Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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viernes 30 de abril de 2010

Sant Jordi (Segunda parte: Prohibido tirar cacahuetes a los escritores)

Aunque en Sant Jordi se compran y se venden muchos libros, la fiesta es mucho más que eso. Una de las cosas más curiosas es que hay gente que pasea por la calle, sin parecer tener interés en manosear los libros de los puestos, con la cámara digital en la mano para retratar a los tipos esforzados que habitamos al otro lado del mostrador. Me acordé de una frase que me contó una vez Óscar Oliveira de un escritor en una feria del libro: “En las casetas debería haber un cartel que dijese Prohibido tirar cacahuetes a los autores”. Pero, al contrario de lo que pueda deducirse de esta frase, en Sant Jordi todo resulta muy agradable, y a mí me gusta -a quién no, supongo- cuando los lectores vienen a fotografiarse contigo o a llevarse tu foto como recuerdo después de haber esperado una cola para que le firmes tu novela. El Día del Libro en Barcelona es una fiesta maravillosa de la que los escritores formamos parte. Y, el mejor resumen de Sant Jordi, mejor incluso que cualquier cosa que yo pueda contar, es este vídeo que me ha mandado Celia, de Más que palabras. Para mí fue una gran experiencia. Estuve firmando libros en varias casetas, pero la verdadera fuerza de Sant Jordi está en este vídeo.


Otra de las cosas que uno aprende rápido ese día es que resulta imposible, por mucho que quieras, ser puntual. Hasta que no inventen el teletransporte (hasta donde yo sé, solo pertenece a las películas y a las novelas de Ciencia Ficción), no hay manera de estar en dos casetas firmando a la misma hora. Aunque no haya lectores en tu cola y tengas que quedarte más tiempo en la caseta, no se me ocurre cómo se puede terminar de firmar en un sitio a las 12 y estar anunciado en otro a la misma hora cinco calles más allá. Además de desplazarte entre el río de gente que ha salido a la calle, tienes que despedirte, dar las gracias a los libreros, saludar. Bueno, ya conté en la entrada anterior que soy de pueblo...
La caseta de la FNAC de la plaza de Cataluña se me antoja un ruedo complicado. Entre otros, voy a tener que compartir firma con Julia Navarro, Quim Monzó y Loquillo. O sea, una escritora que vende sus novelas por millones, un autor catalán muy conocido y una estrella del Rock de dos metros de estatura que no se desprende de las Ray ban ni a la sombra. Esta caseta estaba organizada de una forma un tanto peculiar: una cinta custodiada por varios guardas de seguridad separaba a los lectores de los escritores, y había que guardar cola para que te dejasen pasar, llevases el libro que llevases. Por culpa de eso, una chica de Taiwan tuvo que esperar media hora de pie para llevarse un Violinista dedicado. Se hizo una foto conmigo. Si lee esto y me la quiere mandar, estaré encantado. Yo, para ser sincero, prefiero las casetas donde los lectores se puedan acercar cuanto quieran, tocar los libros, hablar con los escritores. Manel y Patricia, con los que tan bien lo pasé un par de semanas antes en su programa Llegir En Cas D'incendi, se acercaron por allí.
En la siguiente firma, antes de llegar, avizoro que debe de haber alguien muy conocido. Basta ver la cola kilométrica. Efectivamente, el mismísimo Eduardo Punset de los domingos por la noche en la 2 estaba allí estampando su rúbrica. Entro en la caseta, me siento detrás del rótulo con mi nombre sin tener tiempo de ver quiénes son mis otros compañeros de firma. A mi izquierda, un señor muy amable me dice que me han emparedado entre él y su mujer. Enseguida le ofrezco mi sitio y nos cambiamos. Pasamos un rato de charla agradable, entre firma y firma, sobreviviendo a la cola de lectores de Punset. Por cierto, su mujer es Ángela Becerra: tanto o más guapa al natural que en las fotos. Uno entiende que su marido no quiera separarse de ella. Al final de la firma tengo ocasión de saludar a mi colega Emilio Calderón, que en los dos últimos años ha conseguido nada menos que el Fernando Lara y ser finalista del Planeta. Algo debe de tener el agua cuando la bendicen.Después de comer comparto un rato de firma con Suso de Toro, Eduardo Iriarte y Asha, un personaje que gusta mucho a los niños. Ya he dicho que en Sant Jordi uno encuentra las compañías más curiosas. Sopla el viento y hay nubes, pero al menos no llueve. Vienen unos cuantos lectores cuyos familiares estuvieron presos en Mauthausen. Son los momentos más emotivos: una mujer que te cuenta que su padre, su abuelo o su tío estuvo preso en el campo; un hombre joven que me dice que su bisabuelo consiguió salvar la vida porque lo destinaron a la peluquería del campo de exterminio. Siempre me queda la duda de si he sido justo con estos héroes que salen en mi novela, si a sus familiares no les parecerá mal que haya utilizado sus vidas para inventarme una historia.
Anochece ya cuando acaban las firmas. La batalla ha terminado. Cuatro princesitas de segundo de ESO se acercan para venderme una rosa. Es para el viaje de fin de curso, me dicen, con tanta educación que me desarman. ¿Ah sí? ¿Y adónde vais?, les pregunto. Queremos ir a Mallorca. Les cambio una rosa por dos euros. Oliveira hace lo mismo. Todavía hay tres actos más esa noche. Vamos a la fiesta de El Mundo, donde me encuentro a otro viejo conocido del viaje que hice hace unos meses a Mauthausen con un grupo de periodistas: Albert Montagut, el director de ADN. Nos damos un abrazo. Me ha alegrado mucho verlo. Luego vamos a la fiesta de Planeta. Todavía hay otro acto, pero ya no puedo más. Estoy agotado. Lo que a mí me gusta de verdad es escribir. Es la conclusión que saco siempre después de una jornada de estas, y ejercer de escritor apenas te deja tiempo para escribir. Eso sí, le prometí a Óscar Oliveira que iría con él al bar para los fans de la serie Perdidos: el Bharma. Si os gusta la serie (a mí, con todas su paranoias y sinsentidos me parece una obra maestra), no dejéis de visitarlo si recaláis por Barcelona.

martes 27 de abril de 2010

Sant Jordi (primera parte: La carrera de Oklahoma)

Sin querer dármelas de Neruda a estas alturas, puedo decir que he estado en Sant Jordi y he sobrevivido. Pero también he vivido.

Si alguien ha visto en el cine la famosa Carrera de Oklahoma, en la que los colonos salían en estampida para conseguir las mejores tierras, las ruedas de las carretas partiéndose, la gente empujándose para conseguir el mejor sitio, puede hacerse una idea de la dificultad de salir en la foto oficial en el hotel Regina de Barcelona la mañana del 23 de abril. Como no me gustan las carreras ni los tumultos llegué rezagado, me puse en cuclillas en una esquina, y, mientras esperaba que de un momento a otro se me quebrasen los tobillos, en esa postura tan poco decorosa pude saludar a mi amigo Toni Polo, viejo compañero del viaje que hicimos a Mauthausen en noviembre pasado. Apenas separados por un par de metros, los reporteros gráficos y los escritores parecíamos dos equipos a punto de enfrentarse. No se ve muy bien, pero estos eran los fotógrafos.
Las estrechuras, como puede verse, eran para todos


No sé si había más fotógrafos o literatos. Y juntaletras éramos unos cuantos. No me apetece entrar en berenjenales sobre lo que se puede considerar un escritor o no, pero digamos que todos los que estábamos en este lado teníamos un libro con nuestro nombre impreso en la cubierta. Sant Jordi es así: una curiosa mezcla de gente cuya vida tiene alguna relación con los libros. Una fauna heterogénea en la que algunos desprecian secreta o abiertamente a otros con elitismo resabiado, otros aprovechan para asuntos que poco o nada tienen que ver con la Literatura, y que al que firma esta crónica le pareció bastante divertida. Porque me lo pasé bien en Sant Jordi. Y, sobre todo, fue una experiencia interesante.

He de retroceder unas horas en el tiempo para explicarlo mejor, pero, si a estas alturas de la entrada algún lector está preocupado por mis tobillos (dicen por ahí que los escritores somos unos seres faltos de cariño que buscamos siempre llamar la atención de los demás), permítanme que alivie su angustia: conseguí levantarme con los tobillos intactos, y al día siguiente no sufrí agujetas, con lo que quizá no fue tan grave como temía. Vamos, que siempre me preocupo más de la cuenta.

Decía que debía dar marcha atrás en el tiempo. El día de Sant Jordi es el 23 de abril, pero en realidad, Sant Jordi es una fiesta que dura varios días. La tarde antes, nada más bajarme del AVE y dejar las maletas en el hotel, me fui con mi inseparable compañero de fatigas Oscar Oliveira a la fiesta del programa Continuará (es un programa que se emite en TVE en Cataluña. Lo digo para quien no lo sepa. Yo, la verdad, no lo sabía).

La tarde estaba un poco desapacible, pero las vistas desde la terraza del hotel Casa Fuster merecen la pena. Sin embargo, aunque el personal era de lo más glamuroso (actores, presentadores de televisión, escritores, editores, agentes, y gente de oficio desconocido con un imán innato para las cámaras de los fotógrafos del corazón), fue la fiesta que menos me gustó de todas las que estuve. Oliveira, Eduardo Iriarte, con quien habíamos quedado en la puerta, y yo estuvimos la mayor parte del tiempo apretujados, los brazos pegados al cuerpo, como mis añorados Clicks de Famóbil. Pero, sobre todo, me di cuenta de que en estas fiestas es difícil hablar más de treinta segundos con alguien. La mayoría parecía estar más atento a la próxima persona a la que le apetecía saludar, o estaba tan interesado en hablar con quien fuese o no quería que lo importunases que, con suerte, aunque te conociera, apenas te dedicaba como saludo una leve elevación de la barbilla. Sucedió más o menos lo mismo en todos los saraos en los que estuve, pero quizá el de aquella terraza, por ser el primero de todos, me pilló un poco descolocado y bajé en el ascensor con una sensación agridulce. En fin. Uno es del sur, y de pueblo, y ve las cosas, la vida, de otra forma, supongo. De ahí nos fuimos a otra fiesta, la de la revista Qué Leer, donde me sentí mejor porque el ambiente era más desenfadado. Tuve ocasión de saludar a algunos viejos amigos, de poner cara, por fin, a mucha gente a la que desde hace algunos años solo conocía a través del aséptico correo electrónico. No me fui tarde. El día siguiente iba a ser muy largo.

Me levanto muy temprano. Para variar, como saben los lectores de esta bitácora, no duermo muy bien en los hoteles. Como el soldado que busca cierta tranquilidad para mentalizarse antes de que empiece la batalla, me doy un largo paseo por la Rambla. Apenas pasan unos minutos de las ocho y hay cientos de personas preparando puestos de libros, abriendo cajas; furgonetas de las que salen miles de rosas. Me encuentro con el incansable Paco Camarasa, hecho un brazo de mar, tan temprano, en el puesto de Negra y Criminal. Me cuelo en el mercado de la Boquería. Disfruto mucho del ambiente de un mercado, de sus colores, de sus olores, el trajín de la primera hora de la mañana. En Santiago de Compostela suelo hacer lo mismo cuando me levanto. Justo enfrente del hotel en el que suelo alojarme hay un hermoso mercado, antiguo, levantado en piedras oscuras, con mujeres mayores que se cubren la cabeza con un pañuelo y te hablan melosamente en gallego entre una marea de productos ante los que las glándulas salivares no pueden contenerse aunque acabes de desayunar.

Pero volvamos a donde lo había dejado. Después de la foto de familia en el hotel Regina, los escritores salimos en estampida para colocarnos en nuestros puestos de firmas. La primera cita es en El Corte Inglés de Portal de L`Angel. Hay una silla y un rótulo con mi nombre en el mostrador. Cuando me siento, alguien me pide que me cambie de sitio con John Carlin. Me da lo mismo. Me levanto, muevo el rótulo y la pila de ejemplares de El violinista, pero no acabo de entender el motivo. Un poco más allá está Jaime Peñafiel, con su corbata y las gafas en la mano, igualito que en la tele. Al mi derecha veo a Vila Matas. Neus Arqués viene a saludarme. Somos amigos del Facebook, y le digo que su libro Marketing para escritores me pareció muy interesante. Me doy cuenta de que no siempre los autores se saludan en las mesas de firmas. De hecho, lo normal es que ni siquiera se miren. Tampoco acabo de entenderlo. Tengo a John Carlin pegado a mi hombro. Hubiera querido decirle que El factor humano me había gustado mucho, que lo recomendé a los oyentes en el espacio que hice hasta el año pasado en la radio, que cuando me preguntaron en una entrevista para un periódico cuáles habían sido los cinco libros que más me habían gustado en el 2009 el suyo era uno de ellos, pero en una hora a su lado solo conseguí verle la espalda. En fin. Aunque uno sea de pueblo, acaba entendiendo que cada uno va a lo suyo. Y lo mío, y para eso había ido a Barcelona, son mis lectores.

sábado 24 de abril de 2010

Feria del Libro de Huelva

El martes 27 de abril estaré firmando ejemplares de El violinista de Mauthausen (y de cualquier otro de mis libros: lo aclaro porque algunos lectores llegan con otros libros míos y me preguntan si no me importa. ¡Cómo me va a importar! Al contrario. Estoy encantado) en la Feria del Libro de Huelva, de 18,30 a 20,30 h. Plaza del Punto, frente a la Casa Colón.

Os dejo esta foto de ayer, en Sant Jordi. Espero poder colgar la próxima semana la crónica del acontecimiento. Seguramente será por partes, porque hay bastante que contar.

jueves 15 de abril de 2010

Firmas en Sant Jordi y Granada

Estimados lectores de esta bitácora: os dejo las coordenadas de los diferentes lugares donde estaré firmando ejemplares de El violinista de Mauthausen la semana próxima. Primero iré a la Feria del Libro de Granada, y luego a Barcelona, a Sant Jordi. Debajo de este cartel que la gente de mi editorial ha preparado está todo detallado, aunque en el cartel también se pueden ver las horas y los sitios de las firmas en Sant Jordi. Todo el que quiera llevarse un ejemplar firmado de El violinista o de cualquier otro de mis libros, incluso solo pasarse para charlar, ya sabe dónde encontrarme. Os espero.


-Feria del Libro de Granada: martes, 20 de abril, de 19 a 20 h en la Caseta de Firmas.

-Barcelona: viernes, 23 de abril (Sant Jordi):

11-12 h: El Corte Inglés (Portal del L´Àngel)
12-13 h: FNAC Triangle (Pl. de Catalunya)
13-14 h: Catalonia (Passeig de Gràcia / Ronda Sant Pere)
17-18 h: Abacus Illa (Diagonal / Numancia)
19-20 h: El Corte Inglés (Francesc Macià)

miércoles 14 de abril de 2010

Barcelona

Hay unas cuantas ciudades que disfruto mucho cuando voy. Por razones de trabajo, uno de los lugares que visito últimamente es Barcelona. El próximo 22 de abril vuelvo a la ciudad dispuesto a calentar motores para esa Carrera de Oklahoma que me imagino que es Sant Jordi. Ya lo contaré por aquí. Eso sí: procuraré que me lleven en el AVE la próxima vez. Entre una cosa y otra, si echo cuentas, vienen a ser las mismas horas que en avión. En el aeropuerto hay que estar dos horas antes, y el otro día, además, el avión llevaba retraso. En el AVE puedes levantarte cuando quieras, dar un paseo, y no tienes que viajar encajonado entre dos pasajeros mientras mueves la mandíbula para desatascar los oídos.

Pero no es de mis preferencias a la hora de viajar de lo que quiero hablar. Barcelona, decía. Esta vez iba al Museo de la Historia a presentar El violinista de Mauthausen. Según dicen los editores, que son quienes saben de estas cosas, las presentaciones al público no son rentables en sí mismas, y a veces acude poca gente, o ni siquiera va nadie, que también sucede. Entonces, se preguntará el lector, con suspicacia justificada: ¿por qué se hacen? ¿Para alimentar el ego insaciable de los escritores? ¿Para llevarlos de viaje gratis? No, no es eso. La promoción que supone una presentación casi siempre es interesante, y a veces acuden bastantes lectores al acto. Personalmente, pienso que es un deber para un escritor mantener el contacto con sus lectores: yo también he escrito cartas a escritores que me gustaban y he aguantado con paciencia una cola en una presentación para que me firmen un libro. Además, hay algo que a lo mejor mucha gente no sabe, y creo que es la principal razón por la que un editor te lleva continuamente de un lado para otro: casi siempre, cuando vas a una ciudad a presentar un libro, te entrevistan en algunos medios. Por eso el otro día, cuando me bajé del avión con retraso me fui directo hasta Radio L` Hospitalet. Ya me había entrevistado Jaume García en febrero de 2009, cuando fui invitado a Barcelona Negra para hablar de El síndrome de Mowgli. Recordaba aquella entrevista con agrado. Entrevista que además conservo porque fue en directo y pude grabarla. Esta vez no fue posible. Una lástima, porque es un placer encontrarte con alguien como Jaume, que parece disfrutar de su trabajo en la radio de la misma forma que de sus lecturas.

Con Óscar Oliveira, mi jefe de prensa en Algaida, hablo con tanta frecuencia últimamente que a veces tengo la sensación de que somos de la familia. A estas alturas de la promoción, he perdido la cuenta de los kilómetros que nos hemos recorrido Óscar, Lorenzo Luengo (el ganador del Ateneo Joven: no se pierdan Amerika) y yo desde noviembre, cuántas anécdotas hemos compartido, cuántas risas, lo amigos que nos hemos hecho. A Susana Picos, sin embargo, no la veía desde que a mediados de noviembre estuvimos en Mauthausen con la prensa. Fue un placer encontrarme en Barcelona con ella. Ya lo dije aquí en su día: trabajar en el departamento de prensa de una editorial es complicado. Tienes que estar todo el tiempo pidiendo favores a los periodistas para que saquen a los autores en los medios, y el trato con los escritores, qué le vamos a hacer, no siempre resulta fácil. Yo, cuando tengo que hacer un viaje de promoción, nunca pienso que soy un escritor, y Susana y Óscar no son las caras visibles de Algaida ante la prensa, Así todo resulta más sencillo, más agradable, más cercano y, sobre todo, mucho más divertido.

Desde hace mucho tiempo, ir a Barcelona supone siempre un reencuentro con viejos amigos. Justo antes de la presentación, en la terraza del Museo de la Historia me encuentro con mi querido Paco Luis del Pino, a cuyo buen hacer se deben la mayoría de las fotos que han aparecido en la prensa del viaje que hicimos al campo de exterminio de Mauthausen en noviembre pasado. Al día siguiente tendré oportunidad de pasar un rato estupendo con Paco Luis antes de marcharme al aeropuerto. Pero vayamos por partes. La presentación estuvo bien. Vino gente, firmé libros, tuve ocasión de conocer a algún superviviente del Holocausto o a familiares, y eso siempre resulta grato para alguien que ha escrito una novela sobre el tema. Sin embargo, en las presentaciones de libros en general, y en las de El violinista de Mauthausen en particular, a veces la cuestión de desvía, y lo mismo te encuentras respondiendo a preguntas sobre el conflicto judío – palestino o asistiendo a una discusión entre los asistentes, o alguien del público coge la palabra sin intención de soltarla y, en un momento dado, un lector que haya llegado tarde a la presentación, puede pensar que se ha equivocado en el día, en la hora o en el lugar, porque, recordando a Umbral, yo había venido a hablar de mi libro... Patricia, de Llegir En Cas D'incendi, a quien todavía no conocía, supo reconducir la charla con una pregunta oportuna. Se lo agradecí, entre otras cosas, porque pienso que algunas de las personas que habían venido al acto tendrían interés en conocer un poco la historia que ha rodeado a la gestación de El violinista de Mauthausen.

Al final del acto, después de la firma, tengo ocasión de saludar a Diego Prado, un habitual de esta bitácora, a quien conocí en Barcelona en febrero de 2009, en aquel debate sobre Literatura y boxeo con David Torres y Julio de la Rosa.

Pero, sin duda, uno de los mejores momentos del día fuel rato que pasé en la radio, en Cornellá, en el programa Llegir En Cas D'incendi. Manel y Patricia tuvieron la amabilidad de ir a recogernos a Óscar Oliveira y a mí a Barcelona y de llevarnos de vuelta después. No resulta sencillo -de hecho, cada vez resulta más difícil- encontrar un programa especializado en libros, con lo que el esfuerzo y la ilusión de Patricia, Manel y Xavi no merece menos que mi reconocimiento público. Dicho queda.

La mañana siguiente me di un largo paseo por Barcelona. Me gusta callejear sin rumbo, pararme delante de los escaparates, entrar en alguna tienda que me ha llamado la atención. Es curioso que, para alguien a quien le gusta la tranquilidad tanto como a mí, resulte tan gratificante y tan divertido pasear por las grandes ciudades. Las contradicciones forman parte de la vida. No lo voy a negar a estas alturas... A media mañana me acerco al Centro Internacional de Prensa para ver a Paco Luis del Pino. Tú eres el de las fotos de Paco Luis, me dice alguien al verme. Me hace mucha gracia. Yo he salido en fotos de Paco Luis, respondo, con una sonrisa. Pero no sé si soy el de las fotos... Paco Luis me enseña las instalaciones. Es imposible no contagiarse del entusiasmo de este hombre, de su vitalidad y de su amabilidad al enseñarme la biblioteca con algunos volúmenes centenarios que tuve oportunidad de tener en mis manos, las salas de reuniones, su lugar de trabajo, el salón con la chimenea imponente donde nos sentamos a tomar un café y se nos pasa el tiempo volando mientras rememoramos nuestras escenas favoritas de la fabulosa serie Hermanos de sangre. Los dos, además de haber visto los diez episodios varias veces, también nos hemos zampado el libro de Stephen E. Ambrose con el mismo título. Nos conocemos de memoria los nombres de los soldados de la compañía Easy: Winters, Nixon, Malarkey, Guarnere, Webster... También hablamos de nuestras películas del Oeste favoritas. Es un misterio cómo la ficción puede servir de punto de encuentro entre mucha gente. Siempre encuentro formidable el entusiasmo de quien descubre que la persona con la que habla, y que tal vez acaba de conocer, ha sentido las mismas emociones al leer la misma novela o haber visto la misma película. Para mí, ésa es una de las cosas más maravillosas que tiene este oficio tan raro de inventar historias.

Paco Luis me acompaña a coger un taxi. Nos damos un abrazo y estamos seguros de que volveremos a vernos dentro de muy poco, en Sant Jordi. Luego me espera una cola interminable en el aeropuerto y un vuelo lleno de turbulencias. Pero ésa es otra historia.


© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2010


viernes 9 de abril de 2010

Viajar en el tiempo

De niño leí una novela con la que disfruté mucho: La máquina del tiempo, de H. G. Wells. De mayor he leído otra con la que también lo he pasado muy bien: El mapa del tiempo, de mi amigo Félix J. Palma, que me precedió en el Premio Ateneo de Novela de Sevilla. Ya he hablado alguna vez de ella en esta bitácora. Viene esto al caso porque, aunque hace mucho que dejé de ser un niño, al menos físicamente, de vez en cuando fantaseo con la idea de viajar en el tiempo. En si me gustaría viajar al pasado, como el yanqui de Mark Twain que se encontró de repente en la corte del rey Arturo (por cierto, ¿para cuándo una película de esta estupenda historia?), o al futuro del protagonista de la novela de Wells. Siempre resuelvo que a mí me gustaría viajar al pasado. Pero bueno, cada uno tiene sus destinos preferidos en cuanto a viajes temporales se refiere. Y, de todos ellos, es de mi preferido del que quiero hablaros.

A veces me gustaría que viniera a visitarme un Andrés Pérez Domínguez del futuro, un yo anciano que me diga si voy por el camino correcto, en lo personal y en lo profesional, en lugar de anticiparme detalladamente lo que me voy a encontrar en los años venideros. Porque, verán ustedes: en realidad, yo no tengo ningún interés en conocer el futuro. Desde que tengo memoria, solo alcanzo a darme cuenta de que siempre he preferido la incertidumbre, no saber qué me va a pasar al día siguiente, la felicidad de descubrir por mí mismo lo que la marea me ha traído a la orilla. Pero, como digo, me gusta, y también me ha gustado siempre, tener la tranquilidad de saber que estoy haciendo las cosas bien, que me estoy esforzando lo bastante para llegar a alguna meta que desconozco pero que sé que está ahí aunque no pueda verla. Y no hablo de cosas materiales, sino de conseguir estar en paz del todo con uno mismo y con los demás, si es que esto es posible alguna vez.

Hará unos quince años, cuando pergeñaba mis primeros borradores con la ilusión y la ingenuidad de quien afronta este oficio desde el mayor de los desconocimientos, pensaba que, si los viajes en el tiempo existían, a lo mejor venía un Andrés Pérez Domínguez ya maduro a decirme que no dejase de escribir si en realidad creía en lo que hacía, que no me rindiese jamás, que, por muy difícil que me pareciera entonces, algún día se publicarían mis libros y además habría gente que los leería. Solo me hablaba mi yo futuro de las cosas buenas. Nunca se entretenía en mencionar algunas contraprestaciones que este oficio lleva aparejadas y que ahora no vienen al caso. Tampoco me importa.

Ahora, que de repente me he hecho mayor, he descubierto que los viajes en el tiempo no son producto de la imaginación de nadie, sino que son tan reales que incluso me da un poco de vergüenza reconocerlo. De vez en cuando cierro los ojos, me concentro, y al cabo de un momento veo a un yo jovencito que se sienta por primera vez con la determinación inquebrantable de terminar un relato. Me acerco a él, muy despacio, para no molestarlo, y sin que pueda verme miro por encima de su hombro lo que está escribiendo. Luego me retiro, satisfecho, sin hacer ruido, y, antes de marcharme, sin darle tiempo a que pueda girar la cabeza y volverse para ver quién está ahí, le digo, con la voz queda, apenas un susurro que no sé si podrá escuchar: sigue adelante, chaval. Sigue adelante.

© Andrés Pérez Domínguez, abril de 2010

viernes 2 de abril de 2010

Presentación en Barcelona

El próximo jueves 8 de abril, a las 19 h, estaremos presentando (y firmando ejemplares) El violinista de Mauthausen en Barcelona. Será en el Museu d´Història de Catalunya. Plaza de Pau Vila, 3 (Palau de Mar). Estaré acompañado por Agustí Alcoberro i Pericay, director del Museu d`Història de Catalunya, y por Rosa Torán, historiadora y presidente de Amical de Mauthausen. Creo que volveré para Sant Jordi. Pero, ya saben, todo el que quiera asomarse por ahí el próximo jueves será bienvenido. Os espero.

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