Sant Jordi (primera parte: La carrera de Oklahoma)

Sin querer dármelas de Neruda a estas alturas, puedo decir que he estado en Sant Jordi y he sobrevivido. Pero también he vivido.

Si alguien ha visto en el cine la famosa Carrera de Oklahoma, en la que los colonos salían en estampida para conseguir las mejores tierras, las ruedas de las carretas partiéndose, la gente empujándose para conseguir el mejor sitio, puede hacerse una idea de la dificultad de salir en la foto oficial en el hotel Regina de Barcelona la mañana del 23 de abril. Como no me gustan las carreras ni los tumultos llegué rezagado, me puse en cuclillas en una esquina, y, mientras esperaba que de un momento a otro se me quebrasen los tobillos, en esa postura tan poco decorosa pude saludar a mi amigo Toni Polo, viejo compañero del viaje que hicimos a Mauthausen en noviembre pasado. Apenas separados por un par de metros, los reporteros gráficos y los escritores parecíamos dos equipos a punto de enfrentarse. No se ve muy bien, pero estos eran los fotógrafos.
Las estrechuras, como puede verse, eran para todos


No sé si había más fotógrafos o literatos. Y juntaletras éramos unos cuantos. No me apetece entrar en berenjenales sobre lo que se puede considerar un escritor o no, pero digamos que todos los que estábamos en este lado teníamos un libro con nuestro nombre impreso en la cubierta. Sant Jordi es así: una curiosa mezcla de gente cuya vida tiene alguna relación con los libros. Una fauna heterogénea en la que algunos desprecian secreta o abiertamente a otros con elitismo resabiado, otros aprovechan para asuntos que poco o nada tienen que ver con la Literatura, y que al que firma esta crónica le pareció bastante divertida. Porque me lo pasé bien en Sant Jordi. Y, sobre todo, fue una experiencia interesante.

He de retroceder unas horas en el tiempo para explicarlo mejor, pero, si a estas alturas de la entrada algún lector está preocupado por mis tobillos (dicen por ahí que los escritores somos unos seres faltos de cariño que buscamos siempre llamar la atención de los demás), permítanme que alivie su angustia: conseguí levantarme con los tobillos intactos, y al día siguiente no sufrí agujetas, con lo que quizá no fue tan grave como temía. Vamos, que siempre me preocupo más de la cuenta.

Decía que debía dar marcha atrás en el tiempo. El día de Sant Jordi es el 23 de abril, pero en realidad, Sant Jordi es una fiesta que dura varios días. La tarde antes, nada más bajarme del AVE y dejar las maletas en el hotel, me fui con mi inseparable compañero de fatigas Oscar Oliveira a la fiesta del programa Continuará (es un programa que se emite en TVE en Cataluña. Lo digo para quien no lo sepa. Yo, la verdad, no lo sabía).

La tarde estaba un poco desapacible, pero las vistas desde la terraza del hotel Casa Fuster merecen la pena. Sin embargo, aunque el personal era de lo más glamuroso (actores, presentadores de televisión, escritores, editores, agentes, y gente de oficio desconocido con un imán innato para las cámaras de los fotógrafos del corazón), fue la fiesta que menos me gustó de todas las que estuve. Oliveira, Eduardo Iriarte, con quien habíamos quedado en la puerta, y yo estuvimos la mayor parte del tiempo apretujados, los brazos pegados al cuerpo, como mis añorados Clicks de Famóbil. Pero, sobre todo, me di cuenta de que en estas fiestas es difícil hablar más de treinta segundos con alguien. La mayoría parecía estar más atento a la próxima persona a la que le apetecía saludar, o estaba tan interesado en hablar con quien fuese o no quería que lo importunases que, con suerte, aunque te conociera, apenas te dedicaba como saludo una leve elevación de la barbilla. Sucedió más o menos lo mismo en todos los saraos en los que estuve, pero quizá el de aquella terraza, por ser el primero de todos, me pilló un poco descolocado y bajé en el ascensor con una sensación agridulce. En fin. Uno es del sur, y de pueblo, y ve las cosas, la vida, de otra forma, supongo. De ahí nos fuimos a otra fiesta, la de la revista Qué Leer, donde me sentí mejor porque el ambiente era más desenfadado. Tuve ocasión de saludar a algunos viejos amigos, de poner cara, por fin, a mucha gente a la que desde hace algunos años solo conocía a través del aséptico correo electrónico. No me fui tarde. El día siguiente iba a ser muy largo.

Me levanto muy temprano. Para variar, como saben los lectores de esta bitácora, no duermo muy bien en los hoteles. Como el soldado que busca cierta tranquilidad para mentalizarse antes de que empiece la batalla, me doy un largo paseo por la Rambla. Apenas pasan unos minutos de las ocho y hay cientos de personas preparando puestos de libros, abriendo cajas; furgonetas de las que salen miles de rosas. Me encuentro con el incansable Paco Camarasa, hecho un brazo de mar, tan temprano, en el puesto de Negra y Criminal. Me cuelo en el mercado de la Boquería. Disfruto mucho del ambiente de un mercado, de sus colores, de sus olores, el trajín de la primera hora de la mañana. En Santiago de Compostela suelo hacer lo mismo cuando me levanto. Justo enfrente del hotel en el que suelo alojarme hay un hermoso mercado, antiguo, levantado en piedras oscuras, con mujeres mayores que se cubren la cabeza con un pañuelo y te hablan melosamente en gallego entre una marea de productos ante los que las glándulas salivares no pueden contenerse aunque acabes de desayunar.

Pero volvamos a donde lo había dejado. Después de la foto de familia en el hotel Regina, los escritores salimos en estampida para colocarnos en nuestros puestos de firmas. La primera cita es en El Corte Inglés de Portal de L`Angel. Hay una silla y un rótulo con mi nombre en el mostrador. Cuando me siento, alguien me pide que me cambie de sitio con John Carlin. Me da lo mismo. Me levanto, muevo el rótulo y la pila de ejemplares de El violinista, pero no acabo de entender el motivo. Un poco más allá está Jaime Peñafiel, con su corbata y las gafas en la mano, igualito que en la tele. Al mi derecha veo a Vila Matas. Neus Arqués viene a saludarme. Somos amigos del Facebook, y le digo que su libro Marketing para escritores me pareció muy interesante. Me doy cuenta de que no siempre los autores se saludan en las mesas de firmas. De hecho, lo normal es que ni siquiera se miren. Tampoco acabo de entenderlo. Tengo a John Carlin pegado a mi hombro. Hubiera querido decirle que El factor humano me había gustado mucho, que lo recomendé a los oyentes en el espacio que hice hasta el año pasado en la radio, que cuando me preguntaron en una entrevista para un periódico cuáles habían sido los cinco libros que más me habían gustado en el 2009 el suyo era uno de ellos, pero en una hora a su lado solo conseguí verle la espalda. En fin. Aunque uno sea de pueblo, acaba entendiendo que cada uno va a lo suyo. Y lo mío, y para eso había ido a Barcelona, son mis lectores.

Comentarios

  1. Andrés,
    gracias por la crónica hiperrealista. Y la foto "del otro lado" lo dimensiona todo. Me alegré de saludarte en la presencialidad y espero que habrá otras ocasiones. Un abrazo.

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  2. Vaya, tela, Andrés, qué interesante. Ojalá publiquen mi novela y nos veamos un día en un sarao de estos. Se te echó de menos en Madrid en donde también tuvimos más de trescientos actos debidos al día del libro. No sé por qué tienen que hacerlos el mismo día, la verdad, porque coinciden en el tiempo multitud de actos apetecibles. Bueno, me alegro de que lo pasaras bien y espero saludarte en la Feria del Libro de Madrid. Un abrazo.

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  3. Ahora, amigo, ya entenderás por qué yo huyo todo lo que puedo de Sant Jordi. Ese día tiene poco que ver con la literatura, o con lo que yo entiendo por tal, pero creo que el contacto con los lectores es lo mejor de esa jornada, sin duda. Supongo que recibiste mi mensaje de móvil esa tarde mandándote un abrazo virtual desde mi cueva.
    Otro.

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  4. Andrés soy una de tus lectoras y como muy bien has entendido que te debes a tus lectores pues, merezco tu atención y si no puedes venir a firmar a ARGENTINA , mandame tu saludo a mi blog o al facebook. (jajaja es broma ) TE FELICITO POR TU LIBRO y me encanta esa tu forma de ser ,como tu dices, por ser del sur o de pueblo,tienes " don de gente"como decía mi abuela.un abrazo grande.felicitaciones (bis)
    sandra

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  5. Una buena jornada, una más para tus tantas jornadas, Andrés. algún día yo también estaré en alguna feria...

    Muchos besos!
    Blanca

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  6. Neus, lo mismo te digo. Ojalá que coincidamos de nuevo.

    Paco, todo llega. Ya lo verás.

    Sí, Diego. Lo recibí. Pero imagínate cómo andaba de liado...

    Hola, Sandra, encantado de verte por aquí.

    Blanca, seguro que sí. Y yo te veré.

    Abrazos a todos,

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