Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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domingo 21 de febrero de 2010

Presentación en Bilbao

Por si algún visitante de esta bitácora tiene interés: el próximo viernes, 26 de febrero, a las 19,00 h estaremos en Bilbao, en la FNAC (Alameda de Urquijo, 4), presentando El violinista de Mauthausen y firmando ejemplares a todo el que quiera. Ya estuvimos en Bilbao a finales de noviembre para varias entrevistas, pero siempre es un placer volver por allí. Entre otras cosas, es uno de los sitios donde mejor me han dado de comer...

jueves 18 de febrero de 2010

Juego para cinéfilos

No sé vosotros (o ustedes, como prefieran), pero yo, muchas veces, cuando estoy leyendo una novela, no puedo evitar poner a un personaje la cara de un actor en una futura versión cinematográfica. A los escritores, lo he dicho muchas veces, el cine nos ha influido, para bien o para mal. Yo creo que para bien. Pero bueno, es mi opinión. Adjudicar nombres de actores a los personajes de una novela es un ejercicio muy interesante cuando cotejas tus elecciones con las de los demás. Según mi experiencia, lo normal es que la respuestas sean muy diferentes, lo que viene a demostrar que la experiencia de cada lector es única, como la propia vida. Y es una de las cosas que siempre me han fascinado de esa extraña y compleja relación que se establece entre una novela y cada uno de sus lectores. Recuerdo que mi amigo Félix J. Palma, que me precedió en el premio Ateneo, preguntó a sus lectores qué actores les gustarían para una versión cinematográfica de El mapa del tiempo. El otro día, después de que Celda 211, que primero fue (y lo sigue siendo, por supuesto) novela, se llevase el Goya a la mejor película, se me ocurrió preguntar a mis amigos de ese patio de vecinos que es Facebook qué actores les gustarían si se hiciera una película de El violinista de Mauthausen. Daba lo mismo que fueran españoles o extranjeros. La respuesta fue inmediata, y muy interesante, con las propuestas más diversas, lo que no viene sino a confirmar lo que pensaba: que la experiencia de cada lector es tan íntima y tan única como la misma vida. Como no no todo el mundo está en Facebook (por suerte...), escribo esta entrada en mi bitácora, por si alguien quiere seguir dejando sugerencias. Para que os hagáis (se hagan ustedes) una idea de por dónde van los tiros, dejo unos cuantos nombres que los lectores apuntaron. La mayoría sugirió nombres para los cuatro personajes principales (Anna, Rubén, Franz y Bishop), pero también hubo unos cuantos apuntes interesantes para los secundarios.

Anna: Natalia Verbeke, Paz Vega, Pilar López de Ayala, Olivia Molina, Juliete Binoche, Kate Winslet, Keira Knightley, Penélope Cruz, Ana Mouglalis, Audrey Tatou, Juliete Binoche, Jenniffer Connolly, Belén Rueda, Marta Etura, Charlize Theron, Kristin Scott Thomas, Silvia Abascal...Rubén: Eduardo Noriega, Christian Bale, Fele Martnínez, Alberto Amman, Orlando Bloom, Antonio Banderas, Ralph Fiennes, Imanol Arias, Eduard Fernández, Antonio de la Torre, Diego Martín, Viggo Mortensen, Carmelo Gómez, Diego Luna...Franz: Raúl Arévalo, Jordi Mollá, Antonio Resines, Jude Law, George Clooney, Clive Owen, Diego Luna, Liam Neeson, Heath Ledger...Bishop: Luis Tosar, Ed Harris, Russel Crowe, Pierce Brosnan, Paco Roma, Alejo Sauras, Jack Nicholson, Jordi Rebellón, Jose Coronado, Ricardo Darín, Matt Damon, Robert Downey jr., Eduard Fernández, Christopher Waltz, Robert Redford...Santiago: Benicio del Toro, Carlos Bardem, Antonio Resines...
Marlene: Meryl Streep, Charo López, Julieta Serrano, Carmen Maura...
Padre de Rubén: Juan Diego, Juan Luis Galiardo...
Enriqueta: María Galiana...
Dieter Frank: Eusebio Poncela, Fele Martínez...

Ya veis (ya ven): o es que en España no hay dos que tomen café de la misma manera, o es que va a ser verdad eso de que la experiencia de cada lector es única. A ver que opináis (qué opinan) vosotros (ustedes)...



martes 16 de febrero de 2010

Entrevista en RNE

A primeros de noviembre, cuando acababa de publicarse El violinista de Mauthausen, estuve en los estudios de RNE con Manuel Pedraz. La visita a Manuel Pedraz siempre es uno de los mejores momentos de la promoción de un libro. Por aquí dejo la entrevista, para quien la quiera escuchar.

sábado 13 de febrero de 2010

En la escalera de la muerte

En la revista Mercurio de febrero aparece esta reseña de El violinista de Mauthausen. La firma Ricard Ruiz Garzón, a quien aprovecho para darle las gracias por sus palabras y enviarle un fuerte abrazo.

EN LA ESCALERA DE LA MUERTE
Ricard Ruiz Garzón

El campo de concentración de Mauthausen es conocido como ‘el campo de los españoles’. Unos 7.300 perdieron la vida en él, y uno de los presos fue Francesc Boix, el fotógrafo que documentó tras arriesgadas peripecias las p ruebas que permitieron procesar a jerarcas nazis como Albert Speer. Hoy, los vestigios del campo son como los de Auschwitz o Dachau fúnebres monumentos en los que el recuerdo de la ignominia se mezcla con el horror ante el dolor de las víctimas. En Mauthausen había cámaras de gas, duchas en las que los prisioneros morían, barracones junto a los que se practicaban crueles experimentos; como en otro s campos, pero Mauthausen era además un campo de grado tres: en él se exterminaba, sobre todo, con trabajos forzados. De ahí que lo más terrible sea hoy la visita a su cantera, con esa escalera de 186 peldaños por la que los presos debían transportar piedras enormes, casi siempre hasta reventar. Seis décadas después, la cantera es un vergel, pero un simple descenso por la escalera, esa que en condiciones infrahumanas, con 40 y 50 kilos a la espalda, recorrían los prisioneros diez o doce veces diarias, remite al infierno vivido. De Montserrat Roig a Ricard Belis y Montse Armengou, varios libros imprescindibles han dado testimonio de lo vivido por aquellos españole s. No ha ocurrido igual en la ficción, ya que ninguna obra de lector amplio había empleado la narrativa para complementar el episodio. El violinista de Mauthausen, de Andrés Pérez Domínguez, acaba de llenar ese vacío obteniendo el XLI Premio Ateneo de Sevilla, y cabe decir que de forma notable. Sólo por eso, la cuarta novela del autor de El síndrome de Mowgli merecería un espacio propio en los resúmenes de la temporada.

La de El violinista de Mauthausen, con todo, es una historia que escapa a los límites del campo. Ambientada en él, pero también en París y el Berlín de postguerra, narra el triángulo que un superviviente de Mauthausen, Rubén, forma junto a su antigua prometida y al ingeniero que da título al libro. La trama, en la que se entrelazan con habilidad documentados episodios sobre el exterminio en el campo (escalera incluida), se enriquece como siempre en Pérez Domínguez con asuntos como la traición, el sacrificio o la amistad. Hay también ciencia, espionaje, historia, política, sentimientos y por supuesto música, un recurso que de La lista de Schlinder a El pianista ha permitido a los escritores tender ignotos puentes en la comprensión del Holocausto: unos, subrayando con Steiner cómo es posible que los mismos nazis que tocaban a Schubert por la noche pudieran torturar a mediodía; otros, como el nuevo Ateneo, abriendo desde el símbolo una compleja puerta a la esperanza. Con su final abierto a lo Casablanca, su meritorio trabajo de personajes, su elaborada estructura y su compromiso con los perdedores, El violinista de Mauthausen logra llevar a buen puerto una historia que no por azar arranca con citas de John Le Carré y Antonio Muñoz Molina. El primero, alejado como Pérez Domínguez del artificio estilístico, apunta a los designios de una novela que se pretende, con éxito, entretenimiento concienciado. El segundo, ya citado en otras obras del autor, subraya el bordón trascendente que permite afirmar, tributos al margen, que con El violinista de Mauthausen Pérez Domínguez ha firmado su mejor novela.

miércoles 10 de febrero de 2010

Las cuerdas de la vida

El escritor y crítico Antonio Parra Sanz escribió esta reseña de El violinista de Mauthausen en La Verdad, de Murcia. Lo reproduzco en mi bitácora y aprovecho para darle las gracias y mandarle un abrazo.

Las cuerdas de la vida

Cuatro personas, cuatro seres sacudidos brutalmente por la Segunda Guerra Mundial, cuatro nacionalidades diferentes en una globalidad narrativa en la que cada uno trata de sobrevivir a la guerra exterior y a los conflictos internos que la contienda ha provocado en ellos. Con esos cuatro motores, Andrés Pérez Domínguez se alzó con el último Premio Ateneo de Sevilla, aunque, bien mirado, el premio es casi lo de menos, porque estas páginas podían conquistar cualquier otro galardón, o pasar por encima de todos los premios, tal es su intensidad y la calidad de la historia.

Rubén Castro, republicano exiliado en París arrestado por la Gestapo y confinado en Mauthausen. Anna Cavour, franco-alemana, viuda antes de su boda, tendrá que colaborar con los aliados para liberar a Rubén cuanto antes. Franz Müller, ingeniero y músico idealista, desprecia a los nazis aunque la necesidad le hará claudicar y trabajar para ellos. Robert Bishop, norteamericano de los servicios secretos, reclutador de Anna e incapaz de sobrevivir sin el bourbon. Estas pinceladas son apresuradas e injustas, porque cada uno lleva consigo un universo de recuerdos, culpas, recriminaciones y sueños, y ahí es donde entra Andrés Pérez Domínguez para desgranar la complejidad de todos ellos, posibilitando que el destino entrecruce sus vidas de forma cruel, pero narrándolo todo con un lenguaje poderoso y directo, sin adornos, crudo cuando tiene que serlo y tierno en los pocos momentos en los que la memoria permite sobrevivir al amor.

Con suma delicadeza, los capítulos alternan las perspectivas, y esa tercera voz narrativa modifica sus diversos tonos a pesar de la crudeza de lo narrado. Eso hay que agradecérselo también a la documentación, al empeño del autor por conocer lo mejor posible la época y los lugares por los que transitan sus personajes. Lo sencillo habría sido construir una novela casi histórica muy plana, con toneladas de horror en los campos de concentración e injusticias bélicas. Lo meritorio, entonces, consiste en combinar el horror de la muerte con los horrores que puede fabricarse el ser humano.

Rubén Castro sufre en Mauthausen, pero llega un momento en que las penurias físicas no son lo peor, y las penurias del alma se adueñan de una narración extraordinaria en la que se sufre por no poder amar a un país, a un trabajo, y se sufre por no dar la talla, se sufre como Bishop por engañar a los agentes, como Anna por casi olvidar a Rubén, como Franz por claudicar ante sus compatriotas. Menos mal que por encima de ese sufrimiento, la vida la resucitan las cuerdas del violín.

domingo 7 de febrero de 2010

Una de las mejores historias de amor de la Literatura Universal

El escritor Paco Gómez Escribano reseñaba hace poco El violinista de Mauthausen en su blog. El titular es exagerado, pero me gusta, claro, y es lo que dice Paco. Copio aquí sus palabras, y, desde mi bitácora, le mando un abrazo y le doy las gracias.

Andrés Pérez Domínguez ha vuelto a sorprendernos con una novela sobrecogedora, dura, tierna, locuaz, viva, dulce, amarga... Podría seguir poniendo calificativos a esta obra, algunos de ellos contradictorios, y no acabaría. La sorpresa no es tanta para los que somos habituales lectores suyos y sabemos de lo que es capaz de darnos. Pero aun así, “El violinista de Mauthausen” es la mejor novela que he leído en los últimos tiempos con diferencia.

Andrés se inventa un triángulo amoroso en el tiempo que no deja indiferente. No es un triángulo al uso en que los protagonistas del mismo conviven en el presente; los vértices del polígono aparecen y desaparecen en una suerte de juego onírico atemporal. La novela está llena de escenas que se repiten, pero vistas desde la perspectiva de diferentes personajes, lo que refuerza la asimilación por parte del lector, al que se le somete a continuas analepsis o flashbacks, por usar el término cinematográfico, más conocido por todos. Estos flashbacks van aclarando a lo largo de toda la novela pasajes que son invisibles en los primeros capítulos, con una maestría por parte del autor que raya la perfección. No es fácil omitir acontecimientos que más tarde salen a la luz para luego hilarlos con toda una serie de circunstancias y hechos.

La novela está construida a base de reflexiones de cuatro personajes. Andrés consigue que esas reflexiones parezcan hechas por los personajes mismos sólo que utilizando la técnica del narrador omnisciente, lo que no es nada fácil. El telón de fondo es la 2ª Guerra Mundial, pero lo del escenario, aunque ayuda muchísimo a reforzar la historia, es secundario. La trama podría haberse desarrollado en cualquier momento y en cualquier lugar. Apenas hay diálogos lo que, lejos de ser una recriminación, pasa por ser un halago. Como escritor, sé lo difícil que es construir una trama sólo a base de reflexiones. En la tarea de escribir, los diálogos desahogan, pero a Andrés no le ha hecho ninguna falta. El trabajo de documentación es sensacional, habitual diría yo en el estilo de Andrés que, además, tiene la sana costumbre de visitar los lugares sobre los que escribe.

El triángulo amoroso no es arbitrario ni forzado por los componentes del mismo sino que es forzado por los acontecimientos, lo que hace que los actores del mismo se vean abocados a él sin remisión. Una de las especialidades de Andrés es meterse en la piel de sus personajes, ya lo demostró en su anterior novela, “El factor Einstein”, pero en ésta nos da toda una lección. Los personajes se encuentran entre sí en distintos momentos y en circunstancias dictaminadas por el más puro azar. Y esos encuentros marcan el desarrollo y el apoteósico final de la novela.

Si el lector es sensible, evidentemente la lectura del libro no le va a dejar indiferente. La novela es de las que engancha y tira de ti hasta sumergirte en sus páginas leídas en ocasiones con los ojos vidriosos por la carga de dramatismo que transmiten. No es extraño que haya sido galardonada con el último Premio Ateneo de Sevilla. La trama es innovadora, dado que nadie había narrado la historia de un republicano español en el campo de Mauthaussen. Pero, en mi opinión, Andrés ha plasmado por escrito una de las mejores historias de amor de la Literatura Universal. Enhorabuena, escritor.

jueves 4 de febrero de 2010

El placer de trabajar descalzo

En el blog El club de la bibliotecaria emboscada me han hecho hace poco una entrevista que reproduzco aquí, por si algún lector tiene interés.


Hoy El Club de la Bibliotecaria Emboscada publica en esta entrada un extracto de la entrevista a Andrés Pérez Domínguez, autor de una novela que está dando mucho que hablar: El violinista de Mauthausen.

¿Cuándo se dio cuenta de que lo suyo era escribir?

Siempre he querido hacerlo. Supongo que es algo que se lleva dentro y que tiene que salir a la superficie de una manera u otra. Pero no recuerdo un día que se me encendiera una luz que me indicase el camino a seguir. Es un proceso lento, que solo acaba comprendiéndose con los años. Aunque supongo que esta es la siguiente pregunta...

¿Cómo fueron sus comienzos en esta profesión?

Un poco a ciegas. Yo no conocía a ningún escritor, y ni siquiera me planteaba que se pudiera vivir de las historias que te inventabas. Pero sentía la necesidad de contar historias, y entonces me dediqué en cuerpo y alma a ello. Durante bastantes años me levanté una hora antes cada mañana para ponerme a escribir antes de irme a trabajar, y a mediodía, justo después de comer, dedicaba otra hora a escribir antes de seguir con mi trabajo por la tarde. Recuerdo esa época con cariño, pero también fueron momentos de incertidumbre por no saber si lo que hacía podría algún día interesar a alguien, por no saber si estaba sacrificando mucho tiempo y mucho esfuerzo en busca de una quimera. Un día empecé a presentarme a certámenes literarios, y tuve la suerte de ganar bastantes, y, poco a poco, he llegado a ser, supongo, lo que se llama "escritor profesional". Aunque es una definición que no me acaba de gustar.

En relación con este tema de la profesión literaria, hoy por hoy, ¿se puede vivir de la escritura?

No es fácil, pero tampoco imposible. Además, la Literatura te abre también otras muchas puertas. Yo siempre digo que es posible vivir, si no de la Literatura, sí de la Literatura y alrededores.

Su trayectoria literaria está llena de premios, ¿hasta qué punto han sido determinantes dichos premios para labrar su carrera como escritor?

Para mí los premios han sido siempre muy importantes. Al principio, me permitieron ganar dinero, algo que nunca está de más, pero sobre todo me permitieron ir ganando confianza en mí mismo como escritor, pensar que lo que hacía podía gustar a los demás. En determinados círculos literarios se critica o se trata con cierto desdén a las fundaciones, ayuntamientos o instituciones que convocan certámenes literarios y a los escritores que participan o hemos participado en ellos, como si solo se pudiera encontrar en este ámbito Literatura de segunda división. Yo no puedo estar más en desacuerdo. La labor que realizan quienes convocan este tipo de premios es impagable. No me canso de decir que tal vez no sepan cuántas ilusiones han alimentado o cuantas carreras literarias han empujado solo por el hecho de estar ahí. Sin estos certámenes, yo no habría podido dedicarme a la escritura. No me cabe la menor duda.

Cuéntenos un secreto: ¿cuáles son sus fuentes de inspiración?

La verdad es que no creo en la inspiración. Puede haber momentos en los que tengas alguna idea más o menos brillante, pero de nada sirve si no la trabajas. Porque al final, lo que cuenta es el trabajo, no la inspiración.

Es evidente que la sola inspiración no es suficiente para construir una novela sólida y que guste tanto a público como a crítica, ¿cómo afronta la tarea creativa una vez que las Musas le han inspirado?

La única forma de poder escribir novelas es mediante una disciplina marcial. Al menos es así como yo afronto la escritura. Tengo que escribir tantos folios al día, y ese es mi trabajo. No me levanto de la mesa hasta que no lo he hecho. Y así durante muchos meses. Al final, insisto, se trata de trabajo.

Respecto a su ya rica producción literaria, en la que se encuentran títulos como El síndrome de Mowgli y La clave Pinner, ¿cuál de sus obras le ha reportado mayor satisfacción? ¿por qué?

Todas tienen algo especial para mí, y cada una por una cosa distinta. La clave Pinner fue mi primera novela publicada en una editorial comercial, y le tengo mucho cariño. Todavía hay mucha gente que me conoce por esa historia. El síndrome de Mowgli quizá sea la más personal de todas mis obras. Disfruté mucho durante la escritura de El factor Einstein. Me fui hasta Nueva York para localizar la casa donde Albert Einstein había firmado una carta para animar al presidente Roosevelt a construir la bomba atómica en el verano de 1939, me entrevisté con gente que había conocido al genio hace setenta años. Fue una grandísima experiencia. Y El violinista de Mauthausen me ha dado el Premio Ateneo de Novela de Sevilla, que ha significado un espaldarazo para mi carrera. Además, al ser yo sevillano, para mí este premio tiene un valor sentimental muy grande también.

Mantiene un blog personal llamado “La Separata”, por lo que su relación con las tecnologías no parece ser mala, pero ¿cómo cree que pervivirá la literatura en el nuevo contexto caracterizado por el uso intensivo de la tecnología y de Internet?; desde su punto de vista ¿están cambiando los papeles de escritores y lectores?; en su caso particular, ¿este nuevo contexto influye de algún modo en su forma habitual de trabajar y de interactuar con sus seguidores?

Evidentemente, estamos viviendo una etapa de cambios. Pero no sabría decir cómo afectará a la relación entre autores y lectores. En mi caso, el blog significa un espacio en el que poder contar cosas que me apetece o informar a los lectores de las novedades sobre mis libros. En cualquier caso, siempre habrá gente con una pulsión interior que los llevará a contar historias, y también habrá otra gente dispuesta a leerlos. En definitiva, es como como cuando hace miles de años alguien contaba una historia junto a una hoguera mientras los demás escuchaban. El soporte ha ido cambiando o evolucionando, pero no es más que eso.

Un consejo para los aprendices de escritor.

Que este es un oficio vocacional al que no hay que dedicarse pensando en ganar dinero, premios o hacerse famoso. Todo eso puede ser el resultado de un trabajo, y casi nunca es tan glamuroso como parece. Por eso, mi consejo es escribir por el simple placer de hacerlo. Yo mismo, cuando me siento a escribir, no pienso que me van a publicar ni que voy a tener lectores. Lo hago porque disfruto con mi trabajo. Y creo que ese es el espíritu que uno nunca debe perder.

Un consejo para los aprendices de lector.

¿Aprendices de lector? No sé, me suena un poco raro eso. Pero bueno. Yo creo que la lectura debe ser como la dieta: lo más variada posible. Y que la principal razón por la que alguien coge un libro debería ser para disfrutar, aunque cada lector disfrutará por una cosa distinta. Si hay algo que me caracteriza como lector es que nunca termino un libro que no me guste. Les doy una oportunidad, sí, pero después de un número de páginas, si no consigue interesarme, paso a otro. La vida es muy corta y hay muchos libros que leer.

El éxito de su novela El violinista de Mauthausen está siendo sonoro, pero ¿trabaja ya en un nuevo proyecto?, ¿nos puede adelantar algo del mismo?

Ahora mismo ando metido en el torbellino de la promoción de El violinista de Mauthausen. Y eso ya supone bastante trabajo. La novela está funcionando mejor de lo que nadie esperaba, y eso hace que la promoción parezca que nunca vaya a terminar. Pero no me quejo. Sería estúpido por mi parte hacerlo. Tengo otro proyecto en la cabeza que me estimula bastante, y espero ponerme a ello en breve. Pero no puedo decir nada todavía. Aún es demasiado pronto.


TEST

El escritor, ¿nace o se hace?


Las dos cosas.


Lo que busca es su profesión es …


Llegar al lector. Conseguir que se lo pase bien con mis libros, que se emocione, que sienta que haya merecido la pena el tiempo que ha invertido en leer mis libros.


A su parecer, ¿cuál es el mayor hito en su carrera hasta el momento?


Si hablamos de premios, el Ateneo de Novela de Sevilla.


¿Cuál es el hito que le gustaría conseguir en el futuro?


Mi mayor ambición es un rincón tranquilo donde poder leer y escribir. Una vez que tienes eso claro, lo demás ya no importa mucho.


Lo mejor y lo peor de su profesión es…


Siempre digo que lo mejor de escribir es que puedes trabajar descalzo. No me gusta el misticismo con el que algunos hablan del oficio de escritor. No, en serio, aunque tampoco era broma: conseguir que parezcan verdad las historias que te inventas. ¿Lo peor? Que te das cuenta de que, en este oficio, todo lo que no es encerrarte en una habitación a imaginar historias, suele ser muy complicado.


Sus libros y autores favoritos son…


Son muchos, demasiados para una respuesta breve.


Sus librerías imprescindibles…


Son muchas, también. Además, cuando vas de promoción, te das cuenta de hay docenas de librerías fantásticas y de libreros que aman su trabajo.


Acude habitualmente a la biblioteca de…

Uf, aquí debo entonar el mea culpa. No suelo ir a bibliotecas. De niño iba mucho, pero es una costumbre que he perdido al hacerme mayor.

martes 2 de febrero de 2010

Cuestión de números

La semana pasada se cumplieron sesenta y cinco años de la liberación del campo de exterminio de Auschwitz por las tropas soviéticas. Cada 27 de enero, no puedo dejar de pensar en el frío insoportable del invierno en Polonia, los soldados del Ejército Rojo pasando por debajo del arco siniestro donde reza Arbeit macht frei, los muertos en vida pisando la nieve, la incertidumbre instalada en el rostro al ver llegar a unos soldados que no eran los mismos que los habían custiodado durante su estancia en el infierno.

Yo no sé si Richard Williamson, el obispo británico que, con contumacia pendenciera, se empeña en negar el Holocausto, ha cruzado alguna vez la puerta en un campo de exterminio. Yo sí he visitado varios, pero tampoco me hubiera hecho falta poner los pies en Auschwitz-Birkenau, en Büchenwald o en Mauthausen, para tener la certeza de que todo lo que he leído en los libros de Historia, en las biografías de los supervivientes, en los documentales o en las fotografías (no nos olvidemos de que muchas de las imágenes más conocidas que existen de la vida en un campo de exterminio nazi se las debemos a un español: Francisco Boix) es lo que de verdad sucedió.

Como llevo un par de meses hablando sin parar del campo de concentración de Mauthausen, con los periodistas o con los lectores, he terminado por comprobar algo que sospechaba: todo lo que tiene que ver con el Holocausto provoca emociones muy diferentes en la gente. La mayoría, por fortuna, lo rechaza sin más, convencidos, sin darle más vueltas, de en qué lado se encuentra el bien y en qué lado el mal. Otros, aunque también lo rechazan, me preguntan de una forma más o menos directa cuando no me critican abiertamente, casi siempre en esta viña sin vallar en la que se ha convertido Internet si no creo que ya se han contado demasiadas historias sobre el Holocausto para que ahora venga yo a dármelas de listo y a venderles a los lectores el mismo perro pero con distinto collar. Yo les digo que no, que, por mucho que se haya escrito, nunca será suficiente.

Hay quien se horroriza y ni siquiera quiere hablar del tema, gente amable que se disculpa porque jamás van a leer mi novela. No sé si sería capaz de soportarlo, me dicen, como si leer una novela fuese una obligación en lugar de un acto voluntario y placentero. A veces les explico que El violinista de Mauthausen es sobre todo una novela de aventuras, una historia de amor y espionaje, pero que, ojo, una parte del libro sucede en un campo de exterminio. Y Mauthausen no es lo mismo que Eurodisney. Me caen muy bien estos lectores.

De vez en cuando alguien me pregunta mi opinión sobre el conflicto actual entre judíos y palestinos, y, aunque es un tema que daría para hablar largo y tendido, para otra novela que no me apetece escribir, al menos por ahora, hay un asunto que me gusta dejar bien claro: aunque el problema palestino me sugiere una profunda empatía, no se debe meter en el mismo saco al Holocausto y al muro de Gaza. Sé que es lo más fácil a veces, y entiendo que se pueda caer en la tentación de hacerlo, pero antes o después más antes que después estaremos fabricando demagogia barata. Sin embargo, aún no me encontrado con ningún enterado que venga a enmendarme la plana, a decirme que lo que sucede en mi novela no es verdad, que todos los libros de supervivientes que he leído, las entrevistas que he visto, o lo que me han contado quienes han conocido a supervivientes del Holocausto, no es más que literatura digna de ser tirada a la papelera.

El propio obispo Richard Williamson, que quiero creer que no es más que un provocador con afán de notoriedad, parece estar convencidos de que las cifras son exageradas con el mismo empeño que los críos creen en los Reyes Magos, que no fueron tantos los deportados, y que, además, no fueron despachados en las cámaras de gas. Es curioso, porque, en todos los campos de exterminio que he estado, he visto cámaras de gas y hornos crematorios. Tal vez fueran construidos con algún fin que el obispo Williamson y los energúmenos que piensan como él nos podrían explicar. Y, las cifras, en fin... Tal vez, paradójicamente, es en el número de masacrados donde esté el mayor problema. Cuanta más gente, qué curioso, más difícil es hacerse una idea, ponerse en la piel de los que sufrieron el Holocausto. Será porque el cerebro humano ha desarrollado una capacidad envidiable de asumir la tragedia, cuando de muertos se habla, llegado un número determinado no importa demasiado que nos digan cien mil, un millón, seis o veinte millones. No podemos procesarlo, no queremos. Qué se yo. Y es aquí donde los testimonios de los supervivientes son inestimables. La historia de un individuo que resume la cuestión y a la vez es un símbolo de lo que pasó, el testimonio único e impagable de personas que recuerdan, cómo van a olvidarlo, setenta años después, una vida feliz, tranquila, sin sobresaltos, tan normal como la de ustedes, como la mía. Una vida que se convirtió en un infierno. Basta el testimonio de un anciano que recuerda una plácida existencia con su familia hasta que llegaron unos hombres de uniforme que los confinaron en un gueto; o las palabras emocionadas de una mujer que conserva un pendiente, el único recuerdo de su familia que pudo salvar del horror. No sé si el obispo Williamson o los ignorantes que hablan como él habrán visto el minidocumental que desde el otro día está colgado en Internet para conmemorar el 65 aniversario del Holocausto. Me cuesta recordar algo con tanta fuerza como estas imágenes , las palabras de gente muy mayor que habla de lo que vivieron con una dignidad que ya, ignorante de mí, creía extinguida. Son solo diez minutos, pero les aseguro que merece la pena.


© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2010