Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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domingo 31 de enero de 2010

Un triángulo de cuatro lados

Hay una frase recurrente que suelo repetir en las entrevistas en las que hablamos de El violinista de Mauthausen. Tarde o temprano alguien me pregunta sobre el triángulo amoroso que sustenta la novela, y yo, me quedo un momento pensativo, sonrío, y respondo que, como me dijo una vez un periodista, El violinista de Mauthausen es un triángulo amoroso de cuatro lados, una nueva figura geométrica. Este periodista del que hablo en las entrevistas, y cuyo nombre casi siempre menciono si me dejan tiempo, es Paco Robles. Ayer reseñaba El violinista en las páginas de ABC, y él mismo dejaba constancia de la extraña geometría que forma el cuarteto protagonista.
Un abrazo, Paco.

Un triángulo amoroso en medio del horror

Sábado , 30-01-10
ABC de Sevilla
En «El violinista de Mauthausen» hay personajes y diálogos que parecen salidos del café donde Humphrey Bogart se encontró con Ingrid Bergman, hay un eco de violín que nos lleva inevitablemente a la banda sonora que compuso John Williams para la obra maestra de Spielberg: es más que recomendable leer algunos pasajes de la novela mientras se escucha esta música envolvente que ahora mismo acompaña al cronista.
Andrés Pérez Domínguez consigue la cuadratura del círculo amoroso, que consiste en trazar un triángulo sentimental con más de tres lados. En el centro, Anna. Una mujer que debe arrastrase por el fango de la depravación para salvar lo más puro que lleva dentro: el amor. Al otro lado del muro, sumergido en el horror sin límites del campo de concentración que Europa debería recordar a cada momento como si fuera la cicatriz de una infamia, el superviviente Rubén. Tras un viaje en el tren del infierno, este exiliado que huyó de una España imposible se enfrenta con el gran dilema del ser humano: el suicidio. ¿Merece la pena vivir en esas condiciones?
Estos dos personajes se completan y se complementan con los que simbolizan a las dos naciones enfrentadas en el campo de batalla: el espía norteamericano y el violinista alemán. La acción va de ciudad en ciudad hasta llegar al Arenal de Sevilla, a una casa donde se echa en falta la presencia de Rubén, el hijo rebelde que cambió la confortable vida de una familia acomodada por una aventura ideológica que lo llevó al destierro y que lo sepultó en un campo de concentración del que sólo podrá salir si se produce ese milagro que alumbra la luz tenue de la esperanza. «El violinista de Mauthausen» interpreta los dos extremos de la condición humana. Tal vez ésa fuera la auténtica batalla que se libró en aquella Europa donde el amor era, a pesar de todo y como siempre, el único motivo por el que merecía la pena sobrevivir.

domingo 24 de enero de 2010

El violinista en TVE

El miércoles pasado estuve en los estudios de TVE, en directo, en esta entrevista en el Canal 24 h.
Espero que os guste. Aquí la tenéis:

martes 19 de enero de 2010

Con Gregorio León en Onda Regional de Murcia

Os dejo esta magnífica entrevista que me hizo Gregorio León en Murcia en diciembre pasado.

Me había entrevistado otras veces Gregorio, pero siempre por teléfono. La primera vez fue cuando publiqué El factor Einstein, hace un par de años, y luego ha ido cumpliendo con cada uno de mis libros. Tiene la buena costumbre de disfrutar con ellos.Aquí estamos los dos, después de grabar esta entrevista, posando en el estudio. Gregorio es uno de los tipos a los que tengo un gran aprecio en este mundillo. Es cercano, sencillo, y tan humilde, que, cuando hablas con él, parece que le cuesta reconocer lo buen escritor que es. Pero sobre todo es un tipo con un corazón que no le cabe en el pecho. Ahí están sus libros: El pensamiento de los ahorcados o Murciélagos en un burdel, y más que vendrán en el futuro, conque no me extraña que en la próxima entrevista sea yo el que le haga las preguntas.
A veces pienso por qué me llevo tan bien con él. Tal vez porque los dos somos de pueblo, o porque, igual que a mí, a Gregorio le gustan las novelas que cuentan historias. Manías que tenemos algunos.

sábado 16 de enero de 2010

Una hermosa y apasionada historia de amor

Por aquí dejo esta reseña que apareció en la web LETRAS. La firma Francisco Vélez Nieto, a quien aprovecho para saludar y dar las gracias desde aquí.
Y, por cierto, antes de que nadie empiece a pensar mal. No conozco de nada a Francisco Vélez Nieto, nunca nos han presentado ni, que yo sepa, tenemos intereses comunes. Y lo mismo me sucede con la mayoría de los críticos que hablan de mis libros. Esto viene a cuento por varios comentarios que cierta gente malitencionada ha dejado en la entrada de un blog donde han reseñado El violinista de Mauthausen. Vale que me tiren piedras a mí, y si alguien piensa que el libro no merecía siquiera haber sido publicado, pues estupendo, cada uno tiene su opinión, y si a un crítico no le gusta mi trabajo no tengo nada que objetar. Pero los malos modales siempre me han incomodado (en la calle, al volante, en la barra de un bar o por escrito) y que se roce el insulto con la gente que lee mis libros no lo puedo tolerar, y tampoco que se lance una sombra de sospecha sobre los críticos a los que sí les gustan y hablan bien de ellos. Sinceramente, esas actitudes me recuerdan a la época en la que está ambientada El violinista de Mauthausen, en la que no debía resultar sencillo expresar libremente su opinión (los lectores, igual que los críticos, también pueden decir lo que estimen oportuno, creo). O quizá es que pienso eso porque solo soy capaz de escribir historias ambientadas en esos años... A lo mejor, como alguien ha dejado entrever en un comentario de esa reseña, es que, igual que otros escritores o cineastas, no he escrito una historia ambientada en mi pais y en esta época por mi incapacidad para reproducir la vida real. En fin. En la parte derecha de este blog se pueden encontrar todos mis libros. Solo hay que mirar, y también pensar un poco antes de meter la pata. Si algún lector se ofende porque una novela hable de Alemania nazi es su problema.

Una hermosa y apasionada historia de amor

Manifestar que esta obra es la mejor de todos los premios de novela otorgados por el Ateneo de Sevilla sería un atrevimiento que podría llevar consigo un cierto riesgo. Luego dejémoslo en una de las mejores obras a las que se ha otorgado el ya veterano Premio Ateneo de Novela de Sevilla. Por ello, con el tacto que requiere, considero el compromiso crítico de invitar a leerla, con la certeza de que quienes aborden la historia quedarán atrapados por su contenido. Y lo que puede sorprender es el oficio del autor, de cómo ha sabido montar la trama y manejar los elementos, la carpintería literaria dicha en el mejor de sus términos: exactitud geográfica y ambiental para esta historia que vive y palpita por la Europa Central, en ese tiempo de la primera mitad del siglo XX, cuando el viejo continente vivía los más sangrientos y tenebrosos capítulos de su Historia con la Segunda Guerra Mundial y su posguerra.

La novela se desarrolla sobre un triángulo amoroso, dos hombres y una mujer. Uno de ellos Rubén Castro, español republicano que como tantos otros al terminar la guerra civil en España se exilia a Francia para formar parte de la resistencia española contra la ocupación de el ejército alemán. París, 1940. Nuestro español está a punto de casarse cuando es detenido por la Gestapo y enviado al tristemente célebre campo de exterminio de Mauthausen.

Con esta intriga comienza una narración de prosa muy visual, que va mostrando “cinematográficamente” planteamientos como traición, culpa, el honor, la amistad y la redención. Porque la protagonista y novia, de nacionalidad francesa pero alemana de origen judío, acepta la oferta de colaborar con los servicios secretos aliados con el deseo de poder conseguir salvar del infierno donde está prisionero su prometido Rubén. Esto le obliga a fingir exteriormente una relación con el otro personaje masculino, un ingeniero alemán y apasionado violinista, donde por los imperativos de su papel de espía se ve obligada a una convivencia que la lleva a sentidas intimidades.

Tenemos pues una narración donde la trama mezcla hábilmente con soltura narrativa el mundo del espionaje y sus entrañas nada limpias, durante la ocupación alemana de París, posguerra en un Berlín en ruinas y la brutalidad descrita con amplio conocimiento y detalle del campo de exterminio.

Y en ese mundo agitado y descompuesto se desarrolla esta hermosa y apasionada historia de amor, con esa protagonista inmensa, desbordante de personalidad y sacrificio, obligada por una causa a hacer cosas que en tiempos normales jamás hubiera asumido voluntariamente.

Tres personajes perfectamente creados en tres escenarios muy diferentes pero inmersos en la trama que se narra. París, Berlín y Mauthausen. Unas vivencias amorosas donde el trío es consciente, pese a todas sus susceptibilidades que, junto a sus luchas internas desde distintas distancias en el transcurso del drama, las circunstancias los van acercando por una misma pasión y sufrimiento.

El amor, la división de los deseos que viven hasta el final del desenlace imprevisto, que ni los propios protagonistas podían imaginar cuál sería su final, crean una aventura tensa, ardiente y amorosa con el maravilloso y emotivo fondo musical de un violinista solidario y apasionado.

miércoles 13 de enero de 2010

Música en la niebla

Este es el reportaje que salió en el número de diciembre de la revista Qué Leer sobre El violinista de Mauthausen. Lo firma el gran Paco Luis del Pino, con quien tan buenos ratos compartí en aquel viaje a Austria en noviembre pasado.

MÚSICA EN LA NIEBLA
Con Pérez Domínguez en Mauthausen

Hemos viajado con Andrés Pérez Domínguez, autor de “El violinista de Mauthausen” (Algaida), Premio de Novela Ateneo de Sevilla 2009, hasta el más siniestro campo de concentración nazi en Austria. Los tres escenarios de la novela, el París ocupado, el campo de Mauthausen y el Berlín del final de la segunda guerra mundial, enmarcan una historia de amor con el espionaje como espina dorsal.

Texto y Fotos: Francisco Luis del Pino Olmedo

La espesa niebla que casi oculta el campo de concentración de Mauthausen y la fría temperatura de la mañana parecen una reproducción por encargo de un día cualquiera en el siniestro y monumental lugar a principio de los años 1940. En cualquier momento, uno espera ver aparecer en la Appellplatz (el lugar donde formaban los prisioneros, situada entre los barracones) a famélicos seres embutidos en uniformes grises con rayas azules, como espectros custodios de este enorme almacén de dolor y muerte.

La calle pavimentada por la que andamos entre barracones –uno de cuales, explica el autor, era un burdel para uso y disfrute de los kapos– fue de tierra, y las duchas donde vertían el gas ciclón-b o los dos hornos crematorios que se conservan parecen haber retenido, en su cuidado deterioro, todo el espanto de aquel horror. Pero es, sin embargo, la terrible escalera por las que los deportados ascendían cargados con enormes piedras a la espalda, sujetas en una mochila de madera, desnutridos y vacilantes, la imagen más terrible que se le aparece a cada visitante.

Escalera al infierno
En la cantera de Winergraben, inmediata al campo central de Mauthausen, trabajará Rubén, el protagonista español de El violinista de Mauthausen. Allí sufrirá el tormento del esfuerzo y agotamiento en la criminal escalera, de la que se dice que costó un muerto por cada una de sus losas… y tiene 186 peldaños. Rubén Castro es un exiliado español que abandonó su patria en plena guerra civil (1937) y se fue a París, donde vivía con su prometida, Anna Cavour. Durante la ocupación alemana de Francia, una noche la Gestapo lo detiene y trunca una existencia feliz. Empieza entonces su marcha hacia la tragedia junto a muchos otros condenados, con la muerte acechando a cada kilómetro que el pestilente vagón ferroviario recorre; primero el campo de Sandbostel; después, Mauthausen.

La primera expedición española, compuesta por 392 hombres, partió del Stalag XIII (Moosburg, cerca de Múnich) y llegó el 6 de agosto de 1940 a Mauthausen.Y el 24 del mismo mes le tocó el turno al convoy conocido como Angulema, que dejó allí a 430 españoles, incluidos mutilados y niños de trece años. De aquellos 430 españoles murieron 357 en Mauthausen, un 87 por ciento. Rubén podría haber llegado en cualquiera de los convoys cuyo destino fue la pequeña estación de ferrocarril del pueblo, a pocos kilómetros de un campo central que con los años adquirió el aspecto de una fortaleza medieval. Los españoles, a los que se distinguía por su uniforme con una S enmarcada en un triángulo, contaban entre sus filas con muchos especialistas en diferentes trabajos de construcción y los ocuparon por ese motivo en levantar muros, en la pavimentación y en la cantera.

Los deportados esclavizados en la cantera que ya no podían aguantar más se arrojaban al vacío desde unos setenta metros, con la piedra en la mochila como lastre, para asegurarse una muerte instantánea. Rubén, que lleva tres años encerrado, está a punto de sucumbir. Su mejor amigo en el campo ha sido abatido de un disparo y sus fuerzas flaquean, pero un vals tocado por un violín le salva y decide continuar vivo todo lo que pueda. El recuerdo de su prometida lo martiriza; lo que no sabe Rubén es que ella lleva intentando salvarlo desde su detención. Anna Cavour ha sido captada por un agente estadounidense, Robert Bishop, para que trabaje para la causa aliada. Un individuo que la forzará a unas relaciones con un enemigo, el ingeniero y violinista alemán Franz Müller, que complicarán sus sentimientos y jugarán un papel decisivo en la trama de la novela.

Explica el autor que la música, o más aún, la crueldad mezclada con la música y el violín como instrumento más representativo de esa época, es lo que le hizo incorporarlo a la ficción como sujeto más que como objeto: “¿Te acuerdas? Aquel violinista solitario de los jardines de Luxemburgo?”, dirá hacia el final uno de los protagonistas. Y es que, cuenta el autor en este paraje siniestramente apacible, mientras la niebla nos envuelve: “Una vez, en una estación de metro, vi a una pareja muy joven bailando un vals en el andén, sin música, ajenos a todo, como si nadie los estuviese mirando. La imagen era tan poderosa que no dejó de perseguirme hasta que escribí esta novela”. Las pequeñas orquestas que acompañaban a los condenados en los campos de exterminio, y que en Mauthausen también existieron, son algo que el autor conoce bien. Como sabe qué destino sufrieron la mayoría de los deportados, entre los que se encuentran los más de 7.000 españoles republicanos asesinados de una manera u otra en Mauthausen. Y también en Gusen, el campo anexo, situado a cinco kilómetros del anterior, donde, a pesar de ser construido más tarde, fueron alojados muchos más prisioneros. Y todo eso a la vista de los habitantes de la zona, que difícilmente pueden alegar ignorancia ante lo acontecido. Aunque sucedía lo habitual en todos los campos de exterminio, Mauthausen tenía una peculiaridad: un espacio dedicado a las duchas carecía de paredes y allí es donde muchos prisioneros sufrían el suplicio de recibir chorros de agua fría a bajas temperaturas y ser golpeados hasta la muerte. La piel se torna de carne de gallina al pasar revista a cualquiera de las torturas que padecieron los deportados. “He querido rendir un homenaje a todos los españoles, sin politizarlo”, matiza Andrés Pérez Domínguez mientras su mirada parece perderse en la lejanía, como intentando vislumbrar entre jirones de niebla a aquellos compatriotas muertos hace más de sesenta años. Sabe el autor que, al atreverse a tratar un tema tan dramático en clave de ficción, corre un riesgo notable. Por eso los personajes de su novela están cuidados y muy trabajados psicológicamente. “Cuanto más ricos son los personajes, mejor. Creo que el lector se da cuenta de ello por el tipo de lenguaje que emplean”. El autor ha construido una novela, a su juicio, con “un mensaje de esperanza”, donde “cada lector puede encontrar algo que le interese. Puede ser la historia de amor, la de espionaje o la de la segunda guerra mundial”.

El violinista de Mauthausen tiene sus guiños y una cierta dosis de ironía que también hay que saber descubrir. Buen cinéfilo, Andrés Pérez Domínguez ha bautizado a un sargento norteamericano que aparece en el Berlín ocupado por las cuatro potencias con el apellido del gran actor Ernest Borgnine, que encarnó el papel del malvado sargento de la Policía Militar en De aquí a la eternidad. Y al violinista Franz Müller lo ha apellidado igual que el jefe de la Gestapo y con el mismo nombre que Franz Ziereis, el criminal comandante de Mauthasen.

De París a Berlín
París es la primera ciudad que aparece en la novela, un París ocupado por las tropas nazis después de que la Wehrmacht haya vencido a las fuerzas anglofrancesas obligándolas a reembarcarse en Dunkerque. De allí, Anna Cavour, la prometida de Rubén Castro, viajará a Londres para entrenarse como agente; después irá a Madrid, Sevilla y San Sebastián. Pero será en el Berlín vencido y casi destruido donde el acto final cobrará vida. Un marco en el que la guerra ha dejado profunda e inapelable huella, pero entre sus cascotes todavía alienta el fanatismo nazi y los “lobos” acechan cualquier intentona de pactar con los aliados. Científicos degollados y una búsqueda intensa tras un individuo que los servicios secretos norteamericanos ambicionan se pase a sus filas intensifican los últimos peldaños de esta escalera de pérdidas y reecuentros, cuyo dramatismo medido por la sensatez y agilidad de una buena pluma hace de El violinista de Mauthausen una notable historia narrada con pulso veterano.

Al dejar atrás el campo de concentración y de exterminio de Mauthausen, cuando la niebla casi se ha desvanecido por completo, el autor vuelve la mirada hacia lo que fue la entrada como esperando encontrar, todavía, la gran pancarta colgada del portal por los españoles republicanos saludando a las tropas norteamericanas que liberaron el campo el cinco de mayo de 1945. Seguramente, Andrés Pérez Domínguez, ve en su imaginación a Rubén Castro entre ellos, al lado de Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen que capitaneó la red secreta que robó miles de fotografías a los nazis, y que con su Leika retrató las escenas más impactantes que se conocen de cualquier campo. Un violín debió sonar entonces, mucho más libre y alegre en Mauthausen.

viernes 8 de enero de 2010

El Cultural de El Mundo

El pasado 31 de diciembre salió este anuncio, a toda página, en El Cultural de El Mundo. Sé que lo que voy a decir puede parecer una paradoja, pero lo cierto es que no me entusiasma la autopromoción. Ya lo he dicho por aquí: a mí lo que me gustaría es ser invisible, que si de algo hay que hablar, que sea de mis libros y no de mí. Cada vez que subo un post como este no puedo evitar la sensación de estar quedando como un petulante o como un imbécil, y alguna cosa más que no me apetece escribir aquí, pero también pienso que sería peor no dejar constancia en mi bitácora de tantas cosas buenas que me están pasando estos días.Y las noticias sobre El violinista de Mauthausen se me acumulan, y, aunque hay una editorial detrás que me trata muy bien, es al autor a quien más le duelen sus libros, conque no me queda otra que poner estas cosas por aquí. Después de todo, es mi blog, y uno no siempre tiene la suerte de que tantos lectores hayan querido conocer tu obra. Ya vendrán días nublados, así que disfrutemos cuando el sol está en lo alto. Además, este blog resulta muy útil para los periodistas interesados en mi violinista, y espero que también para los lectores. Una vez más, os doy las gracias a todos los que habéis buscado El violinista de Mauthausen estas semanas pasadas en las librerías.

miércoles 6 de enero de 2010

Paisaje después de una batalla

Me gustan las Navidades, pero se me acaban haciendo un poco largas. Siempre me sucede lo mismo. Desde que los Niños de San Ildenfonso cantan la Lotería mantengo un estado de ilusión que se va apagando hasta llegar al seis de enero, cuando no me queda otra que bajar los brazos y rendirme porque ya no puedo más. Me pasa lo mismo que con los mantecados o los bombones de licor: empiezo a saborearlos con el mismo placer de cada año, pero cuando comienza enero me doy cuenta de que ya me cuesta tragarlos, que los mantecados se me convierten en una pasta incómoda en la boca, y que el licor de los bombones ―los mismos bombones que he tomado cada Navidad― de pronto son demasiado empalagosos, o es que soy yo el que ya no admite más dulces.
Una vez que uno ha perdido la ilusión en los Reyes Magos ―y que tampoco se ha presentado al premio Nadal―, la tarde del seis de enero, en lugar de ser el prólogo de la vuelta a la normalidad, se le antoja el paisaje que sucede a una batalla, con los soldados que han sobrevivido entregados sin mucho entusiasmo a la tarea de enterrar a sus compañeros muertos. Con el ceño fruncido, miro los restos de las fiestas en la calle que de pronto se han quedado obsoletos, las felicitaciones que ya no tienen sentido a pesar de que algunas fueron sinceras, las piezas de los telediarios en las que los empleados de El Corte Inglés se apresuran en quitar todo lo que huela a Navidad para sustituirlo por carteles de rebajas. Apenas me alivia la ilusión de los niños con sus juguetes recién estrenados, la felicidad intacta de un mundo en el que todavía son posibles muchas cosas que perderán a medida que pasen los años.
Me aburren los telediarios estos días: mañana abrirán todos con las imágenes de la gente apostada en la puerta de los grandes almacenes, esperando a que den las diez y empiece esa carrera de Oklahoma en busca de una ganga. Por eso, cada seis de enero veo los adornos de Navidad, las bolas de colores, el portal de Belén, y no puedo evitar cierta lástima. Un seis de enero por la tarde es tan triste como cualquier domingo por la tarde, un poco más quizá. Lo que nos espera mañana, aparte de las rebajas y de la retirada de cualquier cosa que nos recuerde a las fiestas que terminan hoy, es la realidad, puñetera, como siempre: las cifras del paro, la crisis que se ha instalado entre nosotros por mucho tiempo, a pesar de todo lo que nos quieran contar. La vida, que, aunque nos haya dado una tregua estos días, sigue yendo muy en serio.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2010

lunes 4 de enero de 2010

Microrrelato

El violinista de Mauthausen me está dando muchas alegrías estas semanas. Muchas más de las que había imaginado. Recibo montones de mensajes de lectores amables que me cuentan sus impresiones. La mayoría pertenecen al ámbito privado, así que no voy a ser yo quien los cuelgue en esta bitácora. Sin embargo, el escritor y crítico Antonio Parra Sanz me mandó un texto muy hermoso hace poco: me contaba que estaba disfrutando tanto con mi violinista que no había podido resistirse a escribr un microrrelato, que, además, me ha dedicado. Os lo dejo por aquí, después de haberle pedido permiso.


Éxito rotundo

Para Andrés Pérez Domínguez

Marcus Müller atacó los últimos compases del adagio de Bach con todo el corazón, mientras el público desfilaba ante él con las manos agarrotadas y la mirada perdida en el violín, sintiendo cómo el calor se iba apoderando de sus almas. Marcus cerró los ojos para finalizar y no dejarse envanecer por los aplausos que ya imaginaba en sus oídos. Cuando los abrió, estaba solo. Antes de guardar el violín en su funda, tuvo que sacar de ella el uniforme de rayas, se cambió, se ajustó la estrella amarilla en el pecho y arrastrando los pies se dirigió por primera y última vez hacia las duchas.