El mapa del tiempo

Hace poco más de diez años escuché decir a James Cameron que una de las cosas que se planteó cuando estaba rodando Titanic era que durante mucho tiempo -y tal vez quiso decir para siempre- cuando alguien quisiera hacer una nueva película sobre el trasantlántico que se fue a pique después de chocar con aquel iceberg inoportuno en abril de 1912 le fuera muy difícil - imposible, supongo- superar la suya. Pero no es de cine de lo que quiero hablar, ni tampoco me voy a poner a polemizar sobre la calidad de aquella película con Di Caprio y Kate Winslet, sino de Félix J. Palma. Estoy seguro de que a muchos de los que leímos de muy niños La máquina del tiempo de H. G. Wells y luego hemos terminado dedicándonos a esta cosa tan rara de inventar historias, más de una vez hemos pensado en escribir una novela de viajes en el tiempo. Al menos a mí sí se me ha ocurrido alguna vez, y, ya digo, el que esté libre de pecado que tire la primera piedra. No sé si Félix J. Palma cuando estaba escribiendo El mapa del tiempo se puso a pensar y llegó a la misma conclusión que James Cameron con su Titanic, pero después de haberla leído a uno le queda la sensación de que se lo ha puesto difícil a cualquiera que se atreva a recoger el testigo de los viajes temporales. No va a ser fácil, pero nada fácil, superar a una novela como ésta.
Para alguien como yo que, a fuerza de leer, ha terminado malacostumbrándose a dejar a un lado por lo menos las tres cuartas partes de los libros que empieza -porque le aburren o porque, como dice Wells en El mapa del tiempo, un escritor no es más que un embaucador que en cuanto escribe su primera historia jamás volverá a ser un lector inocente-, llegar con satisfacción al final de una novela de más de seiscientas páginas es tan gratificante como encontrar un tesoro, una de esas pepitas de oro que nos deslumbran muy de tarde en tarde y que hacen que haya merecido la pena estar tanto tiempo agachado agitando el cedazo en la orilla del río.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2009

Comentarios

  1. En cuanto termine lo que estoy leyendo, me adentraré sin dudas en el tesoro de Félix.
    Gracias por el consejo.

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  2. Es un tesoro, de verdad que sí. Espero que lo disfrutes

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