Tragedia, pero menos
En agosto siempre hay un día que llueve tanto que parece que de pronto se ha acabado el verano, conque no tengo perdón. La sem ana pasada con el cielo de plomo se barruntaba lluvia. Me fui de casa, dejé la venta na abierta. Y llovió. Tanto como no recuerdo haber visto llover nunca en verano. Tanto como debía de llover el día que Noé decidió embarcar a los animales en el arca. Caía el agua como decía Forrest Gump en Vietnam: desde arriba, por los lados, desde abajo. A mí con la lluvia me pasa lo que a los pirómanos con el fuego: me quedo mirando el agua caer, embobado. El otro día me pasó lo mismo. Ya no estaba en casa cuando llovía, y ni siquiera pensé en los cuadernos. No me di cuenta h asta que llegué, por la noche, unas cuantas horas más tarde. Igual que el Paul Sheldon de la espléndida Misery , solo guardo una copia de mis novelas hasta que las tengo terminadas y, además, y escribo a mano el primer borrador, con pluma. Por eso los tres cuadernos se habían convertido en un blo...