A Mauthausen con la prensa (VI. La salchicha, Skármeta, Vargas Llosa y Pérez Domínguez)

Nos metemos en un bar, y al cabo de un rato se nos unen los que se habían quedado en el concierto. Jose Oliva dice que no se quiere marchar de Austria sin probar una salchicha, y allá que vamos. Pregunto en un par de locales, pero nada. Incluso paro a un tipo por la calle, desesperado, para que por favor me diga dónde podemos comernos una de esas salchichas austriacas. Me habla de un sitio, pero hay que coger un autobús. Así que al final nos metemos en uno de los bares en los que habíamos preguntado, y acertamos. No había salchichas, pero tenían una carne estupenda servida en distintas clases de pan. En el bar estuve hablando un rato con Ricard Ruiz Garzón, a quien conocí hace tres años en una cena del Ateneo de Novela de Sevilla, cuando aún no podía imaginar que llegaría a ganarlo. Hablar con Ricard de libros siempre es un placer, y te cuenta las cosas con la tranquilidad y la sensatez de quien sabe de qué va este negocio. Luego nos vamos al hotel, pero cuando nos ven llegar los del bar se acuerdan de que anoche no nos queríamos ir y nos dicen que están a punto de cerrar. Quedamos Ricard, Jose Oliva, María, Toni Polo, Maribel, Óscar Oliveira y yo. Es tarde, mañana nos tenemos que levantar muy temprano porque vamos a Mauthausen, y para mí es la parte más importante del viaje, pero decidimos buscar un bar abierto. Para mí, que lo más fuerte que acostumbro a tomar es el yogurt natural, resulta un poco raro. Pero también se puede tomar un yogurt natural en buena compañía, o al menos salir a la calle con la intención de pedirlo. En el minibar tengo todavía un litro y medio de leche, así que puedo estar tranquilo a la vuelta. Nada me reconforta más que un buen vaso de leche fría al acostarme.

No encontramos nada abierto, y Jose Oliva, el tío con el que más me he reído en el viaje, no desiste en su empeño de no marcharse de Austria sin probar la salchicha. Desandamos el camino y volvemos a cruzar el puente de los Nibelungos. Cada vez que lo cruzamos hace más frío. Nos metemos en un bar y, mientras nos atienden, busco el servicio. Cuando vuelvo, la camarera, que resulta que es chilena, me pregunta que si de verdad soy escritor. Me encojo de hombros, le digo que sí. Nunca sé muy bien cómo responder a estas preguntas. Casi siempre quedas como un pedante o como un imbécil. O las dos cosas.

Nos partimos de risa en el bar. Todos contando anécdotas. La camarera nos baja la música para que podamos hablar. Cuando nos vamos me pide que le dé el título de mi libro. Me pregunta si se ha traducido ya, como si ver el violinista en alemán fuera algo inevitable. Pero si a mí todavía no me han traducido, le explico, aunque, quién sabe. Pero lo mejor es que lo busques en castellano. Me dice que le gustaría tenerlo dedicado, y le digo que, si vuelvo a Linz, pasaré por el bar para dedicárselo. Hasta el día siguiente no me doy cuenta de que estoy rodeado de una tropa de golfos: mientras yo iba al servicio le han contado a la camarera que son un grupo de periodistas que han venido conmigo a Linz. ¿Que no te suena su nombre? Pues muy mal, porque están Skármeta, Vargas Llosa y Pérez Domínguez...


Comentarios

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

François Cluzet