En septiembre empezaré a corregir las galeradas de El violinista de Mauthausen. Las galeradas, para quien no lo sepa, son las pruebas de las novela que uno de ha revisar antes de que se imprima la versión definitiva. A mí me gusta hacerlo. Tener las galeradas en la mano es lo más parecido a ver el libro editado. Aún no lleva la portada, pero puedes ver las páginas tal y como van a quedar en el libro que tendrán los lectores. Trabajar con ellas precisa mucha concentración, pero es el paso previo a su publicación.
El chispazo que dio origen a El violinista de Mauthausen, ya lo he contado alguna vez, fue ver a una pareja muy joven en una estación de metro que bailaba un vals, por la mañana muy temprano, sin música, como si nada de lo que hubiese alrededor les importase. Yo estaba en Viena, y apenas veinticuatro horas antes había visitado el campo de concentración de Mauthausen, así que enlazar las dos ideas sucedió de una forma natural. No sé otros escritores cómo lo hacen, pero a mí, cuando algo me llama la atención no puedo evitar ponerme a jugar a “imaginemos”, y no dejo de darle vueltas hasta que le encuentro sentido. Con La clave Pinner me pasó lo mismo, y también con El factor Einstein o El síndrome de Mowgli y con la mayoría de los cuentos o las novelas cortas que he escrito: he visto o he leído o me han contado algo y de pronto me quedo quieto, el ceño fruncido, como si quisiera descifrar un enigma, y no dejo de obsesionarme hasta que encuentro una solución.
En el metro de Viena no fue diferente: resolví que aquella pareja no estaba allí, sino en París, en junio de 1940. Ella era una joven francesa y él un republicano español exiliado. Él le acaba de pedir a ella matrimonio, pero pronto se lo van a llevar preso al campo de concentración de Mauthausen, claro, y su novia se va a convertir en una espía para los aliados y va a hacer muchas cosas de las que luego tendrá que arrepentirse con tal de salvar la vida de su prometido. La idea me gustaba, pero faltaba algo: al menos literariamente, me van los triángulos amorosos, y así surgió Franz Müller, un violinista alemán que se había marchado de Berlín en 1936 y que terminará colaborando con los nazis a su pesar. Ellos todavía no lo saben, pero las vidas de los tres van a estar unidas para siempre.
La novela tiene tres escenarios principales: París durante la ocupación alemana, Berlín a finales de 1945, cuando los aliados han ocupado la ciudad, y el campo de exterminio de Mauthausen. En Mathausen murieron más de 7.500 republicanos españoles, y para mí siempre han sido los grandes olvidados del Holocausto. También salen en la novela Sevilla, y Londres, y San Sebastían, y Salzburgo.
Siempre digo que, si puedo, me gusta visitar los lugares que aparecen en mis novelas. No es imprescindible, pero sí es bueno hacerlo. Y como de momento no he escrito una novela ambientada en los canales de Marte, hasta ahora he podido patearme todos los escenarios donde han sucedido mis libros. Uno de los momentos clave de El violinista de Mauthausen tiene lugar en la famosa escalera del campo de exterminio. Ciento ochenta y seis escalones desde el fondo de la cantera que los presos tenían que subir con un bloque de piedra cargado a su espalda. Cuentan los supervivientes que debajo de cada peldaño hay sangre de un republicano español. Uno de los protagonistas de mi novela la tenía que subir varias veces, así que antes yo debía bajar al fondo de la cantera, hacerme una idea de lo duro que debía de ser estar allí y luego subir:
A finales de octubre, creo, El violinista de Mauthausen estará en las librerías. Yo ya tengo ganas de verla publicada, que sea leída y que quien quiera me cuente qué le ha parecido. Mientras eso sucede, por aquí seguiré avanzando las novedades.
El chispazo que dio origen a El violinista de Mauthausen, ya lo he contado alguna vez, fue ver a una pareja muy joven en una estación de metro que bailaba un vals, por la mañana muy temprano, sin música, como si nada de lo que hubiese alrededor les importase. Yo estaba en Viena, y apenas veinticuatro horas antes había visitado el campo de concentración de Mauthausen, así que enlazar las dos ideas sucedió de una forma natural. No sé otros escritores cómo lo hacen, pero a mí, cuando algo me llama la atención no puedo evitar ponerme a jugar a “imaginemos”, y no dejo de darle vueltas hasta que le encuentro sentido. Con La clave Pinner me pasó lo mismo, y también con El factor Einstein o El síndrome de Mowgli y con la mayoría de los cuentos o las novelas cortas que he escrito: he visto o he leído o me han contado algo y de pronto me quedo quieto, el ceño fruncido, como si quisiera descifrar un enigma, y no dejo de obsesionarme hasta que encuentro una solución.
En el metro de Viena no fue diferente: resolví que aquella pareja no estaba allí, sino en París, en junio de 1940. Ella era una joven francesa y él un republicano español exiliado. Él le acaba de pedir a ella matrimonio, pero pronto se lo van a llevar preso al campo de concentración de Mauthausen, claro, y su novia se va a convertir en una espía para los aliados y va a hacer muchas cosas de las que luego tendrá que arrepentirse con tal de salvar la vida de su prometido. La idea me gustaba, pero faltaba algo: al menos literariamente, me van los triángulos amorosos, y así surgió Franz Müller, un violinista alemán que se había marchado de Berlín en 1936 y que terminará colaborando con los nazis a su pesar. Ellos todavía no lo saben, pero las vidas de los tres van a estar unidas para siempre.
La novela tiene tres escenarios principales: París durante la ocupación alemana, Berlín a finales de 1945, cuando los aliados han ocupado la ciudad, y el campo de exterminio de Mauthausen. En Mathausen murieron más de 7.500 republicanos españoles, y para mí siempre han sido los grandes olvidados del Holocausto. También salen en la novela Sevilla, y Londres, y San Sebastían, y Salzburgo.
Siempre digo que, si puedo, me gusta visitar los lugares que aparecen en mis novelas. No es imprescindible, pero sí es bueno hacerlo. Y como de momento no he escrito una novela ambientada en los canales de Marte, hasta ahora he podido patearme todos los escenarios donde han sucedido mis libros. Uno de los momentos clave de El violinista de Mauthausen tiene lugar en la famosa escalera del campo de exterminio. Ciento ochenta y seis escalones desde el fondo de la cantera que los presos tenían que subir con un bloque de piedra cargado a su espalda. Cuentan los supervivientes que debajo de cada peldaño hay sangre de un republicano español. Uno de los protagonistas de mi novela la tenía que subir varias veces, así que antes yo debía bajar al fondo de la cantera, hacerme una idea de lo duro que debía de ser estar allí y luego subir:
A finales de octubre, creo, El violinista de Mauthausen estará en las librerías. Yo ya tengo ganas de verla publicada, que sea leída y que quien quiera me cuente qué le ha parecido. Mientras eso sucede, por aquí seguiré avanzando las novedades.
Quienes hablan más rápido de lo que piensan enseguida culpan a Albert Einstein de la creación de la bomba atómica, del horror de Hiroshima y Nagasaki. Nada más lejos de la verdad. Einstein era un pacifista hasta el tuétano, pero también era judío y se había marchado de Alemania cuando Hitler llegó al poder, en 1933, y como la mayoría de los científicos judíos exiliados en Estados Unidos sabía lo que podía pasar si los nazis eran los primeros en fabricar la bomba atómica. A mí no me cabe duda de que las esvásticas hubieran terminado dando sombra al Big Ben.
A finales del 2006 volé a Nueva York y me subí a un tren que me llevó a Long Island para buscar aquella casa en la que Albert Einstein había recibido a Leo Szilard en el verano de 1939. Mucha gente me ha escuchado decir esto: aquel viaje fue el más gratificante de todos los que he hecho para escribir un libro. Ya estaba puliendo mi novela El factor Einstein cuando me planté delante de aquella casa. Recorrí la mismas calles que Albert había recorrido el verano de 1939, me asomé a la misma bahía donde a él le gustaba navegar en el Tinef, un escenario tan importante en la novela que estaba terminando, y me entrevisté con gente que había conocido a Albert Einstein aquel verano que cambiaría el mundo. Como mi amigo Bob Rothman, que aquí me señala el lugar exacto del jardín de su casa donde al final de aquel verano su padre le guardó el velero a Albert Einstein, y me cuenta algunas cosas (del velero y del genio):
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2009