Resonancia magnética

Yo soy de los cabezotas que no van al médico si no tienen más remedio, y me resisto a tomar una pastilla con la misma intransigencia que si profesara una religión extraña que me lo prohibiera; pero como además de ser tan bruto no soy Supermán, al final tengo que pedir cita y pasar por la consulta, como todo el mundo. Desde hace casi una década arrastro una lesión en un hombro de la que no me atrevo a operarme, y aunque el dolor se ha vuelto un compañero inseparable solo me salto los preceptos estúpidos de no visitar la consulta del médico cuando se vuelve insoportable. El otro día mi traumatólogo me soltó una reprimenda nada más verme porque hace un año y medio me dio un volante para una resonancia que nunca me hice. Si no me vas a hacer caso, me advirtió, mejor búscate otro médico.

Así que he sido obediente y esta mañana la he pasado haciendo cola en la clínica. Sentado en un rincón, con los auriculares puestos para escuchar la radio, he terminado sacando mi libreta del bolsillo para tomar algunas notas. La sala de espera de un hospital es una fuente inagotable de historias. Antes de entrar he apagado el móvil, y me gustaría poder resistirme a la tentación de encenderlo cuando salgo. Cada vez me gustan menos estos cacharros. La hora larga que paso esperando antes de ver al médico ha sido un catálogo de politonos molestos y conversaciones en voz alta que no me interesan, gente que no es capaz de dejar de hablar por teléfono ni siquiera cuando entra en la consulta. Nunca me ha gustado hablar por teléfono en presencia de nadie, ni cuando voy andando por la calle o estoy haciendo otra cosa. Por eso me cae tan bien la gente, cada vez más rara, que, cuando la llaman al móvil, se levanta educadamente y busca un rincón apartado para poder hablar.

De vez en cuando se asoman a la sala de espera hombres y mujeres que llevan batas blancas, no sé si son enfermeros o médicos, y dicen en voz alta un nombre. Los pacientes se levantan con la misma prisa que si estuvieran en un avión y fueran a saltar en paracaídas o pensaran que el médico no puede esperar que recorran unos cuantos pasos. No puedo evitar contagiarme un poco de esa urgencia, y temo que cuando digan mi nombre tendré que sacarme los auriculares de las orejas, guardar el mp4, la pequeña libreta y las gafas, y para entonces a lo mejor mi turno habrá pasado. Pero no han dicho mi nombre, sino el de un señor que no puede ponerse en pie apoyándose con las muletas. Voy a levantarme para ayudarlo, pero antes tengo que soltar el mp4 y la libreta, y un chaval se me adelanta. Me gustan mucho las personas amables, la gente que enseguida ofrece su ayuda desinteresadamente, por cortesía, aunque no sea necesaria.

Con los médicos me pasa lo mismo: quiero que al menos sean amables. Casi siempre he tenido suerte. Otras, muy pocas, no puedo dejar de preguntarme si el sarcástico doctor House se parece a los médicos de verdad o son algunos médicos los que pretenden imitarlo. El que me llama esta mañana por mis dos apellidos, Pérez Domínguez, obviando mi nombre de pila, como muchos lectores, tiene buenos modales. Me pregunta qué me pasa, se lo cuento, y le explico que nunca me han hecho una resonancia magnética, que estar allí dentro me resulta tan raro como pisar el suelo de Marte. Y tiene algo de viaje a otro planeta, supongo, embutirte un rato en un aparato que parece una cápsula espacial, sin moverte, mientras un motor no deja de zumbar. El lunes o el martes tengo que recoger los resultados. Me quedan unas cuantas semanas de médicos, a ver si al final tengo que operarme del hombro o habrá alguna solución menos traumática.

Cuando salgo de la clínica, un negro que vende pañuelos en un semáforo se mueve con mucha energía al ritmo de una canción que él mismo interpreta, seguro que para espantar el frío que está haciendo en Sevilla. Termina el repertorio gritando varias veces el nombre de un ex jugador africano del Real Madrid. Me echo a reír y, antes de coger una bicicleta, enciendo el móvil.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

Comentarios

  1. Paciencia, Andrés, y ponte a cuidar ese hombro. Que pasa el tiempo y luego es peor.

    El final me ha encantado.

    Abrazos.

    ResponderEliminar
  2. Tengo que decirte que lo has expresado de un modo que me ha parecido estar sentada al lado tuya en ese hospital.
    ¿por qué no pruebas algo alternativo antes de operarte (si se da el caso)
    Es una sugerencia alguna experiencia tengo en eso. je

    Besos y amor
    je

    PD
    Matizo, siempre firmo igual. ye el "je" es una sonrisa

    ResponderEliminar
  3. Has descrito muy bien las salas de espera de los médicos, yo siempre me llevo un libro y me pongo a leer,porque siempre está la persona de turno que espera que se siente alguien al lado para explicarle sus penas y dolores.
    Cuidate ese hombro , no lo dejes ...

    ResponderEliminar
  4. Hola Andrés.bueno no eres el unico que no le gusta visitar al medico .Pero cuidaté,lo esplicas tan bien que me pareció que yo estaba en la sala un saludo

    ResponderEliminar
  5. Rocío Fernández López26 de noviembre de 2010, 22:22

    Mucho ánimo Andrés,ya verás como no es tanto al final,a veces el dolor de una contractura es tan fuerte que creemos que de ahí no pasamos ya y es para los restos,y seguramente que con un poco de rehabilitación,o en su caso una ligera operación,vas a mejorar muchísimo,luego te arrepentirás de no haberlo hecho antes al ver lo bien que quedas.
    Un caso similar me pasó a mi con las muelas del juicio,creía que sólas se moverían colocándose bien y dejándome de molestar,qué ilusa de mí,llegó un momento que la boca no podía apenas ni abrirla,no me entraba ni una cuchara con alimentos,y ni te cuento lo que pasé al quitármelas por no poder el cirujano trabajar bien...y todo por dejarlo....y lo bien que estoy ahora!!!!!.
    Tranquilo que ya verás como estarás tan bien que merecerá la pena,pero me da que eso no es de operación :).
    Un abrazote.

    ResponderEliminar
  6. en este impecable relato costumbrista dejas caer dos mensajes que comparto: lo poco que me gusta oír conversaciones de móvil que no me interesan y lo mucho que me gusta la gente educada.

    ResponderEliminar
  7. Cuidate Andres, que despues quedan las goteras.
    Que observador eres y que bien relatas, de cualquier escena de la vida cotidiana haces una delicia.
    Comparto contigo esa fobia a la gente que se empeña en que tu tienes que ser participe de sus conversaciones de movil.
    Y me encantan esas alusiones a las buenas cualidades de la gente normal y corriente.
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  8. Muchas gracias a todos por vuestros comentarios.

    Abrazos,

    ResponderEliminar
  9. ¡Cuídate mucho Andrés!¡ Mucho ánimo!
    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  10. Andrés, tu no te aburres nunca, miewntras tengas un a libretica un lapicero y gente a tu alrededor algo inventas. :-) Los medicos los odio, yo ando sufriendo de la tiroides y del riñon y no me cuido de ninguno pero no temo ir, al que si temo es al dentista y desde hace años no voy, debo ir pero sigo posponiendolo. da miedo y seguire esperando hasta que me arme de valor. Espero mejores pronto

    ResponderEliminar

Publicar un comentario

Entradas populares de este blog

Las pajas reales (o cómo escribir una felicitación navideña políticamente correcta)

La Teoría de la Relatividad

Un viejo cascarrabias