El síndrome de Mowgli en ABC de Sevilla

Foto: Pepe Ortega
«El boxeo es una metáfora de la vida: si te tumban, te tienes que levantar»
9-10-2008
POR Mª EUGENIA GUTIÉRREZ
SEVILLA.
Rafael Montalbán, un «tipo con buen corazón aunque con pintas de matón», es el protagonista de «El Síndrome de Mowgli» (Algaida), la última novela de Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) -ganadora del XVII Premio Luis Berenguer-, donde se combina el entretenimiento con la calidad literaria, los valores morales con los sentimientos, dando así vida a la biografía personal de un «héroe cansado».
-«El que se sitúa fuera de la comunidad pierde de una forma u otra su cualidad de ser humano y se convierte en una especie de reencarnación de genios malignos, pero señalado y temido por todo el mundo». Rafael Montalbán es una de esas personas que vive al margen de la sociedad.
-¡Claro! ¡Es como Mowgli! La complejidad que tiene esta novela es que surge de una metáfora. Y esa metáfora es «El síndrome de Mowgli». Dysney hace unas películas muy bonitas, pero desvirtúa el sentido de las historias. Recuerdo que cuando leí «El Libro de la Selva» a mí me daba mucha pena de Mowgli porque, como todo el mundo sabe, era un cachorro-hombre criado por una manada de lobos, un cachorro-hombre que tuvo que dejar la manada porque desconfiaban de él. Y, entonces, se va a vivir a una aldea con los hombres. Pero de allí también tiene que huir porque los hombres lo consideran un animal. Y no le queda más remedio que convertirse en un cazador solitario de la selva. Montalbán se da cuenta de que le sucede lo mismo que a Mowgli. Es más, creo que todos hemos sido un poco Mowgli: Todos hemos estado en algún sitio que no nos ha gustado o trabajamos en algo que tampoco nos gusta. «El síndrome de Mowgli», en definitiva, es la falta de pertenencia, el no encontrar tu lugar en el mundo.
-¿Es un homenaje a los héroes de nuestra infancia?
-Sí. Lo que pasa es que Montalbán no es un antihéroe, si no que es más bien -y Arturo Pérez Reverte lo define muy bien- un «héroe cansado», es decir, una persona a la que no le queda más remedio que ser un héroe. Y, en cierto modo, sí que es también un homenaje a los tebeos de la niñez y al personaje de Ruyard Kipling.
-¿Se ha sentido más Graham Greene en esta novela, por eso de poder hurgar en el alma de Montalbán?
-Aunque mis otras dos novelas tienen como marco el espionaje y «El síndrome de Mowgli» no, existen ciertos aspectos comunes a todas ellas. Y es que hay ciertos temas que forman parte de mi universo literario, como es la traición y la manera de redimirse de ella, que sí que están presentes tanto en «La clave Pinner» como en «El factor Einstein». En esto sí que me parezco un poco a Graham Greene.
-Pero el hecho de que esté narrada en primera persona le permite ahondar en las pasiones y obsesiones del personaje.
-¡Claro! Porque una novela en primera persona te limita en cuanto a la perspectiva, ya que sólo expones el punto de vista de un personaje, pero a la vez tienes mucha más libertad para introducirte en el personaje.
-Una de las obsesiones de Montalbán es Lola, que aparece siempre como un espejismo ...-Ese es otro de los puntos comunes en mis historias. Las mujeres siempre son el motor de la historia, aunque aparezcan en un segundo plano. Montalbán sabe que el viaje que va a emprender es absurdo. A pesar de ello, va a Madrid, viaja hasta la costa de Cádiz para luego encontrarse con ella en Lisboa. Sabe que es absurdo pero tiene que saldar la cuenta que tiene pendiente desde hace dieciocho años para poder empezar de nuevo.
-Si Montalbán fuese Ulises, por ejemplo, parece que no le importa tanto llegar a Ítaca como el hecho de emprender el viaje.
-Efectivamente porque lo importante para Montalbán es el camino y no la meta Pero también es un poco quijotesco porque sabe que su viaje es absurdo, aunque también sabe que está obligado a emprenderlo.
-«Un, dos, tres». El libro comprende tres asaltos, como si la vida fuese un combate de boxeo.
-Efectivamente, el boxeo es una metáfora muy interesante de la vida porque la vida a veces consiste en levantarse, en no rendirse y, si te tumban, volverte a levantar. Además, para un tipo como Montalbán estar dentro de un cuadrilátero supone dotar de un orden a su vida. Porque la vida fuera carece de reglas y nadie te respeta.
-La escena en la que Montalbán «expía sus culpas» participando en un programa de radio está basada en una anécdota real, ¿no?
-Eso es muy interesante. Llevo muchos años siendo colaborador de una emisora de radio y, por un lado, esto supone un homenaje a la radio. Por otro lado, lo que hago es ficcionar parte de un hecho real. En 2003 estaba haciendo en Onda Cero un programa literario donde entrevistábamos al autor como si fuese el personaje de su novela. Y uno de los escritores que entrevisté fue David Torres, que ese año había sido finalista del Premio Nadal con «El gran silencio», cuyo protagonista también es un ex-boxeador. Y a la semana me llega una carta de un señora de Barcelona pidiéndome que le diera el télefono de este personaje porque quería contratarlo para que le diera una paliza a sus vecinos, que le estaban haciendo la vida imposible y la policía no le hacía caso. Parece ser que Montalbán es un mal necesario en esta sociedad. Y utilicé esta anécdota como recurso en la novela.
-«En el momento adecuado. Uno llega a los sitios cuando ya no le importan», dice Muñoz Molina en «El invierno en Lisboa». ¿Por qué Lisboa?
-Con esas cuestas empedradas, las fachadas gastadas por la sal del Atlántico, la música de los fados ... todo me venía muy bien para darle ese halo melancólico que yo quería. Además, Lisboa significa para los personajes de mi novela poder cruzar una frontera y dejar atrás todo ese pasado

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