Domingo por la tarde

Ayer el día se presentó desapacible. El aire estaba tan frío que parecía que la Navidad había llegado con un mes de adelanto, el hilillo del humo de las chimeneas escapándose por los tejados, las gotas de agua tan frías que encogías el cuello al caminar para que no te bajase una por la espalda y perdieses la compostura en plena calle. Sin embargo esta mañana parecía que lo de ayer había sido un espejismo, como si alguien hubiera soplado las nubes negras y despejado el cielo porque era domingo.

Mañana es lunes y hay que seguir con el trabajo, pero el domingo por la mañana ya estoy estrujándome la cabeza para resolver algún pasaje que no termina de convencerme de la novela que estoy escribiendo , y no dejo de darle vueltas, con los ojos cerrados, sentado y disfrutando del sol agradable del final del otoño. Supongo que por eso me obligo a salir al campo esta mañana luminosa, para no pasarme hasta la hora de comer encerrado en mi despacho trabajando, para que los días del fin de semana no sean iguales que los demás.

Al poco de la caminata un perro me persigue. No es mucho más grande que una rata, pero no deja de ladrar, con ese tono agudo y molesto de los perros enanos. Le decía Kevin Costner a Whitney Houston en El guardaespaldas que le gustaban los perros pequeños porque los grandes no saben a quien se comen. A mí me pasa todo lo contrario: adoro los perros, pero cuanto más grandes, mejor. Los pequeños me resultan antipáticos, demasiado ruidosos, con una mala leche inversamente proporcional a su envergadura, como el que me sigue esta mañana por el campo. Pocos minutos después se aburre y da media vuelta, pero me parece que no le han faltado ganas de hincarme el diente en la pantorrilla.

Una hora y media después de sortear caminos embarrados estoy de vuelta. Ni siquiera he comprado el periódico hoy. Qué curioso que hace años acostumbrase a comprar al menos un par de periódicos, y ahora a veces pasan los días sin que preste atención a las noticias, como si prefiese mantenerme al margen, estar aislado de todo.

Se ha hecho tarde, y las nubes han devuelto al cielo su color de finales de noviembre. Ha sido buena idea lo de salir al campo. Almuerzo tarde, hago una llamada, recibo otra, y como todo está en orden me quedo dormido. Cuando abro los ojos la tarde se muere. Nadal está a punto de jugar la final en Londres, pero yo tengo que preparar el trabajo de mañana. Fuera de mi despacho todo está oscuro.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

Comentarios

  1. Supongo que, al final, se ha convertido en un día reparador... ese es el fin de los días de descanso... ahora tan solo te deseo un plácida noche para empezar una nueva semana. Un beso

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  2. Hola Andrés,un domingo bastante relajado.para comenzar la semana con energia.La parte de la novela que no te acababa de convencer al final se te ocurrio algo? un saludo

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  3. Curiosamente yo tampoco me he comprado hoy el periódico. Seguramente estaba lleno de noticias relacionadas con las elecciones de Cataluña y me ha acabado aburriendo la política. En vez de eso me he empezado "Marea de sangre", de José Luis Muñoz. Creo que ha merecido más la pena. Un abrazo.

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  4. Yo me fui a comprar castañas asadas con mis niños. Y las comimos, y lo pasamos bien mientras Nadal, ay, perdía antes ese impresionante Federer.

    Un abrazo.

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  5. Aclaración, por si acaso: me apasiona el tenis desde siempre. Lo pasamos bien por las castañas, no porque perdiera Nadal ante quien es, por otra parte, el mejor jugador que jamás entró en una cancha.

    Otros abrazos.

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  6. Andrés bonito paisaje para relajarte, lástima que este pequeño ser con cara de mala le..... no te dejara.

    Saludos y que tengas buena semana.

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  7. Felicidades en el día de tu Santo¡

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  8. Gracias a todos por vuestros comentarios.

    Abrazos,

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