Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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lunes 28 de septiembre de 2009

Adicto a las series

No sé si las adicciones debe uno confesarlas públicamente, pero yo enseguida me engancho a una serie de televisión. Me basta con ver un capítulo, o tal vez dos, para que me pique la curiosidad sobre las vidas de los personajes, cómo se relacionan entre ellos, qué les va a pasar. Para quedar como un pedante puedo decir que lo que me pasa se llama deformación profesional, pero es que, hasta donde la memoria me alcanza, para mí siempre ha sido como si la realidad bailase agarrada con la ficción, inseparables, que lo que pasa en la pantalla me resulte tan cercano como lo sucede al otro lado de la ventana del salón. Con los libros es lo mismo, pero no es de eso de lo que quiero hablar hoy.
Cualquiera que me conozca un poco sabe que cuando hablo de una película que me ha gustado, enseguida se me iluminan los ojos, y que, si contengo mi entusiasmo, es para que no piensen que he perdido la razón y estoy tan confundido que siento que los personajes de los que hablo son tan de carne y hueso como yo mismo.
Sigo yendo al cine, pero me parece que lo mejor de la ficción se puede ver ahora mismo en la tele. Series de diez o de veintitantos episodios. Actores formidables que antes no querían trabajar en la tele y ahora derrochan su talento en folletines fabricados con medios de lujo. Folletines, sí. Porque las series, las que me gustan, se me antojan como esos novelones gordos que uno nunca quiere que se terminen: las dos temporadas de Roma, donde mejor me han contado el asesinato de Julio César. La despiadada Glenn Close en Daños y perjuicios: no me daba tanto miedo desde Atracción fatal, veinte años han pasado, y ahora no lleva cuchillo. El megalómano Enrique VIII que compone Jonathan Rhys Meyers en Los Tudor, que nos ha hecho olvidar al rey gordinflón que retrató Holbein. La paranoia que se gastan los guionistas de Perdidos. Incluso con tantas vueltas de tuerca y flecos sin resolver, me tiene enganchado. Es como si otra vez volviese a leer las novelas de Julio Verne. Por cierto, no me contéis nada, que sólo he visto las dos primeras temporadas. O Héroes, la última que he visto, y que me ha hecho disfrutar tanto como cuando de niño devoraba los tebeos de superhéroes. Sólo he visto la primera temporada, así que no me la destripéis, por favor.
Ya digo: no sé si será deformación profesional o no. Me da igual. Ya lo he dicho antes: la realidad y la ficción se me confunden, y tal vez yo no exista, o a lo mejor lo que soy es un personaje de esas series que me gustan tanto. Al fin y al cabo, yo no soy de esos escritores que dicen que desde niño querían dedicarse a la Literatura. Yo, lo que quería ser de chaval, era un héroe de los tebeos o de las novelas que leía, uno de esos tipos que veía en la tele y me gustaban tanto.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2009

viernes 25 de septiembre de 2009

Pa mear y no echar gota

Yo, hasta ahora, me consideraba un tipo concienciado con esto del medio ambiente. Qué quieren que les diga. Soy capaz de caminar el tiempo que haga falta, con el palito de un helado todavía pegajoso en la mano, hasta que encuentro una papelera, cualquier día me quedo doblado de tanto agacharme cada vez que tiro algo al suelo y se sale de la papelera, que, maldita sea la Ley de Murphy, siempre está llena.

En el sur de España, donde vivo, estamos muy concienciados con eso del ahorro del agua. Hace años tuvimos una sequía bíblica y sabemos lo que son las restricciones o abrir un grifo y que el líquido que sale sea cualquier cosa menos transparente. En fin, para no aburrir a quien recale por aquí: que cierro el grifo mientras me cepillo los dientes o me enjabono en la ducha, y procuro tirar de la cisterna solo cuando es estrictamente necesario. Ya me entienden.

Pero resulta que no, que todavía tengo muchas cosas que aprender, que en esto de ahorrar agua y mirar por el planeta aún estoy en pañales. Ahora, una ONG se ha descolgado con la idea de que, para gastar menos agua, deberíamos todos mear en la ducha. Sí, como lo oyen, no es que me haya vuelto un guarro de pronto a pesar de que me gusta presumir de buenos modales. En esta ONG argumentan que, si nos meásemos todos en la ducha, ahorraríamos cada uno miles de litros de agua al año. Hombre, si nos atenemos estrictamente a los números, no voy a ser yo el que trate de enmedarles la plana. Pero, puestos a ser sinceros, si nos nos duchásemos nunca también nos ahorraríamos un montón de miles de litros de agua, o, siendo más radicales, si aguantásemos todo el mundo la respiración un rato cada día habría mucho más oxígeno del que disfrutar.

Y me he quedado con una duda que me inquieta. A ver si alguien me la puede aclarar: si hay que hacerlo siempre en la bañera, ¿se supone que sólo podemos orinar cuando nos estemos duchando o tenemos que meternos en la bañera para hacer pipí aunque no nos duchemos? Estoy que no vivo. A ver si me alguien me lo puede aclarar, por favor. Me estoy meando y ya no aguanto más.


miércoles 23 de septiembre de 2009

Cada vez más tontos

Como últimamente tengo el blog un poco abandonado, de tanto corregir El violinista de Mauthausen, a veces he pensado que, cuando quisiera volver a ponerme a opinar sobre los asuntos que me tocan ciertas partes que mi sentido del buen gusto no me permiten decir aquí, me iba a costar mucho, que, a lo mejor, la actualidad no me pondría por delante tantas noticias de las que enseguida se me van las manos al teclado para desahogarme, o que, aunque las hubiera (las noticias, quiero decir) de no ejercitarlo ya habría perdido el toque para decir lo que pienso.

Comeduras de coco aparte, al final resulta que no, que aunque lleve una temporada aislado del mundo, basta con encender la tele o abrir un periódico para darte cuenta de que la estupidez sigue siendo la cuestión que manda en la actualidad.

Ayer me entero de que se va a desarrollar una Ley de Cine con "un elemento claro de discriminación positiva en favor de la producción cinematográfica dirigida por mujeres", lo que viene a decir que, en igualdad de condiciones, las películas dirigidas o tal vez producidas por una mujer se van a beneficiar de más ayudas.

Yo me parto, la verdad. Y lo siento si algunas señoras se me a escandalizan o me tachan de misógino. Pero qué gilipolleces hay que escuchar todos los días. Siempre he pensado que el talento es un bien escaso, y que hay que apoyarlo allí donde brote, pero igual de torpe es quien pone trabas que el iluminado que echa una mano a alguien por el sólo hecho de ser mujer, o de ser hombre, me da lo mismo. Yo no sé si hay ayudas para escribir novelas hasta ahora, pago mi cuota de autónomo todos los meses y el carrito del supermercado no me lo ha llenado nunca una subvención, pero me tocaría eso que no me apetece decir que a una novela se la apoyase desde el ministerio de Cultura porque la ha firmado una escritora. Igual de injusto me parecería una ayuda por ser zurdo, por ser pelirrojo o por ser un criador de avestruces que escribe su primera novela o ha sentido la llamada del Cine y quiere hacer una película. La imaginación, cuando de decir tonterías o promulgar leyes extravagantes se trata, parece no tener límites.

Pero a lo mejor sí hay esas ayudas a mujeres que escriben, a mujeres zurdas, o pelirrojas, o a escritoras que en sus ratos libres se dedican a criar avestruces y yo no me he enterado. Es lo que tiene este trabajo de escritor, que te concentras en lo tuyo y la vida te pasa por delante sin que te des cuenta, hasta que abres el periódico o enciendes la tele y te preguntas si es que a lo mejor algún listo ha cambiado la fecha del día de los Inocentes.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2009

domingo 20 de septiembre de 2009

Despechugados

Cualquiera que me conozca sabrá que no soy nada aficionado a los compromisos sociales y que, servidumbres del oficio de escritor aparte, es difícil verme en lugares multitudinarios, que las reuniones de más de dos o tres personas enseguida terminan cansándome. Salvo en contadas ocasiones, me repelen las bodas, las comuniones y los bautizos, y cada vez que en la tele anuncian un coche que se pierde por una carretera solitaria cuyo fin no podemos adivinar, me gustaría estar sentado al volante, con la radio puesta pero perdido en mis propios pensamientos, pergeñando historias que tal vez escriba algún día. Aún no he aprendido a hacerme el nudo de la corbata, por eso hace años que no me pongo ninguna y, cuando me imagino con una, enseguida veo a otro que tiene mi misma cara pero no soy yo, seguro que porque encorbatado me siento tan incómodo como si estuviera en el patíbulo con una soga al cuello mientras el verdugo me ajusta la capucha y un cura murmura unas palabras que lee de una biblia que tiene en las manos.

Pero será que uno es contradictorio, o quizá es que, pese a estas manías, piensa que hay ciertas barreras que no se deben cruzar. Por ejemplo: aunque esté en mi casa, sea verano y el aire acondicionado esté estropeado, soy incapaz de sentarme a comer sin ponerme al menos una camiseta. Tal vez por eso me gustan tan poco los chiringuitos de playa, donde algunos se limpian la grasa de las sardinas restregándose los dedos por los pelos del pecho, al tiempo que las gotas de sudor les chorrean desde la frente. Y es que los tipos a los que les gusta ir despechugados por el mundo se me antojan que pertenecen a una cofradía distinta, un mundo aparte, como si entre todos formasen una hermandad secreta, con sus códigos y sus jerarquías. Los hay que solo enseñan el torso en los chiringuitos de playa. Con cadena hortera colgando del cuello o sin ella, con músculos de gimnasio, con las lorzas derramándose por encima del bañador o tan endebles que al verlos te preocupas de que una ráfaga de viento se los lleve en un descuido. Para todos los gustos, vaya. También están los que van sin camisa en la ciudad, cuando hace mucho calor. Por eso, y por otras cosas que no contaré ahora, a poco que me descuide acabo recibiendo con alivio el final del verano. Cuando termina septiembre, con un poco de suerte hay días que ya no pienso más de lo que debo en estar sentado al volante de uno de esos coches que se pierden por una carretera solitaria, viajando tranquilamente hacia un lugar donde no sea posible encontrarse a nadie.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2009


sábado 12 de septiembre de 2009

Que Dios reparta suerte

Esta tarde me han dado las noticia algunos amigos del Facebook. Yo no tenía ni idea porque llevo unos días enclaustrado corrigiendo las galeradas de El violinista de Mauthausen que debe estar en la calle a finales de octubre. Resulta que mi libro de cuentos, El centro de la Tierra, ha sido seleccionado como finalista en el premio Setenil de cuentos.

Fernando Valls, en su blog, ha puesto la lista de los otros finalistas para que los lectores que han leído los libros opinen sobre ellos.
Muchos de los que frecuentan este blog ya saben que en este libros hay cuentos que escribí entre 1999 y 2007. Resulta muy gratificante ver que, después de tantos años, esta colección ha sido elegida finalista en el premio Setenil. Pues eso, que Dios reparta suerte. El premio, y lo digo de verdad, es estar ahí.

lunes 7 de septiembre de 2009

Narrador del siglo XXI

Hace cinco años, a primeros de septiembre, andaba yo esperando lo que me guardaba el futuro. A mediados de mes estaría en la calle mi primera novela. Ya había publicado otros libros, pero nunca había sido promocionado por una editorial, y aunque era un estímulo, también sentía una gran responsabilidad. Había escrito La clave Pinner tres años antes, y había estado dando tumbos por ahí en algunos premios con más o menos fortuna. Tuve alguna oportunidad de publicarla, pero no acabó de convencerme ninguna. Me llegó la oferta de Roca y no me pareció mal. Llega un momento en que los libros tienen que ver la luz. Siempre he pensado que un manuscrito guardado en el cajón de tu mesa no hace sino criar telarañas.
Un lustro y otras tres novelas más tarde (a finales de octubre creo que estará en la calle El violinista de Mauthausen) aún me llegan comentarios de lectores que me hablan de Gordon Pinner y de Miguel Carmona. No saben cuánto me alegran (o sí, porque les contesto). La clave Pinner es muy especial para mí.
En los últimos días La clave Pinner me ha dado dos nuevas alegrías. Jesús Lens, que debe de tener uno de los blogs más visitados que conozco, contaba que fue jurado en el Memorial Silverio Cañada, en la Semana Negra de Gijón de 2005, donde La clave Pinner competía (no me gusta nada esta palabra, pero bueno, es la que hay) con la de mi paisano Pérez Gandul, Celda 211. Siempre he sostenido que La clave Pinner no es una novela negra, y que, aunque me hizo ilusión estar en Gijón aquel verano, me sentía un poco fuera de lugar. Pero Jesús lo explica mejor en su blog:
"Quiso la casualidad que, después de haberla alabado hasta la saciedad (Celda 211), me tocara ejercer de jurado en la Semana Negra de Gijón, junto a Fernando Marías y un tercer hombre que finalmente nunca apareció, en el premio Silverio Cañada a la mejor primera novela policíaca escrita originalmente en castellano. Con una particularidad: ese año sólo concurrían dos títulos al premio. Una, “Celda 211″. La otra, la también muy apreciable “La clave Pinner”, de Andrés Pérez Domínguez, un excelente novelista al que su posterior trayectoria avala como uno de los más sólidos narradores andaluces del siglo XXI, con novelones como "El síndrome de Mowgli"


Dos jurados. Dos novelas candidatas. ¿Un problema?
En realidad, no. Fernando y yo nos fuimos a una cafetería y resolvimos el asunto cordialmente. Porque siendo una estupenda novela, “La clave Pinner”, con su trama de espionaje, era más una vibrante novela de aventuras que realmente una novela policíaca, negra y criminal, como era “Celda 211″, que nos había deslumbrado a ambos."

Gracias, Jesús, por tus palabras
La otra alegría me la ha dado Luis Vea García, con una reseña en su blog sobre La clave Pinner. Por aquí os la dejo.

"Andrés Pérez Domínguez, del cual he ido encontrándome textos aquí y allí desde su premiado Ojos Tristes presenta en La clave Pinner una historia que acontece a caballo entre dos guerras. Tras un inicio fulgurante, Andrés dispone las piezas para contarnos un relato con dos grandes protagonistas: Pinner y Miguel Carmona.
El autor nos narra una historia de espías partiendo de nuestras propia historia para llegar a la II Guerra Mundial. Con una ambientación que no resulta excesiva, como suele ser habitual en algunos libros con marcado carácter histórico, Andrés Pérez Domínguez va a lo suyo, que es el texto literario, y nos acerca a una trama entre espías con el MI 6 de por medio y sin James Bond pero casi. Poco a poco va agregando escenas del pasado, pasado que va retornando al protagonista al mismo punto del que huyó. Y pasado y presente se van fundiendo, hasta, en algún momento, unirse por la similitud de dos historias que transcurren paralelas en tiempos distintos.
Mientras el mundo anda enzarzado en una guerra, España trata de salir como puede de las penurias de la posguerra y su territorio es el lugar ideal en el que se mueven los servicios de espionaje ingleses y alemanes, aunque también hay referencias a los rusos.
Una historia sin pretensiones que entretendrá a los amantes de la novela de intriga, a los que gustan del género de espionaje y la acción. Y sin embargo, La clave Pinner es algo más porque su autor describe y caracteriza con seriedad, no deja de lado ese tipo de material más literario del que las novelas de acción suelen prescindir. Y eso se agradece porque la trama, los personajes y la ambientación cobran mayor realismo.
Si alguien desea prescindir del best seller facilón, ya puede leer esta convincente novela de Andrés Pérez Domínguez"
Gracias, Luis.
No todos los días sale el sol, y menos ahora que se va el verano, así que no está mal celebrar que hablen bien de un libro tuyo que se publico hace cinco años