
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2010

Yo soy de esos que todavía conservan los números de teléfono en la agenda de toda la vida además de en la del móvil. Pero quienes me conocen también saben que los primeros borradores de mis libros los escribo a mano, así que no se extrañarán. La ventaja de conservar esta práctica en desuso, que algunos me dicen que es una pérdida de tiempo, me quedó clara el otro día, cuando al estrenar un móvil nuevo le di al botón equivocado y me cepillé, de un plumazo, todos los números de la agenda que estaban guardados en la tarjeta de memoria. Ningún problema, me dije. Cogí la otra, mi vieja agenda, con los números anotados desde hace años, para cumplir con el pesado trámite de pasarlos todos a la aséptica agenda del móvil. Y mientras lo hacía me puse a repasar los nombres, uno por uno, y al cabo de un rato me dio por pensar que una agenda antigua es como la Espada de Damocles, un problema sin resolver que puede caer cualquier día sobre tu cabeza. El recuerdo de gente que hace mucho que ya no tratas y que al ver sus números te das cuenta de que ya no los llamas, o a lo mejor son ellos los que no te llaman a ti. Qué más da. Después de todo, esa sensación tan extraña significa que la vida cambia, queramos o no, que las cosas siguen adelante y que, en un momento dado, cado uno escogió su propio camino. Y está bien que así sea. No te pones triste. Te vas haciendo mayor, y hay cosas que ya no te preocupan tanto. Seguro que tú también te has quedado tirado en la página gastada de alguna agenda en la que antes fuiste un nombre importante, un número que se marcaba con cariño. 
Tal vez sean las reglas, concluyes. Luego grabas en la agenda de tu nuevo teléfono muchos números nuevos, gente a la que antes ni siquiera conocías y que ahora forma parte de tu vida. Pero también guardas tu vieja agenda en un lugar seguro, por si alguna vez vuelves a necesitarla, y no solo porque se te hayan borrado los contactos en la tarjeta del móvil. Al cabo, esos números que ahora no marcas fueron una vez parte de tu vida. Y uno debe respetar su propia memoria.
© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2010
No quiero decir con esto que no me guste el sur, mi tierra, sino que aquí, en Andalucía, el verano es excesivo, intenso, insoportablemente largo cuando llega el final de octubre y todavía se resiste a marcharse. Antes que los veranos intensos y los inviernos templados prefiero las estaciones marcadas, la gradación suave de la temperatura en la primavera que antecede al verano, la belleza crepuscular del otoño, con el estallido multicolor de hojas que anticipa el invierno.
Este invierno que termina ha sido uno de los más lluviosos que recuerdo en el sur. Ha llovido tanto y el viento soplaba con una furia inusual por estas latitudes que a veces era como si la estación de las lluvias de los países tropicales se hubiera trasladado a Andalucía. Incluso nevó, una mañana de domingo, en la que se escuchaba a los críos gritar en la calle con el entusiasmo de lo que se descubre por primera vez.
Pero, ya digo, el invierno se acaba, y no imaginé nunca que llegaría a festejar con tanto entusiasmo el cielo despejado, los rayos de sol al atardecer colándose por mi ventana.
El otro día volví a coger la bici después de más de tres meses y me fui al campo. Un placer hacerlo cuando la primavera está a punto de explotar. El río, que algunos veranos desaparece, ahora lleva un torrente de agua clara. Te paras en mitad del recorrido en bicicleta y es igual que si escuchases el sonido de una fuente. Y ahora, te sientas al aire libre a leer, a documentarte para la novela que ya tienes ganas de empezar a escribir, y de cuando en cuando levantas la vista y miras el horizonte, y poco a poco consigues que desaparezca ese sentimiento de culpabilidad por hacer lo que más te gusta y no tener que darle cuentas a nadie. Coges tu cuaderno, y escribes a mano un texto que tal vez luego subirás al blog. O a lo mejor no. Porque lo que más te gustaría es que siempre fuera domingo, que no sonase nunca tu móvil, que jamás tuvieras prisa, ni más inquietud que escuchar el canto de los pájaros mientras se pone este sol tan agradable del final del invierno.
PD: Alguien ha colgado en Youtube estas imágenes del corredor verde del Guadiamar. Me he tomado la libertad de copiarlo aquí. Suelo montar en bicicleta por los lugares que aparecen en el vídeo. Mucha gente me pregunta que por qué no me voy a vivir a Madrid o a Barcelona. Creo que la respuesta está aquí.
Un premio, el Ateneo de Novela de Sevilla, bien merecido.
Anika Lillo

Defines la vuelta a la normalidad tras el holocausto como “regresar del mundo de los muertos”. Hubo alegría con la liberación pero ¿qué más hubo?
Andrés Pérez Domínguez:
Indudablemente, lo primero que sucede es la lógica explosión de alegría por ser liberados. Pero luego, con el tiempo, empiezan a aflorar otras cuestiones, como el sentimiento de culpabilidad por haber sobrevivido. La vida cotidiana en un campo de exterminio significaba convivir con el horror y, a veces, los que sobreviven son los más pícaros, los que han agachado la cabeza, los que no han compartido una patata con un compañero al que ya no le quedaban fuerzas. Todo esto plantea a muchos supervivientes una pregunta: ¿por qué he sobrevivido yo?
He escuchado historias de supervivientes españoles de Mauthausen que cuentan que durante su estancia en el campo jamás derramaron una lágrima, porque hacerlo suponía sucumbir, rendirte, entregarte a la muerte. Muchos cuentan que no han llorado hasta salir del campo, años después, cuando se han reunido con otros supervivientes.
La vuelta a la normalidad después de haber pasado por una experiencia como esa es muy difícil, imposible en muchos casos.
¿Es una historia de arrepentimientos?
Andrés Pérez Domínguez:
Es uno de los elementos que me gusta desarrollar en mis novelas, el arrepentimiento. Igual que la culpa, la lealtad o la traición. Forma parte de eso que los escritores llamamos de una manera un poco cursi quizá, mi universo literario.
Es cierto que los cuatro personajes principales de El violinista de Mauthausen (Rubén, Anna, Franz y Bishop), piensan que no se han portado en el pasado todo lo bien que debieron. Y, bueno, en mis novelas me gusta brindar a mis personajes la oportunidad que la vida a veces no brinda a las personas.

Sólo las grandes personas son capaces de grandes acciones. Tu novela parece indicar esto.
Andrés Pérez Domínguez:
En realidad, yo diría que las personas normales que hacen cosas extraordinarias son las grandes personas. Es un poco lo que a los guionistas norteamericanos les gusta denominar “personajes más grandes que la vida”, gente que es capaz de hacer cosas que la mayoría no se atrevería.
Sin duda te has explicado mejor que yo :) Andrés, tu novela nos muestra una realidad que existió, pero los españoles no han sido siempre incluidos en el holocausto judío ¿es ésta una forma de recordarles u homenajearles?
Andrés Pérez Domínguez:
Todos conocemos el sufrimiento de los judíos durante el Holocausto. Está lo suficientemente documentado, filmado, novelado y explicado como para que, a estas alturas de la película, solo cierta gente con la mente muy estrecha se atreva a negar el Holocausto, o a pensar siquiera que no fue tan duro o tan grave como nos han contado.
Dicho, esto, también hay que añadir que no solo los judíos sufren el Holocausto, sino también los gitanos, los eslavos, los homosexuales, los que tenían ideas políticas contrarias a los nazis y, también, los republicanos españoles.
Yo creo que los españoles son los grandes olvidados del Holocausto. Después de ser considerados unos apátridas, los que sobreviven no pueden volver a España. Y mucha gente no conoce su historia.
Cuando he visitado el campo de exterminio de Mauthausen, echo de menos una bandera española (hay alguna republicana), una representación contundente del gobierno español, una placa enorme que recuerde que fueron los héroes del campo, los que plantaron cara a sus verdugos, los que arriesgaron la vida para sacar del campo los negativos de Francisco Boix (gracias a sus fotos y a su testimonio pudo condenarse en Nüremberg a Albert Speer y a Ernst Kaltenbruner).
Cualquier preso de otra nacionalidad recuerda hoy a los españoles como unos héroes.
La novela puede ser un homenaje, sí. La ficción puede llegar mucho más lejos de que lo que llega un documental, y el hecho de que El violinista de Mauthausen esté teniendo tantos lectores es una prueba de ello.
Entre esas realidades ¿ocurrió de verdad lo del niño que hizo tiro al blanco con los judíos?
Andrés Pérez Domínguez:
El pasaje del crío al que le regalan una pistola el día de su cumpleaños está inspirado, efectivamente, en una anécdota real, que leí en algún libro de memorias de un superviviente. Contaba que un SS llevó a su hijo al campo el día de su cumpleaños y como regalo le dejó su pistola para que disparase sobre cuantos presos quisiera.
Muchos de los pasajes del libro que parecen inventados, no proceden sino del proceso de documentación: la angustia de viajar en un tren de ganado sin saber adónde los llevaban, agacharse todos a beber agua de un charco... Es una frase manida, pero la realidad, supera la ficción.
Aprovecho esta pregunta para apuntar un par de cosas que siempre me gusta recalcar: a pesar de lo que pueda parecer, El violinista de Mauthausen no es una novela truculenta, ni mucho menos. La novela tiene tres partes bien diferenciadas, y una de ellas, efectivamente, sucede en el campo de exterminio de Mauthausen, y hay que contar las cosas como fueron. Pero los otros dos tercios de la novela suceden en el París ocupado por los alemanes, y en el Berlín de la postguerra.
Y, además, lleva ímplicito un mensaje de esperanza. Tiene una trama dorsal, que es la historia de espionaje, porque creo que, ante todo, un libro ha de ser entretenido, y que el lector tiene que pasárselo bien. Por ello, toda la documentación está al servicio de la historia que quiero contar, y no al revés. Dicho esto, si además de entretenerse o emocionarse, la novela tiene otras lecturas, si el lector siente que ha valido la pena el tiempo que ha invertido en leerla, o si ha aprendido cosas que no sabía, mucho mejor. Pero, en mi opinión, un libro tiene que hacerte disfrutar, y yo siempre intento que el lector disfrute con lo que escribo.
Los restos de Mauthausen permanecen, tú has estado allí y en otros campos ¿qué sensaciones has tenido en esos lugares?
Andrés Pérez Domínguez:
Es curioso, pero la mayoría de los campos que he visitado se encuentran en un paisaje idílico, casi de postal. Mauthausen, concretamente, está en lo alto de una colina, y podría decirse que el edificio, estéticamente, resulta agradable. Todo esto contrasta, sin duda, con lo que se vivió allí dentro, y eso te golpea en cuanto cruzas la puerta y ves los barracones, los instrumentos de tortura, las cámaras de gas, los hornos crematorios, o cuando bajas a la cantera, con esa famosa escalera de 186 peldaños, que es, desde luego, lo más representativo del campo de Mauthausen.
Algunos se quejan de que los campos de exterminio se hayan convertido en una atracción turística, pero yo creo que es importante que la gente pueda visitarlos, que nunca nos olvidemos de lo que sucedió allí.
Andrés, si nos remitimos a la acepción correcta de estas dos palabras, ¿cómo y para qué debería ser un campo de concentración?
Andrés Pérez Domínguez:
La verdad es que no debieron haber existido nunca, pero existieron. Los había de varios tipos. De primera, segunda y tercera categoría. Los de primera categoría eran para presos recuperables. Los de segunda, para presos recuperables y no recuperables. Y los de tercera, para presos no recuperables, aquellos en los que solo se podría salir por la chimenea del horno crematorio. Mauthausen era de los pocos campos de concentración que era de tercera categoría. Creo que con esto basta para hacerse una idea de su dureza.
Hay que tener en cuenta que los presos no sabían dónde los llevaban. Concretamente, los españoles que llegan, como sucede en El violinista de Mauthausen, no saben si los van a devolver a España, si los van a llevar a Rusia o si los van a dejar morir de hambre y de frío en el tren.
¿Y qué encuentran, en cambio, en Mauthausen cuando son llevados como ganado?
Andrés Pérez Domínguez:
Pues un lugar terrible después de varios viajando en un tren como si fueran animales, encerrados, sin agua ni comida. Era frecuente que muchos presos muriesen durante el trayecto. Y lo que les espera es el infierno. Sin saber cuánto tiempo van a estar allí. Es terrible, desde luego.
Cuesta creer porque resulta ya inimaginable –y Rubén lo dice- que los judíos eran tratados aún peor que los españoles ¿has utilizado testimonios reales para poder darle verosimilitud a lo que cuentas?
Andrés Pérez Domínguez:
Sí, es cierto. Por duro que pueda parecer, dentro de la precariedad del campo, las condiciones tanto de los judíos como de los presos soviéticos son peores que las de los demás presos, por dos razones: la primera, porque los nazis consideran inferiores, y los tratan como tal. Y, la segunda es que, gracias a que los españoles forman el “núcleo duro” del campo, los que mejor organizados están, y algunos han podido acceder a puestos clave dentro del organigrama administrativo del campo, pueden echar una mano, en la medida de sus escasas posibilidades, a sus compatriotas, intentando incluirlos en comandos de trabajo donde tuvieran más posibilidades de sobrevivir, por ejemplo.
En Mauthausen, según tengo entendido, no sobrevive ningún judío.
Cuando un escritor está trabajando en una obra como “El violinista de Mauthausen” ¿no le cuesta volver a la normalidad y sonreír?
Andrés Pérez Domínguez:
Bueno, vamos a ver. Puede parecer que sí, y, de hecho, es fácil que suceda, pero una de las cosas que aprendes con el tiempo es a desvincular tu trabajo de tu vida. No siempre lo consigues, pero yo intento separarlo. Y aunque una novela como El violinista de Mauthausen tiene momentos duros, escribirla también ha sido también muy interesante y muy enriquecedor.
Yo trato de desmitificar el trabajo de los escritores, que demasiades veces parece estar rodeado de misterio. Se trata de echarle horas, de trabajar cada día, y de hacerlo lo mejor posible. En definitiva, y para responder a tu pregunta: no, no pienso que me haya afectado. Hay que tener en cuenta que yo siempre sé el final de la historia que estoy escribiendo, y eso supongo que ayuda bastante…
Además de escritor eres lector ¿qué libros basados en el nazismo te han impactado más?
Andrés Pérez Domínguez:
Me gusta mucho Primo Levi. Sobre todo, por la manera tan desapasionada de la que es capaz de hablar de algo que ha vivido en sus propias carnes.
Y después de esta ambientación de amor y tragedia, y quizás también esperanza ¿tienes otra en mente… algún proyecto en ciernes?
Andrés Pérez Domínguez:
En otoño se publicará una novela corta, Los perros siempre ladran al anochecer, que ganó un premio en octubre pasado. Una historia que había escrito antes de empezar El violinista de Mauthausen. Aparte de eso, sí, estoy documentándome para un nuevo proyecto, esbozándolo ya, del que no puedo adelantarte nada, salvo que no tiene nada que ver con la Segunda Guerra Mundial. Supongo que me pondré trabajar en el primer borrador esta primavera. Y, no sé, tal vez vea la luz en 2011 o 2012.
No hay prisa. El violinista de Mauthausen se publicó en noviembre pasado, y para mi sorpresa y mi alegría está teniendo un largo recorrido y muchos lectores. Así que no siento que deba darme mucha prisa en tener otra novela de quinientas o seiscientas páginas en las librerías.
Muchas gracias por tu novela, Andrés, y no te creas nunca que el tema del holocausto está trillado, siempre habrá gente que, como yo, les dé a estas novelas el valor que tienen por recordar la Historia.
Andrés Pérez Domínguez:
Gracias a ti por la entrevista. Te agradezco este comentario, porque a veces me preguntan si no se han escrito ya demasiadas novelas sobre el Holocausto. Yo pienso que no, que siempre habrá una historia nueva que contar, y, sobre todo, alguien que trate de poner el foco en un sitio donde no se había puesto antes. Es lo que yo he intentado hacer con los héroes españoles de Mauthausen.
Lorenzo Luengo y Andrés Pérez Domínguez, premiados en la XLI edición de Premios de novela Ateneo (y novela Ateneo Joven, caso de Luengo con "Amerika") de Sevilla.

