¿Truco o trato?

Noviembre empieza con un sol maravilloso en el sur de España a pesar de que la noche del sábado el viento soplaba tan fuerte que por la mañana se veían algunas ramas rotas en las aceras. A mediodía de una fiesta de Todos los Santos en la que nunca visito los cementerios se podía uno sentar en la terraza y casi tomar el sol como si todavía fuera verano, pero la luz y el calor ahora no son tan agobiantes como hace dos meses, cuando ni siquiera podía pensar en salir a la terraza en las horas centrales del día si no era embadurnado de crema protectora y con un sombrero de paja.

Veo en la televisión que la gente sigue acudiendo a los cementerios cada uno de noviembre. Me agrada ver que las tradiciones se mantienen, aunque yo sólo visite los cementerios cuando recalo en alguna ciudad extranjera con la misma curiosidad que cruzo la puerta de un museo o me cuelo en la quietud penumbrosa de una iglesia.

Hoy es día de fiesta pero he estado toda la mañana y buena parte de la tarde trabajando. Siempre me digo que la próxima novela la escribiré sin prisas, sin ponerme yo mismo una fecha límite, pero cuando he pasado el ecuador me doy cuenta de que soy incapaz de parar. Creo que me quedan tres o cuatro meses para terminarla, y aunque disfruto con el ritmo tranquilo pero sin pausa de mi escritura, sé que si no la termino cuando calculo me sentiré un poco decepcionado. Muy bien puede resultar extraño, incluso inconveniente, que alguien que trabaje por su cuenta se imponga la obligación de una fecha, el agobio innecesario de acabar un libro que nadie te ha encargado y que nunca se sabe con certeza si alguien al final querrá leer, pero la disciplina es muy importante en este oficio, más importante que casi todo lo demás quizá.

Antes de que nadie hablase del cambio climático, en el sur los mayores tenían la costumbre de inaugurar el brasero el día de Todos los Santos. Me acordé anoche, porque, a pesar del sol que recuerda el verano tardío, cuando oscureció el aire olía a invierno, a humo de chimenea y a barro húmedo del campo. Unos chiquillos con disfraces de Halloween llamaron al timbre y me dijeron eso que he escuchado tantas veces en las películas norteamericanas, truco o trato, y no supe qué responder. Les di unas monedas, y luego me pregunté si a lo mejor ellos esperaban unos caramelos. Mientras los veía llamar a otra puerta me acordé de la escena con la que termina uno de los últimos episodios de la tercera temporada de la espléndida Mad men: un hombre mira a Don y a Betty después de abrir la puerta de su casa en Halloween. ¿Y ustedes?, les pregunta. ¿Quiénes son ustedes?

La vida se mezcla con la ficción, con lo que uno lee, con lo que sueña o lo que ve en las películas o en las series de televisión que le gustan. No es imposible que la locura incurable de Alonso Quijano también empezase con los mismos síntomas.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

Comentarios

  1. Muy bueno. Siempre es un gusto leerte.

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  2. Buenas noches Andrés:es interesante lo que dices, y sobre quien leerá tu novela ,creo que bastantes personas .y por supuesto yo un saludo

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  3. ¡Muchos éxitos con tu nueva novela,Andrés!.
    Saludos.

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  4. Buenos días Andrés, yo soy partidario de escribir despacio, disfrutando de lo que escribo y pasándolo bien, pero a mí no me hagas mucho caso porque a uno le da resultado a otro puede ue no. Perdona mi atrevimiento Un abrazo
    Primitivo

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  5. Hola Andrés, son tradiciones, pero a mi no me gusta ir este dia al cementerio, lo hago el dia que me añoro y los echo más en falta.
    Estoy en Girona y precisamente ayer aquí hizo un dia feo y triste con algo de lluvia.
    Espero tu próxima novela y deseo que tenga muchísimo éxito.

    Saludos.

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  6. Anónimo, gracias

    Rosa Mary, yo también espero que mucha gente quiera leer mi nueva novela. Más me vale...

    Naty, gracias

    Primitivo, encantado de leer tu comentario. A mí también me gusta el ritmo pausado. Pero no siempre es posible.

    Hola, Pakiba, encantado de saludarte.

    Abrazos a todos,

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