Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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lunes 26 de julio de 2010

Resumen

No resulta sencillo resumir tantos meses en una entrada del blog. Desde que El violinista de Mauthausen ganó el Ateneo de Novela, en junio de 2009, me han pasado muchas cosas. He perdido la cuenta de los aviones y los trenes en los que he viajado. He llegado tarde a la conexión con un vuelo, por dos minutos, a medianoche, en la T4, y me he tenido que quedar a dormir en un hotel en Madrid. La huelga de taxis me ha pillado al menos dos veces al llegar al aeropuerto de Sevilla y he tenido que llegar hasta mi coche en autobús y en bicicleta. He estado por la mañana en Valladolid rozando los cero grados y por la tarde en una feria del libro andaluza a más de treinta. He volado desde Bilbao a Sevilla la misma mañana que un huracán cruzaba la Península. He llegado tan temprano a un aeropuerto que aún no lo habían abierto: los aviones en la pista, la torre de control con las luces apagadas, ni rastro de la guardia civil, y yo esperando en la puerta, como si fuera el único hombre vivo en la Tierra. Me he puesto enfermo, me he quedado sin voz, he pasado mucho frío y mucho calor. He dibujado muchos violines en las dedicatorias. He escrito al menos un tercio de mi nueva novela en aeropuertos, trenes, estaciones. He perdido el móvil, lo he dado de baja y luego lo he encontrado. Se me han quedado libros en aviones que luego no he podido recuperar. Me he dejado la maleta en el asiento de un taxi al llegar a la estación de Atocha y casi tengo que batir el récord de los 100 metros para recuperarla: tanto corrí que no me di cuenta de que había adelantado al taxi hasta que el taxista hizo sonar el claxon para avisarme. He conocido gente estupenda y me he vuelto a encontrar con personas a las que aprecio mucho. He pasado ratos irrepetibles con Óscar Oliveira y con Lorenzo Luengo. Y he sido feliz. Una de las mejores cosas de ganar el Ateneo ha sido esta promoción. Valga como recuerdo este pequeño montaje, un vídeo casero, tres minutos y pico, el mejor resumen que creo que puedo enseñaros.


viernes 23 de julio de 2010

Llegir en Cas D`incendi

A primeros de abril estuve en Barcelona presentando El violinista de Mauthausen. Una de las entrevistas fue en Radio Cornellá, en el programa Llegir en Cas D`incendi. Ya escribí una entrada entonces en el blog en la que hablé de Patricia, Manel y Xavi:
"Pero, sin duda, uno de los mejores momentos del día fuel rato que pasé en la radio, en Cornellá, en el programa Llegir En Cas D'incendi. Manel y Patricia tuvieron la amabilidad de ir a recogernos a Óscar Oliveira y a mí a Barcelona y de llevarnos de vuelta después. No resulta sencillo -de hecho, cada vez resulta más difícil- encontrar un programa especializado en libros, con lo que el esfuerzo y la ilusión de Patricia, Manel y Xavi no merece menos que mi reconocimiento público. Dicho queda"
Como tengo tantas cosas pendientes, aún no había subido al blog aquella entrevista. Ahora la pongo aquí. Les aseguro que merece la pena, y no lo digo por escucharme a mí (juro que no es falsa modestia), sino porque da gusto encontrarte con gente que pone tanto esfuerzo y tanta ilusión en lo que cree.

Primera parte:


Segunda parte:


lunes 12 de julio de 2010

La patria del apátrida

Cuando uno recibe un reconocimiento por su trabajo, no puede dejar de sentir cierta perplejidad, sobre todo si, como yo, tengo la fortuna de poder dedicarme a lo que más me gusta. Llevo tres lustros, más o menos, esforzándome cada día en esto de juntar letras e inventarme historias, y hasta hace un año, cuando alguien me preguntaba, tenía que responder que nunca había ganado un premio en Sevilla. La razón, contestaba, se me escapa. No sé, uno escribe, hace su trabajo lo mejor que puede o lo mejor que sabe, y luego los premios llegan o no llegan. Eso ya no depende de uno, que bastante tiene con sacar adelante sus novelas, sino de los demás. Pero, desde junio de 2009, empecé a sentirme profeta en mi tierra. El violinista de Mauthausen ganó el Premio Ateneo de Novela de Sevilla, pero eso ya lo sabéis quienes frecuentáis esta bitácora.

Hace un año escribí una entrada en este blog, en la que contaba que, en Sanlúcar la Mayor, el lugar donde me crié, me habían dado un homenaje por mi trabajo. Este año, los oyentes de la radio municipal, Solúcar Radio, han llamado a la emisora para decidir que este año el Sanluqueño del Año, en el apartado de Cultura, sea yo. La gala fue el viernes pasado. Os dejo aquí el momento en que recogí el premio.


Uno, que quizá por no haber nacido en el sitio donde se ha criado, o también por ser un poco trotamundos, siempre se ha sentido un poco apátrida, siente una emoción especial cuando la gente que lo ha visto crecer le muestra su cariño. Muchas gracias a toda la gente de Sanlúcar la Mayor.

De corazón.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2010

martes 6 de julio de 2010

Leer en la playa

Mucha gente lo hace, pero a mí nunca me ha gustado leer en la playa. Será porque soy muy comodón, supongo, y porque gusta leer en un sillón, con la ventana abierta o el aire acondicionado encendido, las piernas estiradas, y no en la arena, sentado en la toalla o en una butaca, sujetando las páginas para que no me las pase el viento, achinando los ojos para que la luz del sol no me haga daño, haciendo un esfuerzo para no enterarme de las cuitas de los de la sombrilla de al lado. De niño ya era así, conque no creo que a estas alturas vaya a cambiar. Cuando nos íbamos a la playa, de lo único que me preocupaba era de llevarme un buen cargamento de tebeos (El Guerrero del Antifaz, el Jabato, el Capitán Trueno, las novelas ilustradas de Bruguera), y al cabo de un rato en la arena a mi madre no le quedaba más remedio que claudicar y dejarme volver al apartamento. De las sensaciones más placenteras que recuerdo de los veranos de mi niñez es estar sentado en una butaca, en silencio, con un tebeo en las manos. Nada me interesaba más que lo pudiera pasarle a mis héroes favoritos. Al contrario que la mayoría de mis amigos, yo no sabía nada de fútbol ni era de ningún equipo. Por no saber, ni siquiera sabía los nombres de los jugadores. Y era feliz. Me bastaban un montón de tebeos, mi bicicleta o jugar con mis perros.
Hace muchos años que no tengo perro, y ahora que me he hecho mayor me gusta ver algunos partidos en la tele. Me siento con mi sobrina y le enumero sin pestañear los nombres de los jugadores de la selección mientras está sonando el hinmo. Quién me lo iba a decir. Soy capaz de hacerme un montón de kilómetros para ver un partido de la selección con la familia. Pero sigue sin gustarme leer en la playa. Cuando me voy de vacaciones lo que más sigue pesando en mi equipaje son los libros: los que leo, los folios de la novela que estoy escribiendo. Y al cabo de estar un rato en la arena me aburro. No lo puedo evitar. Admiro a la gente capaz de leer en cualquier sitio, pero yo no puedo. Enseguida quiero subirme al apartamento, darme una ducha, y disfrutar, como cuando era un crío, de un rato de felicidad en silencio, tumbado en un sofá, con un libro abierto, como si eso fuera lo único que el paso de los años no pudiera quitarme.

© Andrés Pérez Domínguez, julio de 2010

jueves 1 de julio de 2010

Sobrevivir al infierno

Dejo aquí esta reseña que hizo Pedro Domene (a quien aprovecho para mandar un abrazo) de El violinista de Mauthausen en Cuadernos del Sur la pasada primavera.

Sobrevivir al infierno


Una imagen, un violinista tocando en los Jardines de Luxemburgo, dará lugar a todo un relato. Muy pronto imaginamos a unos personajes, cuya existencia desencadena una historia de amor, para entreverar, posteriormente, un extraño triángulo que, de alguna manera, le resulte tan extraño como interesante a un lector que se deja llevar por los episodios de unas vidas ambientadas en el mágico París de 1940, en el campo de exterminio de Mauthausen, y finalice en las ruinas de un Berlín ocupado, tras el armisticio de la II Guerra Mundial. La historia de Rubén Castro, de Anna Cavour, de Franz Müller, o del enigmático Bishop, es la de unos supervivientes, un español republicano encerrado en el campo, su novia francesa colaboradora con los servicios secretos aliados y el ingeniero alemán, que la joven conocerá, en el París ocupado, y a quien se verá obligada a espiar. (Con mi querido Miguel Fernández, de Canal Sur Radio, en su programa "Es la vida" en la pasada Feria del Libro de Sevilla)


La trama está servida: intriga, aventura y espionaje, elementos a que nos tiene acostumbrados Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969), autor de una interesante visión sobre el mayor proceso bélico del siglo XX, con una singular novela La clave Pinner (2004), donde relata el engaño de los aliados para ubicar el desembarco con que terminará el conflicto, una extraordinaria historia-ficción, clave para fabricar la bomba atómica, titulada El factor Einstein (2008) y, ahora, El violinista de Mauthausen (2009), con el que amplia y ofrece un magistral fresco sobre conceptos como la lealtad y la traición, o el sufrimiento y el sacrificio y, si el lector aún no se siente satisfecho con percepciones tan humanas como las esgrimidas, en el peor de los casos, la novela cuenta uno de los episodios menos conocidos sobre el Holocausto y el número elevado de los españoles republicanos que lo sufrieron, o en el mejor, refrenda una espléndida visión novelada de esa puerta a la esperanza: la que vivieron los supervivientes del ignominioso campo, los anónimos combatientes frente al opresor nazi, o los desechos humanos tras una larga contienda sobre la que se edificaría el futuro de una nueva Europa.

Al margen de etiquetas técnicas, de características narrativas y otros aspectos, El violinista de Mauthausen, sobresale por ese compromiso adquirido con los perdedores, por esa caleidoscópica nimiedad que nos desvela detalles de esas biografías anónimas, a quienes ante el horror, siempre les acompañará una melodía porque, como señala el proverbio alemán, «Donde oigas cantar, siéntate tranquilamente. Los malditos no tienen canciones», y cuyo final, tras el milagroso reencuentro de los amantes, como en las mejores historias, queda abierto porque de lo que se trata es de continuar sobreviviendo tras la barbarie, como si los protagonistas de esta increíble historia de amor fuesen las únicas personas que existieran en el mundo.