Paisaje después de una batalla

Me gustan las Navidades, pero se me acaban haciendo un poco largas. Siempre me sucede lo mismo. Desde que los Niños de San Ildenfonso cantan la Lotería mantengo un estado de ilusión que se va apagando hasta llegar al seis de enero, cuando no me queda otra que bajar los brazos y rendirme porque ya no puedo más. Me pasa lo mismo que con los mantecados o los bombones de licor: empiezo a saborearlos con el mismo placer de cada año, pero cuando comienza enero me doy cuenta de que ya me cuesta tragarlos, que los mantecados se me convierten en una pasta incómoda en la boca, y que el licor de los bombones ―los mismos bombones que he tomado cada Navidad― de pronto son demasiado empalagosos, o es que soy yo el que ya no admite más dulces.
Una vez que uno ha perdido la ilusión en los Reyes Magos ―y que tampoco se ha presentado al premio Nadal―, la tarde del seis de enero, en lugar de ser el prólogo de la vuelta a la normalidad, se le antoja el paisaje que sucede a una batalla, con los soldados que han sobrevivido entregados sin mucho entusiasmo a la tarea de enterrar a sus compañeros muertos. Con el ceño fruncido, miro los restos de las fiestas en la calle que de pronto se han quedado obsoletos, las felicitaciones que ya no tienen sentido a pesar de que algunas fueron sinceras, las piezas de los telediarios en las que los empleados de El Corte Inglés se apresuran en quitar todo lo que huela a Navidad para sustituirlo por carteles de rebajas. Apenas me alivia la ilusión de los niños con sus juguetes recién estrenados, la felicidad intacta de un mundo en el que todavía son posibles muchas cosas que perderán a medida que pasen los años.
Me aburren los telediarios estos días: mañana abrirán todos con las imágenes de la gente apostada en la puerta de los grandes almacenes, esperando a que den las diez y empiece esa carrera de Oklahoma en busca de una ganga. Por eso, cada seis de enero veo los adornos de Navidad, las bolas de colores, el portal de Belén, y no puedo evitar cierta lástima. Un seis de enero por la tarde es tan triste como cualquier domingo por la tarde, un poco más quizá. Lo que nos espera mañana, aparte de las rebajas y de la retirada de cualquier cosa que nos recuerde a las fiestas que terminan hoy, es la realidad, puñetera, como siempre: las cifras del paro, la crisis que se ha instalado entre nosotros por mucho tiempo, a pesar de todo lo que nos quieran contar. La vida, que, aunque nos haya dado una tregua estos días, sigue yendo muy en serio.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2010

Comentarios

  1. Fantastico, parece MI realidad en boca de otro con la descripción adecuada que a mí me fue negada de poder expresar.

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  2. Muy buena meditación, Andrés.
    Es cierto que la Navidad se va tornando cada vez más monótona conforme crecemos y descubrimos como triste realidad que los Reyes Magos son los padres de uno.
    Un saludo.

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  3. La fiel realidad y mañana a retirar adornos, árbol, belén,… Uffffffffffffffffffffffffffff

    Excelente reflexión, felicidades.

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  4. En mi casa acabamos de retirar los adornos navideños. Lo hemos metido en sus cajas y los hemos depositado en el garaje. Qué alivioooo.... Y eso que, tal como dice Andrés, pusimos esos adornos con verdadera iluión, pero llevaban ya un mes ocupando un lugar que n les corresponde.
    Saludos
    Joaquín

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  5. buena reflexión...vuelta a la realidad de siempre...

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  6. Pero yo recordaré este 6 de enero, amigo mío (y tampoco por ganar el Nadal): he empezado esta tarde a leer El Violinista.
    Abrazos,
    D.

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  7. Te sigo!!! Interesantísimo tu comentario del final de las fiestas navideñas.., y voy a seguirte también leyendo tu libro. Un abrazo desde Valencia!

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  8. Mejor no pudo haber sido dicho, Andrés...me parece real, nostálgica, (por lo que hemos perdido al dejar de ser niños o inocentes). Te doy las gracias por invitarme a pasar por este dilicioso blog.

    Elizabeth
    http://lunadesalymiel.wordpress.com
    http://lunadesalymiel.blogspot.com

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  9. Pues has puesto en tu boca lo mismo que yo pienso, Andrés. La verdad es que esto es un coñazo consumista y que deberíamos beber champán y comer cordero en cualquier época del año.

    P.D.: Sigo con El violinista... Pág. ciento y pico. Fascinante. Enhorabuena.

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  10. Esa no presentación al Nadal es un clásico radiofónico entre Cristóbal y tú, ¿eh?... ¿Todo se andará, Andrés?

    Volvemos a la realidad, sí. Pero conste que yo no me creo eso de que los Reyes Magos son los padres.

    Abrazos.

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  11. Desde luego, muchacho, lo tuyo es muy fuerte: escritor de éxito, iteligente, buena persona, y, por si fuera poco, además eres guapo. Anda que tu novia no debe de tenerte atado corto!!! Y seguro que habrá alguna ex novia por ahí subiéndose por las paredes...
    No me preguntes quien soy porque no te lo pienso decir

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  12. Lamadrequepariotelefonica: el otro día leía una novela estupenda que decía que los escritores vemos lo invisible y escuchamos el silencio, y luego lo ponemos por escrito.

    Gracias, Manuel. Pero yo, igual que dice Juanma más abajo, también pienso que los Reyes Magos sí existen...

    Gracias, Ibiza Melián.

    Joaquín, sí, las Navidades están muy bien, pero acaban haciéndose demasiado largas.

    Gracias, Nora.

    Buena efeméride para recordar, Diego.

    Margaret, no abandones esa buena costumbre...

    Gracias a ti por pasarte por aquí, Elizabeth

    Sí, Paco, cualquier día es bueno para celebrar muchas cosas. Y que sigas disfrutando con El violinista

    Sí, Juanma. Y no veas lo que echo de menos esos ratos en la radio. Y estoy contigo: yo sigo creyendo en los Reyes Magos...

    Anónimo (Anónima, supongo): pues no sé qué decirte. Yo no puedo hablar por los demás y no sé si habrá alguien subiéndose por las paredes. En realidad, no es mi problema. Y, sí, siempre he procurado ser un buen chico

    Abrazos a todos

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  13. muy buena entrada, amigo mío.
    Felicidades una vez más por todos los mercidos éxitos, y los que sé aún no han llegado.

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