Vertederos

Una lata de refresco —no me dio tiempo a ver la marca mientras zigzageaba con el coche para esquivarla—, una cáscara de plátano, luego otra, y otra, y otra más; después, un trozo del plátano, pero ya pelado —hasta los guarros pueden ser considerados—, y por último, una servilleta manchada. Al menos queda el consuelo de saber que le había quedado la boca sin mácula. Los que circulábamos detrás hacíamos eses, como si estuviésemos compitiendo en una carrera de obstáculos, para esquivar las inmundicias del coche que encabezaba la caravana. Apuesto a que la misma escena se ha repetido como un programa copiado en casi todas, por no decir todas, las carreteras de España en estos días de vacaciones. No es que el resto del año seamos más limpios, sino que, por fortuna, salimos menos.
Muchos de los que alguna vez han viajado a Centroeuropa regresan fascinados por el nivel de vida, deslumbrados por los coches de Alemania, sorprendidos de la cantidad de marcas diferentes de cerveza que, incomprensiblemente, se bebe tibia.
Pero si uno agudiza un poco la mirada, enseguida se dará cuenta de la profunda conciencia ecológica arraigada por esas tierras. No quisiera poner la mano en el fuego por nadie, pero apostaría que hechos tan repugnantes como el que narro al principio no serían tolerados en muchos sitios con la misma paciencia misericordiosa que aquí. Un amigo me contó hace años que arrojó un papel al suelo cuando iba paseando por la calle, pero que inmediatamente tuvo que agacharse para recogerlo, porque la fiera mirada de los transeúntes lo hizo avergonzarse. Pero bueno, mi amigo paseaba por Helsinki, y es que los extranjeros, ya se sabe... Si hoy hubiera hecho lo mismo, en Sevilla, por ejemplo, es difícil que alguien lo mirase de mala manera, aunque, quién sabe, siempre hay algún indeseable metiendo las narices donde no lo llaman...
No sé qué habría que hacer para que fuésemos un poco más limpios, para que no arrojáramos desperdicios por la ventanilla con tanta ligereza, para que nos acostumbráramos a llevar bolsas a la playa donde recoger las latas y los trozos de papel de aluminio que nos sobran en lugar de enterrarlos en la arena. En Cullera, sin ir más lejos, el ayuntamiento ha prohibido expresamente comer en la playa. Es una medida drástica, y yo no soy quién para juzgarla. Supongo que es un problema de educación, tampoco hay que darle muchas más vueltas. Basta con ver el suelo de algunos bares, alfombrados con servilletas sucias, colillas o sobrecitos de azúcar y descafeinado vacíos. Es la costumbre y eso, dicen, crea ley.
De momento, y espero que no por mucho tiempo, sólo nos queda resignarnos, y tal vez sentir una leve empatía hacia el aventurero Thor Heyerdahl, que se lamentaba el otro día en Barcelona de que ya no es posible viajar por el Pacífico sin encontrarse una mancha de aceite, o un envase de plástico.
Nos queda el consuelo de, gracias a nuestras costumbres porcinas, no tener que viajar tan lejos para comprobar lo guarros que podemos ser: basta conducir un rato por una carretera —a poco que lo busquemos, seguro que encontramos algún gorrino al volante—, o darse una vuelta por la playa en estos días agosteños, a la hora del crepúsculo, mientras la basura espera ser recogida de la arena.

© Andrés Pérez Domínguez, 1999

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