Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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sábado 27 de marzo de 2010

Sirenas con tetas de verdad

En las muchas canciones de Sabina que me gustan, hay una frase que recuerdo con agrado, y que siempre he compartido. Escribo de memoria: “Qué voy a hacerle yo, si me gusta el whisky sin soda, el sexo sin boda... Eva con Adán...” Dejando el whisky aparte, que nunca he sabido disfrutarlo, estoy de acuerdo con todo lo demás. Supongo que el maestro Sabina se refiere a las cosas naturales, sin artificios, vengan como vengan. Con las tetas de las mujeres siempre me ha pasado lo mismo. Más que grandes o pequeñas, para un servidor lo importante es que sean naturales, que la ley de la gravedad haga su trabajo si no queda otro remedio, pero que el bisturí de un cirujano hábil no interfiera en el proceso. Ya ven ustedes: nunca he sido muy partidario de las operaciones de estética. De hecho, me resulta interesante comprobar cómo las arrugas van tomando forma en las caras de la gente, como si fueran las líneas en las que se puede leer la vida de cada uno. Pero bueno, para gustos, colores.
Con las películas me pasa lo mismo. A no ser que vaya a ver una de James Bond, en la que sabes exactamente lo que vas a encontrarte, y en la que difícilmente te van a dar gato por liebre, no suelo disfrutar mucho con el artificio de los efectos especiales. A lo mejor por eso todavía no he visto Avatar. Aunque confieso que En tierra hostil, la que le arrebató la estatuilla a la mejor película en la última entrega de los Oscar, tampoco me ha entusiasmado. Pero no soy crítico de cine, ni lo pretendo. Ni de cine ni de nada. Pero me enteré el otro día de que están buscando “modelos femeninas y en bella forma” para la próxima entrega de Piratas del Caribe, “entre 18 y 25 años” y que además tengan “pechos reales”. Esto fue lo que me lla la atención. No quieren que se presenten aspirantes con pechos de silicona. Resulta difícil a estas alturas encontrar a unos productores de Hollywood que sacudan la cabeza ante unas tetas de plástico. Y yo, aunque no soy muy fan de las aventuras de Jack Sparrow, lo mismo esta vez me dejo caer por el cine. Si he de ser sincero, siempre he preferido la elegancia natural de Daryl Hannah en Splash a la delantera neumática de Pamela Anderson en Los vigilantes de la playa. Ni siquiera con una hermosa cola de escamas plateadas habría conseguido hacerme creer que era una sirena.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2010

miércoles 24 de marzo de 2010

Las viejas agendas

Yo soy de esos que todavía conservan los números de teléfono en la agenda de toda la vida además de en la del móvil. Pero quienes me conocen también saben que los primeros borradores de mis libros los escribo a mano, así que no se extrañarán. La ventaja de conservar esta práctica en desuso, que algunos me dicen que es una pérdida de tiempo, me quedó clara el otro día, cuando al estrenar un móvil nuevo le di al botón equivocado y me cepillé, de un plumazo, todos los números de la agenda que estaban guardados en la tarjeta de memoria. Ningún problema, me dije. Cogí la otra, mi vieja agenda, con los números anotados desde hace años, para cumplir con el pesado trámite de pasarlos todos a la aséptica agenda del móvil. Y mientras lo hacía me puse a repasar los nombres, uno por uno, y al cabo de un rato me dio por pensar que una agenda antigua es como la Espada de Damocles, un problema sin resolver que puede caer cualquier día sobre tu cabeza. El recuerdo de gente que hace mucho que ya no tratas y que al ver sus números te das cuenta de que ya no los llamas, o a lo mejor son ellos los que no te llaman a ti. Qué más da. Después de todo, esa sensación tan extraña significa que la vida cambia, queramos o no, que las cosas siguen adelante y que, en un momento dado, cado uno escogió su propio camino. Y está bien que así sea. No te pones triste. Te vas haciendo mayor, y hay cosas que ya no te preocupan tanto. Seguro que tú también te has quedado tirado en la página gastada de alguna agenda en la que antes fuiste un nombre importante, un número que se marcaba con cariño.

Tal vez sean las reglas, concluyes. Luego grabas en la agenda de tu nuevo teléfono muchos números nuevos, gente a la que antes ni siquiera conocías y que ahora forma parte de tu vida. Pero también guardas tu vieja agenda en un lugar seguro, por si alguna vez vuelves a necesitarla, y no solo porque se te hayan borrado los contactos en la tarjeta del móvil. Al cabo, esos números que ahora no marcas fueron una vez parte de tu vida. Y uno debe respetar su propia memoria.

© Andrés Pérez Domínguez, marzo de 2010



domingo 14 de marzo de 2010

El sol del invierno

Sostengo siempre que me gustan mucho las ciudades del norte, tan sobrias, con esas fachadas solemnes de bloques de piedra oscura que, al menos a un servidor, lo invitan a la quietud antes que a la melancolía.

No quiero decir con esto que no me guste el sur, mi tierra, sino que aquí, en Andalucía, el verano es excesivo, intenso, insoportablemente largo cuando llega el final de octubre y todavía se resiste a marcharse. Antes que los veranos intensos y los inviernos templados prefiero las estaciones marcadas, la gradación suave de la temperatura en la primavera que antecede al verano, la belleza crepuscular del otoño, con el estallido multicolor de hojas que anticipa el invierno.

Este invierno que termina ha sido uno de los más lluviosos que recuerdo en el sur. Ha llovido tanto y el viento soplaba con una furia inusual por estas latitudes que a veces era como si la estación de las lluvias de los países tropicales se hubiera trasladado a Andalucía. Incluso nevó, una mañana de domingo, en la que se escuchaba a los críos gritar en la calle con el entusiasmo de lo que se descubre por primera vez.

Pero, ya digo, el invierno se acaba, y no imaginé nunca que llegaría a festejar con tanto entusiasmo el cielo despejado, los rayos de sol al atardecer colándose por mi ventana.

El otro día volví a coger la bici después de más de tres meses y me fui al campo. Un placer hacerlo cuando la primavera está a punto de explotar. El río, que algunos veranos desaparece, ahora lleva un torrente de agua clara. Te paras en mitad del recorrido en bicicleta y es igual que si escuchases el sonido de una fuente. Y ahora, te sientas al aire libre a leer, a documentarte para la novela que ya tienes ganas de empezar a escribir, y de cuando en cuando levantas la vista y miras el horizonte, y poco a poco consigues que desaparezca ese sentimiento de culpabilidad por hacer lo que más te gusta y no tener que darle cuentas a nadie. Coges tu cuaderno, y escribes a mano un texto que tal vez luego subirás al blog. O a lo mejor no. Porque lo que más te gustaría es que siempre fuera domingo, que no sonase nunca tu móvil, que jamás tuvieras prisa, ni más inquietud que escuchar el canto de los pájaros mientras se pone este sol tan agradable del final del invierno.

PD: Alguien ha colgado en Youtube estas imágenes del corredor verde del Guadiamar. Me he tomado la libertad de copiarlo aquí. Suelo montar en bicicleta por los lugares que aparecen en el vídeo. Mucha gente me pregunta que por qué no me voy a vivir a Madrid o a Barcelona. Creo que la respuesta está aquí.


jueves 11 de marzo de 2010

Una novela muy grande

Eso es lo que dice Anika Lillo, Anika entre libros, en su web. Copio por aquí sus palabras, y le mando beso, muy grande también.

En el holocausto murieron alrededor de 7.500 españoles, republicanos que lucharon en la Guerra Civil y que sobrevivieron exiliados en Francia en campos de refugiados, y con la entrada de los alemanes estos hombres y mujeres terminaron encerrados en campos de concentración, exterminio y/o trabajos forzados, entre ellos Mauthausen. Estamos muy acostumbrados a oír hablar del holocausto judío, de vez en cuando tenemos noticias de esas otras víctimas del nazismo, o ambientan las novelas en otros países (en Austria, en Polonia, en Francia…) pero en esta ocasión Andrés Pérez Domínguez rescata a los grandes olvidados del holocausto y les da un espacio en la memoria, un espacio que merecen porque también fueron víctimas inocentes de la locura y barbarie nazi. Francia, Berlín, Austria, España y, directamente, Mauthausen, son los lugares por los que viajamos con Rubén Castro, su prometida, Anna Cavour, el espía Robert Bishop y el alemán Franz Müller.


El violinista de Mauthausen es una novela de amor, drama, pasiones, traiciones, tremendamente humana y sentimental, intimista, real y cruel, tristísima y GRANDE. Muy grande. Narrada de forma intimista, desvelándonos en ocasiones los pensamientos más profundos de sus cuatro protagonistas, entramos en un mundo de espionaje, chantajes, intereses norteamericanos y rusos sobre los científicos del régimen nazi, y la humillante, horrorosa y maltratada vida –si se le puede llamar vida a esa situación- de los presos en Mauthausen. Pero sobre todo nos adentramos en sus corazones y sufrimos con ellos. Escenas como la del vagón del tren hacen que salte un resorte en lo más interno de ti y vivas con profunda emoción lo que OCURRIÓ hace no tanto tiempo. Te remueve por dentro y por fuera, no sólo por lo que te cuenta, si no por cómo te lo cuenta.

¿Alguna vez has observado fotografías de las víctimas de Mauthausen? Cuando ves esas pieles pegadas a los esqueletos, no puedes creer que estuvieran vivos. Es imposible, los ojos lo ven pero el cerebro no puede creerlo. Pero ocurrió, y hubo gente como Rubén que fue perdiendo kilos y salud, pero también los hubo que perdieron la vida, o la necesaria sensación de saberse personas, o directamente dejaron de pensar porque eso significaba sufrir todavía más. Con cualquiera de esas escenas a mí, como ser humano, me saltan las lágrimas. Ves esos ojos vacíos, donde no cabe ya la esperanza ni la vida siquiera… Se te hace un nudo en la garganta. Pero ¿y El violinista de Mauthausen? ¿Lo consigue también? Sí, esta novela te llega al corazón, a lo más hondo, y habrá a quien se le salten las lágrimas en alguna ocasión (a mí desde luego me ha sucedido) porque cuando la lees no te alejas de ella, si no que entras de golpe y ya no sales hasta que termina. Y entras en la tristeza más absoluta, porque el autor es capaz de hacerte entrar y, algo que no consigue cualquiera, que te quedes. Y a mí que no me digan que el tema del holocausto está trillado.

El violinista de Mauthausen es una gran novela, una a recomendar, de las buenas, de las de “verdad”, de esas que homenajean, se viven, se sufren, se agradecen, en las que te implicas y en cambio no decides porque tú quieres saber cómo terminará a pesar de no tener muchas esperanzas en un final feliz, de esas que recordarás por escenas como las del vagón, o cuando Rubén escucha el violín desde la cantera, o bajo la visión del violinista ves a un republicano español con la foto de su prometida en las manos pero agachado, sin atreverse a ponerse en pie, o cuando ves a esa mujer abrazar a ese hombre y de pronto ella se da cuenta de que él también está llorando… son escenas para no olvidar jamás porque hubo otros Rubén Castro, otras Anna Cavour y otros Franz Müller que merecen nuestro respeto, nuestro recuerdo y nuestro homenaje.

Un premio, el Ateneo de Novela de Sevilla, bien merecido.

Anika Lillo

lunes 8 de marzo de 2010

Un idioma sin fronteras

Una de las muchas cosas buenas que tiene Internet es que encuentras cosas que no esperabas. Eso me ha pasado con esta entrevista que me hicieron en el programa Un idioma sin fronteras, de RNE, en diciembre pasado.
Fue en diciembre, y escucharla ahora es como viajar en el tiempo. Espero que os guste. Sólo tenéis que pinchar aquí.

jueves 4 de marzo de 2010

Entrevista en Anika entre libros

Os dejo esta entrevista que me hizo hace poco Anika, para su estupenda web literaria Anika entre libros.

Andrés, has escrito una historia donde el amor es muy importante, pero creo que tienes una curiosidad al respecto por ahí: tu pareja se compromete bailando en los jardines de Luxemburgo ¿de dónde sale esa “imagen”?

Andrés Pérez Domínguez:

Es verdad. Una vez, estaba en Viena, en una estación de metro, una mañana muy temprano, vi a una pareja muy joven bailando un vals, sin música, en el andén. Ellos estaban ajenos a todo, como si el mundo no existiera, como si no estuviesen en una estación de metro. Era una imagen hermosísima y, de algún modo, supe que había una historia detrás de ella. Me puse a tirar de hilo, y se me ocurrió que esta pareja podría estar en París, en la primavera de 1940, cuando los alemanes invaden Francia. Él es un republicano español exiliado, ella es francesa. Están a punto de casarse pero a él se lo van a llevar preso al campo de Mauthausen. Así surgió
El violinista de Mauthausen.



Rubén Castro, el republicano exiliado, es detenido por la Gestapo en Francia y conducido a Mauthausen ¿hubo muchos Rubén Castro o hubo también otros españoles detenidos en otros países y con el mismo o parecidos destinos?

Andrés Pérez Domínguez:

Testimonios, y vestigios, de presencia de españoles los hay en la mayoría de los campos de concentración. Muchos de ellos llegan a los campos de ser hechos prisioneros en el desastre de Dunkerque. Pero, para llegar a Dunkerque, hay que contar primero que los republicanos españoles empiezan a llegar masivamente a Francia desde enero de 1939, al final de la guerra civil. Allí son confinados en unos campos de refugiados en unas condiciones terribles. Luego,
cuando los alemanes invaden Francia, son obligados a alistarse en el ejército, y la mayoría de ellos son destinados a reforzar la célebre Línea Maginot. Pero cuando el ejército alemán invade Francia el ejército anglofrancés, además de los españoles, son arrinconados en la playa de Dunkerque.

Sin embargo, Rubén Castro, uno de los protagonistas de la novela, es hecho prisionero en París por sus ideas políticas. Es el otro motivo por el que los españoles llegan a los
campos de concentración, aunque, me atrevería a decir, que el único motivo acaba siendo político. Cuando a Serrano Suñer, ministro de Asuntos Exteriores y cuñado de Franco, le preguntan los alemanes sobre qué deben hacer con los españoles presos, éste se desentiende de ellos. Argumenta que quien no está en España no es español, los convierte en apátridas (en Mauthausen los españoles llevan el triángulo azul de los apátridas) y los condena a muerte.



¿Hubo también en la historia de la II Guerra Mundial muchos Anna Cavour y Robert Bishop?

Andrés Pérez Domínguez:

Lo primero, permíteme que cuente un poco, para quienes no hayan leído la novela, quiénes son Anna Cavour y Robert Bishop. Anna es una joven francesa que está a punto de casarse con Rubén Castro, el español exiliado en Francia, pero que va a convertirse en una espía con tal de salvar la vida de su prometido, al que se han llevado preso los nazis. Robert Bishop es un agente norteamericano de la OSS, la precursora de la CIA, y la va a reclutar para su causa a cambio de la vaga promesa de informarla sobre la situación de su prometido.

Hay que tener en cuenta que, durante aquella época tan complicada, hubo gente que se vio obligada a hacer cosas que jamás había imaginado, como la propia Anna, una mujer normal que acaba convirtiéndose en espía. O Robert Bishop, que es un tipo desencantado por la experiencia de la guerra, pero que tampoco le queda otro remedio que comportarse de una determinada manera para conseguir cumplir las órdenes de sus superiores.

Y no sólo ellos, sino también Rubén, preso en un campo de exterminio, que verá cosas que jamás habría imaginado. O Franz Müller, un alemán que no está de acuerdo con lo que está pasando en su país. Yo creo que cada uno de estos cuatro personajes es el símbolo de una época.



Conociendo a Anna da la impresión de que, en cierta forma, los
espías se convierten también en esclavos…

Andrés Pérez Domínguez:

En cierto modo, sí. Se empieza haciendo concesiones al principio y, casi sin darse uno cuenta, compromete el futuro, el resto de la vida. Es muy interesante esta cuestión desde el punto de vista narrativo.



Y también los hay que se convierten en esclavos del bourbon… ¿Era normal en el mundo del espionaje o más propio de un personaje atormentado?

Andrés Pérez Domínguez:

Yo creo que más bien de un personaje atormentado, que no tiene porque ser un espía, pero que, en el caso de uno de los personajes de la novela, sí es un espía. A mí me gustan los personajes con muchas aristas, los personajes con pasado. Por eso mis novelas son siempre muy introspectivas.



Franz Müller, representa al alemán que está en contra del régimen. No debió ser fácil ¿Cómo crees que lo vivieron ellos?

Andrés Pérez Domínguez:

Debió de ser muy complicado estar en contra de un régimen que parecía hipnotizar a sus seguidores, sustraerse a la fuerte conciencia nacionalista, a los desfiles, a los uniformes, a una corriente que arrastraba a muchos ciudadanos.

Es algo sobre lo que pienso mucho, y sobre lo que creo que se debería reflexionar: ¿qué habríamos hecho si nos hubiera tocado vivir esa época? ¿Nos habríamos opuesto abiertamente? ¿Habríamos mirado para otro lado? ¿Nos habríamos dejado arrastrar por la misma corriente que los demás? Supongo que para eso escribe uno novelas, para intentar dar una respuesta a estas preguntas, o, simplemente, para que los lectores reflexionen sobre ellas.



Schindler estaba en una posición en la que podía hacer algo más por las víctimas pero esto es literatura y ahí decides tú ¿cómo se rebela tu personaje, Franz?

Andrés Pérez Domínguez:

Franz se rebela, al principio, a tres años de que empiece la guerra. Se marcha de Berlín, abandona una prometedora carrera de ingeniero porque la ciencia se está militarizando y él no quiere participar. Como es un violinista notable, se convierte en un músico bohemio, se refugia en el arte. Luego habrá de claudicar, pero la música será lo que a la postre, igual que a Rubén, lo salvará.

Para mí era muy importante la música en la historia, el contraste entre la sensibilidad de las notas de un violín y la crueldad cotidiana de un campo de exterminio.



Has incluido el interés de los norteamericanos y los rusos por los científicos del régimen nazi. Esto me recuerda también a los médicos… ¿qué clase de gente acogieron estos países en vez de castigarles?

Andrés Pérez Domínguez:

Esta actitud por parte de los rusos, y sobre todo de los norteamericanos, podemos mirarla de dos formas: criticarla por su hipocresía o comprenderla por su pragmatismo.

Está claro, desde mucho antes de que la
Segunda Guerra Mundial termine, que en el futuro va a haber dos bloques enfrentados, dos bloques que ya se miran con desconfianza. Y en Alemania había gente con muchísimo talento (la Ciencia se había desarrollado de una forma espectacular en Alemania durante las primeras décadas del siglo XX), y aunque muchos científicos -la mayoría de origen judío- se habían marchado del país cuando tuvieron oportunidad (Einstein, Leo Szilard, Enrico Fermi, que se marchó de Italia porque su mujer era judía…), otros se quedaron en Alemania, como Werner Heisenberg (el director del programa atómico alemán), o Werner von Braun, el padre de las tristemente célebres bombas telediridas V1 y V2.

Werner von Braun se convertirá luego en uno de los artífices del programa Apolo, pero no hay que olvidar que durante la Segunda Guerra Mundial dirigió una fábrica en la que cientos de presos trabajaban en régimen de esclavitud, y que además pertenecía al partido nazi.

Durante los meses finales de la guerra, y al principio de la postguerra, se produce una carrera entre los rusos y los aliados occidentales, sobre todo los norteamericanos, para hacerse con los servicios de los científicos o ingenieros alemanes. Y la cuestión era conseguirlo antes de que los del otro bloque los captasen. Esto, podrá gustarnos o no, pero fue así.


Defines la vuelta a la normalidad tras el holocausto como “regresar del mundo de los muertos”. Hubo alegría con la liberación pero ¿qué más hubo?

Andrés Pérez Domínguez:

Indudablemente, lo primero que sucede es la lógica explosión de alegría por ser liberados. Pero luego, con el tiempo, empiezan a aflorar otras cuestiones, como el sentimiento de culpabilidad por haber sobrevivido.
La vida cotidiana en un campo de exterminio significaba convivir con el horror y, a veces, los que sobreviven son los más pícaros, los que han agachado la cabeza, los que no han compartido una patata con un compañero al que ya no le quedaban fuerzas. Todo esto plantea a muchos supervivientes una pregunta: ¿por qué he sobrevivido yo?

He escuchado historias de supervivientes españoles de Mauthausen que cuentan que durante su estancia en el campo jamás derramaron una lágrima, porque hacerlo suponía sucumbir, rendirte, entregarte a la muerte. Muchos cuentan que no han llorado hasta salir del campo, años después, cuando se han reunido con otros supervivientes.

La vuelta a la normalidad después de haber pasado por una experiencia como esa es muy difícil, imposible en muchos casos.



¿Es una historia de arrepentimientos?

Andrés Pérez Domínguez:

Es uno de los elementos que me gusta desarrollar en mis novelas, el arrepentimiento. Igual que la culpa, la lealtad o la traición. Forma parte de eso que los escritores llamamos de una manera un poco cursi quizá, mi universo literario.

Es cierto que los cuatro personajes principales de
El violinista de Mauthausen (Rubén, Anna, Franz y Bishop), piensan que no se han portado en el pasado todo lo bien que debieron. Y, bueno, en mis novelas me gusta brindar a mis personajes la oportunidad que la vida a veces no brinda a las personas.



Sólo las grandes personas son capaces de grandes acciones. Tu novela parece indicar esto.

Andrés Pérez Domínguez:

En realidad, yo diría que las personas normales que hacen cosas extraordinarias son las grandes personas. Es un poco lo que a los guionistas norteamericanos les gusta denominar “personajes más grandes que la vida”, gente que es capaz de hacer cosas que la mayoría no se atrevería.



Sin duda te has explicado mejor que yo :) Andrés, tu novela nos muestra una realidad que existió, pero los españoles no han sido siempre incluidos en el holocausto judío ¿es ésta una forma de recordarles u homenajearles?

Andrés Pérez Domínguez:

Todos conocemos el
sufrimiento de los judíos durante el Holocausto. Está lo suficientemente documentado, filmado, novelado y explicado como para que, a estas alturas de la película, solo cierta gente con la mente muy estrecha se atreva a negar el Holocausto, o a pensar siquiera que no fue tan duro o tan grave como nos han contado.

Dicho, esto, también hay que añadir que no solo los judíos sufren el Holocausto, sino también los gitanos, los eslavos,
los homosexuales, los que tenían ideas políticas contrarias a los nazis y, también, los republicanos españoles.

Yo creo que los españoles son los grandes olvidados del Holocausto. Después de ser considerados unos apátridas,
los que sobreviven no pueden volver a España. Y mucha gente no conoce su historia.

Cuando he visitado el campo de exterminio de Mauthausen, echo de menos una bandera española (hay alguna republicana), una representación contundente del gobierno español, una placa enorme que recuerde que fueron los héroes del campo, los que plantaron cara a sus verdugos, los que arriesgaron la vida para sacar del campo los negativos de Francisco Boix (gracias a sus fotos y a su testimonio pudo condenarse en Nüremberg a
Albert Speer y a Ernst Kaltenbruner).

Cualquier preso de otra nacionalidad recuerda hoy a los españoles como unos héroes.

La novela puede ser un homenaje, sí. La ficción puede llegar mucho más lejos de que lo que llega un documental, y el hecho de que
El violinista de Mauthausen esté teniendo tantos lectores es una prueba de ello.



Entre esas realidades ¿ocurrió de verdad lo del niño que hizo tiro al blanco con los judíos?

Andrés Pérez Domínguez:

El pasaje del crío al que le regalan una pistola el día de su cumpleaños está inspirado, efectivamente, en una anécdota real, que leí en algún libro de memorias de un superviviente. Contaba que un SS llevó a su hijo al campo el día de su cumpleaños y como regalo le dejó su pistola para que disparase sobre cuantos presos quisiera.

Muchos de los pasajes del libro que parecen inventados, no proceden sino del proceso de documentación: la angustia de viajar en un tren de ganado sin saber adónde los llevaban, agacharse todos a beber agua de un charco... Es una frase manida, pero la realidad, supera la ficción.

Aprovecho esta pregunta para apuntar un par de cosas que siempre me gusta recalcar: a pesar de lo que pueda parecer,
El violinista de Mauthausen no es una novela truculenta, ni mucho menos. La novela tiene tres partes bien diferenciadas, y una de ellas, efectivamente, sucede en el campo de exterminio de Mauthausen, y hay que contar las cosas como fueron. Pero los otros dos tercios de la novela suceden en el París ocupado por los alemanes, y en el Berlín de la postguerra.

Y, además, lleva ímplicito un mensaje de esperanza. Tiene una trama dorsal, que es
la historia de espionaje, porque creo que, ante todo, un libro ha de ser entretenido, y que el lector tiene que pasárselo bien. Por ello, toda la documentación está al servicio de la historia que quiero contar, y no al revés. Dicho esto, si además de entretenerse o emocionarse, la novela tiene otras lecturas, si el lector siente que ha valido la pena el tiempo que ha invertido en leerla, o si ha aprendido cosas que no sabía, mucho mejor. Pero, en mi opinión, un libro tiene que hacerte disfrutar, y yo siempre intento que el lector disfrute con lo que escribo.



Los restos de Mauthausen permanecen, tú has estado allí y en otros campos ¿qué sensaciones has tenido en esos lugares?

Andrés Pérez Domínguez:

Es curioso, pero la mayoría de los campos que he visitado se encuentran en un paisaje idílico, casi de postal. Mauthausen, concretamente, está en lo alto de una colina, y podría decirse que el edificio, estéticamente, resulta agradable. Todo esto contrasta, sin duda, con lo que se vivió allí dentro, y eso te golpea en cuanto cruzas la puerta y ves los barracones, los instrumentos de tortura, las cámaras de gas, los hornos crematorios, o cuando bajas a la cantera, con esa famosa escalera de 186 peldaños, que es, desde luego, lo más representativo del campo de Mauthausen.

Algunos se quejan de que los campos de exterminio se hayan convertido en una atracción turística, pero yo creo que es importante que la gente pueda visitarlos, que nunca nos olvidemos de lo que sucedió allí.



Andrés, si nos remitimos a la acepción correcta de estas dos palabras, ¿cómo y para qué debería ser un campo de concentración?

Andrés Pérez Domínguez:

La verdad es que no debieron haber existido nunca, pero existieron. Los había de varios tipos. De primera, segunda y tercera categoría. Los de primera categoría eran para presos recuperables. Los de segunda, para presos recuperables y no recuperables. Y los de tercera, para presos no recuperables, aquellos en los que solo se podría salir por la chimenea del horno crematorio. Mauthausen era de los pocos campos de concentración que era de tercera categoría. Creo que con esto basta para hacerse una idea de su dureza.

Hay que tener en cuenta que los presos no sabían dónde los llevaban. Concretamente, los españoles que llegan, como sucede en
El violinista de Mauthausen, no saben si los van a devolver a España, si los van a llevar a Rusia o si los van a dejar morir de hambre y de frío en el tren.



¿Y qué encuentran, en cambio, en Mauthausen cuando son llevados como ganado?

Andrés Pérez Domínguez:

Pues un lugar terrible después de varios viajando en un tren como si fueran animales, encerrados, sin agua ni comida. Era frecuente que muchos presos muriesen durante el trayecto. Y lo que les espera es el infierno. Sin saber cuánto tiempo van a estar allí. Es terrible, desde luego.



Cuesta creer porque resulta ya inimaginable –y Rubén lo dice- que los judíos eran tratados aún peor que los españoles ¿has utilizado testimonios reales para poder darle verosimilitud a lo que cuentas?

Andrés Pérez Domínguez:

Sí, es cierto. Por duro que pueda parecer, dentro de la precariedad del campo, las condiciones tanto de los judíos como de los presos soviéticos son peores que las de los demás presos, por dos razones: la primera, porque los nazis consideran inferiores, y los tratan como tal. Y, la segunda es que, gracias a que los españoles forman el “núcleo duro” del campo, los que mejor organizados están, y algunos han podido acceder a puestos clave dentro del organigrama administrativo del campo, pueden echar una mano, en la medida de sus escasas posibilidades, a sus compatriotas, intentando incluirlos en comandos de trabajo donde tuvieran más posibilidades de sobrevivir, por ejemplo.

En Mauthausen, según tengo entendido, no sobrevive ningún judío.



Cuando un escritor está trabajando en una obra como “
El violinista de Mauthausen” ¿no le cuesta volver a la normalidad y sonreír?

Andrés Pérez Domínguez:

Bueno, vamos a ver. Puede parecer que sí, y, de hecho, es fácil que suceda, pero una de las cosas que aprendes con el tiempo es a desvincular tu trabajo de tu vida. No siempre lo consigues, pero yo intento separarlo. Y aunque una novela como
El violinista de Mauthausen tiene momentos duros, escribirla también ha sido también muy interesante y muy enriquecedor.

Yo trato de desmitificar el trabajo de los escritores, que demasiades veces parece estar rodeado de misterio. Se trata de echarle horas, de trabajar cada día, y de hacerlo lo mejor posible. En definitiva, y para responder a tu pregunta: no, no pienso que me haya afectado. Hay que tener en cuenta que yo siempre sé el final de la historia que estoy escribiendo, y eso supongo que ayuda bastante…



Además de escritor eres lector ¿qué libros basados en el nazismo te han impactado más?

Andrés Pérez Domínguez:

Me gusta mucho
Primo Levi. Sobre todo, por la manera tan desapasionada de la que es capaz de hablar de algo que ha vivido en sus propias carnes.



Y después de esta ambientación de amor y tragedia, y quizás también esperanza ¿tienes otra en mente… algún proyecto en ciernes?

Andrés Pérez Domínguez:

En otoño se publicará una novela corta, Los perros siempre ladran al anochecer, que ganó un premio en octubre pasado. Una historia que había escrito antes de empezar
El violinista de Mauthausen. Aparte de eso, sí, estoy documentándome para un nuevo proyecto, esbozándolo ya, del que no puedo adelantarte nada, salvo que no tiene nada que ver con la Segunda Guerra Mundial. Supongo que me pondré trabajar en el primer borrador esta primavera. Y, no sé, tal vez vea la luz en 2011 o 2012.

No hay prisa.
El violinista de Mauthausen se publicó en noviembre pasado, y para mi sorpresa y mi alegría está teniendo un largo recorrido y muchos lectores. Así que no siento que deba darme mucha prisa en tener otra novela de quinientas o seiscientas páginas en las librerías.



Muchas gracias por tu novela, Andrés, y no te creas nunca que el tema del holocausto está trillado, siempre habrá gente que, como yo, les dé a estas novelas el valor que tienen por recordar la Historia.

Andrés Pérez Domínguez:

Gracias a ti por la entrevista. Te agradezco este comentario, porque a veces me preguntan si no se han escrito ya demasiadas novelas sobre el Holocausto. Yo pienso que no, que siempre habrá una historia nueva que contar, y, sobre todo, alguien que trate de poner el foco en un sitio donde no se había puesto antes. Es lo que yo he intentado hacer con los héroes españoles de Mauthausen.

Lorenzo Luengo y Andrés Pérez Domínguez, premiados en la XLI edición de Premios de novela Ateneo (y novela Ateneo Joven, caso de Luengo con "Amerika") de Sevilla.

lunes 1 de marzo de 2010

Memoria purificadora

El escritor Rubén Castillo Gallego escribió esta reseña de El violinista de Mauthausen para El Noroeste de Murcia. Aprovecho para darle las gracias y mandarle un fuerte abrazo desde mi blog.

Quien explora el territorio del nazismo, como quien indaga en el mundo de cualquier guerra, sabe que su materia prima tiene tantas aristas como posibilidades de abordaje. Y sabe también que su principal misión consiste en entrar en las coordenadas de la culpa, del horror y de la infamia. Tendrá que decir a sus lectores que, durante un período atroz que abarcó más de una década, varios miles de energúmenos capitaneados por un paranoico con déficit de litio en el cerebro tuvieron en jaque al continente europeo e instauraron un dominio de brutalidad, crímenes, racismo, ínfulas visionarias, gritos guturales, campos de concentración y expansionismo alarmante. Ese novelista tendrá que contar (una vez más, porque la dignidad lo exige) que los seres humanos a quienes ese régimen abominable consideraba inferiores fueron inicuamente humillados con marcas que los identificasen, hacinados en trenes, trasladados a lugares donde el hambre, la sed, el trabajo o las vejaciones acababan con ellos, y que, en el colmo de la barbarie, se los gaseaba y se los quemaba en hornos, como si no fueran otra cosa que despojos o animales portadores de alguna infección.
Andrés Pérez Domínguez, que es un novelista valiente, sólido y digno, ha osado volver a ese tema, porque sabe que el dolor, por más que haya sido contado o analizado en documentales y libros, guarda siempre nuevos pliegues donde anidan las lágrimas. Como aquel libro infinito que soñó Borges, en el que cada hoja podía desdoblarse de manera tenaz en dos nuevas hojas, las abominaciones generadas por el nazismo permiten a los creadores ensanchar nuestro conocimiento con sus producciones novelísticas. El violinista de Mauthausen, que fue premiado con el Ateneo de Sevilla del año 2009, nos traslada una historia muy sencilla, narrada con magistral pulso, donde cuatro personajes se convierten en columnas sustentadoras del hecho novelesco: Rubén Castro (un profesor de latín que ha escapado de la España posterior a 1936, y que está a punto de casarse con una chica francesa, justo cuando explota en París la locura de la invasión nazi, y el joven es detenido por la Gestapo), Anna Cavour (prometida de Rubén, que queda destrozada cuando los alemanes se lo llevan a un lugar desconocido y que se mostrará dispuesta a hacer lo que sea para que lo liberen), Robert Bishop (un enigmático agente de Estados Unidos que contacta con Anna para que se aproxime a los enemigos y pueda extraer de ellos alguna información que resulte crucial para los aliados) y Franz Müller (un ingeniero alemán que, sin cobijar ninguna simpatía por la ideología nazi, tendrá que trabajar en los delirantes planes armamentísticos del Führer). Con esos hilos, Andrés Pérez Domínguez urde una historia conmovedora pero no sensiblera, dura pero no efectista. Veremos en algunas de sus páginas cómo los prisioneros que han sido transportados en un tren durante días y días, sin comer ni beber, haciéndose sus necesidades encima, conviviendo con los cadáveres que el frío casi polar iba provocando en el interior de los vagones, bajan al andén y se tiran al suelo para lamer el agua de los charcos, en medio de las risas inmundas de los nazis que los vigilan. Y, durante unos minutos interminables, uno siente vergüenza de pertenecer a la misma especie que aquellos monstruos a los que Europa tuvo que soportar.
No repetiré aquí ese sintagma impreciso de «la memoria histórica». Y no lo haré porque, en puridad, toda memoria es histórica: alude a la cronología de nuestro pasado. Evitaré, pues, esa tautología, en la que tan alegremente caen los políticos y sus alabanciosos (como hubiera dicho el gran Miguel Espinosa). Yo prefiero hablar de «memoria purificadora» o de «memoria de contrición». Es decir, los esfuerzos que hacemos quienes habitamos ahora el mundo para que las truculencias inhumanas del nazismo (o del estalinismo, o del franquismo, o de cualquier otro régimen que haya auspiciado el crimen o la venganza como uno de sus atributos) no merezcan más recuerdo que el salivazo de nuestro desdén. Andrés Pérez Domínguez, con esta novela fascinante y magnética, consigue que lleguemos a un conocimiento mejor de esa época monstruosa. Y yo me quito el sombrero ante alguien que consigue, con su esfuerzo, trasladarme esa enseñanza.