Barcelona

Hay unas cuantas ciudades que disfruto mucho cuando voy. Por razones de trabajo, uno de los lugares que visito últimamente es Barcelona. El próximo 22 de abril vuelvo a la ciudad dispuesto a calentar motores para esa Carrera de Oklahoma que me imagino que es Sant Jordi. Ya lo contaré por aquí. Eso sí: procuraré que me lleven en el AVE la próxima vez. Entre una cosa y otra, si echo cuentas, vienen a ser las mismas horas que en avión. En el aeropuerto hay que estar dos horas antes, y el otro día, además, el avión llevaba retraso. En el AVE puedes levantarte cuando quieras, dar un paseo, y no tienes que viajar encajonado entre dos pasajeros mientras mueves la mandíbula para desatascar los oídos.

Pero no es de mis preferencias a la hora de viajar de lo que quiero hablar. Barcelona, decía. Esta vez iba al Museo de la Historia a presentar El violinista de Mauthausen. Según dicen los editores, que son quienes saben de estas cosas, las presentaciones al público no son rentables en sí mismas, y a veces acude poca gente, o ni siquiera va nadie, que también sucede. Entonces, se preguntará el lector, con suspicacia justificada: ¿por qué se hacen? ¿Para alimentar el ego insaciable de los escritores? ¿Para llevarlos de viaje gratis? No, no es eso. La promoción que supone una presentación casi siempre es interesante, y a veces acuden bastantes lectores al acto. Personalmente, pienso que es un deber para un escritor mantener el contacto con sus lectores: yo también he escrito cartas a escritores que me gustaban y he aguantado con paciencia una cola en una presentación para que me firmen un libro. Además, hay algo que a lo mejor mucha gente no sabe, y creo que es la principal razón por la que un editor te lleva continuamente de un lado para otro: casi siempre, cuando vas a una ciudad a presentar un libro, te entrevistan en algunos medios. Por eso el otro día, cuando me bajé del avión con retraso me fui directo hasta Radio L` Hospitalet. Ya me había entrevistado Jaume García en febrero de 2009, cuando fui invitado a Barcelona Negra para hablar de El síndrome de Mowgli. Recordaba aquella entrevista con agrado. Entrevista que además conservo porque fue en directo y pude grabarla. Esta vez no fue posible. Una lástima, porque es un placer encontrarte con alguien como Jaume, que parece disfrutar de su trabajo en la radio de la misma forma que de sus lecturas.

Con Óscar Oliveira, mi jefe de prensa en Algaida, hablo con tanta frecuencia últimamente que a veces tengo la sensación de que somos de la familia. A estas alturas de la promoción, he perdido la cuenta de los kilómetros que nos hemos recorrido Óscar, Lorenzo Luengo (el ganador del Ateneo Joven: no se pierdan Amerika) y yo desde noviembre, cuántas anécdotas hemos compartido, cuántas risas, lo amigos que nos hemos hecho. A Susana Picos, sin embargo, no la veía desde que a mediados de noviembre estuvimos en Mauthausen con la prensa. Fue un placer encontrarme en Barcelona con ella. Ya lo dije aquí en su día: trabajar en el departamento de prensa de una editorial es complicado. Tienes que estar todo el tiempo pidiendo favores a los periodistas para que saquen a los autores en los medios, y el trato con los escritores, qué le vamos a hacer, no siempre resulta fácil. Yo, cuando tengo que hacer un viaje de promoción, nunca pienso que soy un escritor, y Susana y Óscar no son las caras visibles de Algaida ante la prensa, Así todo resulta más sencillo, más agradable, más cercano y, sobre todo, mucho más divertido.

Desde hace mucho tiempo, ir a Barcelona supone siempre un reencuentro con viejos amigos. Justo antes de la presentación, en la terraza del Museo de la Historia me encuentro con mi querido Paco Luis del Pino, a cuyo buen hacer se deben la mayoría de las fotos que han aparecido en la prensa del viaje que hicimos al campo de exterminio de Mauthausen en noviembre pasado. Al día siguiente tendré oportunidad de pasar un rato estupendo con Paco Luis antes de marcharme al aeropuerto. Pero vayamos por partes. La presentación estuvo bien. Vino gente, firmé libros, tuve ocasión de conocer a algún superviviente del Holocausto o a familiares, y eso siempre resulta grato para alguien que ha escrito una novela sobre el tema. Sin embargo, en las presentaciones de libros en general, y en las de El violinista de Mauthausen en particular, a veces la cuestión de desvía, y lo mismo te encuentras respondiendo a preguntas sobre el conflicto judío – palestino o asistiendo a una discusión entre los asistentes, o alguien del público coge la palabra sin intención de soltarla y, en un momento dado, un lector que haya llegado tarde a la presentación, puede pensar que se ha equivocado en el día, en la hora o en el lugar, porque, recordando a Umbral, yo había venido a hablar de mi libro... Patricia, de Llegir En Cas D'incendi, a quien todavía no conocía, supo reconducir la charla con una pregunta oportuna. Se lo agradecí, entre otras cosas, porque pienso que algunas de las personas que habían venido al acto tendrían interés en conocer un poco la historia que ha rodeado a la gestación de El violinista de Mauthausen.

Al final del acto, después de la firma, tengo ocasión de saludar a Diego Prado, un habitual de esta bitácora, a quien conocí en Barcelona en febrero de 2009, en aquel debate sobre Literatura y boxeo con David Torres y Julio de la Rosa.

Pero, sin duda, uno de los mejores momentos del día fuel rato que pasé en la radio, en Cornellá, en el programa Llegir En Cas D'incendi. Manel y Patricia tuvieron la amabilidad de ir a recogernos a Óscar Oliveira y a mí a Barcelona y de llevarnos de vuelta después. No resulta sencillo -de hecho, cada vez resulta más difícil- encontrar un programa especializado en libros, con lo que el esfuerzo y la ilusión de Patricia, Manel y Xavi no merece menos que mi reconocimiento público. Dicho queda.

La mañana siguiente me di un largo paseo por Barcelona. Me gusta callejear sin rumbo, pararme delante de los escaparates, entrar en alguna tienda que me ha llamado la atención. Es curioso que, para alguien a quien le gusta la tranquilidad tanto como a mí, resulte tan gratificante y tan divertido pasear por las grandes ciudades. Las contradicciones forman parte de la vida. No lo voy a negar a estas alturas... A media mañana me acerco al Centro Internacional de Prensa para ver a Paco Luis del Pino. Tú eres el de las fotos de Paco Luis, me dice alguien al verme. Me hace mucha gracia. Yo he salido en fotos de Paco Luis, respondo, con una sonrisa. Pero no sé si soy el de las fotos... Paco Luis me enseña las instalaciones. Es imposible no contagiarse del entusiasmo de este hombre, de su vitalidad y de su amabilidad al enseñarme la biblioteca con algunos volúmenes centenarios que tuve oportunidad de tener en mis manos, las salas de reuniones, su lugar de trabajo, el salón con la chimenea imponente donde nos sentamos a tomar un café y se nos pasa el tiempo volando mientras rememoramos nuestras escenas favoritas de la fabulosa serie Hermanos de sangre. Los dos, además de haber visto los diez episodios varias veces, también nos hemos zampado el libro de Stephen E. Ambrose con el mismo título. Nos conocemos de memoria los nombres de los soldados de la compañía Easy: Winters, Nixon, Malarkey, Guarnere, Webster... También hablamos de nuestras películas del Oeste favoritas. Es un misterio cómo la ficción puede servir de punto de encuentro entre mucha gente. Siempre encuentro formidable el entusiasmo de quien descubre que la persona con la que habla, y que tal vez acaba de conocer, ha sentido las mismas emociones al leer la misma novela o haber visto la misma película. Para mí, ésa es una de las cosas más maravillosas que tiene este oficio tan raro de inventar historias.

Paco Luis me acompaña a coger un taxi. Nos damos un abrazo y estamos seguros de que volveremos a vernos dentro de muy poco, en Sant Jordi. Luego me espera una cola interminable en el aeropuerto y un vuelo lleno de turbulencias. Pero ésa es otra historia.


© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2010


Comentarios

  1. A mí también me parecieron majos Óscar y Paco Luis (a Susana la conocí el mismo día que a ti). Luego, al despedirme de Paco en el metro coincidimos en señalar que lo mejor de un escritor (tú, en este caso) es que sea una personal normal, un tipo sin vanidad, algo que los que conocemos de cerca el mundillo literario sabemos que no es tan común. Lo difícil no es llegar a vender 40.000 mil o 100.000 ejemplares,que lo es, sino continuar siendo el mismo.
    Prepara el Red-bull para Sant Jordi!
    Un abrazo.

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  2. Pues muy interesante todo lo que cuentas, Andrés, sobre todo para alguien como yo que, si llego a publicar algún día, me parecerá increíble ir a firmas y a otros saraos literarios varios. Supongo que será gratificante conocer y charlar con los lectores. También con editores y demás personalidades. A ver si un día firmas por Madrid y podemos saludarnos. Un abrazo.

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  3. A mí me mola Barcelona, Andrés. Pero claro, si encima es para firmas o charlas o reuniones literarias, pues mucho mejor. Me encantó el violinista. A ver si haces alguna presentación en Madrid y me entero. Saludos.

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  4. Barcelona es un hermoso lugar que algún día espero conocer. Felicidades, Andrés por los grandes logros que haz alcanzado con la publicación de tu libro.
    Un saludo.

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  5. Diego, yo creo que siempre hay que ser uno mismo Yo creo que eso tiene más que ver con la personalidad de cada uno que con las ventas.

    Es gratificante, Paco, aunque a veces resulta también un poco cansado. Pero sería una estupidez quejarse. Un escritor lo que quiere son lectores. Al menos es lo que yo pienso. En Madrid firmaré en la Feria del Libro. Lo anunciaré por aquí.

    Paco, Barcelona es una ciudad estupenda. Me alegro de que te haya gustado El violinista. Te digo lo mismo que a Paco. Estaré para la Feria del Libro. Asómate por aquí de vez en cuando.

    Naty, muchas gracias. Y Barcelona merece la pena, claro que sí.

    Abrazos a todos,

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