Primero está el garaje. Las botas que llevamos para el frío suenan sobre las piedras igual que debieron hacerlo las de los SS. Este sitio apenas lo pisaban los prisioneros, nos cuenta Birgit.
Entre el garaje y la Appelplatz vemos algún monumento conmemorativo. Josep Borrell, el director de Clío, se encarga de colocar en su sitio una bandera republicana para hacer las fotos. La cantera está un poco más allá, pero supongo que la dejaremos para el final.
Creo que es lo mejor. Primero hay que entrar en el campo, ver los barracones que quedan, las duchas, las cámaras de gas, los hornos crematorios, las fotos de las víctimas y los verdugos, y luego bajar los 186 escalones. Nada más cruzar la Appleplatz, que viene a ser algo así como la plaza del recuento, bajamos a las duchas. Hace tanto frío que uno no puede evitar encogerse al pensar lo que tendría que ser estar bajo el agua helada en invierno. Birgit nos cuenta cosas del campo, yo intervengo de vez en cuando para contar a los periodistas algún pasaje de la novela o para señalar algún lugar que aparece en El violinista de Mauthausen.
A veces me quedo rezagado con Begoña y Adrián, de Telecinco, para que me graben algunos planos. En uno de los barracones Jose Oliva, de EFE, me graba una entrevista. Maribel sujeta el micrófono para echar una mano. Apenas hay nadie en el campo. Alicia Giménez Barlett, que está en un congreso sobre novela negra en Linz, se ha unido a nuestro grupo. Detrás de una urna podemos ver una mochila de madera idéntica a la que llevaban los presos a la espalda para subir piedras desde la cantera. La misma mochila que lleva Rubén Castro, uno de los protagonistas de El violinista de Mauthausen. Pasamos mucho tiempo allí dentro. Tanto que parece que vamos a estar muy ajustados para bajar a la cantera. Yo insisto. Venir al campo de exterminio de Mauthausen y no bajar a la cantera sería imperdonable.
Me adelanto con Maribel, Montagut y Paco Luis del Pino, de quien apenas me he separado durante la visita porque es el fotógrafo oficial de la expedición. Va a hacer un reportaje para QUE LEER, pero también va a ceder sus fotos a la editorial para la prensa.
Como estamos en otoño, hay un manto de hojas alfombrando la escalera. Uno se siente culpable al pensarlo, pero es que la imagen incluso resulta poética. La maldita paradoja de los campos otra vez: la belleza y la crueldad, la música del violín y la muerte que acecha. Al cabo de unos minutos ya están todos en la escalera. Y ahora es el momento de la verdad. Begoña y Adrián vuelven a grabarme para Telecinco.
María saca la grabadora de la SER y se sienta conmigo un momento en la escalera. Jose Oliva prepara el trípode y la cámara de nuevo. Zoe, de El Mundo, también prepara los trastos para entrevistarme. Mientras, no dejo de escuchar el click de la cámara de Paco Luis del Pino.
Cuando terminamos, apenas nos queda tiempo para comer y para viajar hasta Viena. En el restaurante, al terminar, nos hacemos una foto.
Unas horas después nos despedimos en Barcelona. Han sido solo dos días, pero tan intensos que es como si hubieran pasado dos semanas. Doy algunos besos, estrecho unas cuantas manos, me abrazo a unos pocos. Más que un viaje con la prensa siento que tengo un puñado nuevo de amigos. En realidad, es lo que más me importa.
Para manejarse por este blog y no perderse
lunes 30 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (VIII. La escalera de la muerte)
sábado 28 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (VII. Esto va en serio)
Nos paramos todos frente a la casa, imaginando al pequeño dictador saliendo por la puerta para ir al colegio. Le pido a Maribel que me haga una foto y cruzo la calle para ponerme delante de la casa. Me planto en la acera, dispuesto a posar, y en ese momento todos sacan sus cámaras y empiezan a disparar, como si fuera un reo delante de un pelotón de fusilamiento.
Tardo un instante en darme cuenta, de nuevo, de que hemos venido a trabajar, que hoy es el día más importante del viaje, y que esto va en serio. 
Al otro lado de la calle, en el cementerio, volvemos a hacer lo mismo delante de la tumba de los padres de Hitler. Hay unas cuantas flores frescas sobre la piedra. Me hubiera gustado saber quién las ha dejado allí.
Entre las lápidas me encuentro con un artilugio que no había visto nunca: una máquina expendedora de cirios. 
Poco después llegamos a Mauthausen. Hay tanta niebla que Adrián, el cámara de Telecinco, me dice que no está seguro de que el reportaje vaya a quedar bien. Un poco de niebla resulta bonito, me explica. Pero si hay demasiada no se ve nada.
El autobús nos deja en la entrada del campo, y otra vez pongo los pies en este campo de exterminio. Una nueva sesión de fotos. En el autobús me estaba comiendo un chicle. Ahora no encuentro una papelera donde tirarlo y no quiero que se vea en las fotos.
Me parece una falta de respeto dejarme fotografiar en el campo o que me graben una entrevista en Mauthausen mientras me estoy comiendo un chicle. Menos mal que encuentro una papelera nada más entrar en el campo. Le he preguntado a Birgit, nuestra guía, si no le importa que la interrumpa en algunos momentos durante la visita, para explicar a los periodistas ciertos detalles que salen en la novela, matizar alguna cosa. Birgit asiente. Ha sido muy paciente conmigo durante el viaje.
Begoña y Adrián me colocan un micrófono bajo la chaqueta que habré de llevar durante toda la visita. Yo ya he estado antes, y ahora puedo fijarme en la reacción de los periodistas que visitan por primera vez un campo de exterminio. Es una mezcla de estupor, de horror, de sorpresa al darse cuenta de que lo que han imaginado es posible. Acabamos de cruzar la puerta del campo de Mauthausen. Quien prefiera no saber lo que pasaba allí dentro, que no lea la próxima entrega de este diario de viaje.
jueves 26 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (VI. La salchicha, Skármeta, Vargas Llosa y Pérez Domínguez)
Me habla de un sitio, pero hay que coger un autobús. Así que al final nos metemos en uno de los bares en los que habíamos preguntado, y acertamos. No había salchichas, pero tenían una carne estupenda servida en distintas clases de pan. En el bar estuve hablando un rato con Ricard Ruiz Garzón, a quien conocí hace tres años en una cena del Ateneo de Novela de Sevilla, cuando aún no podía imaginar que llegaría a ganarlo. Hablar con Ricard de libros siempre es un placer, y te cuenta las cosas con la tranquilidad y la sensatez de quien sabe de qué va este negocio.
Luego nos vamos al hotel, pero cuando nos ven llegar los del bar se acuerdan de que anoche no nos queríamos ir y nos dicen que están a punto de cerrar. Quedamos Ricard, Jose Oliva, María, Toni Polo, Maribel, Óscar Oliveira y yo. Es tarde, mañana nos tenemos que levantar muy temprano porque vamos a Mauthausen, y para mí es la parte más importante del viaje, pero decidimos buscar un bar abierto. Para mí, que lo más fuerte que acostumbro a tomar es el yogurt natural, resulta un poco raro. Pero también se puede tomar un yogurt natural en buena compañía, o al menos salir a la calle con la intención de pedirlo. En el minibar tengo todavía un litro y medio de leche, así que puedo estar tranquilo a la vuelta. Nada me reconforta más que un buen vaso de leche fría al acostarme. 
No encontramos nada abierto, y Jose Oliva, el tío con el que más me he reído en el viaje, no desiste en su empeño de no marcharse de Austria sin probar la salchicha. Desandamos el camino y volvemos a cruzar el puente de los Nibelungos. Cada vez que lo cruzamos hace más frío. Nos metemos en un bar y, mientras nos atienden, busco el servicio. Cuando vuelvo, la camarera, que resulta que es chilena, me pregunta que si de verdad soy escritor. Me encojo de hombros, le digo que sí. Nunca sé muy bien cómo responder a estas preguntas. Casi siempre quedas como un pedante o como un imbécil. O las dos cosas. 
Nos partimos de risa en el bar. Todos contando anécdotas. La camarera nos baja la música para que podamos hablar. Cuando nos vamos me pide que le dé el título de mi libro. Me pregunta si se ha traducido ya, como si ver el violinista en alemán fuera algo inevitable. Pero si a mí todavía no me han traducido, le explico, aunque, quién sabe. Pero lo mejor es que lo busques en castellano. Me dice que le gustaría tenerlo dedicado, y le digo que, si vuelvo a Linz, pasaré por el bar para dedicárselo. Hasta el día siguiente no me doy cuenta de que estoy rodeado de una tropa de golfos: mientras yo iba al servicio le han contado a la camarera que son un grupo de periodistas que han venido conmigo a Linz. ¿Que no te suena su nombre? Pues muy mal, porque están Skármeta, Vargas Llosa y Pérez Domínguez...
lunes 23 de noviembre de 2009
Presentación en Madrid
Pues eso, el que quiera, ya sabe por dónde andaremos.
domingo 22 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (V. Un nuevo parpadeo)
Me disculpo en alemán con Herr Steiner, que también nos acompaña esa noche. Tut mir leid. Wir waren verloren, le digo. Se echa a reír. Supongo que me entiende. Llevo un rato diciendo que no voy a cenar, que a las cinco y media soy incapaz de comer nada, pero al final me animo y pico algo. Luego nos vamos todos al concierto. La música en Austria siempre resulta excepcional, pero estoy tan cansado que me cuesta tener los ojos abiertos durante la representación. Si no los cierro es porque me llama la atención ver a un hombre que canta con voz de mujer. No había escuchado en mi vida hablar de él, pero tampoco me da vergüenza reconocerlo públicamente: para determinadas cosas soy un cateto. No soy el único al que se le bajan los párpados. Son muchas horas, y llevamos levantados desde muy temprano. En el descanso la mayoría le dice a Birgit que mejor nos vamos. Algunos se quedan. Birgit se viene con nosotros a tomar algo.Al salir del concierto, Matellanes se deja fotografiar con el gorro y el cigarro, supongo que, por si a cualquier escritor que lea este blog aún tiene ganas de mandarle un original se le disipen del todo…
Por el camino estoy hablando con Josep Borrell, el director de Clío, y recuerdo que, hace cinco años, en la consulta de un médico, vi una revista atrasada con Albert Einstein en la portada. Leí el reportaje sobre la oferta que el gobierno de la República hizo en 1933 al Premio Nobel para convertirse en ciudadano español. No le presté demasiada atención entonces, pero luego estuve dándole vueltas hasta que no tuve más remedio que volver a la consulta para pedir la revista. Dos años y tres meses después puse el punto final a El factor Einstein. Pero no estaba seguro de cuál era la revista aquella. Josep Borrel sonríe. Era Clío. Lo publicamos en febrero de 2004, me dice. Vuelvo a parpadear y me quedo pensativo, como ayer en el aeropuerto al saludar a David Solar. Es como si otra vez, sin saber por qué, algo empieza de nuevo a tener sentido.
viernes 20 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (IV, Yo he venido a hablar de mi libro)
A las siete de la mañana, ya estoy en la calle. No hemos quedado con Birgit hasta las nueve, pero ya lo he contado: en los hoteles no duermo bien. Busco un supermercado abierto y compro un par de botellas de leche para guardarlas en el minibar de la habitación del hotel. Me da vergüenza pedirla en los bares, pero es mi bebida favorita. Es uno de los préstamos que hice a mi amigo Rafael Montalbán, el protagonista de El síndrome de Mowgli. Los lectores de esa novela tal vez lo recuerden.
Cruzo el puente de los Nibelungos, recorro la Hauptplatz de Linz, me cuelo en una callejuela donde un rótulo me indica cuál es la casa en la que vivió un tiempo Kepler y desando el camino. El tiempo justo para desayunar en el hotel y encontrarnos con Birgit. Con ella volvemos a la Hauptplatz, nos enseña el balcón donde Hitler se dio un baño de multitudes justo un día antes de anunciar en Viena la anexión de Austria, el Anschluss, en 1938.
Pasamos la mañana recorriendo la ciudad, nos informan de una exposición sobre un proyecto megalómano que Hitler tenía para Linz.
Comemos en un restaurante con unas vistas magníficas, y es imposible no pensar en lo que la ciudad en la que estamos podría haber sido si el proyecto del Führer hubiera salido adelante. Lo que son las cosas.
Luego visitamos un lugar interesante. El centro cultural Ars Electronica. Artilugios, inventos, proyecciones en tres dimensiones. Me gustó mucho.
Ya llevo un día con los periodistas, y no me acuerdo de que, como diría Umbral, he venido a hablar de mi libro. A las tres y media de la tarde echo de menos un par de pinzas que me sujeten los párpados, pero subo a la habitación y me echo agua en la cara para espabilarme. Hemos quedado que los periodistas me van a entrevistar en dos tandas. La primera, a las tres y media. La segunda, a las cuatro y cuarto. Se supone que terminamos a las cinco porque a las cinco y media (sí, a las cinco y media) tenemos que cenar antes de asistir a un concierto.
Cuando bajo al bar del hotel están los periodistas sentados, con las libretas en la mano. Ricard, Paco Luis, Josep, María, Albert, Toni, Begoña, Zoe. Todos frente a al sofá donde yo me tengo que sentar. Miguel Ángel Matellanes, mi editor, siempre al quite en estos menesteres, se sienta a mi lado. Óscar Oliveira y Susana Picos están atentos, un poco más allá. Maribel nos hace fotos. Hasta hace un rato éramos unos colegas que nos lo estábamos pasando en grande en Linz. Ahora estamos trabajando. Y esto va en serio.
miércoles 18 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (III, El paro en Linz)
Llegamos a Linz después de un par de horas de viaje en el autobús que nos esperaba. Intercambio unas palabras en alemán con la conductora y me alegro de que no frunza el ceño demasiado. Hace tiempo mi alemán era aceptable, pero hace mucho que no lo practico y hay cosas que me cuesta entender. Pero me he enterado de que la conductora me ha dicho que la esperemos en el autobús mientras va a la caja a pagar el aparcamiento. Luego, cuando llegamos a Linz, al despedirme me pregunta que cuánto tiempo vamos a estar. Le digo que dos días, que soy un escritor que vengo con un grupo de periodistas para promocionar mi última novela. Sonrió. Lo mismo mi alemán no está tan oxidado como pienso.
Algunos han dormido durante el trayecto. Yo soy incapaz. A mitad de camino me he sentado en la parte delantera, con Óscar Oliveira y Albert Montagut, el director de ADN. Pasamos un rato estupendo hablando de libros, de cine, de series de televisión sobre la Segunda Guerra Mundial. Montagut me refresca la memoria sobre Vientos de guerra, con Robert Mitchum, y yo le hablo de Ike, aquella de cuando yo era un crío, con Robert Duvall haciendo de Eisenhower. Hablamos de muchas cosas Oliveira, Montagut y yo, y, cuando nos hemos dado cuenta, ya estamos en Linz.
Un rato después viene a recogernos Birgit, que habla un español magnífico y me escucha con resignación cuando yo me dirijo a ella en alemán. Birgit es una guía extraordinaria: amable, atenta, educada, y con una paciencia envidiable cuando de conducir por la ciudad a un grupo de españoles revoltosos se trata. Nos tienen preparada una mesa en el reservado de un restaurante.
Georg Steiner, el director de la oficina de Turismo de Linz, se une a nosotros. Birgit hace de traductora simultánea. Nos cuentan muchas cosas de la ciudad. Que hasta ahora ha sido fundamentalmente industrial pero que se está abriendo cada vez más al turismo. Pero es un dato lo que más me llama la atención: están preocupados porque tienen un índice del 3,6% de paro, cuando lo normal para ellos es el 1%. En fin. Prefiero no hacer comparaciones crueles.
Durante la cena estoy sentado junto a Paco Luis del Pino, que me ha demostrado unos conocimientos enciclopédicos sobre tantas cosas que a su lado uno tiene que hacer un esfuerzo para no ser un ignorante. Un rato con David Solar y con Paco Luis del Pino es como un máster bien aprovechado. Da gusto encontrarte con gente que sabe tanto. Volvemos al hotel y en el bar nos quedamos unos cuantos viendo como Paco Luis y David empezaron a debatir sobre Rommel, la Wehrmacht, Hitler. Albert Montagut los graba. Me gustaría ver ese vídeo.
Poco a poco todos se van retirando, hasta que Montagut, Oliveira yo plegamos velas, como los capitanes de un barco que no se marchan hasta que no queda nadie. Mañana será otro día. Antes de acostarme me dan ganas de darme cabezazos contra la pared: el libro que estaba leyendo me lo he dejado olvidado en el avión.
martes 17 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (II, La maleta de Matellanes)
En el vuelo de Barcelona a Viena todavía no conozco las caras de todos los periodistas a los que me han presentado en el Prat. Estamos desperdigados por el avión. Maribel y yo vamos en la parte de atrás. Son un poco más de dos horas de vuelo. Para comer nos dan un sándwich que más bien parece la mitad de un sándwich, y cuando me lo zampo me levanto para estirar las piernas. Dejo en el asiento un libro que estoy leyendo para documentarme sobre un proyecto de novela que tengo en la cabeza y avanzo por el pasillo. Cada vez que salgo de viaje lo que más pesa en mi equipaje son los libros. Suelo llevar dos o tres, por si acaso. No soporto quedarme tirado en un aeropuerto sin tener un libro en las manos, o que me tenga que quedar más tiempo del que había pensado en algún sitio y quedarme sin lectura. Luego siempre me falta tiempo para leer lo que me llevo de viaje, per
o me reconforta verlos en mi maleta. Parece que a la gente que viaja a Viena también le gusta leer. A mitad del pasillo me detengo, con el ceño fruncido, como si por culpa de las alturas o por haberme levantado tan temprano estuviera viendo visiones. El libro que leen los pasajeros es El violinista de Mauthausen.
Enseguida caigo: son los periodistas, que están haciendo los deberes durante el vuelo. La novela acaba de salir y se está distribuyendo. La deben de haber recibido hace poco. Ni siquiera yo, cuando he salido de viaje para A
ustria, tengo unos cuantos libros para mis amigos. Pero prefiero que los tenga la Prensa.
Apenas pasa media hora de las cuatro de la tarde cuando aterrizamos en Viena, pero ya es noche cerrada. Hace frío, pero no es grave. A mí me gusta. Apenas hace un par semanas me estaba bañando en el Atlántico, pero ya tenía ganas de sentir el aire frío, de ponerme una cazadora que abrigue, las botas de patearme ciudades cuando salgo de viaje, los guantes, los calcetines gruesos, la bufanda, un gorro de lana.
Recogemos las maletas en la cinta, y entonces miro a mi editor. Cuando lo vi en Barcelona pensé que la falta de sueño me estaba jugando una mala pasada. Esa maleta no podía ser suya. Miguel Ángel Matellanes, el director de Algaida, el mejor de todos los editores con los que he publicado, el hombre al que muchos escritores están deseando conocer, no puede haber venido a Austria con una maleta como esa Se lo pregunto: Miguel Ángel, ¿de verdad es tuya la maleta?. Responde que no, y me cuenta una historia sobre que no le cabían las botas en la suya. En fin. Espero no espantar a los escritores talentosos que leen este blog y quieren publicar en Algaida…
domingo 15 de noviembre de 2009
A Mauthausen con la prensa (I, El principio)
En Barcelona, Maribel se pregunta cómo puedo estar tan tranquilo. Hace un rato que hemos llegado al aeropuerto y estamos esperando al el resto del grupo. Unos cuantos periodistas con los que nos vamos a ir dos días a Austria. Entre otros lugares, visitaremos el campo de exterminio de Mauthausen, y todos tienen preguntas que hacerme sobre mi novela.¿Por qué preocuparme?, le contesto. En realidad, lo que yo quiero es disfrutar de este viaje que han organizado entre la editorial y la Oficina de Turismo de Linz. Charlar tranquilamente sobre mi novela, Mauthausen, la Segunda Guerra Mundial, o lo que se tercie. Peor ha sido durante la noche: el insomnio ha estado presente como siempre que tengo que salir de viaje. Pienso que el despertador no va a sonar, que el coche va a estar pinchado por la mañana o que por culpa del atasco no voy a poder llegar a tiempo al aeropuerto. Al final, nunca sucede nada de eso: las ruedas del coche están intactas por la mañana, el tráfico es aceptable y por lo menos un cuarto de hora antes de que suene el despertador ya tengo los ojos abiertos. No he dormido demasiado, pero estoy descansado. Es martes, y hasta el viernes por la noche, cuando esté de vuelta, solo habré dormido una media de tres o cuatro horas cada noche. Me suele pasar cuando estoy de viaje y lejos de mi
cama. Ya estoy acostumbrado.Al primero que me encuentro en el Prat es a mi querido Óscar Oliveira, el encargado de prensa de Algaida. Nos damos un abrazo a pesar de que durante las últimas semanas hemos hablado por teléfono varias veces al día. O tal vez es por eso. Óscar tiene mucha ilusión con este viaje. Entre Susana Picos, a quien saludo enseguida, y él, llevan semanas persiguiendo a la prensa para que nos acompañe a Austria.
Estrecho unas cuantas manos, reparto unos cuantos besos, y me hace mucha ilusión conocer, por fin, a David Solar, a quien hace seis años tuve la suerte de entrevistar en aquel fantástico programa que hicimos en Onda Cero, La ínsula Barataria, encarnando al mismísimo Adolf Hitler.
De todas las entrevistas que hice aquel verano, aquella fue la que más me gustó, y, seis años y cuatro novelas después, cuando estrecho la mano de David Solar, no puedo evitar pestañear un instante. Me pregunto si la vida no es sino un puzle inabarcable cuyas piezas acabasen encajando en un momento dado, cuando menos te lo esperas, y es como si algunas cosas de pronto tuvieran sentido. No será la primera vez que piense sobre esto durante el viaje. Aún sigo preguntándomelo.
Blanka Trauttmansdorff, de la Oficina de Turismo de Austria, ha venido hasta el aeropuerto. Todos los que viajamos le firman un ejemplar de El violinista de Mauthausen y yo se lo dedico. Se hace una foto con nosotros, mostrando su libro. Los demás son, de izquierda a derecha, empezando por la parte de abajo, Ricard Ruiz, Blanka, un servidor, María, Zoe, Maribel, Albert, Miguel Ángel, Óscar, Susana, Toni, Paco Luis, David, Jose, Josep, Carlos, Adrián y Begoña. A la mayoría los acabo de conocer, apenas puedo recordar los nombres de ninguno. Ahora me los sé de memoria. Este viaje ha sido para mí una gran experiencia. Y he tenido tiempo de hablar con ellos de muchas cosas. Y ahí estamos, justo antes de que todo empezara.
lunes 9 de noviembre de 2009
En paz con uno mismo

La llegada del otoño es uno de los momentos que me hacen más feliz de todo el año. A este de 2009 le ha costado arrancar, como si, a medida que me hago mayor, el otoño se volviera más perezoso, o es el verano el que se empeña en poner a prueba mi paciencia, haciéndose el remolón, como el invitado pesado que se levanta de tu sofá después de unas cuantas horas de visita sin terminar de marcharse nunca.
Pero esta tarde he salido a la calle y estaba oscuro aunque todavía era temprano, y he sentido un fresco agradable en la cara que ya creía haber olvidado, y al respirar me ha venido un olor familiar, y he sonreído al ver recortarse en la luna el humo que sale de la chimenea de un vecino, y ya estoy seguro de que, por fin, en el sur ya ha entrado el otoño. Ya era hora. Y da gusto ponerte un jersey y sentarte un domingo por la noche para ver un partido de fútbol ―aunque el fútbol te interese lo justo―, meterte en la cama y arrebujarte bajo una manta gruesa que tenías guardada en el armario, pasear por la ciudad y no fruncir el ceño al descubrir los adornos de Navidad en el escaparate de una tienda, incluso comerte prematuramente un mantecado.
No sé. En otoño es como si la vida volviese a recuperar el orden, la rutina, y yo soy un tipo que necesita cierta estabilidad para sentirse bien. No es el mejor momento para estar tranquilo cuando tu última novela acaba de llegar a las librerías y dentro de nada te vas a ir de viaje con un grupo de periodistas a Austria, pero ahora mismo estoy aquí, sentado en un sillón, el fútbol en la tele, muy bajito, escribiendo en un cuaderno que a lo mejor pasaré al blog, satisfecho después de haber dado todo lo que tenía durante el último año. En paz conmigo mismo, supongo. La mejor manera que se me ocurre de estar en este mundo.
© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2009
domingo 8 de noviembre de 2009
Lugares comunes y situaciones análogas
Pedro M. Domene. Cuadernos del Sur
El cuento literario español está de moda,
Andrés Pérez Domíguez (Sevilla,
Pérez Domínguez se desenvuelve muy bien
sábado 7 de noviembre de 2009
Austria y América
Por aquí dejo estas palabras que el bueno de Alejandro Luque -que, además, tiene un blog fantástico-De Austria a América sin salir del Premio Ateneo
Alejandro Luque
El sevillano Andrés Pérez Domínguez y el madrileño Lorenzo Luengo, ganadores del premio de novela Ateneo de Sevilla y del Ateneo Joven respectivamente, volvieron a encontrarse ayer en la presentación de sus obras galardonadas, ambas ambientadas en el extranjero y basadas en sucesos del pasado.
En El violinista de Mauthausen, Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) ha querido "recordar que unos 10.000 españoles fueron presos en Mauthausen, de los cuales murieron unos 7.500. Siempre que se habla de campos de concentración nazis pensamos en los judíos, pero los españoles también sufrieron el holocausto", explicó el escritor.
La obra, que se desarrolla a caballo entre París, Mauthausen, Berlín y Londres, pero también en San Sebastián y Sevilla -de hecho, el protagonista es paisano del autor- tiene como personajes centrales a una pareja que vive en la capital francesa en 1940. Están a punto de casarse cuando la Wehrmacht invade el país y él, republicano español exiliado, es enviado al campo de exterminio austríaco. La vida de ambos cambiará también con la aparición de un curioso personaje que recorre Europa con un violín bajo el brazo.
Pérez Domínguez recordó que "el ministro franquista Serrano Suñer se desentendió de los presos de Mauthausen, le dijo a los alemanes que podían hacer lo que quisieran. Los pocos que sobrevivieron ni siquiera pudieron regresar a España".
"Siempre digo -agregó el autor- que una novela tiene que cumplir una doble función: entretener, divertir, pero también estar bien escrita y tratar de decir algo más. Uno de mis mayores afanes es hacer buena literatura para un público amplio".
Este galardón culmina un gran año para Andrés Pérez Domínguez, que hace unas semanas recibía también el premio de novela corta La Espiga Dorada por su obra Los perros siempre ladran al anochecer, quedaba finalista del Setenil y de postre reunía sus mejores relatos en el volumen El centro de la tierra. "Todos los premios dan alegrías, pero soy de aquí y eso da un valor añadido al Ateneo. Tenía muchas ganas de lograrlo, porque entre otros lo ganó uno de mis escritores favoritos, Juan Marsé", confesó.
lector activo. Por su parte, el Ateneo Joven 2009, Lorenzo Luengo (Madrid, 1974) escribe en su novela Amerika la peripecia de de un millonario neoyorkino que se propone concluir un proyecto que el director Jacques Tourneur dejó inconcluso a su muerte. Para ello contrata a un guionista en horas bajas y se propone filmar la película frustrada con los medios técnicos de 1950 y la misma actriz que el cineasta francés eligió para el filme.
"El lector es parte activa en esta novela, y debe abrirse paso en medio de ciertas mentiras y medias verdades. Hay en la historia mucho artificio para que no se encuentre nunca con una sola posibilidad", apostilló el escritor, autor de un ensayo sobre la resurrección de Lázaro y una traducción de los Diarios de Lord Byron, entre otros títulos.
viernes 6 de noviembre de 2009
A la altura de Casablanca

jueves 5 de noviembre de 2009
Un sentido homenaje
Pérez Domínguez rinde en su nueva novela un homenaje a los republicanos españoles que estuvieron en el campo de concentración · El libro, ganador del Premio Ateneo de Sevilla, llega ahora a las librerías
Braulio Ortiz / SEVILLAUn hombre regresa a París después de cuatro años, cinco meses y seis días en el campo de exterminio de Mauthausen. La ciudad sigue siendo la misma, mantiene ese aire grácil que "ni el tiempo ni la invasión ni la guerra" han podido trastocar, pero él, un republicano español exiliado, se siente un cadáver "al que han concedido una prórroga de vida", es ahora un fantasma en busca de la mujer que amó. El violinista de Mauthausen, la novela con la que Andrés Pérez Domínguez ganó en junio el Premio Ateneo de Sevilla y que ahora llega a las librerías, narra la apasionada relación que hubo entre ese hombre y Anna, una mujer que colaborará con los servicios secretos aliados para salvar la vida de su prometido. Como aquellos campos de concentración que los nazis instalaban en un paisaje de naturaleza esplendorosa, el relato mezcla el romanticismo y el escalofrío, el horror y la música. Una obra con la que el escritor sevillano rinde un sentido homenaje a los 10.000 republicanos españoles que pasaron por el infierno de Mauthausen, de los que se calcula que fueron 7.500 los que murieron.
"Curiosamente, la ficción española no había contado esa historia antes", explica Pérez Domínguez, que abordó el proyecto con el propósito de que su libro contribuyera a reparar ese vacío. La historia de los republicanos españoles en Mauthausen permitía al autor hablar de unas vidas marcadas por el infortunio. "En el momento en el que pierden la Guerra Civil, se van a Francia, donde están en unas condiciones terribles en los campos del sur, y cuando los alemanes invaden Francia, unos se alistan en el ejército, la mayoría son hechos presos en Dunquerque, y a otros se los llevan a campos de concentración por sus ideas, como le pasa al protagonista de esta historia", cuenta con pesar el novelista. Son hombres que han perdido su patria y que el destino condena al desarraigo, como apunta el narrador. "Serrano Súñer, que era ministro de Asuntos Exteriores y cuñado de Franco, da carta blanca a su homólogo alemán para que haga con ellos lo que quiera, no los considera españoles. Y cuando los liberan, no tienen un país al que volver".
Sin embargo, y pese a que la ficción no esquiva el retrato de las vejaciones del campo de exterminio, la idea de la novela partió de una situación muy diferente, una escena que Pérez Domínguez se encontró en la vida real. "En el metro de Viena vi a una pareja que bailaba un vals, sin música, como si no hubiera nadie alrededor. Era una imagen muy poderosa que yo no me podía quitar de la cabeza, y a partir de eso articulé la novela", comenta. Ese baile mudo de los dos amantes, que la ficción traslada a los parisinos Jardines de Luxemburgo, o el emocionante momento en el que el protagonista oye, ya en Mauthausen, al violinista que da título a la novela, el tercer vértice de la historia, son pasajes en los que su creador parece creer todavía en el género humano. "Es verdad que en mis obras siempre hay un rayo de esperanza", admite, "y por eso suelen tener un final abierto".