La rutina feliz

Estoy seguro de que bastante gente piensa que el oficio de escritor tiene que ver mucho con la ensoñación, algo así como estar uno tumbado todo el día, rascándose la barriga mientras aguarda a que la inspiración venga a visitarlo. A algún ignorante he tenido que escuchar decir alguna vez que, como yo soy escritor, seguro que tengo un montón de tiempo para hacer lo que me dé la gana y cuando me dé la gana, o que, si dedico mis días a jugar a “imaginemos” es porque ando sobrado de tiempo. En fin. Tarde o temprano uno tiene que aprender a no escuchar ciertas sandeces.

Pienso en esto porque ando estos días un poco desocupado. La molicie no me va a durar demasiado, apenas una semana o dos, pero a veces me siento tan raro que me dan ganas de subirme por las paredes. Y es que, desde enero de 2008, cuando se publicó El factor Einstein, no he parado. En septiembre iba a estar en las librerías El síndrome de Mowgli, y me esperaba una promoción felizmente ajetreada. En junio empecé a escribir una novela sobre un superviviente de un campo de exterminio que, al ser liberado, viaja a París y a Berlín a buscar a una mujer de la que estuvo enamorado. Y, por si me quedaba algo de tiempo, en otoño me comprometí a publicar una colección de cuentos que debía estar en las librerías en la primavera de 2009. Los cuentos ya estaban escritos, sí, pero había que seleccionarlos y corregirlos mientras trabajaba de lunes a domingo en la novela que había empezado porque, aunque quedaban muchos meses por delante, quería presentarla al Premio Ateneo de Novela de Sevilla.

Al final, en la primavera de este año se publicó El centro de la Tierra, la colección de cuentos, y aquella novela que había empezado en junio de 2008 acabó ganando el Premio Ateneo justo un año después. Quienes frecuentan este blog ya saben lo ajetreado que he estado desde entonces. Después de ganar el Ateneo he pasado el verano corrigiendo El violinista de Mauthausen hasta dejarlo lo mejor posible para los lectores. Durante las últimas semanas he leído la novela hasta que ya no he sido capaz de corregir ni una coma. Tendrá erratas, claro. Siempre digo que un libro sin erratas es como un jardín sin flores. Y ya no puedo mejorarla más, por mucho que la lea. Creo que a finales de octubre o a primeros de noviembre estará en las librerías. Lo anunciaré por aquí cuando lo sepa, y pondré la portada, que, os adelanto ya, me ha gustado mucho. Ya digo: apenas me quedan un par de semanas de tranquilidad, y luego empezará, de nuevo, la marea de la promoción, de la que disfruto pero siempre acabo sintiéndome un poco extraño. Porque el oficio de escritor tiene mucho más de grisura que de glamuroso, y yo tengo varios proyectos de novela en la cabeza que ya me están quitando el sueño. Resulta que, al final, soy como uno de esos ejecutivos que no pueden ser felices cuando no hacen nada o están de vacaciones porque se sienten culpables, y lo único que quiero es eso, disfrutar de mi rutina: levantarme por la mañana, desayunar, sentarme en un rincón tranquilo y darle vida a los personajes que me invento. Y, qué coño: no es una mala manera de ganarse el pan, y me pasé muchos años de mi vida esperando poder dedicarme a esto.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2009

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