Para manejarse por este blog y no perderse

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jueves 31 de diciembre de 2009

La bendita maldición

El año se acaba, pero yo no pertenezco a esa clase de tipos que se ponen nostálgicos en Nochevieja. Lo cierto es que el de Nochevieja es uno de los días del año que menos me gustan: hay demasiado bullicio, las televisiones se dan codazos por emitir el programa más hortera, y nunca me han gustado las uvas, conque esta noche será para mí una como las demás, salvo que tendré que ponerme tapones en los oídos para dormir.

El 2009 ha sido un año intenso. Muy intenso. Me he mudado dos veces de casa, al final de la primavera gané un premio de novela que ha sido muy importante para mí y, justo antes de empezar la promoción de El violinista de Mauthausen, me llamaron para decirme que había ganado la primera edición del certamen de novela corta La Espiga Dorada con un texto que tenía aparcado desde finales del 2007, y también me anunciaron que la colección de cuentos que había publicado en primavera, El centro de la Tierra, había sido elegida como una de las diez finalistas del premio Setenil.

Cuando empezó el año no tenía ni idea de cuántas cosas iban a caber en estos doce meses. En enero estaba liado con el último borrador de El violinista de Mauthausen, sin saber que acabaría dándome tantas alegrías. Tengo la sensación de no haber parado de trabajar en los últimos cuatro años. He escrito tres novelas, una colección de cuentos y una novela corta, además de cientos de artículos para la radio. Aunque satisfecho del trabajo, más de una vez me he dicho que debo bajar el ritmo, que ahora, con El violinista de Mauthausen en los escaparates de las librerías, la ajetreada promoción que en cuanto pasen las Navidades me obligará de nuevo a hacer las maletas, y una novela corta en la recámara que se publicará en el 2010, supongo, puedo permitirme el lujo de relajarme un poco. Pero tengo cuatro o cinco historias en la cabeza que no me dejan en paz. Ya he escogido una de ellas, una novela que tengo esbozada desde el verano de 2007. Es la que más me apetece ahora. Tantas ganas tengo de ponerme con ella que a veces he de contenerme y decirme, para un poco, Andrés, para un poco, tío, y, si no puedes resistirte a escribir otra novela, no pasará nada si la empiezas y luego tienes que estar una semana o dos sin escribir porque los viajes del violinista no te dejan. Lo pienso, pero también sé que una vez que la empiece no seré capaz de parar, que si estoy de viaje entre semana luego los sentimientos de culpabilidad me obligarán a recuperar el tiempo perdido el sábado o el domingo. No sé hacer las cosas de otra forma. Qué le voy a hacer. Es lo que más me gusta: inventar un mundo, crear personajes, encontrar los sentimientos que los muevan, establecer las líneas argumentales de una historia, afrontar el reto agotador y fascinante de escribir una novela. Y ya estoy seguro los escritores siempre sabemos reconocer este momento cuando sucede de que no voy a detenerme hasta terminar de escribir la historia que he escogido, obstinado hasta el fin, como el capitán Ahab. Bien mirado, es como una maldición de la que no te puedes librar, una enfermedad de la que no quiero que me curen jamás.

Feliz 2010 a todos.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2009

lunes 28 de diciembre de 2009

El escritor invisible

Por aquí dejo esta entrevista que me hizo Antonio Rodríguez hace poco para el Diario de Córdoba.
Usted ha llegado a afirmar en alguna ocasión que le gustaría ser un escritor invisible, ¿por qué motivo?

A mí me gusta pasar desapercibido. Resulta un poco contradictorio responder a esta pregunta en una entrevista, pero es la verdad. A pesar de ello, soy consciente de que la promoción, aparecer en los medios, forma parte del oficio de escritor. Pero lo importante, lo más importante, debería ser, siempre, la obra y no el autor.

Sus primeras obras son más breves, las últimas más voluminosas, ¿las primeras suponen en su trayectoria un aprendizaje y las últimas la lección aprendida?

No, no es eso. Es verdad que al principio empecé e scribiendo cuentos porque cuando no tienes experiencia afrontar la escritura de una novela de 500 páginas puede imponer demasiado. Y necesitaba probarme escribiendo textos más breves. Pero eso no quiere decir que minusvalore la narrativa breve, sino todo lo contrario. De hecho, esta primavera se publicó una colección de cuentos mía, El centro de la Tierra, que ha sido finalista del premio Setenil, y hace pocas semanas he tenido la suerte de ganar la primera edición del certamen de novela corta La Espiga Dorada, que supongo que se publicará en 2010. Ambas cosas son un buen ejemplo de cuánto me interesa la narrativa breve también. Y no me gusta esa dualidad cuentista / novelista. En definitiva, se trata de sentarte a escribir y hacer tu trabajo lo mejor posible.

¿Qué le separa a usted el tiempo de Los mejores años a El violinista de Mauthausen?

Los mejores años ganó el premio José Luis Castillo-Puche de novela corta a finales del 2000, y El violinista de Mauthausen el premio Ateneo de Novela de Sevilla en 2009. Entretanto han pasado nueve años, casi una vida, en la que no he parado de e scribir y de pelear por abrirme un hueco en este mundo tan complicado de las Letras.

Desde los primeros momentos en que no le publicaban su obras hasta la actualidad, ¿qué le ha ofrecido esa experiencia?

Toda esa experiencia me ha ido formando como escritor. Una de las primeras cosas que debes aprender cuando te dedicas a escribir es a a no rendirte, a seguir luchando si crees en lo que haces.

¿Qué opina de los premios literarios?

Yo estoy muy agradecido a todas las fundaciones, ayuntamientos o instituciones que dedican una parte de sus fondos a crear premios literarios. No sé si quienes se encargan de convocar estos premios son conscientes de cuántas ilusiones han alimentado, de cuántas alegrías han dado o de la confianza que han insuflado a los escritores que están empezando. En determinados círculos literarios se suele criticar, creo que con cinismo o ignorancia, este tipo de certámenes literarios. Yo no puedo estar más en desacuerdo. La labor que hacen es impagable. Es más, sin estos certámenes, estoy seguro de que yo no habría podido llegar a dedicarme a escribir.

La pregunta, obviamente, va dirigida con un doble sentido por que usted ha ganado bastantes de ellos, ¿hasta qué punto le hacen un bien a un escritor o le perjudican?

Los premios siempre vienen bien. Yo no creo que , en lineas generales, perjudiquen la carrera de un escritor, que es, sobre todo, no nos olvidemos, una carrera de fondo. Los premios, como el Ateneo de Novela de Sevilla, lo que posibilitan, aparte de descubrir una nueva obra, es estar más tiempo en las mesas de novedades de las librerías. Y eso ya es bastante, dado los tiempos que corren.

¿Qué nos puede contar de sus primeras experiencias literarias?

Pues un poco a ciegas, picoteando de aquí y de allá, imitando el estilo de los escritores que me gustaban, hasta que acabé, supongo, encontrando mi propia voz. Es un proceso largo plagado de pasos en falso y de inseguridades, pero al final resulta muy gratificante.

Tres de sus voluminosas novelas tienen como trasfondo la Segunda Guerra Mundial, ¿es un simple tema o una obsesión?

La Segunda Guerra Mundial me interesa por varias razones. La primera, porque hay una serie de elementos que me gusta desarrollar en mis novelas, c omo son la lealtad, la traición, la culpa o la redención, y es un conflicto del que me sirvo para explorarlos. Pero no es el único periodo histórico que me interesa y, aunque tres de mis cuatro novelas tienen que ver que la Segunda Guerra Mundial o sus alrededores, en realidad se trata de tres obras muy diferentes entre sí.

En todas ellas hay un riguroso método de documentación, háblenos de ese proceso creativo.

Aunque lo que yo hago es ficción, el mundo en el que se desenvuelven los personajes es real, por eso soy muy cuidadoso describiendo los escenarios, los nombres de las calles, la ambientación de las ciudades. Siempre viajo a los sitios donde se desarrollan mis novelas para conocer el terreno,
localizar exteriores, como en las películas. Es un proceso que se acaba notando en el resultado final, y que el lector acaba agradeciéndolo.

¿Cierra El violinista de Mauthausen de alguna manera su visión sobre la Segunda Guerra Mundial?

Supongo que no, que aún me quedan en la recámara algunas novelas más que tengan la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo. Pero creo que mi próxima novela no estará ambientada en esa época. Yo creo que el oficio de escritor debe tener también una buena dosis de riesgo, de experimentación, por eso hay que cambiar de registro de vez en cuando.

¿Cuál sería su concepto de cuento o relato y novela extensa?

El maestro José María Merino me dijo una vez que escribir un cuento es como una especie de iluminación, como un flash, mientras que escribir una novela es como hacer de espeleólogo. No se me ocurre una definición mejor.

¿Qué le interesa, realmente, destacar en la historia que está contando?

Hay dos cosas que trabajo mucho antes de ponerme a escribir una novela. La primera es la carpintería de la historia: me gustan las estructuras no lineales, que dan saltos en el tiempo, el recurso del flashback. La segunda es la creación de los personajes: los trabajo hasta que tienen todas las aristas posibles. Yo no creo en buenos y malos, sino en gente que tiene un poco de todo. Cuanto más trabajados estén los personajes más posibilidades hay que de el lector pueda identificarse con ellos, o al menos entenderlos.

He leído que La clave Pinner no es solo una novela de espías, sino una historia de personajes con posibilidades de convertirse en literatura, ¿fue se su planteamiento al escribirla?

En realidad, lo que a mí me interesan son los sent imientos. Lo que está dentro de los personajes. Mis novelas, aunque me esfuerzo porque tengan una trama entretenida, en realidad son muy psicológicas, muy reflexivas. Me gusta mucho ese recurso de Hitchcock del MacGuffin, ya sabe: un elemento que haga avanzar la trama, que interese al lector, y mientras tanto ir desarrollando algo más profundo.

¿Qué significa El síndrome de Mowgli en medio del resto de obras con la guerra como trasfondo?

Significa que me gusta cambiar de registro, arriesgar. Si no, no escribiría cuentos ni novelas cortas. Después de publicar La clave Pinner, lo fácil hubiera sido escribir La clave Pinner II y La clave Pinner III, pero yo quería hacer algo diferente, y escogí la historia de un ex boxeador que ahora ejerce de matón a sueldo y que un buen día decide cambiar de vida y se pone a buscar a una mujer de la que estuvo enamorado 20 años antes para rescatarla y fugarse con ella a Lisboa mientras el pasado no deja de perseguirlos. Cuando la terminé, la editorial que me había publicado La clave Pinner no la quiso porque prefería algo similar a mi primera novela, y eso me hizo tener que volver a empezar de nuevo y no volví a publicar hasta más de tres años después. Pero al final El síndrome de Mowgli ganó el premio Luis Berenguer y acabó encontrando su sitio.

¿Predomina en esta novela el código del honor? ¿en qué medida?

Sí, y eso forma parte también de mi universo literario. En esta novela, el boxeo es una metáfora de la vida: se trata de no rendirte nunca, de no arrojar la toalla hasta que haya sonado la campana.

El factor Einstein parte de anécdotas reales y situaciones vividas, ¿qué importancia le otorga a este hecho para construir su historia?

La Historia (con mayúsculas) te deja unos huecos en los caben muchas historias (con minúscula), y el oficio de escritor consiste a veces en hurgar en esos huecos hasta encontrarlas. Los libros que uno escribe acaban siendo una mezcla de lo que has vivido, lo que te han contado, lo que has
soñado o lo que te has imaginado.

Andrés Pérez Dominguez está, una vez más, de actualidad por haber ganado el XLI Premio de Novela Ateneo de Sevilla por El violinista de Mauthausen, ¿es de alguna manera una consagración o un premio más a su larga lista?

El Ateneo de Novela de Sevilla es un premio muy importante para mí porque es uno de los más prestigiosos de cuantos se convocan en España, y también porque yo soy de Sevilla y eso tiene un significado especial también, algo sentimental o romántico.

El eco de esta novela le ha llevado a usted a visitar el campo con un grupo de periodistas, ¿cómo fue esta experiencia?

Estoy muy sorprendido, y gratamente, del interés que ha suscitado en los medios El violinista de Mauthausen. Hace poco hemos viajado a Mauthausen con un grupo de periodistas que me han entrevistado en el mismo campo: informativos nacionales, diarios, revistas de información general o especializadas, programas de radio. Ha sido una gran experiencia. Yo ya había visitado el campo de exterminio de Mauthausen antes, pero ir ahora, con la novela recién publicada y con tantos medios de comunicación ha sido algo extraordinario.

El violinista de Mauthausen ¿es otra triste historia más del español vencido en nuestra guerra civil?

No, es mucho más que eso. En realidad es una historia de amor, una historia de aventuras, de espionaje, que transcurre en tres escenarios principales: el París ocupado por los alemanes, el Berlín de finales de 1945, y el campo de exterminio de Mauthausen. Ante todo, es una novela entretenida, con la que quiero que el lector se lo pase bien, que es, en mi opinión, la razón principal por la alguien lee un libro, para disfrutar. Pero también es verdad que me gustaría que El violinista de Mauthausen tuviera una segunda lectura, ese poso que dejan las buenas historias, que el lector sienta que ha aprendido algo que no sabía o que haya merecido la pena el tiempo que ha invertido en leer la novela.

¿Le han dicho alguna vez que sus novelas son tremendamente cinematográficas?

Sí, muchas veces. Me preguntan si se van a llevar al cine. Yo respondo siempre que eso no depende de mí. Pero me gustaría ver alguna en la gran pantalla, no lo voy a negar.

¿Qué le pide ahora al mundo de la literatura o a la literatura en sí después de unos sonados éxitos?

Seguir trabajando en lo que me gusta, sobre todo eso, que es lo que me hace feliz. Estar de promoción es importante, incluso saludable para salir del aislamiento que el oficio de escritor lleva aparejado, pero lo que a mí de verdad me gusta es sentarme en mi despacho y ponerme a imaginar historias. Para mí, el mayor de los éxitos es tener un rincón tranquilo donde poder
leer y escrbir. Todo lo demás resulta accesorio.

miércoles 23 de diciembre de 2009

De Galdós a Primo Levi

Queridos visitantes de esta bitácora. Aunque espero vivir muchos años más y escribir todavía un buen puñado de novelas, después de leer reseñas de El violinista de Mauthausen como esta que ha hecho Diego Medrano en El Comercio, pienso que ya me puedo morir tranquilo... Me cuentan también, mis editores, que la cuarta edición de mi violinista está en marcha. En un mes y medio, uno no puede, ni debe, pedir mucho más, salvo dar las gracias a todos los lectores que se han interesado por mi novela y a los críticos que, como Diego Medrano, hablan así de ella.
Feliz Navidad a todos.

15.000 ejemplares vendidos

Conocemos a Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) de unas novelas de largo aliento, mezcla de intriga, historia, ficción y buenísima literatura: ‘El factor Einstein’, ‘La clave Pinner’, ‘El síndrome de Mowgli’, etc. Lleva 15.0000 ejemplares vendidos del Premio Ateneo de Sevilla de este año: ‘El violinista de Mauthausen’ (Algaida). Su reto, ejemplar: retratar la vida de republicanos españoles, alrededor de agosto de 1940, en el conocido campo de concentración nazi, que se llegó
a conocer como ‘el campo de los españoles’. Una verdadera, y magnífica historia, sobre la II Guerra Mundial y no lo que se quiso vender aquí que apenas superaba las cien páginas. Desde 1940 a 1945, cinco años de vil tortura, pasaron por Mauthausen cerca de diez mil españoles, de los cuales fallecieron en torno a 7.000.
José María Merino lo ha dicho de modo académico, un leve pero intenso acercamiento a la pluma de oro de Andrés Pérez Domínguez: «Un escritor capaz de imaginar historias que parecían ajenas a la ficción española, sin abandonar ni los escenarios reconocibles ni el empeño en conseguir una decidida palpitación literaria». Pérez Dominguez es nuestro Primo Levi, nuestro Galdós, cronista de la tortura más allá de la belleza, esteta de lo profundo más allá de toda política. Un paria, alrededor de 1940, y una pareja que está a punto de casarse, y los nazis invadiendo Francia, y él republicano español sin pasado y casi sin ningún viso de futuro o llegar a levantar la cabeza. Un paria –por qué no decirlo– que se decide a recorrer Europa sólo con un violín bajo el brazo. Las cenizas de Berlín en ruinas tras la II Guerra Mundial. El exterminio de los campos de concentración, entre el humo de la tragedia y el rojo de un romance que nos mantiene vivos, en alerta. Intriga, aventura, espionaje, atrapar al lector desde la primera línea. Una novela para recordarnos quienes somos, quienes podemos llegar a ser, quienes fuimos: completo monstruario. La pluma veloz de un periodista (colaborador de Punto Radio, Onda Cero, ‘El Correo de Andalucía’) que no adormece, y tiene esa garra que le pedimos a la prosa veloz, dueña
siempre de una efectiva y lúdica y prodigiosa economía del lenguaje: no decir en cinco palabras lo que puedes decir en dos, no excederse y hacer del frío otra suerte de lenguaje, del verbo otra forma de música angelical.

domingo 20 de diciembre de 2009

El gran descubrimiento de la narrativa española

Eso es lo que decían el otro día en el programa El gato al agua, de Intereconomía. Es verdad que estoy un poco abrumado por tantos elogios, y al ponerlos en el blog no puedo evitar la sensación de quedar como un idiota, pero es mi novela y es mi blog, así que dónde contarlo si no. Por aquí os dejo el momento en que hablan de El violinista de Mauthausen en El gato al agua:

jueves 17 de diciembre de 2009

Todos somos espías

Por aquí dejo esta estupenda reseña que Gregorio León, el autor de El pensamiento de los ahorcados, ha hecho en el blog literario La tormenta en un vaso. Desde aquí le mando un abrazo, y le digo que, aunque la comparación resulta halagadora, no lo niego, lo de Graham Greene y Primo Levi resulta exagerado, sin duda...

Uno de los más maravillosos misterios de la naturaleza es como, una simple e insignificante semilla es capaz de transformarse en un recio árbol, frondoso. Ha contado Andrés Pérez Domínguez que el germen de El violinista de Mauthausen fue una imagen que captó en el metro de Viena. Una pareja bailaba un vals, sin música. A partir de esa minúscula semilla el escritor sevillano ha construido una historia que emociona desde la primera página. No es una novela con ritmo trepidante, de esas que te dejan sin aliento, al borde de la asfixia, como si acabaras de correr una marathon y cuando llegas a la meta te sientes estúpido (aparte de muy cansado). Claro que ocurren cosas, hay acción, pero todo pasa dentro de los corazones de los personajes, impecablemente trazados. Sé que muchos lectores se quedarán con Rubén Castro y sus padecimientos en Mauthausen por culpa de las penalidades que impone el campo de concentración, y sobre todo, por la ausencia de Anna Cavour, con la que inició un romance abortado por culpa de la guerra. Otros preferirán a Franz Müller, ingeniero alemán que hace todo lo posible por alejarse de las doctrinas del nacionalsocialismo, violín en mano, y que acabará enamorándose de Anna mientras su prometido se consume en Mauthausen. Pero yo elijo la figura de Robert Bishop, ante de la OSS, que recluta a Anna para la causa aliada. Y es aquí donde Andrés Pérez Domínguez despliega la maestría en el viaje al mundo de los servicios secretos, del juego de la seducción y la mentira. Bishop es un espía americano, de la mejor estirpe, de la que solo podemos encontrar en autores como Graham Greene. Y leyendo El violinista de Mauthausen he sentido el mismo placer que cuando tuve en mis manos El factor humano o Nuestro hombre en La Habana. Andrés se mueve como pez en el agua en ese territorio, como si él, porque todos somos espías, le hubiera arrebatado a los grandes maestros el manual de claves para escribir una buena novela de espías. Pero El violinista de Mauthausen es mucho más. Nunca había sentido tanta angustia dentro de un campo de concentración desde que descubrí a Primo Levi. No hay tremendismos, no hay truculencias. Solo la rutina de la muerte, la lenta e inexorable extinción de las vidas que no merecen ser vividas. Por eso tenemos sed cuando viajamos con Rubén Castro en el convoy que le conducirá al campo, notamos en el pecho el hueco por la falta de Anna, y hasta estamos tentados también de saltar al vacío con un bloque de piedra a la espalda desde lo alto de la escalera de la cantera de Mauthausen.
Hay escenas que nos sobrecogen, incluso en su comicidad que esconde toda la brutalidad en la que se ejercitó el Tercer Reich: un niño celebra en el campo de exterminio su undécimo cumpleaños, y recibe como regalo una pistola, pero no de plástico, sino de verdad: una Luger. Y, automáticamente, como si acabaran de regalarle el derecho de decidir sobre la vida o la muerte, apunta con ella a un camarero preso que ha cometido el delito de resbalar y romper parte de la vajilla. O el momento en el que Rubén se lanza desesperadamente, como otros prisioneros, a beber agua en un charco, como si no fuera más que un perro, un animal despojado de dignidad. Como ese hay varios pasajes que justificarían por si solos la lectura de esta obra.
Contar una historia tan dolorosa, mostrar las dudas, contradicciones y sentimientos cruzados de los personajes, requería un lenguaje efectivo que no la ahogara. Aquí la prosa no estorba, sino que te lleva a caballo, página a página, hasta el final. Una prosa limpia, elegante, justa, que se acomoda como un guante a una estructura aparentemente sencilla. Y digo aparentemente porque no es fácil para un autor mover la cámara y enfocar capítulo a capítulo a cada personaje, para mostrarnos su punto de vista, de tal modo que al final las piezas encajen sin que tengamos la sensación de que durante toda la novela hemos estado completando un puzzle.
Desasosiego, incertidumbre, suspense, angustia. Todo eso está dentro de esta novela. Andrés Pérez Domínguez ha conseguido con su violinista ese objetivo que anhela todo escritor: contar bien una historia. Una historia que se quedará para siempre alojada en nuestros corazones, como esos amores que solo olvidamos cuando morimos.

martes 15 de diciembre de 2009

Tercera edición de El violinista de Mauthausen

Queridos visitantes de esta bitácora: la tercera edición de El violinista de Mauthausen ya está imprimiendo. Creo que estará en las librerías antes de Nochebuena. Me cuentan en la editorial que se han vendido 15.000 ejemplares, y no puedo dejar de estar contento porque, apenas poco más de un mes después de que se publicase la novela, tantos lectores se hayan interesado por ella.
Si alguien tiene interés, mañana miércoles, de 18,30 h. a 20,30 h., estaré firmando ejemplares en La Casa del Libro de Sevilla, y el próximo viernes estaré presentando la novela y firmando ejemplares a todo el que quiera en el salón de plenos del ayuntamiento de Sanlúcar la Mayor (Sevilla) a las 20 h.
La semana pasada, en informativos Telecinco dedicaron un espacio a El violinista de Mauthausen. Por quien no haya tenido la oportunidad de verlo, por aquí dejo el vídeo.
Gracias, desde aquí, a todos los lectores.


domingo 13 de diciembre de 2009

Atrapar la realidad

Al gran Jose Miguel Giráldez

Se me acumula el trabajo. Tengo tantas cosas que contar de estas semanas felices y agotadoras que estoy viviendo con la promoción de El violinista de Mauthausen que me faltan horas. Durante el último mes y medio he estado en Austria, en Galicia, en Madrid, Bilbao, Barcelona, Cádiz, Córdoba, y algunos sitios más que se me escapan. Ayer llegué de promocionar la novela en Valencia y Murcia, donde no sé si podrá volver a sonar el violín de aquí a las Navidades porque se ha agotado. Muchas gracias desde aquí a todos los lectores de esas tierras que se han interesado en El violinista de Mauthausen. No sé si debería poner por orden cronológico las entrevistas que van saliendo en la prensa, pero me da lo mismo. Voy a empezar por esta, que aparece hoy en El Correo Gallego. La firma Jose Miguel Giráldez, de quien pensaba que era uno de los tipos más generosos con mis libros de cuantos periodistas he tenido la fortuna de conocer desde que me dedico a inventar historias. Ahora no me cabe duda: es de los más grandes. La he leído esta mañana y todavía me tiemblan las piernas. Por cierto, Giráldez: la próxima vez que me cruce por Sevilla con un tío que se parezca a ti no dejaré que se me escape hasta que me diga si eres tú.

"Incluso en medio de la guerra, el amor se abre camino"

13.12.2009
Andrés Pérez Domínguez gana el Ateneo de Sevilla con 'El violinista de Mauthausen'


TEXTO Y FOTO: JOSÉ MIGUEL GIRÁLDEZ


La entrevista anual con Andrés Pérez Domínguez es casi una tradición, una costumbre. Una sana costumbre. María Arias siempre me trae a Andrés, desde Sevilla, con algún premio o cosa, con su energía literaria, más que notable, y, sobre todo, con su amistad. Andrés Pérez Domínguez es un buen amigo, un gran amigo, así que le hago la entrevista como amigo, más que como periodista. Que el periodismo me perdone. Le hago la entrevista esta noche, en este hotel del centro de Compostela, mientras llueve furiosamente ahí fuera, o eso me parece. Lorenzo Luengo, el ganador del Ateneo jóven, me mira desde la distancia a la que obliga la mesa del restaurante. No voy a cenar, no. Ya lo he hecho en casa, apresuradamente: estuve comiendo espaguetis delante del televisor. Pero hubiera preferido cenar ahora con estos dos amigos, el joven, el menos joven, María, o sea, que me hubiera quedado a cenar con ellos, como te digo, pero me puse ciego de espaguetis en casa, así, a lo tonto, y ya no puedo sino acceder a libar una copa de albariño con alborozo. Un albariño de oro.

Con Andrés Pérez Domínguez la amistad viene de lejos. Desde La clave Pinner, creo, y por supuesto de los días de El factor Einstein, que a mi chica le ha encantado. Ahora viene con El violinista de Mauthausen (Algaida) bajo el brazo, premiado en el Ateneo de Sevilla, novela de escenarios históricos, de dura memoria, de amor entre el ruido y la furia. La amistad con Andrés viene de lejos, ya digo, y uno se alegra de sus éxitos, de su vertiginosa producción literaria y de su presencia por aquí. Pero si uno no conoce a Andrés Pérez Domínguez, si no tiene esa suerte, lo mejor que puede hacer es visitar su blog, donde esté casi todo lo que hace, incluida su respiración. Andrés publica mucho sus cosas en el blog, como una carta continua, como una carta sin final, una carta a sus admiradores, a sus amigos y a sus herederos. Allí está, por ejemplo, la génesis de esta su última novela, el viaje en pos de los escenarios y las ruinas, la búsqueda de las heridas del paisaje y de la memoira. Allí están las fotos, los instantes compartidos, las visitas difíciles, la sombra de la muerte en los campos de concentración. A veces le basta a Andrés un pequeño respingo de la realidad para saber qué es lo próximo que tiene que contar. La realidad es como un animal agazapado entre la nieve. Como un ser escondido en la esquina que has de doblar. Lo que tienes que hacer es atraparlo.

Un día, por ejemplo, se enteró de que a Einstein lo querían hacer español. Y casi con ese pequeño dato escribió El factor Einstein: fue el hilo rojo del que tiró, hasta trenzar la trama. Lo cuenta en su blog, como tantas otras cosas, con una pasión cercana a la de sus novelas. En La separata, que así se llama ese lugar virtual, puede leerse: "Por el camino estoy hablando con Josep Borrell, el director de Clío, y recuerdo que, hace cinco años, en la consulta de un médico, vi una revista atrasada con Albert Einstein en la portada. Leí el reportaje sobre la oferta que el gobierno de la República hizo en 1933 al Premio Nobel para convertirse en ciudadano español. No le presté demasiada atención entonces, pero luego estuve dándole vueltas hasta que no tuve más remedio que volver a la consulta para pedir la revista. Dos años y tres meses después puse el punto final a El factor Einstein. Pero no estaba seguro de cuál era la revista aquella. Josep Borrel sonríe. Era Clío. Lo publicamos en febrero de 2004, me dice. Vuelvo a parpadear y me quedo pensativo, como ayer en el aeropuerto al saludar a David Solar. Es como si otra vez, sin saber por qué, algo empieza de nuevo a tener sentido".

Y cosas así.

No obstante, yo he venido aquí a hablar de su libro. De su último libro. Pedimos un albariño frío que llena de oro el cuerpo de la noche. Las viandas pasan a mi lado como platillos volantes. Lorenzo Luengo me da una entrevista que ya publiqué el pasado domingo. Lo veo tras las copas con mi cámara azul. Andrés me confiesa que me ha visto en Sevilla, el otro dia, a lo lejos. Pero que no creyó que yo fuera yo. La verdad es que suelo ser yo. Pero a él se le hacía raro, y así fue como nos vimos sin vernos y sin hablarnos. Hoy, ya identificados con nuestros respectivos yoes, con nuestra propia esencia del ser, degustamos el albariño de los dioses y hablamos de la novela, más o menos. Y hablamos del tiempo. Y te digo María que hubiera cenado con ellos, que me hubiera animado. Pero había estado comiendo espaguetis delante del televisor, Jaure me perdone. Y me entretuve libando el albariño, no hasta el alba, sino apenas un par de horas. Andrés, que se mete en la piel de Galicia como una sirena en su cola, me contó casi todo. El resto, puede encontarse en La Separata, creo que ya lo hemos dicho. Pero tampoco estoy muy seguro.

Le digo que, de nuevo, no puede desprenderse la Historia. Ni de la segunda guerra mundial. Le digo que sigue siendo un obseso de la documentación y de la visión cinematográfica de las cosas. Y él, con las viandas volando a nuestro alrededor, y la fuente de oro del albariño, que es la fuente de la edad, me dice: "he vistado varios campos de concentración para hacer todo esto... He vistado Buchenwald, he vistado Auswitch, y por supusto Mauthausen, que es el escenario fundamental en el que transurre mi novela. Yo diría que esta historia tiene tres escenarios principales: el París ocupado por los alemanes, el Berlín de la posguerra de finales del 45 y el campo de Mauthausen, donde murieron siete mil quinientos republicanos". "Algo", añade "que no se había contado nunca de una manera literaria. Afortunadamente hay multitud de biografías, está la Historia y también hay supervivientes aún de ese campo de concentración. Pero mi impresión es que la literatura no había tratado nunca, o casi nunca, de manera concreta, estas cosas". Reconozco la maestría de Andrés Pérez Domínguez para aprovechar los retazos menos gastados de la Historia. Reconozco también su valentía con las tramas y la pasión por contar con verosimilitud aquellos días terribles. Reconozco, en suma, su capacidad para trasladarnos a las atmósferas oscuras de un tiempo atroz, y para mostrarnos, en algún lugar de la tragedia, una luz encendida.
"Se habla de esos siete o siete mil quinientos republicanos" subrayo, "y de cómo fueron casi olvidados por la Historia... pero, sobre todo por la literatura. Es un buen punto de anclaje para esta narración, qué duda cabe", le digo. "Pero, al final, la idea que recorre la columna vertebral de tu novela es el amor". Tal vez, siempre es el amor. "Has dicho en alguna parte de que esta es una novela de esperanza, la esperanza de ese músico bohemio que da título a la historia", le recuerdo. "Así que entre el desastre y el horror, emerge el amor, y la pasión por la vida. Porque el amor suele abrirse camino". Andrés apura un sorbo de oro. Y otro. Yo hago lo propio, y la noche es ya un lugar de luz, en este hotel de pieda, porque el vino puede ser luz, que vengan los romanos y lo vean. Lorenzo Luengo, a su manera, se va involucrando en el albariño y en la conversación, todo ello a partes iguales, y narra su Amerika. Pero eso ya lo conté la semana pasada. No me hagan repetirlo ahora. Andrés bebe ahora un sorbo de albariño. Ahora posa la copa. Ahora toma la servilleta y se seca con cuidado la comisura de los labios. Ahora se acomoda en la silla y me contesta. Alguien entra. Hay gente entrando y saliendo, para ser exactos. "La novela sale de una ocasión en que yo estuve en Viena". El camarero ofrece un postre rápido. "La novela sale de una ocasión en que yo estuve en Viena y una pareja bailaba". El camarero ofrece sacarnos una foto. "La novela sale de una ocasión en que yo estuve en Viena y una pareja bailaba en la estación". El camarero se ofrece, etcétera. "Y una pareja bailaba en la estación. Sin música". Etcétera.

"Parecía que nada les importaba. Parecía que estaban ausentes, en su mundo", deja caer Pérez Dominguez, sobre el último minuto de la cena. "Entonces me imaginé a esa pareja en París, me imaginé que él era un republicano español y ella una francesa... A él lo llevan al campo de Mauthausen.... así que ella va a hacer todo lo posible para liberarlo, y, para ello, va a colaborar con los servicios secretos aliados. Y en medio de los dos hay un alemán bohemio, un violinista... y sus vidas se cruzarán durante largo tiempo". Así cuenta la trama Andrés Pérez Domínguez. Así, como yo se la he contado. Casi diría que literalmente, literariamente. Efectivamente. Mientras la noche cae, mientras levantamos la liturgia de la cena, mientras nos hacemos las fotos y hablamos del futuro, Andrés reflexiona: "sabes, porque tú has leído mis novelas, que yo aprovecho mucho la Segunda guerra mundial para analizar, en ese contexto, grandes palabras. Palabras como la traición, el amor o la amistad. Como el fracaso o el sacrificio. Eso, en las guerras, tiene una importancia superlativa".

El amor sobrevuela la novela y la construye. Está, en realidad, en sus entrañas. Le digo que es el ingeniero alemán, el violinista, obligado a abandonar su país, el hombre que pierde su trabajo y se dedica a ser un bohemio callejero, algo que, después de todo, es lo que siempre había deseado ser. Ese violinista no es el personaje central, pero se lleva el título de la novela. Aunque, bien mirado, no existiría el libro sin él. "Es cierto", me dice Andrés ya camino de la puerta y del gran diluvio (¿o eso fue dos días después?). "Es cierto que le violinista no aparece hasta la mitad de la novela, pero sobre el pivotan todos los demás. Y la música es un símbolo en la novela. De hecho, la música salva a uno de los protagonistas", subraya. Y va más lejos: sale hasta la acera. También va más lejos en los que dice: "la obra se abre con tres citas, una de ellas es un proverbio alemán que dice: ‘donde oigas cantar, siéntate alegremente. Los malvados no tienen canciones’. Todos hemos visto La lista de Schlinder y recordamos esa escena en la que los presos están dando vueltas desnudos al campo y los médicos están escuchando música con un gramófono. Esa paradoja entre la crueldad y la sensibilidad es justo lo que he querido capturar con el título de mi novela.
El libro tiene un título dulce y sonoro. El libro tiene un título hermoso y feliz. El libro tiene un contenido terrible y cruel. Parece la historia de la vida: bellas palabras para actos atroces. Andrés está de acuerdo. Luego le hablo de sus descripciones de los crematorios (tuve ocasión de ver todo eso en un viaje que hice a Dachau. Naturalmente, quedé muy impresionado. Creo que no deberíamos dejar de visitar esos lugares, ni otros lugares de tragedia: pasada, o contemporánea". Y Andrés me dice: "se concervan muy bien todos esos signos del horror... a la vista están. Había tres tipos de campos de concentración, de primera, segunda y tercera categoría. Los de primera eran para presos recuperables, los de segunda para una mezcla de presos recuperable y no recuperables y, por último, los de tercera se consideraban lugares para presos que iban allí a morir.... Ya sabes, la famosa frase, ante la perspectiva de los hornos crematorios: ‘de aquí sólo se sale por la chimenea’. Pues bien, de todos los campos de concentración, Mauthausen era el único que puede llamarse completamente de tercera categoría. Así que creo que con eso te respondo ya a tu pregunta".
A veces las historias nacen de un chispazo. De una pequeña señal. De una magia mínima que estalla en un lugar inesperado. A veces las historias crecen desde abajo, casi desde la nada. Y, más allá de la Historia y de la documentación, Andrés Pérez Domínguez ha hecho brotar El violinista de Mauthausen de una de esas historias breves, de un pequeño diamante, de una epifanía, de una luz encendida en un lugar del pasado. Un luz que sigue encendida. Aquel vals sin música que él vio bailar. "Seguro que algunos piensan que te lo has inventado", le digo. "Es demasiado redondo como figura literaria. Es una catapulta de emociones. Pero fue cierto...". "Fue cierto... vaya si fue", sonríe Andrés. "La realidad suele superar a la ficción, ya la saber. Nuestro común amigo José María Merino (magnífico, añado yo) me decía una vez que escribir un cuento es como construir algo con un flash. Y hacer novelas es como ser un espeleólogo. Yo he tirado del hilo, o sea, he tirado de aquel vals. Y ya ves, me han salido unas seiscientas páginas", concluye Andrés Pérez Domínguez.

Ahí, sobre la mesa, quedan esas seiscientas páginas. Una tras otra, avanzando sobre las ruinas de la humanidad, sobre la llama del amor. Un libro de imágenes que surcan la negra espalda del tiempo. Un libro de música. Un libro también, embozado en el sudario del horror. Andrés se despide bajo la lluvia. O quizás soy yo. La noche me devora y ya no estoy. Él se va a dormir.

martes 8 de diciembre de 2009

Viaje a Mauthausen con la prensa. IX (el vídeo)

Aunque ya colgué por aquí todas las entregas de mi viaje a Mauthausen con la prensa, dejo este vídeo, con un resumen del viaje, en el que se pueden ver algunos de los escenarios que aparecen en El violinista de Mauthausen.

domingo 6 de diciembre de 2009

El martes 8 de diciembre, en Herrera en la Onda

El próximo martes 8 de diciembre, a las 11,30 h, estaré en el programa de Onda Cero "Herrera en la Onda" hablando de El violinista de Mauthausen. El programa se emite para toda España, pero puede escucharse desde cualquier lugar del mundo en www.ondacero.es

Pues eso, todo el que quiera, ya sabe dónde encontrarme el próximo martes.

sábado 5 de diciembre de 2009

Tan realista como mágico

Como no solo de los acordes del violín vive este escritor -ni se alimenta este blog-, por aquí dejo esta reseña que aparece en la revista Mercurio de noviembre, y que firma Juan José Tellez, a quien aprovecho desde aquí para agradecerle sus palabras.

Ajuste de Cuentas

Antes de hacerse este año con el LXI Premio Ateneo de Novela de Sevilla, por su novela El violinista de Mauthausen, Andrés Pérez Domínguez publicó en la flamante editorial Paréntesis una colección de diez relatos titulada El centro de la Tierra: un ajuste de cuentas de sus protagonistas consigo mismos. Un ladrón vestido de Papá Noel y otro convertido en fantasma, un portero con más miedo a la conciencia que a los penalties, un alcohólico con una imposible voluntad por rehabilitarse o un infame torturador al que su víctima encuentra en la tierra de nadie de un autobús urbano. El propio Pérez Domínguez ha identificado a sus personajes como "gente que está al borde del abismo". Y el desenlace de cada historia depende de hacia donde dirigen sus pasos en semejante trance. De hecho, esta esta no es su primera recopilación de narraciones breves, ya que ocho años atrás publicó otra bajo el título de Estado provisional.
Pérez Domínguez es un autor de oficio al que le gana el talento: tan realista como mágico, sin incurrir en la síntesis de ambos extremos literarios, aprovecha los elementos cotidianos -a menudo su propia memoria- para referir acontecimientos tan sutiles como extraordinarios. Preciso como es, no deja nada al azar ni a la improvisación, por lo que no extraña en absoluto que habiendo escrito estos textos en distintas épocas de su vida, aliente en todos ellos una misma atmósfera, la de la derrota. Y un mismo denominador común, esa calidad sin artificios del buen contador de historias que defiende que el mejor protagonista para su obra siempre será el lenguaje.

Juan José Téllez

*El centro de la Tierra ha sido uno de los diez libros finalistas del Premio Setenil al mejor libro de cuentos publicado en España entre abril de 2008 y abril de 2009.

martes 1 de diciembre de 2009

Firma de libros

Este viernes estaré firmando ejemplares de El violinista de Mauthausen (Premio Ateneo de Sevilla, 2009) de 18,30 a 20,30 en la librería Beta de la calle Sierpes, en Sevilla.
Pues eso, todo el que quiera una dedicatoria, de este libro o de cualquier otro, o, simplemente, charlar conmigo, avisado queda.
Abrazos a todos,