El ciclista solitario

Odio el verano, y el calor. Y eso, en una ciudad como Sevilla supongo que debe de ser tan triste como ser esquimal y que tu mayor afición sea veranear en agosto en una playa bulliciosa.
Sin embargo, una de las cosas mejores que tiene el verano la descubrí -o la redescubrí- hace ahora un par de años: la bicicleta. Apenas había vuelto a pedalear desde niño, pero salir al campo en bici estas tardes lo hacen a uno reconciliarse con el verano, con la luz excesiva, con el calor, con esta tierra.
Me gusta salir a última hora de la tarde, cuando el sol se cae en el horizonte y tengo que apretar el pedaleo antes de que se esconda del todo tras los eucaliptos. O por la mañana, muy temprano, a veces entre dos luces, pendiente también del sol, que enseguida estará ahí arriba y no me dará tregua.
Para el que haya tenido la suerte de crecer en el campo, pedalear por un sendero una tarde de verano es como regresar a la infancia: el olor de la tierra, los conejos que se cruzan a toda prisa en el camino cuando te escuchan venir, una garza que levanta el vuelo o un pato que esconde la cabeza un instante en el río.
De vez en cuando me encuentro con algún grupo de ciclistas. Cada vez hay más aficionados a pedalear por el campo cuando llega el verano. Algunas veces yo también he salido en grupo, pero prefiero ser un ciclista solitario que establece su propio ritmo, cuando lo único que escuchas es tu propia respiración, las piedras que saltan bajo las ruedas. Me gusta perderme, sin rumbo fijo, subir a un cerro y mirar el horizonte, aguantar el aire dentro mientras compruebo que el único sonido posible, ahí, en mitad de ninguna parte, tan lejos de todo que nadie puede molestarme, es el de la brisa, tan suave, que anuncia el verano.
© Andrés Pérez Domínguez, junio de 2009

Comentarios

  1. Qué casualidad, Andrés: yo también odio el calor y el verano, sobre todo desde que vivo exiliado en este asfalto de ciudad. Y también fui un ciclista solitario por los caminos olvidados de Menorca, esa pequeña roca flotante que en verano (y pese a la humedad allí reinante) me retrotrae con nostalgia a la infancia y la primera juventud. Ahora ya hace unos años que colgué la bici y crío barriga. Ya no hay caminos cerca de casa por los que andar como un quijote, escuchando los mil sonidos del campo. Tu artículo me ha hecho recordar aquellas salidas al atardecer, solo comparables con la soledad de salir a navegar.
    Abrazos y felices pedaladas amigo.

    ResponderEliminar
  2. Comparto tu afición por la bici, Andrés. Sin embargo, le encuentro siempre algo positivo a este calor africano que padecemos en Sevilla. Lo mejor es no hacerle caso y pensar que todo pasa.
    Por cierto, también prefiero salir solo: voy a mi ritmo y meditando. No pocas decisiones las he tomado mientras pedalaba.
    Un abrazo

    ResponderEliminar
  3. Diego: son cosas en común que tenemos, los escritores, y mucha más gente. Yo he tenido la suerte de crecer en el campo, y supongo que eso te hace ver las cosas de una forma diferente. Salir a navegar es una de mis cuentas pendientes. A lo más que he llegado es a hacer un curso para manejar el catamarán, y sumergirme con botella hasta 20 metros algunas veces. El verano, pues, también tiene cosas buenas.
    Un abrazo.
    Rafael, te envidio esa forma de aceptar el calor. Yo ayer lo pasé muy mal. Tuve que coger el coche a las 5 de la tarde y marcaba el termómetro, al sol, 51,5 grados. No podía ni tocar el volante.
    A mí me gusta mucho salir solo también porque te ayuda a pensar. Muy buenas ideas para mis libros, la salida de un laberinto o algún personaje que se me había atascado, lo he resuelto también pedaleando, paseando, incluso conduciendo. Me parece recordar que Antonio Muñoz Molina escribió una vez que el movimiento ayuda a pensar.
    Un abrazo,

    ResponderEliminar
  4. Yo comparto con vosotros la soledad, el salir solo a pasear o a tomar una copa. Pensar es un acto solitario y, a menudo, reconciliador. Lo he pasado muy bien viviendo solo o estando solo hasta cualquier hora de la madrugada en cualquier garito.
    Por eso mismo me apasiona también, por ejemplo, nadar: cruzo la piscina una y otra vez, mis brazadas son mecánicas y mi cabeza vuela libre. La bicicleta, ay, Andrés, no puede ser por razones obvias...pero ya me lo montaré para enseñar a mis niños. ¿Quién dijo miedo?

    Un abrazo. (espero que te sintieras cómodo durante la entrevista y que, más o menos, acertáramos con las preguntas)

    ResponderEliminar
  5. Hola, Juanma. Pues sí, este es el club de los solitarios. No todo el mundo entiende el placer de estar solo, al menos de estar solo cuando uno lo busca, que no es lo mismo que estar solo porque no te queda otro remedio. Yo no soy un nadador (al menos fuera de los meses de verano), pero seguro que la sensación de estar contigo mismo debe de ser la misma.
    La entrevista estuvo muy bien. Tengo que subirla aquí, cuando tenga un momento.
    Un abrazo,

    ResponderEliminar
  6. Bueno, bueno, amigo Andrés, que decir de esos tus segundos inicios cuando me enseñaste tu flamante bici del cutre inglés. buenos ratos hemos echado...yo aunque un poco apartado de la bici desde mi separación como sabes, casi todos los días pienso en volver a montarla...ahora bajo de forma, com barriga cervecera por ahogar mis penas con Cruz Campo, y recogiendo a mis hijos un finde si y otro no, no puedo dedicar el esfuerzo que require salir a pedalear por la sierra de aznalcollar como a mi me gusta, así que aquí me tienes en el dique secao de los pedales, peeeerooo, con la moto, si que salgo al campo a dar rienda suelta alos pensamientos, que, aveces, mas me valdría tenerlos sujetos...en fin Amigo Andrés, muy bonito tu relato, me has hecho acompañarte por el corredor verde durante unos kilómetros. Un fuerte Abrazo
    Manolo Oliver

    ResponderEliminar
  7. Pues sí, Manuel: yo siempre digo que, de alguna manera, tú me enviciaste con esto de la bicicleta. Espero que puedas retomar la costumbre de pedalear por el corredor verde pronto. Ir en moto al campo está muy bien, pero no es lo mismo. Sobre todo porque la barriga no deja de acompañarte...
    Un abrazo grande,

    ResponderEliminar
  8. Te acabo de dar un abrazo para felicitarte sinceramente y no me acuesto sin ser el primero en hacerlo públicamente en tu blog.

    ResponderEliminar
  9. Muchas gracias, Félix. Copio tu comentario en la entrada que acabo de cllgar.

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet