A Mauthausen con la prensa (VIII. La escalera de la muerte)

Primero está el garaje. Las botas que llevamos para el frío suenan sobre las piedras igual que debieron hacerlo las de los SS. Este sitio apenas lo pisaban los prisioneros, nos cuenta Birgit. Entre el garaje y la Appelplatz vemos algún monumento conmemorativo. Josep Borrell, el director de Clío, se encarga de colocar en su sitio una bandera republicana para hacer las fotos. La cantera está un poco más allá, pero supongo que la dejaremos para el final. Creo que es lo mejor. Primero hay que entrar en el campo, ver los barracones que quedan, las duchas, las cámaras de gas, los hornos crematorios, las fotos de las víctimas y los verdugos, y luego bajar los 186 escalones. Nada más cruzar la Appleplatz, que viene a ser algo así como la plaza del recuento, bajamos a las duchas. Hace tanto frío que uno no puede evitar encogerse al pensar lo que tendría que ser estar bajo el agua helada en invierno. Birgit nos cuenta cosas del campo, yo intervengo de vez en cuando para contar a los periodistas algún pasaje de la novela o para señalar algún lugar que aparece en El violinista de Mauthausen. A veces me quedo rezagado con Begoña y Adrián, de Telecinco, para que me graben algunos planos. En uno de los barracones Jose Oliva, de EFE, me graba una entrevista. Maribel sujeta el micrófono para echar una mano. Apenas hay nadie en el campo. Alicia Giménez Barlett, que está en un congreso sobre novela negra en Linz, se ha unido a nuestro grupo. Detrás de una urna podemos ver una mochila de madera idéntica a la que llevaban los presos a la espalda para subir piedras desde la cantera. La misma mochila que lleva Rubén Castro, uno de los protagonistas de El violinista de Mauthausen. Pasamos mucho tiempo allí dentro. Tanto que parece que vamos a estar muy ajustados para bajar a la cantera. Yo insisto. Venir al campo de exterminio de Mauthausen y no bajar a la cantera sería imperdonable. Me adelanto con Maribel, Montagut y Paco Luis del Pino, de quien apenas me he separado durante la visita porque es el fotógrafo oficial de la expedición. Va a hacer un reportaje para QUE LEER, pero también va a ceder sus fotos a la editorial para la prensa. Como estamos en otoño, hay un manto de hojas alfombrando la escalera. Uno se siente culpable al pensarlo, pero es que la imagen incluso resulta poética. La maldita paradoja de los campos otra vez: la belleza y la crueldad, la música del violín y la muerte que acecha. Al cabo de unos minutos ya están todos en la escalera. Y ahora es el momento de la verdad. Begoña y Adrián vuelven a grabarme para Telecinco. María saca la grabadora de la SER y se sienta conmigo un momento en la escalera. Jose Oliva prepara el trípode y la cámara de nuevo. Zoe, de El Mundo, también prepara los trastos para entrevistarme. Mientras, no dejo de escuchar el click de la cámara de Paco Luis del Pino. Cuando terminamos, apenas nos queda tiempo para comer y para viajar hasta Viena. En el restaurante, al terminar, nos hacemos una foto. Unas horas después nos despedimos en Barcelona. Han sido solo dos días, pero tan intensos que es como si hubieran pasado dos semanas. Doy algunos besos, estrecho unas cuantas manos, me abrazo a unos pocos. Más que un viaje con la prensa siento que tengo un puñado nuevo de amigos. En realidad, es lo que más me importa.

Comentarios

  1. Ha sido un placer y un privilegio como lectora poder acompañarte en tu inolvidable periplo austriaco entrada tras entrada. Gracias y un abrazo.

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  2. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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  3. Gracias a ti, Rocío. Como dijo Marco Polo al volver de China, no he contado ni la mitad de lo que vi.
    Pronto pondré en el blog un vídeo con el resumen del viaje.
    Un abrazo,

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