Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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lunes 18 de mayo de 2009

El centro de la Tierra: presentación

Dejo por aquí este vídeo y algunas fotos de la puesta de largo de la editorial Paréntesis el sábado pasado en la feria del Libro de Sevilla, donde compartí mesa en la carpa con mi editor, Antonio Rivero, y mis colegas de letras José Manue Benítez Ariza y Julio Manuel de la Rosa, con quien también estuve compartiendo mesa en febrero en Barcelona sobre literatura y boxeo.
La colección de cuentos que me acaba de publicar Paréntesis, El centro de la Tierra, es de mis libros, tal vez el que más ilusión me hace ver editado. Pero, como ya lo conté el otro día, sólo tenéis que pinchar en el vídeo que está debajo para enteraros.

También dejo por aquí algunas fotos del acto
Aquí estoy, hablando de mis cuentos, con José Manuel Benítez Ariza a mi derecha
Y aquí se nos ve a los cuatro: Antonio Rivero, un servidor, Benítez Ariza y Julio de la Rosa
Antonio Rivero, el editor, y yo mismo

domingo 17 de mayo de 2009

Almas enfrentadas al abismo

Ayer estuvimos en la feria del libro de Sevilla en la puesta de largo de la editorial Paréntesis. Estuvimos José Manuel Benítez Ariza, Julio Manuel de la Rosa y un servidor. Por la mañana pasamos un buen rato con Braulio Ortiz, del Diario de Sevilla, donde hoy hablan de nosotros. Por aquí pego un extracto.
...la iniciativa se presentó ayer en la Feria del Libro, en un acto al que asistieron, junto a De La Rosa, dos voces andaluzas que forman parte del catálogo: José Manuel Benítez Ariza, que propone un viaje a la infancia en la novela Vacaciones de invierno, y Andrés Pérez Domínguez, que con El centro de la Tierra se revela como un certero cuentista tras forjarse un nombre en el ámbito de la novela.
...Pérez Domínguez, por su parte, era hasta ahora conocido por sus novelas El síndrome de Mogwli, El factor Einstein y La clave Pinner, pero en El centro de la Tierra recopila relatos redactados durante los últimos diez años. "Siempre he escrito cuentos porque soy un defensor del género", aclara, "pero había dejado de lado la publicación, ya que es complicado publicar cuentos de forma digna. Tuve ofertas que no me interesaban, y en los sitios donde quería colocar una colección no pudo ser".
Aunque no hay una unidad temática en el conjunto, todas las historias de El centro de la Tierra están protagonizadas por seres derrotados, como un alcohólico rehabilitado que va a visitar a su hija o una mujer que encuentra por casualidad al tipo que la torturó. "Son los personajes que me gustan, gente que está al borde del abismo y en busca de la redención. Creo que eso forma parte de mi universo", asegura el autor.

viernes 15 de mayo de 2009

Feria del Libro

Bueno, pues ya ha llegado la feria del Libro, y este año estaré por allí firmando ejemplares de El síndrome de Mowgli, de mi libro de cuentos recién salido de la imprenta, El centro de la Tierra, y por supuesto también de El factor Einstein y La clave Pinner. Y el que quiera acercarse para cualquier otra cosa será bienvenido también.
Mañana sábado a las 20 h estaremos en la carpa en la puesta de largo de editorial Paréntesis (la editorial que ha publicado mis cuentos) y el viernes 22 estaré firmando en Anabel, de 19-20 h, y en La Casa del Libro, de 20-21 h.
Conque, como decían mis queridos lobos de Kipling, buena caza a todos.

miércoles 6 de mayo de 2009

Pérez Domínguez en El centro de la Tierra

Ya, ya sé que el titular puesto en mi blog queda un poco egocéntrico, pero es que mi libro de cuentos se titula así: El centro de la Tierra, y Alejandro Luque, de El Correo de Andalucía, siempre al quite, ha sido el primero en hablar de él en la prensa. Esto aparecía hoy, y por aquí lo dejo para que quienes se asomen lo puedan leer.
Un abrazo, Alejandro

Pérez Domínguez en El centro de la Tierra


Alejandro Luque
Conocido sobre todo como novelista, Andrés Pérez Domínguez ha querido reunir parte de su narrativa breve dispersa en el volumen El centro de la Tierra (Paréntesis), que recoge diez relatos. La mitad de ellos son inéditos, pero todos han sido premiados en diferentes concursos. “Son el resultado de mis tiempos de certamenero”, comenta el escritor sevillano. “Yo, como todo hijo de vecino, empecé batiéndome el cobre escribiendo cuentos. Y me empeño en seguir escribiéndolos, por más que el mercado pida novelas”. El autor de La clave Pinner, El factor Einstein y El síndrome de Mowgli ha optado por agrupar relatos sin una unidad temática determinada, ni otro elemento de cohesión que el que vincula a sus novelas, el hecho de que “mis personajes, si tienen algo en común, es que están siempre al borde del abismo, y siempre viven tocados por la derrota. Por lo demás, las voces van cambiando, y la única unidad cerrada en sí misma es la que constituye cada historia”, agrega.
Un ladrón que entra en una casa por Nochebuena y tiene un encuentro inesperado con una niña de 7 años, un portero que debe parar un penalti a un delantero con el que lleva 14 años sin hablarse, un alcohólico que sale de la rehabilitación preparado para un encuentro familiar, una mujer víctima de torturas, todas estas figuras y otras muchas se dan cita en El centro de la Tierra, el libro de un escritor que opina que la narrativa corta “tiene como mínimo la misma dignidad que cualquier otro género, y la prueba es que poco a poco las editoriales están apostando por ella”.
Sobre la eterna cuestión de la manera y disposición de escribir relatos o novelas, Pérez Domínguez comenta que “a menudo se teoriza demasiado y uno puede acabar diciendo muchas tonterías. Aunque cada género tenga su dinámica, sus reglas, en definitiva todo consiste en sentarse a escribir”, apostilla.

martes 5 de mayo de 2009

Mauthausen, los hombres sin patria

A casi todo el mundo le gusta ir a la playa en verano. A mí, sin embargo, me gusta visitar los campos de exterminio nazis. Ya llevo unos cuantos: Büchenwald, Auschwitz, y este verano Mauthausen. De vez en cuando me obligo a viajar hasta uno de estas fábricas de los horrores, como si el hecho de verlos con mis propios ojos pudiera librarlos del olvido, como si la memoria de lo que sucedió allí dentro pudiera quedar intacta si todos nos obligásemos a visitar estos monumentos a la crueldad y, si llega el caso, poder llamar miopes en su propia cara a quienes todavía son capaces de negar, no sin cinismo arrogante, su existencia. Büchenwald, Auschwitz. Hay muchos más: Treblinka, Sobibor, Majdanek, Dachau. Pero yo tenía muchas ganas de visitar el más famoso de los campos de concentración austriacos. Uno, que por alguna razón le obsesionan los temas que tienen que ver con los años treinta y cuarenta, había escuchado alguna vez que, a pesar de que fueron diez mil los republicanos españoles que pasaron por el campo de concentración de Mauthausen y el subcampo de Gusen, cuando se celebró el cincuenta aniversario de la liberación del campo no había allí ninguna bandera española, la más mínima representación del gobierno de nuestro país. Tan sólo una bandera republicana bajo la que se agrupaban los supervivientes españoles del campo de exterminio.
A veces escuchas ciertas cosas y no te las quieres creer, pero, al cabo, te das cuenta de que lo que estás haciendo en realidad es mirar para otro lado, ignorar la realidad. Pero basta acercarse un día hasta el campo de concentración de Mauthausen, a mitad de camino entre Viena y Salzburgo, para enfrentar con desánimo la realidad. Aparte del horror, el único elemento común que tienen los campos de concentración que he visitado es que se llega a ellos tras un viaje que se antoja idílico, como de cuento de hadas, después de atravesar bosques de ensueño en los que uno no puede imaginar que alguien hubiera tenido el cinismo o la maldad suficiente de levantar aquellos muros que cercaban los barracones. Te preguntas si los prisioneros que vieron esos mismos árboles que tú estás viendo ahora no llegaron a imaginar, con esperanza ingenua, que a lo mejor su destino no iba a ser tan horrible como el que se iban a encontrar en cuanto los guardias del campo se afanaran con las porras para intimidarlos en cuanto se abría el portón del vagón en el que llevaban viajando apretujados desde hacía días.
Por dentro, Mauthausen es como todos los Lager: barracones, instrumentos de tortura, cámaras de gas, hornos crematorios, viejos uniformes con rayas azules y grises, zapatos viejos y fotografías que tal vez uno preferiría no haber visto nunca. Después de visitar lo que hay dentro de los muros pregunto por la famosa cantera de Wiener Graben. He leído muchas historias sobre esa cantera y la escalera donde los supervivientes aseguran que bajo cada uno de sus peldaños hay sangre de un republicano español. Es un corto paseo, pero ese día en Austria hace tanto calor como en Andalucía, y como es mediodía ningún turista se ha aventurado tan lejos. Bajo despacio los ciento ochenta y seis escalones y recorro la explanada del fondo. La hierba brilla, como en un campo de fútbol, y ahora hay un estanque con peces de colores, unos focos enormes, y algunas placas que cuentan, en francés, en alemán, y en ruso, lo que pasó aquí. Los únicos carteles indicativos que he visto en el campo están en esos idiomas. Apenas alguna placa solitaria en castellano recuerda que en Mauthausen murieron 7.500 republicanos españoles. La cantera en la que estoy era un artefacto de exterminio tan eficaz como las cámaras de gas. Yo estoy bien alimentado, he dormido bien y me encuentro en buena forma física, pero después de recorrer el camino inverso para subir la escalera estoy empapado y sin aliento, y no puedo dejar de imaginar lo que sería subirla si sólo pesase cuarenta y cinco kilos y tuviera que llevar a la espalda una piedra descomunal en una mochila de madera. Antes de marcharme pregunto en la recepción el porqué de la falta de rótulos en español, y una mujer, muy amable, me explica que van a hacer algunas reformas, que si vuelvo dentro de dos o tres años podré comprobar por mí mismo que las cosas han cambiado. Ya me había dado cuenta antes de que en el pueblo de Mauthausen cuesta encontrar indicaciones para llegar al Lager, y no todo el mundo se muestra amable cuando le preguntas cómo encontrarlo. A mí también me daría vergüenza que mi pueblo se hubiera hecho famoso gracias a un campo de concentración. La misma vergüenza que me da no ver una bandera española ondeando en la entrada principal, la misma por la que entraron los tanques norteamericanos cuando liberaron el campo el cinco mayo de 1945. Hoy hace sesenta y cuatro años, pero es como si todavía los supervivientes que aún quedan de Mauthasen tuvieran que resignarse a morir sin patria.