Un escritor sin soberbia

Tenía pendiente colgar esto en el blog desde mayo. A finales de ese mes estuve presentando El violinista de Mauthausen en Almería, y Miguel Ángel Muñoz tuvo la generosidad de meterse entre pecho y espalda un tocho de casi 500 páginas escrito por un desconocido. Había preparado un texto para la presentación y le pedí permiso para ponerlo aquí. No creo que haga falta explicar quién es Miguel Ángel Muñoz, pues es de sobra conocido para aquellos que frecuentan ese género delicioso que es la narrativa breve. Tiene uno de los blogs más visitados que conozco, El síndrome Chéjov, que toma prestado el nombre de su primer libro de cuentos en la editorial Páginas de espuma. El año pasado publicó otro en la misma editorial, Quédate donde estás. Yo también pienso de él que es un escritor sin soberbia y un narrador soberbio. Estas fueron las palabras de Miguel Ángel Muñoz en la presentación.

“El violinista de Mauthausen” anuncia desde su título la dolorosa paradoja a la que nos sigue enfrentando el recuerdo de las atrocidades hechas por los nazis: aquellos que abrían las puertas del infierno, y decidían quiénes debían ingresar o no en él, lo hacían acompañados de un bagaje cultural europeo –musical, literario, artístico- que vuelve su crueldad más incomprensible aún para los que pensamos que la cultura va unida a la idea finalista del progreso, la mejora del ser humano, o como en palabras de Kant, el logro de “la paz perpetua”. En un mismo sintagma, el título de esta novela nos habla de música y de horror.

Andrés Pérez Domínguez, desde su título, nos dice que la historia se va a mover en un terreno de decisiones morales, de maldades apenas equilibradas por la posibilidad de la belleza. Así entrecruza las vidas de cuatro personajes bien distintos, y que con sana intención saca de las casillas estereotipadas de lo obvio. Franz Müller, su nazi, no es exactamente un nazi, sino un ingeniero en desacuerdo con la ideología nazi aunque ponga su talento al servicio de ella; Anna Cavour, su heroína, es una francesa, pero con ascendencia alemana, lo que la salva del destino concentracionario de su pareja, y además le permite moverse con relativa libertad, aproximándose al régimen nazi, al servicio del espionaje americano; Rubén Castro, el protagonista, prometido de Anna que es internado por la Gestapo en el campo de Mauthausen, no es la víctima usual de tantas novelas o películas sobre la época: es un republicano español, lo que no es nada extravagante, puesto que no en vano el campo de Mauthausen es el más unido en la memoria a la experiencia cruel de miles de españoles, pero a la vez es una vuelta de tuerca que le da un toque novedoso a la intriga que Andrés narra a lo largo de estas caudalosas y vibrantes 500 páginas. Andrés ha buceado con nobleza en uno de los desafíos mayores del escritor: encontrar algo que no se haya contado, allí donde todo ya ha sido contado.
Es una historia, por tanto, donde nadie es lo que parece. Hay suplantaciones y engaños, como el de Anna, motivados por el deseo de salvación hacia Rubén, su prometido. De hecho, el cuarto personaje de la historia es Robert Bishop, un espía norteamericano, que pertenece a la CIA cuando la CIA todavía no era la CIA, el OSS, la agencia de inteligencia que puso los mimbres de aquella. Pero incluso, y quiero remarcarlo porque lo considero elemento central en la novela, y de los aspectos que más sugestivos me han parecido, Rubén Castro no es sino un aparecido –“soy un moribundo”, dice al comienzo de la novela, "Cuando Rubén Castro llega a París ya está muerto", es la primera frase de la obra-, alguien que ha perdido en el campo su peso, su salud, pero también su nombre, su dignidad, todo aquello que lo identificaba como Rubén. Cuando oye su nombre por primera vez, después de cinco años, de nuevo en boca de alguien, en lugar del número que lo “nombraba” en el campo de concentración, adquiere conciencia de su frágil condición de superviviente, lo que es casi como decir de fantasma. Rubén es un fantasma que se pasea llevando con él el estigma del animal en que los nazis han intentado convertirlo en el campo, y a su alrededor, París no parece haber cambiado. Siempre nos quedará París, mientras todo se viene abajo, decían en Casablanca -más o menos- pero en “El violinista de Mauthausen” esas ciudades por las que parece no haber pasado la guerra, aunque sus habitantes ya nunca podrán volver a ser las mismas personas, son como la penúltima burla del horror, la demostración de que el mundo puede seguir sin nosotros, aunque seamos perfectamente capaces de convertir la tierra en una carnicería.
Ese dilema moral de Rubén, luchando durante toda la novela contra sí mismo, contra la imagen que la vida en el campo de Mauthausen -narrada en unas páginas duras y al tiempo nada sensibleras- ha instalado en su cabeza, hasta poseerlo desposeyéndolo de lo que fue, es un constante latigazo de intensidad a lo largo de la novela.

Quisiera destacar también, para no alargarme y darle la palabra a Andrés, un par de elementos que me parecen especialmente destacables: esta novela sin villanos, llena de elecciones morales, está muy bien documentada, como creo que es obligación prioritaria de un escritor que quiera hacer creíble su historia. Andrés Pérez Domínguez lo sabe bien, y es firme defensor de documentar previamente la historia a escribir, de trazar un mapa sólido para poder luego, en el momento de la escritura, dar la encarnadura necesaria a las pasiones y zozobras de sus personajes. Andrés documenta sus libros, pero se cuida mucho de que esa documentación ahogue la trama, a los personajes y sobre todo al lector. Tengan la seguridad de que “El violinista de Mauthausen” no es de esas molestas novelas en las que incomoda la pretensión del autor de hacer notar todos los libros que ha leído para preparar la novela.

Destacaría también la humildad con que Andrés afronta el trabajo literario. Humildad que no está reñida, al contrario, con la ambición narrativa. Recuerdo cómo, en el "making off", el epílogo de su muy buen libro de relatos “El centro de la Tierra”, escribía sobre su credo en el trabajo diario y constante, en el escritor que se va haciendo poco a poco, sin prisa ni pausa. Allí se reconocía como el "mismo cabezota disciplinado" de los tiempos en que había comenzado a escribir. También en “El violinista de Mauthausen” Andrés Pérez Domínguez se pone al servicio de su novela, acompaña a sus personajes y los mira no con la soberbia condescendiente del escritor que todo lo sabe y todo lo puede, sino con la humildad del narrador de historias que traza meticulosamente el mapa de la fantasía y luego nos invita a recorrer a su lado su aventura imaginaria, a vivir lo que sus personajes vivieron y a emocionarnos con aquello que a ellos les emocionó. Como dice el propio Rubén Castro: "Gracias a ilusionarse se puede seguir vivo aunque sólo sea por un día más".

Andrés Pérez Domínguez es un escritor sin soberbia y un narrador soberbio. Acepten su invitación y acompáñenlo en esta historia en la que la música y el horror se dan la mano.

Comentarios

  1. Muy buena presentación . N0 conocia al escritor Miguel Angel Muñoz, me lo apunto para buscar alguno de sus libros.
    Gracias

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  2. Hola Andres.Muy buena la presentación. Me gusta la forma que tiene de expresar el sufrimiento de esas personas . un saludo (estoy terminando El violinista)

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  3. Gran tipo Miguel Ángel Muñoz y buen cuentista, sí. Doy fe de que eres un escritor sin soberbia y un narrador soberbio.
    Abrazos desde la isla,

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  4. Un escritor sin soberbia y un narrador soberbio, estamos de acuerdo. ¿Pero lo de quedar con tus lectoras para cenar que...? No tiene que ser todas a la vez, seguro que nos las arreglamos para quedar contigo de una en una xD.
    Besos guapo

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  5. Hace ya algunas semanas que acabé El violinista de Mauthausen y, de acuerdo con lo que dice Miguel Ángel Muñoz en esta excelente presentación, yo viví lo que los personajes vivieron y me emocioné con aquello que los emocionó.
    Un saludo, allá donde esté, para mi personaje favorito, el que más me conmovió: Franz Müller.

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  6. Hola Andres acabo de terminar el violinista de Mauthausen .me he emocionado ,saludos para mis personaje(Ruben)el que mas me emociono y el que mas sufrio .y para su escritor ,una gran novela.de verdad

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  7. Estoy de acuerdo con la descripción de Miguel Ángel Muñoz. Recientemente he terminado tu novela y me ha sorprendido gratamente.

    Te dejo el enlace de la entrada que le he dedicado en mi blog.

    http://lahierbaroja.wordpress.com/2010/08/18/el-violinista-de-mauthausen-perez-dominguez/

    Sigue así. Saludos.

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  8. Pakiba, Miguel Ángel Muñoz es un escritor que merece la pena.

    Gracias, Rosa Mary. Me alegro mucho de que te lo hayas pasado bien con mi libro.

    Gracias, Diego. Y totalmente de acuerdo en lo de Miguel Ángel Muñoz.

    Admiradora, resulta halagador. Pero me gustaría que estos comentarios fueran a cara descubierta. Saber de quién se trata.

    Muchas gracias, Patricia. Me alegro de que hayas disfrutado.

    Lahierbaroja: muchas gracias, me pasaré a ver tu reseña.

    Abrazos a todos,

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