A casi todo el mundo le gusta ir a la playa en verano. A mí, sin embargo, me gusta visitar los campos de exterminio nazis. Ya llevo unos cuantos: Büchenwald, Auschwitz, y este verano Mauthausen. De vez en cuando me obligo a viajar hasta uno de estas fábricas de los horrores, como si el hecho de verlos con mis propios ojos pudiera librarlos del olvido, como si la memoria de lo que sucedió allí dentro pudiera quedar intacta si todos nos obligásemos a visitar estos monumentos a la crueldad y, si llega el caso, poder llamar miopes en su propia cara a quienes todavía son capaces de negar, no sin cinismo arrogante, su existencia. Büchenwald, Auschwitz. Hay muchos más: Treblinka, Sobibor, Majdanek, Dachau. Pero yo tenía muchas ganas de visitar el más famoso de los campos de concentración austriacos. Uno, que por alguna razón le obsesionan los temas que tienen que ver con los años treinta y cuarenta, había escuchado alguna vez que, a pesar de que fueron diez mil los republicanos españoles que pasaron por el campo de concentración de Mauthausen y el subcampo de Gusen, cuando se celebró el cincuenta aniversario de la liberación del campo no había allí ninguna bandera española, la más mínima representación del gobierno de nuestro país. Tan sólo una bandera

republicana bajo la que se agrupaban los supervivientes españoles del campo de exterminio.
A veces escuchas ciertas cosas y no te las quieres creer, pero, al cabo, te das cuenta de que lo que estás haciendo en realidad es mirar para otro lado, ignorar la realidad. Pero basta acercarse un día hasta el campo de concentración de Mauthausen, a mitad de camino entre Viena y Salzburgo, para enfrentar con desánimo la realidad. Aparte del horror, el único elemento común que tienen los campos de concentración que he visitado es que se llega a ellos tras un viaje que se antoja idílico, como de cuento de hadas, después de atravesar bosques de ensueño en los que uno no puede imaginar que alguien hubiera tenido el cinismo o la maldad suficiente de levantar aquellos muros que cercaban los barracones. Te preguntas si los prisioneros que vieron esos mismos árboles que tú estás viendo ahora no llegaron a imaginar, con esperanza ingenua, que a lo mejor su destino no iba a ser tan horrible como el que se iban a encontrar en cuanto los guardias del campo se afanaran con las porras para intimidarlos en cuanto se abría el portón del vagón en el que llevaban viajando apretujados desde hacía días.

Por dentro, Mauthausen es como todos los Lager: barracones, instrumentos de tortura, cámaras de gas, hornos crematorios, viejos uniformes con rayas azules y grises, zapatos viejos y fotografías que tal vez uno preferiría no haber visto nunca. Después de visitar lo que hay dentro de los muros pregunto por la famosa cantera de Wiener Graben. He leído muchas historias sobre esa cantera y la escalera donde los supervivientes aseguran que bajo cada uno de sus peldaños hay sangre de un republicano español. Es un corto paseo, pero ese día en Austria hace tanto calor como en Andalucía, y como es mediodía ningún turista se ha aventurado tan lejos. Bajo despacio los ciento ochenta y seis escalones y recorro la explanada del fondo. La hierba brilla, como en un campo de fútbol, y ahora hay un estanque con peces de colores, unos focos enormes, y algunas placas que cuentan, en francés, en alemán, y en ruso, lo que pasó aquí. Los únicos carteles indicativos que he visto en el campo están en esos idiomas. Apenas alguna placa solitaria en castellano recuerda que en Mauthausen murieron 7.500 republicanos españoles. La cantera en la que estoy era un artefacto de exterminio tan eficaz como las cámaras de gas. Yo estoy bien alimentado, he dormido bien y me encuentro en buena forma física, pero después de recorrer el camino inverso para subir la escalera estoy empapado y sin aliento, y no puedo dejar de imaginar lo que sería subirla si sólo pesase cuarenta y cinco kilos y tuviera que llevar a la espalda una piedra descomunal en una mochila de madera.

Antes de marcharme pregunto en la recepción el porqué de la falta de rótulos en español, y una mujer, muy amable, me explica que van a hacer algunas reformas, que si vuelvo dentro de dos o tres años podré comprobar por mí mismo que las cosas han cambiado. Ya me había dado cuenta antes de que en el pueblo de Mauthausen cuesta encontrar indicaciones para llegar al Lager, y no todo el mundo se muestra amable cuando le preguntas cómo encontrarlo. A mí también me daría vergüenza que mi pueblo se hubiera hecho famoso gracias a un campo de concentración. La misma vergüenza que me da no ver una bandera española ondeando en la entrada principal, la misma por la que entraron los tanques norteamericanos cuando liberaron el campo el cinco mayo de 1945. Hoy hace sesenta y cuatro años, pero es como si todavía los supervivientes que aún quedan de Mauthasen tuvieran que resignarse a morir sin patria.