Atrapar la realidad

Al gran Jose Miguel Giráldez

Se me acumula el trabajo. Tengo tantas cosas que contar de estas semanas felices y agotadoras que estoy viviendo con la promoción de El violinista de Mauthausen que me faltan horas. Durante el último mes y medio he estado en Austria, en Galicia, en Madrid, Bilbao, Barcelona, Cádiz, Córdoba, y algunos sitios más que se me escapan. Ayer llegué de promocionar la novela en Valencia y Murcia, donde no sé si podrá volver a sonar el violín de aquí a las Navidades porque se ha agotado. Muchas gracias desde aquí a todos los lectores de esas tierras que se han interesado en El violinista de Mauthausen. No sé si debería poner por orden cronológico las entrevistas que van saliendo en la prensa, pero me da lo mismo. Voy a empezar por esta, que aparece hoy en El Correo Gallego. La firma Jose Miguel Giráldez, de quien pensaba que era uno de los tipos más generosos con mis libros de cuantos periodistas he tenido la fortuna de conocer desde que me dedico a inventar historias. Ahora no me cabe duda: es de los más grandes. La he leído esta mañana y todavía me tiemblan las piernas. Por cierto, Giráldez: la próxima vez que me cruce por Sevilla con un tío que se parezca a ti no dejaré que se me escape hasta que me diga si eres tú.

"Incluso en medio de la guerra, el amor se abre camino"

13.12.2009
Andrés Pérez Domínguez gana el Ateneo de Sevilla con 'El violinista de Mauthausen'


TEXTO Y FOTO: JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ


La entrevista anual con Andrés Pérez Domínguez es casi una tradición, una costumbre. Una sana costumbre. María Arias siempre me trae a Andrés, desde Sevilla, con algún premio o cosa, con su energía literaria, más que notable, y, sobre todo, con su amistad. Andrés Pérez Domínguez es un buen amigo, un gran amigo, así que le hago la entrevista como amigo, más que como periodista. Que el periodismo me perdone. Le hago la entrevista esta noche, en este hotel del centro de Compostela, mientras llueve furiosamente ahí fuera, o eso me parece. Lorenzo Luengo, el ganador del Ateneo jóven, me mira desde la distancia a la que obliga la mesa del restaurante. No voy a cenar, no. Ya lo he hecho en casa, apresuradamente: estuve comiendo espaguetis delante del televisor. Pero hubiera preferido cenar ahora con estos dos amigos, el joven, el menos joven, María, o sea, que me hubiera quedado a cenar con ellos, como te digo, pero me puse ciego de espaguetis en casa, así, a lo tonto, y ya no puedo sino acceder a libar una copa de albariño con alborozo. Un albariño de oro.

Con Andrés Pérez Domínguez la amistad viene de lejos. Desde La clave Pinner, creo, y por supuesto de los días de El factor Einstein, que a mi chica le ha encantado. Ahora viene con El violinista de Mauthausen (Algaida) bajo el brazo, premiado en el Ateneo de Sevilla, novela de escenarios históricos, de dura memoria, de amor entre el ruido y la furia. La amistad con Andrés viene de lejos, ya digo, y uno se alegra de sus éxitos, de su vertiginosa producción literaria y de su presencia por aquí. Pero si uno no conoce a Andrés Pérez Domínguez, si no tiene esa suerte, lo mejor que puede hacer es visitar su blog, donde esté casi todo lo que hace, incluida su respiración. Andrés publica mucho sus cosas en el blog, como una carta continua, como una carta sin final, una carta a sus admiradores, a sus amigos y a sus herederos. Allí está, por ejemplo, la génesis de esta su última novela, el viaje en pos de los escenarios y las ruinas, la búsqueda de las heridas del paisaje y de la memoira. Allí están las fotos, los instantes compartidos, las visitas difíciles, la sombra de la muerte en los campos de concentración. A veces le basta a Andrés un pequeño respingo de la realidad para saber qué es lo próximo que tiene que contar. La realidad es como un animal agazapado entre la nieve. Como un ser escondido en la esquina que has de doblar. Lo que tienes que hacer es atraparlo.

Un día, por ejemplo, se enteró de que a Einstein lo querían hacer español. Y casi con ese pequeño dato escribió El factor Einstein: fue el hilo rojo del que tiró, hasta trenzar la trama. Lo cuenta en su blog, como tantas otras cosas, con una pasión cercana a la de sus novelas. En La separata, que así se llama ese lugar virtual, puede leerse: "Por el camino estoy hablando con Josep Borrell, el director de Clío, y recuerdo que, hace cinco años, en la consulta de un médico, vi una revista atrasada con Albert Einstein en la portada. Leí el reportaje sobre la oferta que el gobierno de la República hizo en 1933 al Premio Nobel para convertirse en ciudadano español. No le presté demasiada atención entonces, pero luego estuve dándole vueltas hasta que no tuve más remedio que volver a la consulta para pedir la revista. Dos años y tres meses después puse el punto final a El factor Einstein. Pero no estaba seguro de cuál era la revista aquella. Josep Borrel sonríe. Era Clío. Lo publicamos en febrero de 2004, me dice. Vuelvo a parpadear y me quedo pensativo, como ayer en el aeropuerto al saludar a David Solar. Es como si otra vez, sin saber por qué, algo empieza de nuevo a tener sentido".

Y cosas así.

No obstante, yo he venido aquí a hablar de su libro. De su último libro. Pedimos un albariño frío que llena de oro el cuerpo de la noche. Las viandas pasan a mi lado como platillos volantes. Lorenzo Luengo me da una entrevista que ya publiqué el pasado domingo. Lo veo tras las copas con mi cámara azul. Andrés me confiesa que me ha visto en Sevilla, el otro dia, a lo lejos. Pero que no creyó que yo fuera yo. La verdad es que suelo ser yo. Pero a él se le hacía raro, y así fue como nos vimos sin vernos y sin hablarnos. Hoy, ya identificados con nuestros respectivos yoes, con nuestra propia esencia del ser, degustamos el albariño de los dioses y hablamos de la novela, más o menos. Y hablamos del tiempo. Y te digo María que hubiera cenado con ellos, que me hubiera animado. Pero había estado comiendo espaguetis delante del televisor, Jaure me perdone. Y me entretuve libando el albariño, no hasta el alba, sino apenas un par de horas. Andrés, que se mete en la piel de Galicia como una sirena en su cola, me contó casi todo. El resto, puede encontarse en La Separata, creo que ya lo hemos dicho. Pero tampoco estoy muy seguro.

Le digo que, de nuevo, no puede desprenderse la Historia. Ni de la segunda guerra mundial. Le digo que sigue siendo un obseso de la documentación y de la visión cinematográfica de las cosas. Y él, con las viandas volando a nuestro alrededor, y la fuente de oro del albariño, que es la fuente de la edad, me dice: "he vistado varios campos de concentración para hacer todo esto... He vistado Buchenwald, he vistado Auswitch, y por supusto Mauthausen, que es el escenario fundamental en el que transurre mi novela. Yo diría que esta historia tiene tres escenarios principales: el París ocupado por los alemanes, el Berlín de la posguerra de finales del 45 y el campo de Mauthausen, donde murieron siete mil quinientos republicanos". "Algo", añade "que no se había contado nunca de una manera literaria. Afortunadamente hay multitud de biografías, está la Historia y también hay supervivientes aún de ese campo de concentración. Pero mi impresión es que la literatura no había tratado nunca, o casi nunca, de manera concreta, estas cosas". Reconozco la maestría de Andrés Pérez Domínguez para aprovechar los retazos menos gastados de la Historia. Reconozco también su valentía con las tramas y la pasión por contar con verosimilitud aquellos días terribles. Reconozco, en suma, su capacidad para trasladarnos a las atmósferas oscuras de un tiempo atroz, y para mostrarnos, en algún lugar de la tragedia, una luz encendida.
"Se habla de esos siete o siete mil quinientos republicanos" subrayo, "y de cómo fueron casi olvidados por la Historia... pero, sobre todo por la literatura. Es un buen punto de anclaje para esta narración, qué duda cabe", le digo. "Pero, al final, la idea que recorre la columna vertebral de tu novela es el amor". Tal vez, siempre es el amor. "Has dicho en alguna parte de que esta es una novela de esperanza, la esperanza de ese músico bohemio que da título a la historia", le recuerdo. "Así que entre el desastre y el horror, emerge el amor, y la pasión por la vida. Porque el amor suele abrirse camino". Andrés apura un sorbo de oro. Y otro. Yo hago lo propio, y la noche es ya un lugar de luz, en este hotel de pieda, porque el vino puede ser luz, que vengan los romanos y lo vean. Lorenzo Luengo, a su manera, se va involucrando en el albariño y en la conversación, todo ello a partes iguales, y narra su Amerika. Pero eso ya lo conté la semana pasada. No me hagan repetirlo ahora. Andrés bebe ahora un sorbo de albariño. Ahora posa la copa. Ahora toma la servilleta y se seca con cuidado la comisura de los labios. Ahora se acomoda en la silla y me contesta. Alguien entra. Hay gente entrando y saliendo, para ser exactos. "La novela sale de una ocasión en que yo estuve en Viena". El camarero ofrece un postre rápido. "La novela sale de una ocasión en que yo estuve en Viena y una pareja bailaba". El camarero ofrece sacarnos una foto. "La novela sale de una ocasión en que yo estuve en Viena y una pareja bailaba en la estación". El camarero se ofrece, etcétera. "Y una pareja bailaba en la estación. Sin música". Etcétera.

"Parecía que nada les importaba. Parecía que estaban ausentes, en su mundo", deja caer Pérez Dominguez, sobre el último minuto de la cena. "Entonces me imaginé a esa pareja en París, me imaginé que él era un republicano español y ella una francesa... A él lo llevan al campo de Mauthausen.... así que ella va a hacer todo lo posible para liberarlo, y, para ello, va a colaborar con los servicios secretos aliados. Y en medio de los dos hay un alemán bohemio, un violinista... y sus vidas se cruzarán durante largo tiempo". Así cuenta la trama Andrés Pérez Domínguez. Así, como yo se la he contado. Casi diría que literalmente, literariamente. Efectivamente. Mientras la noche cae, mientras levantamos la liturgia de la cena, mientras nos hacemos las fotos y hablamos del futuro, Andrés reflexiona: "sabes, porque tú has leído mis novelas, que yo aprovecho mucho la Segunda guerra mundial para analizar, en ese contexto, grandes palabras. Palabras como la traición, el amor o la amistad. Como el fracaso o el sacrificio. Eso, en las guerras, tiene una importancia superlativa".

El amor sobrevuela la novela y la construye. Está, en realidad, en sus entrañas. Le digo que es el ingeniero alemán, el violinista, obligado a abandonar su país, el hombre que pierde su trabajo y se dedica a ser un bohemio callejero, algo que, después de todo, es lo que siempre había deseado ser. Ese violinista no es el personaje central, pero se lleva el título de la novela. Aunque, bien mirado, no existiría el libro sin él. "Es cierto", me dice Andrés ya camino de la puerta y del gran diluvio (¿o eso fue dos días después?). "Es cierto que le violinista no aparece hasta la mitad de la novela, pero sobre el pivotan todos los demás. Y la música es un símbolo en la novela. De hecho, la música salva a uno de los protagonistas", subraya. Y va más lejos: sale hasta la acera. También va más lejos en los que dice: "la obra se abre con tres citas, una de ellas es un proverbio alemán que dice: ‘donde oigas cantar, siéntate alegremente. Los malvados no tienen canciones’. Todos hemos visto La lista de Schlinder y recordamos esa escena en la que los presos están dando vueltas desnudos al campo y los médicos están escuchando música con un gramófono. Esa paradoja entre la crueldad y la sensibilidad es justo lo que he querido capturar con el título de mi novela.
El libro tiene un título dulce y sonoro. El libro tiene un título hermoso y feliz. El libro tiene un contenido terrible y cruel. Parece la historia de la vida: bellas palabras para actos atroces. Andrés está de acuerdo. Luego le hablo de sus descripciones de los crematorios (tuve ocasión de ver todo eso en un viaje que hice a Dachau. Naturalmente, quedé muy impresionado. Creo que no deberíamos dejar de visitar esos lugares, ni otros lugares de tragedia: pasada, o contemporánea". Y Andrés me dice: "se concervan muy bien todos esos signos del horror... a la vista están. Había tres tipos de campos de concentración, de primera, segunda y tercera categoría. Los de primera eran para presos recuperables, los de segunda para una mezcla de presos recuperable y no recuperables y, por último, los de tercera se consideraban lugares para presos que iban allí a morir.... Ya sabes, la famosa frase, ante la perspectiva de los hornos crematorios: ‘de aquí sólo se sale por la chimenea’. Pues bien, de todos los campos de concentración, Mauthausen era el único que puede llamarse completamente de tercera categoría. Así que creo que con eso te respondo ya a tu pregunta".
A veces las historias nacen de un chispazo. De una pequeña señal. De una magia mínima que estalla en un lugar inesperado. A veces las historias crecen desde abajo, casi desde la nada. Y, más allá de la Historia y de la documentación, Andrés Pérez Domínguez ha hecho brotar El violinista de Mauthausen de una de esas historias breves, de un pequeño diamante, de una epifanía, de una luz encendida en un lugar del pasado. Un luz que sigue encendida. Aquel vals sin música que él vio bailar. "Seguro que algunos piensan que te lo has inventado", le digo. "Es demasiado redondo como figura literaria. Es una catapulta de emociones. Pero fue cierto...". "Fue cierto... vaya si fue", sonríe Andrés. "La realidad suele superar a la ficción, ya la saber. Nuestro común amigo José María Merino (magnífico, añado yo) me decía una vez que escribir un cuento es como construir algo con un flash. Y hacer novelas es como ser un espeleólogo. Yo he tirado del hilo, o sea, he tirado de aquel vals. Y ya ves, me han salido unas seiscientas páginas", concluye Andrés Pérez Domínguez.

Ahí, sobre la mesa, quedan esas seiscientas páginas. Una tras otra, avanzando sobre las ruinas de la humanidad, sobre la llama del amor. Un libro de imágenes que surcan la negra espalda del tiempo. Un libro de música. Un libro también, embozado en el sudario del horror. Andrés se despide bajo la lluvia. O quizás soy yo. La noche me devora y ya no estoy. Él se va a dormir.

Comentarios

  1. se nota que ganas amigos, adeptos y todos se someten a tu inquebrantable y amable personalidad.
    Fenomenal artículo. Curioso y original tipo éste...
    un abrazo
    patricio

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  2. Si todos los periodistas fueran (y escribieran) así, otro gallo nos cantaría.
    Aquí tu libro está en todas partes.
    Abrazos

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  3. Diego, sí, la verdad es que otro gallo nos cantaría.

    Patricio, el sábado me encontré a tu hermano Daniel en Atocha. Me dio mucha alegría.

    Abrazos,

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  4. Cuando se juntan dos grandes personas, salen grandes cosas.
    Miguel Giráldez es una excelente persona y un gran profesional, tan humano como objetivo, igual que tú.
    Me alegra que estuvierais juntos, se ve, se palpa que fue un placer. Me ha encantado la cronología de la entrevista.
    Un beso enorme para ambos
    Antonia J Corrales

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  5. Muchas gracias, Antonia. Me consta que Giráldez se asoma de vez en cuando por este blog, así que estoy seguro de que le gustará leer tu comentario.
    La novela, como ves, se ha agotado en algunos sitios.
    Un beso grande,

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