Un roto y un descosido

Como no sólo de El violinista de Mauthausen vive el hombre, por aquí dejo esta reseña que ha hecho José Cruz Cabrerizo de mi colección de cuentos El centro de la Tierra en la página La biblioteca imaginaria.

El centro de la Tierra (Andrés Pérez Domínguez, Paréntesis editorial)
No sé si será por vagancia, pero a uno le gustan las historias sencillas sobre gentes sencillas, y sencillas de leer. Es por vagancia, por no molestarme en buscar sinónimos, que repito tres veces “sencillas”, y dos veces “vagancia”. Me gustó leer “El centro de la tierra”, sencillamente. Pero no se confunda si digo esto, porque me considero un lector exigente, y porque este no es un libro para flojos mentales.
Es cierto que tal vez debería sentirme culpable por esa tendencia mía a disfrutar estas narraciones de corte clásico, confeccionadas con los recursos naturales del lenguaje accesible, claras, de este mundo, que no intimidan al lector con un despliegue de medios técnicos que van en detrimento de la materia de la historia contada. Pero bueno, prefiero disfrutar estos relatos que dejan buen sabor, y que el peso de la culpa se quede con algunos de los personajes de estos diez relatos. De todas formas no se la van a quitar de encima aunque para ello se dejen ganar (“Silencio”), o aunque la culpa no sea culpa de ellos, si no más bien del desorden nervioso (“Vainilla y chocolate”). Puedo ponerme bastante pesado con el tema de la culpabilidad, pero esa es la dirección en que me ha movido este libro que contiene algunas trampas para el lector, que no tendrá más remedio que decidir: ¿Es culpable la protagonista de “El centro de la tierra” por dudar ahora sin infringirle o no a Valdivia el castigo que se merece, en nombre de ella y de todos los demás a quienes ella misma tuvo que delatar? Y en relación al mismo relato: ¿Hasta qué punto alguien sometido a tortura es culpable de delación? (p. 157: “… me enseñaron que los valientes no existen más que en las novelas o en las películas, que incluso me hubiera convertido en uno de ellos, en una Valdivia, si me hubiesen obligado a ello.”, p. 161 “Simplemente me faltan las agallas o la determinación para vengarme de Valdivia”.) Aunque no son precisamente agallas lo que les falta a la mayoría de los personajes que transitan estas historias, que si se caracterizan por algo es por su capacidad, o al menos por su voluntad, de coger al toro por los cuernos.
Hay que reconocer la valía de muchos escritores que buscan formas novedosas de contar, la de otros que deslumbran por su inventiva, su capacidad para generar mundos narrativos sin referentes, totalmente “creacionistas”… Pero hay libros de este mundo con los pies en la tierra que se materializan en personajes que trabajan en un taller, prostitutas de nivel medio, empleados despedidos a los que adeudan sus sueldos, gentes enclaustradas en aldeas remotas y atrasadas, libros que al modo de los clásicos son capaces de colmarnos con su lectura, con esa finura sicológica capaz de mostrar el bloqueo que produce la ira (“Vainilla y chocolate” ya citado), la incomodidad del que está fuera de lugar (“Un mundo perfecto” del que también hemos hablado), la empatía, la corrección quirúrgica con que algunos “malos” se empeñan en no hacer más daño del necesario (“No me gusta la violencia: la sangre es demasiado escandalosa y cuesta mucho quitarla de la ropa. Si a otros no les importa ponerse violentos, allá cada cual con su conciencia”, p. 91 relato “En la penumbra”), la necesidad de la mentira piadosa (“Viejos”). Un ejemplo de esa precisión sicológica en este último relato, lo encontrará en la página 76: “Los dos ancianos se fundieron en un largo e intenso abrazo al despedirse: los gestos de las personas mayores suelen estar afectados de efusividad, porque cualquier abrazo o cualquier beso puede ser el último de todos ellos”. Hay unas cuántas frases de este tipo, lugares comunes emocionales (que no literarios), que valen por muchos párrafos de letra, que demuestran un dominio del oficio.
Son diez historias rotundas en lo literario y lo humano. Y creo que de lo humano ya hemos hablado bastante, de modo que vamos ahora con lo literario, pero evitando dar claves que chafen la lectura de estos relatos, que si bien no recurren al truculento recurso del final sorpresivo, sí requieren del secreto. Incluso la lectura de la contraportada del libro arroja datos que “estropean” un poco la sorpresa temática. “Sorpresa temática” (término que acabo de inventarme), es la revelación que el lector tiene a propósito de las claves del relato, del porqué de ese relato, pero teniendo en cuenta que el relato aún no ha terminado y por tanto no podemos hablar de “final sorpresivo”. Esa propuesta mía de no desvelar detalles me complica la explicación, pero basta con decir que el lector no deberá alarmarse cuando en un momento dado encuentre hasta tres situaciones o hechos incoherentes en “Sesión matinal”, y una especie de revelación que luego no es tal revelación como comprenderá el nieto de los sablazos, y el lector de “Viejos”, porque elementos que parecen absurdo por inverosímiles, más adelante va a encajar en el conjunto y van a cobrar todo su sentido.
Para mi gusto y literariamente hablando lo mejor de esta escritura maciza y sin fisuras, un verdadero viaje al centro de las emociones, está en “Vainilla y chocolate”, “Viejos” (al centro de las emociones o del sufrimiento por la falta de ellas como en los, pues hay dos orillas, la de la abuela y la del nieto que bien podría ser alexitímico), “Estado provisional”, “Un mundo perfecto”, y “El centro de la tierra”.
Aunque ninguna de las tramas de cualquiera de los otros relatos desmerece. Todas están ajustadas a la tensión exacta y por eso necesitan una lectura atenta que permite disfrutarlas. Ahora bien, si ya en el colmo de la rijosidad excesiva se me permite diseccionar algunos de los otros relatos, y admitimos que esto que digo es cogérsela con papel del fumar, o moverse en el pantanoso terreno de los gustos personales, puede saltarse los dos apartes que vienen a continuación en esta reseña:
-A “El último viaje” el único pero que puedo sacarle es que me han despistado un poco las frases tan largas y no he logrado situar bien la historia a partir de terminar lo que parece el flashback, quizá porque el autor juega con esa baza, con ese recurso de confusión mental/temporal para meternos en la mente del anciano.
-“La voz interior” me parece que peca del “buenismo” de una de esas soporíferas películas que nos pasan por Navidad con tal de ablandar el más duro de los corazones.
Los clásicos son siempre aconsejables para iniciarse en la lectura. Muchos lectores se quejan de la “dureza” del género relato breve. “El centro de la tierra” es un contemporáneo recién salido que vale lo mismo para un roto que para un descosido, o lo que es lo mismo (y otra vez vuelvo a repetir palabras): apto para el lector de relatos experimentado, al que no va a defraudar, y útil para quien desee adentrarse por primera vez en el territorio de lo breve, al que va a enganchar.

José Cruz Cabrerizo

Comentarios

  1. Hola amigo Andrés soy José Antº el cocinero compañero de tatami,te quería pedir un favor a saber: le he dejado al maestro,tu libro"El centro de la Tierra" y me gustaría que se lo dedicaras a mi querido padre que no es un buen lector y por eso espero que éste libro le sea ameno, mi padre se llama Antº Luna Herrera,ayer martes por la tarde le dió un infarto aunque grave sus constantes son estables y se encuentra muy animado, espero no abusar de tu confianza, recibe un abrazo y muchas gracias.

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  2. Eso está hecho, José Antonio. Intentaré pasarme esta tarde, aunque sea sólo para dedicarle el libro.
    Y dale un abrazo de mi parte a tu padre, y que se mejore.
    Un abrazo,

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