Aracena

Acostumbrado a sentarme delante de la mesa de mi despacho cada día, no dejo de sentirme un poco raro al salir de mi casa esta mañana y conducir más de cien kilómetros para hablar durante una hora a un grupo de estudiantes, porque, cuando he cogido velocidad de crucero en la escritura de una novela, me da mucha pereza abandonar mi trabajo para cumplir con algún compromiso, y a duras penas consigo dominar el sentimiento de culpabilidad cuando me alejo de mi despacho y de mis cuadernos. Pero el trabajo de un escritor no se reduce a inventar historias, sino a salir a contarlas a la prensa o a los lectores durante la promoción, o acudir a donde te llamen para hablar de libros. Cuando yo tenía quince o dieciséis años nunca vino un escritor a clase para hablarnos de su oficio, por eso me parece muy importante que los chavales se den cuenta de que los que firmamos novelas somos tipos normales, de carne y hueso. Por algún prejuicio estúpido, a veces uno va a un instituto convencido de que la tarea no resultará sencilla, que siempre es mejor un club de lectura o un centro de adultos, donde, normalmente, la gente se muestra muy interesada en escuchar lo que tenga que decirles un escritor.

Se disfruta el camino hasta Aracena por el verde inagotable del campo, los toros pastando apaciblemente en las fincas junto a la carretera, y la evidencia del otoño en el estallido de color de las hojas de los árboles; la muestra de que no hay que irse muy lejos para encontrar un sitio donde las cuatro estaciones del año están marcadas en lugar de las dos únicas que suelen alternarse en Sevilla: el invierno y el verano. Apenas son cien kilómetros, pero baja uno del coche en Aracena y enseguida el aire se le antoja más limpio y más frío, como si faltase muy poco ya para la Navidad. No sé si por las tiendas de souvenirs, las pastelerías tan conocidas, la Gruta de las Maravillas o el castillo medieval, pero Aracena siempre se me antoja mucho más grande de lo que en realidad es. Y es cierto que, contra lo que pueda parecer, el interés de las personas por la cultura muchas veces es inversamente proporcional al tamaño del lugar donde habitan.

Antes de empezar la charla le digo a Isabel, la profesora del instituto San Blas, que con los chavales nunca sabe uno cómo van a salir estas cosas, pero me dice que han preparado preguntas, que a la mayoría les gusta la lectura, y que al final me sorprenderán. Y tiene razón. Apenas he terminado de hablar empiezan a levantar la mano, muy educados, interesándose por cuestiones relevantes del oficio de escritor. Incluso un par de ellos quieren saber cuánto se gana o qué porcentaje nos llevamos los autores de las ventas de nuestros libros. Si alguno quiere ser escritor, trato de explicarles, mi recomendación es que no piense en ganar dinero, hacerse famoso o salir en la tele. Ganar dinero, hacerse famoso, salir en la tele, incluso que las mujeres guapas hagan cola para que le firmes un libro, es el resultado de mucho trabajo, y muy pocas veces sucede. En este oficio la vocación y la constancia son las únicas cosas que al final importan.

Al final del acto firmo unos cuantos libros. Se han agotado los ejemplares de El violinista de Mauthausen en Aracena, me cuentan. Muchos lo habían encargado, y como no tienen la novela les escribo las dedicatorias en sus cuadernos, para que puedan pegarlas cuando lleguen los libros. También le dedico uno a Isabel, la profesora, y otro a una alumna que está en el hospital y no ha podido venir. Luego me hago una foto con ellos y les prometo ponerla en el blog.

Y uno siempre ha sido un hombre de palabra.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

Comentarios

  1. Lástima no tener esa edad, sino taitantos, y no vivir en Aracena para asistir y ser testigo de presencial de ese encuentro. Un beso Andrés,

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  2. Andrés me alegra mucho que te haya ido tan bien, pués como bien dices no sabes nunca por donde van a salir estos chavalines que esstan en una edad tan complicada.

    Enhorabuena y adelante.

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  3. En efecto, Andrés, el oficio de escritor no sólo es contar historias, esa es la parte en la que uno se enfrenta a la soledad del teclado teniendo por única compañía los personajes que uno crea. Creo que con esta visita has hecho una gran labor, aunque este encuentro no haya sido mediático ni te reporte muchos beneficios. Pero estoy seguro de que habrás vuelto a tu casa lleno de alegría al escuchar las preguntas de esos críos. Y ellos habrán flipao contigo porque eres un tío muy majo. Un abrazo.

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  4. Hola Andrés.esta muy bien que los chavales sepan de primera mano ,todo el proceso que lleva escribir una novela.cuando yo iba a clase no iba ningun autor .una pena me hubiera gustado (siempre me gustó leer ) .un saludo

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  5. Hola Andrés. Me encantó tu visita! Espero que puedas venir alguna otra vez :)

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  6. Muchas gracias a todos por vuestros comentarios.

    Rubén, para mí también fue un placer estar con vosotros. Además, recuerdo que tú y un compañero tuyo os llamabais como el protagonista de El violinista de Mauthausen.

    Abrazos para todos,

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