Cuestión de números

La semana pasada se cumplieron sesenta y cinco años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz por las tropas soviéticas. Cada 27 de enero, no puedo dejar de pensar en el frío insoportable del invierno en Polonia, los soldados del Ejército Rojo pasando por debajo del arco siniestro donde reza Arbeit macht frei, los muertos en vida pisando la nieve, la incertidumbre instalada en el rostro al ver llegar a unos soldados que no eran los mismos que los habían custiodado durante su estancia en el infierno.

Yo no sé si Richard Williamson, el obispo británico que, con contumacia pendenciera, se empeña en negar el Holocausto, ha cruzado alguna vez la puerta en un campo de exterminio. Yo sí he visitado varios, pero tampoco me hubiera hecho falta poner los pies en Auschwitz-Birkenau, en Büchenwald o en Mauthausen, para tener la certeza de que todo lo que he leído en los libros de Historia, en las biografías de los supervivientes, en los documentales o en las fotografías (no nos olvidemos de que muchas de las imágenes más conocidas que existen de la vida en un campo de exterminio nazi se las debemos a un español: Francisco Boix) es lo que de verdad sucedió.

Como llevo un par de meses hablando sin parar del campo de concentración de Mauthausen, con los periodistas o con los lectores, he terminado por comprobar algo que sospechaba: todo lo que tiene que ver con el Holocausto provoca emociones muy diferentes en la gente. La mayoría, por fortuna, lo rechaza sin más, convencidos, sin darle más vueltas, de en qué lado se encuentra el bien y en qué lado el mal. Otros, aunque también lo rechazan, me preguntan de una forma más o menos directa cuando no me critican abiertamente, casi siempre en esta viña sin vallar en la que se ha convertido Internet si no creo que ya se han contado demasiadas historias sobre el Holocausto para que ahora venga yo a dármelas de listo y a venderles a los lectores el mismo perro pero con distinto collar. Yo les digo que no, que, por mucho que se haya escrito, nunca será suficiente.

Hay quien se horroriza y ni siquiera quiere hablar del tema, gente amable que se disculpa porque jamás van a leer mi novela. No sé si sería capaz de soportarlo, me dicen, como si leer una novela fuese una obligación en lugar de un acto voluntario y placentero. A veces les explico que El violinista de Mauthausen es sobre todo una novela de aventuras, una historia de amor y espionaje, pero que, ojo, una parte del libro sucede en un campo de exterminio. Y Mauthausen no es lo mismo que Eurodisney. Me caen muy bien estos lectores.

De vez en cuando alguien me pregunta mi opinión sobre el conflicto actual entre judíos y palestinos, y, aunque es un tema que daría para hablar largo y tendido, para otra novela que no me apetece escribir, al menos por ahora, hay un asunto que me gusta dejar bien claro: aunque el problema palestino me sugiere una profunda empatía, no se debe meter en el mismo saco al Holocausto y al muro de Gaza. Sé que es lo más fácil a veces, y entiendo que se pueda caer en la tentación de hacerlo, pero antes o después más antes que después estaremos fabricando demagogia barata. Sin embargo, aún no me encontrado con ningún enterado que venga a enmendarme la plana, a decirme que lo que sucede en mi novela no es verdad, que todos los libros de supervivientes que he leído, las entrevistas que he visto, o lo que me han contado quienes han conocido a supervivientes del Holocausto, no es más que literatura digna de ser tirada a la papelera.

El propio obispo Richard Williamson, que quiero creer que no es más que un provocador con afán de notoriedad, parece estar convencidos de que las cifras son exageradas con el mismo empeño que los críos creen en los Reyes Magos, que no fueron tantos los deportados, y que, además, no fueron despachados en las cámaras de gas. Es curioso, porque, en todos los campos de exterminio que he estado, he visto cámaras de gas y hornos crematorios. Tal vez fueran construidos con algún fin que el obispo Williamson y los energúmenos que piensan como él nos podrían explicar. Y, las cifras, en fin... Tal vez, paradójicamente, es en el número de masacrados donde esté el mayor problema. Cuanta más gente, qué curioso, más difícil es hacerse una idea, ponerse en la piel de los que sufrieron el Holocausto. Será porque el cerebro humano ha desarrollado una capacidad envidiable de asumir la tragedia, cuando de muertos se habla, llegado un número determinado no importa demasiado que nos digan cien mil, un millón, seis o veinte millones. No podemos procesarlo, no queremos. Qué se yo. Y es aquí donde los testimonios de los supervivientes son inestimables. La historia de un individuo que resume la cuestión y a la vez es un símbolo de lo que pasó, el testimonio único e impagable de personas que recuerdan, cómo van a olvidarlo, setenta años después, una vida feliz, tranquila, sin sobresaltos, tan normal como la de ustedes, como la mía. Una vida que se convirtió en un infierno. Basta el testimonio de un anciano que recuerda una plácida existencia con su familia hasta que llegaron unos hombres de uniforme que los confinaron en un gueto; o las palabras emocionadas de una mujer que conserva un pendiente, el único recuerdo de su familia que pudo salvar del horror. No sé si el obispo Williamson o los ignorantes que hablan como él habrán visto el minidocumental que desde el otro día está colgado en Internet para conmemorar el 65 aniversario del Holocausto. Me cuesta recordar algo con tanta fuerza como estas imágenes , las palabras de gente muy mayor que habla de lo que vivieron con una dignidad que ya, ignorante de mí, creía extinguida. Son solo diez minutos, pero les aseguro que merece la pena.


© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2010


Comentarios

  1. El obispo puede pensar y decir lo que quiera, pero lo que sucedió fue real. Mi esposo estuvo en Auschwitz, y también en Mauthausen. Y no era judío. O sea, no era tampoco cuestión de creencias y asuntos raciales, también iban a parar a los campos los propios alemanes arios, por no comulgar con las ideas nazis.

    Es una lástima que no pueda conseguir todavía por aquí, pero espero poder leerlo algún día.

    Blanca Miosi

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  2. El negar la evidencia es el ejercicio de los necios. De iluminados está el mundo lleno. Hay que ser realmente hijoputa para abrazar el régimen nazi y no repudiar lo que significó, la mayor catástrofe humana hasta la fecha.
    Un abrazo.

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  3. Hace bastantes años escribí en un periódico local un artículo sobre Ana Frank, básicamente lírico. A los pocos días me replicó en las mismas páginas un tipejo que se denominaba Doctor no sé qué (un apellido de aspecto alemán) donde negaba sistemáticamente el holocausto y tildaba el diario de Ana como una mera artimaña comercial dirigida -como buen judío, insinuaba- por su padre. Pensé mucho en contestar, de hecho llegué a escribir otro artículo menos amable, pero las cartas de apoyo no se hicieron esperar, así que juzgué que alguien que quería quedar como un imbécil ignorante públicamente no merecía respuesta alguna.
    Días después me llamó a casa una mujer mayor, belga u holandesa si mal no recuerdo. Vivía desde hacía años en mi isla y había estado en el mismo campo de concentración que la familia Frank. Llegó a conocer a la propia Ana en persona. Me mandó recortes que había ido recopilndo sobre aquella mascre toda su vida. Y sí, que más hubiéramos querido que todo aquello fuese una patraña. Pero me temo que no es posible tan diabólica imaginación.
    Abrazos.

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  4. Si el obispo Richard Williamson hace esas declaraciones por afán provocador es para vomitar días enteros, pero me da que lo hace porque es un miserable en todos los sentidos. Y soy "muy suave" con él. En realidad si le miras a los ojos se pueden ver hasta las cenizas de las víctimas del horror. No es un obispo, es una pesadilla de hombre.

    Un saludo,

    Marta Navarro

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  5. No recuerdo ahora cómo se denomina a aquellos que emiten una mentira, acaban creyéndosela y además la difunden y la defienden con furibundos razonamientos también inventados. Quizá ¿paranoicos? O quizá ¿jodidos paranoicos?
    En cualquier caso, tipejos así, como bien dice Diego, no merecen ni un gramo de nuestra energía para rebatirles. Creo que lo mejor es pasar de ellos y hacerles el vacío.
    Un abrazo.

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  6. Andrés, magnífico y certero, como siempre. QUe nunca nos olvidemos de aquello.
    Ya he leído El centro de la Tierra. Yo soy más de novelas, pero tengo que reconocer que eres un maestro también en la distancia corta, aunque le pese a algunos.
    Un abrazo,

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  7. Blanca, el testimonio de la gente que, como tu marido, sufrió el Holocausto, es imprescindible. Hablaré con mis editores, a ver si me entero de si El violinista de Mauthausen se va a distribuir por tierras lationamericanas.

    Carlos, hay gente muy estrecha de mente, qué le vamos a hacer.

    Diego, supongo que hablas de Baleares. No sé si sabes, supongo que sí, que se sospecha con bastante fundamento, que Aribert Heim, médico de Mauthausen, pasó bastantes años por allí. Igual fue el mismo que te escribió.

    Entrenómadas, pues sí, tal vez sea solo un miserable, un malnacido, vaya.

    Sí, Paco, pero el problema es que por dejar pasar sus comentarios haya gente que se plantee si no tendrán razón, y eso es mucho más grave, a mi entender.

    Alex, muchas gracias. Me alegro de que hayas disfrutado con mis cuentos. No creo que le pese a nadide, de verdad. Yo no soy más que una mota de polvo minúscula en el Universo.

    Y, una cosa más: en los casi dos años de vida de este blog, ha sido la primera vez que he borrado un comentario. Admito todas las opiniones, incluso no tengo ningún problema en mostrar públicamente cuando alguien me insulta o me falta al respeto (algunos de los que os pasáis por aquí, sabéis a qué me refiero), pero no voy a consentir que un imbécil o un bromista utilice mi blog para insultar a las víctimas del Holocausto. Lo digo para que lo sepa el tipo que el otro día quiso hacerse el gracioso.

    Abrazos,

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