida solitaria en una isla desierta. Cuatro años más tarde fue recogido por el propio Dampier. Cuentan que casi había perdido el uso de la palabra, y que tardó varios meses en adaptarse a las maneras del rudo marino que había sido. La historia hubiera pasado totalmente inadvertida de no ser porque un escritor inglés, inspirándose en la odisea de Alexander Selkirk, escribió una de las novelas de aventuras más famosas de todos los tiempos, un libro que, paradojas de la literatura, todo el mundo conoce pero casi nadie ha leído. La historia, claro está, cuenta las andanzas de un tipo al que llamaban Robinson Crusoe.
El 28 de abril de 1789, un oficial inglés llamado Fletcher Christian (Clark Gable, Marlon Brando o Mel Gibson para los cinéfilos), facturó a su capitán William Bligh (Charles Laughton, Trevor Howard o Anthony Hopkins, para los mismos de antes) junto a dieciocho hombres más rumbo a Timor. Estos casi seis mil kilómetros a bordo de una chalupa merecen un capítulo especial dentro de la historia de la Navegación. Pero se ha hablado tanto de Bligh y de Christian que sería imposible añadir nada nuevo sin caer en el aburrimiento, salvo mencionar que, con toda probabilidad, ni el primero era un militar despótico y tirano ni el segundo un apuesto joven dispuesto a jugarse el pellejo por el amor de una joven tahitiana. Marlon Brando sí compró una isla después de rodar la película, pero esa es otra historia... El caso es que, después de amotinarse, Fletcher Christian llevó a sus aguerridos marineros, junto con un grupo de tahitianos, hasta la isla de Pitcairn, un pedazo de tierra de menos de seis kilómetros cuadrados de superficie.
Dieciocho años después, un barco americano recaló en la isla y sólo encontró un superviviente de los marineros amotinados; el resto, incluido Fletcher Christian (aunque se especula con que regresó a Inglaterra), perdió la vida a consecuencia de escaramuzas con los propios tahitianos, o por otras causas no menos violentas. Hoy, los treinta y ocho habitantes de la isla de Pitcairn son los descendientes de aquellos marineros amotinados y de los tahitianos que arrastraron en su aventura, pero que, oh decepción, visten sudaderas y gorras de béisbol, como Dios y los americanos mandan. Nos lo cuenta Dea Birkett, una periodista británica que ha pasado una temporada en la isla, de la que afirma que es una cárcel, igual que todas las islas desiertas, y a donde asegura no querer volver jamás.
Qué ironía: resulta que el remanso de paz de las islas paradísiacas es tan falso como las imágenes que exhiben los escaparates de las agencias de viajes. Uno tiene que aceptar, por mucho que le cueste, que la isla inventada donde la imaginación de William Golding puso a unos niños para hacernos ver la mosntruosidad de la naturaleza humana puede ser tan real como la vida misma, como la isla de Pitcairn. Pero esta afirmación es tan difícil de asumir como la infidelidad de un ser querido, aunque lo estemos viendo con nuestros propios ojos. Porque tiene que haber un paraíso, necesitamos que exista un sitio donde sentirnos a gusto. Las playas no están tan lejos como para considerarlas inaccesibles, aunque se corre el riesgo de, al llegar la costa, tener que frotarse los ojos, sorprendido por no poder encontrar ni un solo metro cuadrado de arena libre, padecer la misma perplejidad que la periodista inglesa al descubrir que los descendientes de Fletcher Christian exhiben gorras de béisbol y sudaderas, como cualquier turista. Pero, si uno pone verdadero empeño, acabará encontrando su paraíso cualquier domingo de verano, lejos de las playas atestadas de bronceador y cáscaras de plátano, tomando una cerveza helada en un bar de cualquier ciudad española diezmada por el éxodo veraniego, acompañado de unas pocas almas gemelas, en pos de un ideal diferente al de la mayoría, o tiritando de frío en una sala de cine casi vacía, o quizá simplemente cruzando una calle desierta, aparcando el coche sin tener que dar tediosas vueltas a la manzana una y otra vez, sin más compañía que uno mismo, como Charlton Heston en aquella película catastrofista, El último hombre vivo.

© Andrés Pérez Domínguez, 1999

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