El origen de la bomba atómica

Siempre que llega el dos de agosto me acuerdo. Hoy hace setenta años que Leo Szilard, un inquieto físico húngaro exiliado en Estados Unidos, acudió por segunda vez ese verano a la casa que su amigo Albert Einstein había alquilado en Long Island para que pusiera su firma al final de una carta en la que le iban a advertir al presidente Roosevelt del peligro de una bomba atómica fabricada por los nazis. Quienes hablan más rápido de lo que piensan enseguida culpan a Albert Einstein de la creación de la bomba atómica, del horror de Hiroshima y Nagasaki. Nada más lejos de la verdad. Einstein era un pacifista hasta el tuétano, pero también era judío y se había marchado de Alemania cuando Hitler llegó al poder, en 1933, y como la mayoría de los científicos judíos exiliados en Estados Unidos sabía lo que podía pasar si los nazis eran los primeros en fabricar la bomba atómica. A mí no me cabe duda de que las esvásticas hubieran terminado dando sombra al Big Ben. A finales del 2006 volé a Nueva York y me subí a un tren que me llevó a Long Island para buscar aquella casa en la que Albert Einstein había recibido a Leo Szilard en el verano de 1939. Mucha gente me ha escuchado decir esto: aquel viaje fue el más gratificante de todos los que he hecho para escribir un libro. Ya estaba puliendo mi novela El factor Einstein cuando me planté delante de aquella casa. Recorrí la mismas calles que Albert había recorrido el verano de 1939, me asomé a la misma bahía donde a él le gustaba navegar en el Tinef, un escenario tan importante en la novela que estaba terminando, y me entrevisté con gente que había conocido a Albert Einstein aquel verano que cambiaría el mundo. Como mi amigo Bob Rothman, que aquí me señala el lugar exacto del jardín de su casa donde al final de aquel verano su padre le guardó el velero a Albert Einstein, y me cuenta algunas cosas (del velero y del genio):

En 1939 la amenaza nazi era tan real que no se debería criticar a los científicos judíos exiliados en Estados Unidos tan a la ligera. Y Albert Einstein, insisto, no tuvo la culpa de lo que pasó después. Pero esa es otra historia. Una historia que, como me animaba mi querido Félix J. Palma en una reseña, tal vez algún día me decida a contar en otra novela.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2009

Comentarios

  1. Una historia digna de ser contada, y que tú la contarías muy bien. Eso seguro.
    Un saludo.

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  2. A lo mejor algún día me decido. De momento, no sé. El factor Einstein se publicó en enero de 2008 y aún es pronto. Pero sí es verdad que me gustaría recuperar a algunos personajes de esta novela, por supuesto al profesor Albert Einstein también.
    Un abrazo,

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  3. Por desgracia desconozco tu "Factor Einstein" pero estar ahí, en los escenarios tiene que ser un privilegio. ¿No te condiciona conocer previamente el terreno? En mi caso siempre he preferido no visitar los sitios de los que hablo. Al menos antes de ponerme a escribir, o sólo escribir sobre ellos muchos años después de haber ido, ya que siempre he creido que la memoria que guardamos de los lugares visitados acaba siendo una ficción más en nuestra mente. No sé, son manias,supongo.
    Abrazos desde la isla blanca.

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  4. Depende, Diego: una novela como El factor Einstein requería una documentación sobre el terreno. Y estar allí fue muy importante. También había visitado otros campos de concentración, pero antes de escribir El violinista de Mauthausen tenía que visitar el lager austriaco. Yo prefiero visitar los lugares, si puedo. No me condiciona, lo que ocurre es que aunque sea ficción me gusta que los lugares por donde se mueven mis personajes sean lo más reales posible. Para escribir El síndrome de Mowgli fui a Lisboa, y los otros escenarios que aparecen en El factor Eistein (Nueva York, Berlín, Cracovia) también los visité. Y La clave Pinner, bueno, ésta casi toda transcurre en Sevilla, pero sí había estado en Gibraltar o Londres, que también salen en la novela. Es la forma de trabajar de cada uno, supongo.
    Un abrazo,

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