Memoria purificadora

El escritor Rubén Castillo Gallego escribió esta reseña de El violinista de Mauthausen para El Noroeste de Murcia. Aprovecho para darle las gracias y mandarle un fuerte abrazo desde mi blog.

Quien explora el territorio del nazismo, como quien indaga en el mundo de cualquier guerra, sabe que su materia prima tiene tantas aristas como posibilidades de abordaje. Y sabe también que su principal misión consiste en entrar en las coordenadas de la culpa, del horror y de la infamia. Tendrá que decir a sus lectores que, durante un período atroz que abarcó más de una década, varios miles de energúmenos capitaneados por un paranoico con déficit de litio en el cerebro tuvieron en jaque al continente europeo e instauraron un dominio de brutalidad, crímenes, racismo, ínfulas visionarias, gritos guturales, campos de concentración y expansionismo alarmante. Ese novelista tendrá que contar (una vez más, porque la dignidad lo exige) que los seres humanos a quienes ese régimen abominable consideraba inferiores fueron inicuamente humillados con marcas que los identificasen, hacinados en trenes, trasladados a lugares donde el hambre, la sed, el trabajo o las vejaciones acababan con ellos, y que, en el colmo de la barbarie, se los gaseaba y se los quemaba en hornos, como si no fueran otra cosa que despojos o animales portadores de alguna infección.
Andrés Pérez Domínguez, que es un novelista valiente, sólido y digno, ha osado volver a ese tema, porque sabe que el dolor, por más que haya sido contado o analizado en documentales y libros, guarda siempre nuevos pliegues donde anidan las lágrimas. Como aquel libro infinito que soñó Borges, en el que cada hoja podía desdoblarse de manera tenaz en dos nuevas hojas, las abominaciones generadas por el nazismo permiten a los creadores ensanchar nuestro conocimiento con sus producciones novelísticas. El violinista de Mauthausen, que fue premiado con el Ateneo de Sevilla del año 2009, nos traslada una historia muy sencilla, narrada con magistral pulso, donde cuatro personajes se convierten en columnas sustentadoras del hecho novelesco: Rubén Castro (un profesor de latín que ha escapado de la España posterior a 1936, y que está a punto de casarse con una chica francesa, justo cuando explota en París la locura de la invasión nazi, y el joven es detenido por la Gestapo), Anna Cavour (prometida de Rubén, que queda destrozada cuando los alemanes se lo llevan a un lugar desconocido y que se mostrará dispuesta a hacer lo que sea para que lo liberen), Robert Bishop (un enigmático agente de Estados Unidos que contacta con Anna para que se aproxime a los enemigos y pueda extraer de ellos alguna información que resulte crucial para los aliados) y Franz Müller (un ingeniero alemán que, sin cobijar ninguna simpatía por la ideología nazi, tendrá que trabajar en los delirantes planes armamentísticos del Führer). Con esos hilos, Andrés Pérez Domínguez urde una historia conmovedora pero no sensiblera, dura pero no efectista. Veremos en algunas de sus páginas cómo los prisioneros que han sido transportados en un tren durante días y días, sin comer ni beber, haciéndose sus necesidades encima, conviviendo con los cadáveres que el frío casi polar iba provocando en el interior de los vagones, bajan al andén y se tiran al suelo para lamer el agua de los charcos, en medio de las risas inmundas de los nazis que los vigilan. Y, durante unos minutos interminables, uno siente vergüenza de pertenecer a la misma especie que aquellos monstruos a los que Europa tuvo que soportar.
No repetiré aquí ese sintagma impreciso de «la memoria histórica». Y no lo haré porque, en puridad, toda memoria es histórica: alude a la cronología de nuestro pasado. Evitaré, pues, esa tautología, en la que tan alegremente caen los políticos y sus alabanciosos (como hubiera dicho el gran Miguel Espinosa). Yo prefiero hablar de «memoria purificadora» o de «memoria de contrición». Es decir, los esfuerzos que hacemos quienes habitamos ahora el mundo para que las truculencias inhumanas del nazismo (o del estalinismo, o del franquismo, o de cualquier otro régimen que haya auspiciado el crimen o la venganza como uno de sus atributos) no merezcan más recuerdo que el salivazo de nuestro desdén. Andrés Pérez Domínguez, con esta novela fascinante y magnética, consigue que lleguemos a un conocimiento mejor de esa época monstruosa. Y yo me quito el sombrero ante alguien que consigue, con su esfuerzo, trasladarme esa enseñanza.

Comentarios

  1. Gran reseña, gran novela, grandes personas ambos. Un abrazo. Antonio

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  2. Gran reseña, Antonio. Como la que tú hiciste también.
    Un abrazo,

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