Para manejarse por este blog y no perderse

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martes 21 de abril de 2009

José María Merino en la RAE

En mayo hará ocho años que conocí a José María Merino. Doce meses antes, un relato mío, Ojos Tristes, había ganado el premio Max Aub, y según las bases la ceremonia de entrega era el año siguiente, en Segorbe. Mis publicaciones entonces se reducían a dos o tres cuentos editados por aquellas instituciones que convocaban los premios que había tenido la suerte de ganar. Muy poco antes de salir para Segorbe me contaron que José María Merino iba a estar tres días por allí también porque era jurado ese año. Cogí un par de esos cuentos que tenía publicados y los guardé en la maleta.
Esta foto que rescato por aquí es de uno de aquellos ratos felices de Segorbe. Los cuentos los tenía en la habitación de hotel y no me atreví a dárselos a Merino hasta el último día. No esperaba su opinión, ni siquiera que me dijera nada, pero me di cuenta de que José María Merino era un tipo sencillo y amable al que me apetecía regalarle un par de cuentos míos. Sólo eso.

Ya digo. Aquello fue hace ocho años, y esta foto es del domingo pasado, el día que mi querido José María leyó su discurso de ingreso en la RAE. En enero me llegó un correo suyo invitándome a asistir, y no miento si digo que en todos estos años que llevo peleando en este oficio tan raro de inventar historias, el rato del domingo en la Academia ha sido uno de los más felices. Feliz por mi querido Merino, y feliz también por mí, orgulloso -sí, mucho, por qué no decirlo- de que me invitase.

A veces me preguntan qué premio de los que he tenido la suerte de ganar ha sido el más valioso, y siempre respondo, sin dudarlo, que el Max Aub. Y cada vez estoy más convencido de que no es por el prestigio que entonces tenía el premio ni por el estímulo que significó para mí ganarlo, sino por viajar a Segorbe y haber tenido la suerte de conocer a José María Merino. Durante las horas tan pesadas del viaje en tren me dediqué a pulir el original de La clave Pinner que daría por concluido pocas semanas más tarde y que José María Merino acabaría presentándome en Madrid tres años después.

Siempre ha sido muy bueno conmigo. He procurado molestarlo muy poco, pero desde que lo conozco no ha habido una sola llamada mía que no haya atendido o devuelto, un correo o una carta que no haya respondido. No sé si José María Merino es consciente de cuánto ha significado su amistad y su cariño para mí durante estos años, y ya tenía ganas de decírselo y de que se entere todo el que se asome por aquí.

Por aquí dejo este montaje casero del acto. La única pena es que no pude grabar el discurso de José María Merino. Un vigilante me había dicho que no se podía. Pero al final vi que había varias cámaras grabando y me arriesgué.

Desde aquel mayo de 2001 he tenido la suerte de publicar tres novelas. Y uno de las primeras personas a las que siempre mando mis libros recién salidos de la imprenta es a José María Merino. Al cabo, no es muy diferente a cuando le regalé aquellos cuentos en Segorbe: quiero que él las tenga, y si las quiere leer bien, y si no, no pasa nada. Entre amigos escritores nunca se preguntan estas cosas.

En Segorbe tampoco le pregunté su opinión, pero Merino al despedirse, no sé si se acuerda, hizo un aparte conmigo y me dijo que le habían gustado mis cuentos. Pocos días después me llegó un libro suyo dedicado y me contaba que Ojos Tristes, mi cuento que había ganado el Max Aub, también le había gustado mucho. Lo escribo y no puedo dejar de sonreír, agradecido. Dentro de muy poco saldrá un libro de cuentos mío, El centro de la Tierra. Pronto hablaré de él por aquí. Aquellos dos cuentos que le regalé a Merino cuando superé la vergüenza se podrán leer en esta colección. Pero lo que más me satisface es que mi nuevo libro estará dedicado al Excelentísimo Señor -creo que por ser académico éste es el tratamiento que le corresponde- José María Merino.

jueves 16 de abril de 2009

Punto final

“Ni sentir sobre la piel la deliciosa brisa que anuncia el verano, ni acariciar otro cuerpo, ni beber whisky escocés en la bañera hasta que se enfríe el agua ni, en fin, cualquier otro placer que se le ocurriese, proporcionaba a Wells un bienestar mayor que el que sentía cada vez que ponía el punto y final a una novela”
No son mías estas palabras, sino de mi amigo Félix J. Palma en su espléndida novela, El mapa del tiempo, pero las suscribo de cabo a rabo. Esta mañana yo he puesto el punto final a una novela que me ha tenido ocupado el último año. Escribir una novela es parecido a una travesía: al principio empiezas a navegar con la ilusión de las nuevas experiencias, pero luego dejas de ver la costa y a veces hay tormenta, y otras no sopla el viento y piensas que a pesar de haber navegado antes tal vez ahora no seas capaz de llevar la nave a su destino, que quizá el barco se hunda en el camino porque te pille una ola de través o porque no hayas podido reparar esa vía de agua puñetera que tenías desde que emprendiste el viaje y que te ha dado la cara en el momento más inoportuno.
Yo esta mañana he atracado el barco, he echado el ancla y he cerrado los ojos un momento, feliz por haber llegado. Supongo que algunos escritores encenderán un puro o se tomarán una copa cuando terminan una novela, pero yo ni bebo ni fumo, conque no me queda otra que poner los pies en la mesa, cruzar los dedos detrás de la nuca y escuchar como un regalo el zumbido de la impresora al convertir en papel el texto que tengo en el ordenador después de haber sido un manuscrito fabricado con mi pluma favorita.

No sé a quienes escriben y se asoman por aquí qué les ocurre, pero a mí, cuando termino una novela -y más si, como ésta, ronda las 600 páginas-, siempre me asaltan a partes iguales la satisfacción, el cansancio, el vacío y la incertidumbre. Por un lado me siento un poco más solo puesto que ya sus personajes dejarán de hacerme compañía, pero también estoy contento por haberme librado de un trabajo que en la última fase suele empezar a resultar muy cansado y, como el reo el veredicto del tribunal, aguardo con toda la paciencia que puedo a que algunas personas muy queridas para mí a quienes acabo de imprimir unas copias de la novela me digan qué les parece, preocupado de que algunas partes de la historia les resulten un laberinto confuso del que sólo puedan salir abandonando su lectura o con la esperanza de que se emocionen en determinados pasajes. Pero la experiencia de cada lector es única, y ésta es quizá una de las cosas más misteriosas y más maravillosas también que tiene la Literatura. Y a partir de ahora, en cuanto que una de las personas a las que acabo de entregar el manuscrito empiece a leerla, dejará de pertenecerme por completo. Y me gusta que sea así.
No sé cuándo se publicará, ni cómo, ni con quién. Tiempo habrá para ello, para que sea rechazada incluso. Con los libros nunca se sabe.
Ahora voy a ponerme con las galeradas de El centro de la Tierra, mi libro de cuentos que saldrá en mayo en la editorial Paréntesis, y me gustaría asomarme un poco al mundo también, porque llevo mucho tiempo encerrado; sentir esa brisa fresca de la que habla el párrafo de la novela de Félix J. Palma, leer todos esos libros que tengo aparcados desde hace tanto tiempo, ver unas cuantas películas, estar con los míos, vivir. Y también dejar alguna reflexión en este blog de vez en cuando, que también lo tengo un poco abandonado.
El trabajo de escritor tiene mucho más de monacal que de glamuroso de lo que la gente piensa, y hay algo que también me ocurre, invariablemente, cuando termino una novela: me digo que estoy demasiado cansado, que ya no seré capaz de repetir la experiencia de nuevo, pero también sé que antes o después abriré el cuaderno donde guardo las historias que se me ocurren y enseguida me pondré a jugar a “imaginemos”. Y luego será lo mismo de siempre: sentarme a la mesa, diseñar una historia y ponerme a trabajar hasta que se active el piloto automático.
Y está bien que así sea.
PD: la novela que acabo de terminar sucede en tres tiempos: una ciudad ocupada por un ejército invasor durante la II Guerra Mundial, otra ciudad destruida después de la guerra y un campo de exterminio. El título, de momento, prefiero no decirlo. A mí me gusta, pero los editores no siempre opinan lo mismo. Ya iré avanzando cosas de la novela por aquí. Pero antes iré contando los avances de ese libro de cuentos que me hace tanta ilusión ver publicado: El centro de la Tierra.

lunes 13 de abril de 2009

Letras que vienen del sur

Cuando tus libros llevan ya unos meses en las librerías, si es que, con suerte, aún se mantienen, resulta el doble de placentero por lo menos que haya gente obstinada que sigue empeñándose en escribir de ellos en la prensa. Por aquí rescato esta hermosa reseña que sobre El síndrome de Mowgli ha escrito Diego Prado en el Diario de Menorca.

LETRAS QUE VIENEN DEL SUR
Diego Prado

Andalucía ha sido siempre, por encima de todo, tierra de poetas. Esto parece, no obstante, un tópico si pensamos en aquella generación de narradores de los 60 que algún crítico sobrado de ingenio bautizó como los narraluces y en cuya nómina estaban nombres señeros como Caballero Bonald o Alfonso Grosso. En nuestros días sin embargo, frente a una lista importante de novelistas, se ha dado desde los 90 una curiosa aparición espontánea de narradores andaluces que han dedicado parte de sus esfuerzos al cuento literario, aún siendo algunos de ellos también consumados novelistas. Unidos apenas por la proximidad generacional y por la geografía, un grupo de cuentistas del sur lleva una década engalanando nuestras letras de un modo sólo comparable al pequeño boom de cuentistas asturianos y castellano-leoneses.


Una explicación posible a tan fantástica proliferación podría hallarse en el hecho de que estas comunidades cuentan con infinidad de premios locales, provinciales y nacionales de cuento. Otra, por el firme enraizamiento en la tradición oral popular. Otra más, porque existen pequeñas editoriales de provincia dispuestas aún a editar relatos, género por lo general ninguneado por los grandes sellos. Sea por lo que sea, es un hecho probado. A bote pronto se me ocurren más de media docena de nombres de cuentistas andaluces actuales: Félix J. Palma (de quien ya hablamos en entregas anteriores), Guillermo Busutil, Juan Bonilla, Hipólito G. Navarro, Andrés Neuman, Manuel Moyano, Ángel Olgoso, Juan Jacinto Muñoz Rengel… Y a esta lista también habría que sumar al sevillano Andrés Pérez Domínguez.
Aunque afianzándose ya como novelista, con tres obras de largo aliento en tres grandes editoriales y dos novelas cortas premiadas, Andrés se fogueó durante años en certámenes de cuento. En sus alacenas tiene premios de relato tan prestigiosos como el Internacional Max Aub, el Ángel Mª de Lera, el José Calderón Escalada, el Elena Soriano, el Gaceta Regional de Salamanca, y así una larga lista. Es cierto que al final, dada la condición intrínsecamente subterránea del cuento, han sido las novelas las que le han reportado lectores y le permiten vivir de este raro oficio de contar. Pero, aunque sólo sea por formación, Andrés tiene la madera del cuentista. Me confiesa que en sus cajones hay montones de cuentos inéditos. En mayo, si todo pinta bien, saldrá un nuevo volumen de ellos en la recién nacida editorial Paréntesis de Sevilla. Curiosamente, Pérez Domínguez sólo ha publicado hasta hoy un libro de cuentos, "Estado provisional", que por desgracia desconozco. Nunca ha dejado de escribir cuentos, aunque ha optado por publicar novela no sólo porque es el único modo de vivir profesionalmente de la escritura, sino porque se considera ante todo un narrador, al margen del género. Ya tenemos algo más en común.
A Andrés le conocí durante un coloquio del Festival BCNegra, y como somos de la misma quinta enseguida congeniamos. Es una de esas personas que con una sonrisa franca dan gracias cada día por poderse dedicar a lo que les gusta, uno de esos tipos sencillos que saben bien que esto es un oficio, una vocación, una especie de sacerdocio. Con el acento inconfundible de ese sur de guadalquivires y velas blancas, con la tez olivar y los ojos abiertos y generosos del que sabe mirar y reinventar el mundo, Andrés ha ido armando una estupenda obra literaria donde el tesón, la paciencia y esfuerzo han sido las claves. De este modo, y tras no pocos avatares, en 2004 llegó su oportunidad y logró publicar su primera novela larga en una gran editorial independiente de Barcelona, Roca. Allí aparecía "La clave Pinner" que a las pocas semanas tenía una segunda edición en la calle y que le hizo visible en el panorama literario actual. Era la gran recompensa a un trabajo realizado contra corriente, robando horas al sueño (Andrés adelantaba el despertador un par de horas antes para ponerse a ello). Cuatro años después publicaba en Martínez Roca "El factor Einstein" con notable éxito y una futura edición de bolsillo a la espera. Ahora es "El síndrome de Mowgli" la que está en las librerías, peleando entre las novedades, una obra con la que Andrés se alzó con el Premio Internacional Luís Berenguer de 2008.
El síndrome del título no es otro que el del eterno fracasado, el de aquel que, como el protagonista de "El libro de la selva" de Kipling, no sabe quiénes son los suyos. Cuenta la historia de un ex-boxeador sin suerte, un merodeador del abismo, que intenta redimirse a través de la recuperación de un viejo amor de juventud. Pero las cosas nunca son tan sencillas, claro. Con una prosa donde la contención estilística juega en pro de la agilidad, y con una especial facilidad para plasmar la psicología de los personajes en sus rasgos cotidianos y aparentemente intrascendentes, Pérez Domínguez logra una novela de trazo eficaz donde lo importante no son tanto los ambientes, los paisajes, las descripciones, sino el comportamiento de los protagonistas, a través de cuyas conductas e interconexiones se va desarrollando la trama, lenta y minuciosamente como en las viejas películas de cine negro que uno tanto ama.
Narrador honesto, de pincel fino y colores discretos, Andrés sabe aunar el interés con la introspección, desde una escritura libre de quincalla, que no se te cae de las manos. Tiene historias por contar y sabe cómo contarlas. Ahora se halla acabando una nueva y extensa novela, así que aún nos aguardan muchos libros suyos en el futuro. Me alegro. Vendrán desde el sur, gaviotas de frases para playas hermanas, saetas de viento que aguardamos como el mar de los veranos. Y mientras tanto, no me cuesta imaginármelo en su rincón de Sanlúcar La Mayor, trabajando como un penitente feliz (porque ése y no otro es el oxímoron que define al escritor), cofrade tan sólo de la literatura. Esperaremos, pues, la migración fecunda de esas letras.

sábado 4 de abril de 2009

Un libro que vale la pena leer

Con los libros sucede cada vez más como con la ropa, pasan de moda en cuanto cambian la temporada y parece que ya no se puedan encontrar. Por fortuna, de El factor Einstein, más de un año después de que se publicase, no dejo de recibir comentarios amables de lectores que han disfrutado con ella. Estos últimos días me han escrito un profesor venezolano que me cuenta que la va a recomendar en las librerías de su país, y un amable lector, Juan Pan, para decirme que había escrito una reseña en su blog. La dejo por aquí.
El factor Einstein
El nombre del autor no me decía nada, pero sí me llamó poderosamente la atención la portada del libro. Era mi tema preferido: el espionaje.
Llevaba bajo el brazo dos libros de autores famosos y los dejé en la estantería para cambiarlo por este: EL FACTOR EINSTEIN. Autor: Andrés Pérez Domínguez, un desconocido hasta ese momento; uno de mis preferidos a partir de ahora.
Luego, en la pestaña interior, descubrí que Andrés Pérez es sevillano, y que a sus cuarenta años ha ganado ya varios concursos literarios, entre ellos el de la XVIII edición del Premio de Novela Luis Berenguer, dotado con 24 000 euros, que convoca cada año la ciudad de San Fernando en homenaje al insigne militar y escritor que nos dejó, entre otras, la famosa novela " El mundo de Juan Lobón", que publicada en 1968 ganó el premio de la Crítica de ese año, y mereció una lujosa y triunfal serie de Televisión Española.

Andrés acumula distintos galardones en concursos de cuentos y novela corta, es autor de la novela La Clave Pinner, editada en 2004. Y colabora de forma habitual con la emisora radiofónica Punto Radio. Me sentía tenso mientras devoraba las 574 páginas del libro. Una historia impresionante, bien llevada, con los justos ingredientes de ternura, misterio y acción que mantienen en vilo a un lector que no desea detenerse hasta saber en qué acaba la trama, el mismo que en varias ocasiones, cuando cree adivinar lo que viene, se sorprende ante el giro que toman las cosas. Al final, el grueso volumen que al tenerlo en mis manos por primera vez me hacía dudar, se me ha hecho corto. Es buenísima. La novela del año, diría yo. Un grupo de eminentes científicos judíos, entre los que se encuentran algunos Premios Nobel de Física, exiliados en Estados Unidos adonde han huido en los comienzos de los años treinta ante la inminente victoria en las elecciones de los nazis, debaten en sus tertulias sobre los últimos avances de la Ciencia. Están preocupados por la proximidad de la guerra y del uso que puede hacer Hitler de sus descubrimientos. Un científico alemán que no ha podido huir a tiempo les envía información confidencial, y al ser descubierto el servicio secreto alemán envía a la bellísima Frida Von Klein a Nueva York con la misión de introducirse en el círculo de sabios judíos y descubrir lo que saben acerca de los avances alemanes en la construcción de la bomba atómica. La aristocrática y glacial Brida Von Klein, se disfraza de Frida Klein, una joven enamorada, Licenciada en Física, que huye de Alemania por sus discrepancias con el nazismo y por temor a verse encerrada en un fuerte militar—como le ha sucedido a todo el que no ha podido escapar a tiempo—, para trabajar para los nazis. Es tanta su sencillez y simpatía que enseguida cae bien entre los exiliados, quienes, además, no pueden resistir su belleza y algunos de entre ellos acaban enamorados. Nada puede impedir que la fría y calculadora espía cumpla sus órdenes: Frida Von Klein se impone ante la joven enamorada emigrante Frida Klein, un magnífico ejemplo de desdoblamiento de personalidad a lo largo de todo el libro, y va cayendo uno a uno todo aquel que se convierte en obstáculo. Su misión es matar a Albert Einstein, el jefe del grupo de exiliados. Y no sólo porque sea el único que puede impedir que Alemania se adelante a los americanos en construir la bomba, sino porque cuando estudiaba en la universidad descubrió algo sobre Einstein, un dato mucho más importante para ella, que le robaba el sueño y cambió su vida hasta el punto de vivir con la única obsesión de matarlo.
Un libro que vale la pena leer. Os lo recomiendo