A Mauthausen con la prensa (VII. Esto va en serio)

Por la mañana nos subimos al autobús, camino de Mauthausen, pero antes vamos a parar en el cementerio donde están enterrados los padres de Hitler. Al otro lado de la calle hay una casa, en una esquina, donde el pequeño Adolf pasó unos años de su infancia. Ahora es una funeraria. Su único destino posible tal vez. Nos paramos todos frente a la casa, imaginando al pequeño dictador saliendo por la puerta para ir al colegio. Le pido a Maribel que me haga una foto y cruzo la calle para ponerme delante de la casa. Me planto en la acera, dispuesto a posar, y en ese momento todos sacan sus cámaras y empiezan a disparar, como si fuera un reo delante de un pelotón de fusilamiento. Tardo un instante en darme cuenta, de nuevo, de que hemos venido a trabajar, que hoy es el día más importante del viaje, y que esto va en serio.

Al otro lado de la calle, en el cementerio, volvemos a hacer lo mismo delante de la tumba de los padres de Hitler. Hay unas cuantas flores frescas sobre la piedra. Me hubiera gustado saber quién las ha dejado allí. Entre las lápidas me encuentro con un artilugio que no había visto nunca: una máquina expendedora de cirios.

Poco después llegamos a Mauthausen. Hay tanta niebla que Adrián, el cámara de Telecinco, me dice que no está seguro de que el reportaje vaya a quedar bien. Un poco de niebla resulta bonito, me explica. Pero si hay demasiada no se ve nada. El autobús nos deja en la entrada del campo, y otra vez pongo los pies en este campo de exterminio. Una nueva sesión de fotos. En el autobús me estaba comiendo un chicle. Ahora no encuentro una papelera donde tirarlo y no quiero que se vea en las fotos. Me parece una falta de respeto dejarme fotografiar en el campo o que me graben una entrevista en Mauthausen mientras me estoy comiendo un chicle. Menos mal que encuentro una papelera nada más entrar en el campo. Le he preguntado a Birgit, nuestra guía, si no le importa que la interrumpa en algunos momentos durante la visita, para explicar a los periodistas ciertos detalles que salen en la novela, matizar alguna cosa. Birgit asiente. Ha sido muy paciente conmigo durante el viaje. Begoña y Adrián me colocan un micrófono bajo la chaqueta que habré de llevar durante toda la visita. Yo ya he estado antes, y ahora puedo fijarme en la reacción de los periodistas que visitan por primera vez un campo de exterminio. Es una mezcla de estupor, de horror, de sorpresa al darse cuenta de que lo que han imaginado es posible. Acabamos de cruzar la puerta del campo de Mauthausen. Quien prefiera no saber lo que pasaba allí dentro, que no lea la próxima entrega de este diario de viaje.

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