La vida es sueño


Cristóbal, no sé si te has enterado, pero por lo visto este mundo en el que vivimos no es un mundo real, sino más bien un reflejo burdo de otro mundo perfecto que habita en las pantallas de los ordenadores y en los cables del teléfono por donde navega la información; un mundo que podemos construir a nuestra medida, como queramos, un lugar, querido amigo, donde la gente puede inventarse una existencia a la carta en la que no quepan las miserias del mundo en el que todavía nos empeñamos en vivir mucha gente, los que todavía pensamos que hay vida a este lado de la pantalla del ordenador.
Yo nunca he entrado en Second Life, pero parece ser que es como una película en la que cada uno puede elegir el papel que quiera interpretar. Con sólo mover los dedos sobre el teclado, uno puede salir de compras, ligarse a una a tía de esas de las que quita el aliento sólo con imaginarla o ponerse al volante de un Ferrari sin tener que rehipotecar la casa o el futuro de tus hijos. Y, como en una historia de suspense que parece ideada por la mente lúcida y retorcida de Patricia Highsmith, este mundo virtual de Second Life acaba confundiéndose con la vida, enroscándose como una serpiente traviesa. Te cuento esto porque una pareja de ingleses, aficionada a disfrazarse en este carnaval virtual, ha terminado divorciándose porque ella ha descubierto a su marido poniéndole los cuernos en Second Life con otro ente virtual de estos, o como se llame. El asunto, querido amigo, no deja de tener su gracia: la inglesa, la de verdad, la del mundo real, es una jovencita sonrosada a la que le sobran, tirando por lo bajo, cuarenta o cincuenta kilos, y el marido fogoso, el real también, es otro inglés con la piel transparente al que, siendo generoso, le sobran otros cincuenta o sesenta kilos. Pero en este mundo de ficción en el que pasaban las horas se habían convertido en un chico musculoso de gimnasio y en una mujer voluptuosa que dejaba sin respiración a los hombres con sólo menear su culo virtual. Pero, por lo visto, el tipo gordo convertido en cachas en Second Life sin tener que pasar por la disciplina incómoda de sudar ni un minuto en el gimnasio ni dejar de comer palomitas no ha tenido bastante y acabó contratando los servicios de una prostituta electrónica con la que satisfacer sus deseos más inconfesables.
Conque ya ves, querido amigo. Es lo que tienen estas cosas tan modernas: ya ni siquiera puede uno soñar con echar una cana al aire. Si Calderón de la Barca -ya sabes, el de la vida es sueño y los sueños son- levantara la cabeza se quedaría boquiabierto. Ante tremenda gilipollez, claro.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2008

Comentarios

  1. A este paso, con noticias así, encontrar historias para escribir no sé si será más fácil que coser un botón o justamente lo contrario. (Independientemente de que se cuenten bien o no).
    ¿Y qué tal la entrega de tu premio? Supongo que fue, la de ayer, una noche feliz.
    Un abrazo, querido Andrés.

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  2. Sí, Juanma. La realidad siempre, o casi siempre, supera a la ficción.
    Lo de ayer en San Fernando muy bien. Tenía que haberse entregado el premio y publicado El síndrome de Mowgli la pasada primavera, pero como había publicado El factor Einstein en enero se ha retrasado hasta ahora.
    Cuando termine este 2008 llegará el momento de hacer balance, pero hasta ahora ha sido un año ajetreado, viajero, agotador a veces, pero feliz. Y ando en el tramo final de una nueva novela, con lo que al final me va a quedar la sensación de haber aprovechado el tiempo.
    Un abrazo,

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