En agosto siempre hay un día que llueve tanto que parece que de pronto se ha acabado el verano, conque no tengo perdón. La semana pasada con el cielo de plomo se barruntaba lluvia. Me fui de casa, dejé la ventana abierta. Y llovió. Tanto como no recuerdo haber visto llover nunca en verano. Tanto como debía de llover el día que Noé decidió embarcar a los animales en el arca. Caía el agua como decía Forrest Gump en Vietnam: desde arriba, por los lados, desde abajo. 
A mí con la lluvia me pasa lo que a los pirómanos con el fuego: me quedo mirando el agua caer, embobado. El otro día me pasó lo mismo. Ya no estaba en casa cuando llovía, y ni siquiera pensé en los cuadernos. No me di cuenta hasta que llegué, por la noche, unas cuantas horas más tarde. Igual que el Paul Sheldon de la espléndida Misery, solo guardo una copia de mis novelas hasta que las tengo terminadas y, además, y escribo a mano el primer borrador, con pluma. Por eso los tres cuadernos se había convertido en un bloque de pasta de papel borroso. Tanta agua había entrado por la ventana que la tapa de uno de los cuadernos se había quedado tatuada en la mesa. Todavía se puede leer la marca en mi escritorio. 
Doscientas setenta y nueve páginas. El trabajo de varios meses que no sabía si podría recuperar. Fue la misma sensación que perder un amigo. Un desastre, y todo por no haber cerrado una ventana. Seguro que alguno de los que os pasáis por aquí ya lo visteis en Facebook. Hasta las seis de la mañana estuve con un secador, página a página, con paciencia de orfebre (mejor no me preguntéis dónde encontré un secador a esas horas, porque no tengo en casa), y el resultado son tres cuadernos arrugados que ahora habré de interpretar, a ver lo que saco. Del primero de ellos, el que estaba encima, ha desaparecido alrededor del un tercio. El resto del cuaderno tiene un pequeño océano de tinta desleída en cada página, pero lo demás ha quedado más o menos legible. El segundo cuaderno tiene manchadas todas las páginas por los márgenes centrales, de arriba abajo, y aunque no puedo leer las frases completas, creo que podré interpretar o al menos acordarme de lo que escribí. El tercer cuaderno se ha esfumado por completo. Lo que hubiera escrito se quedó tatuado en mi mesa, y aquí no valen interpretaciones ni cosas raras: solo me queda frotar con un estropajo empapado en lejía para dejar la mesa en condiciones aceptables y volver a escribir el cuaderno por completo.
Hay quien me aconseja no volver a escribir a mano, pero hubiera sido peor perder un archivo en el ordenador. También, si escribieras en ordenador, me han dicho muchas veces, tardarías la mitad y te ahorrarías luego el trabajo tedioso de tener que escribirlo de nuevo. Es posible, pero a mí me gusta escribir a mano. Y al pasarlo al ordenador luego el trabajo se ralentiza de una forma que me parece muy positiva para el resultado final. Siempre lo he hecho así, y no me ha ido mal. Yo creo que incluso escribo bastante rápido para garrapatear a mano el primer borrador.
Y no es que me vaya a poner a dar saltos de alegría, que tampoco, pero, sinceramente, lo que me ha pasado tiene una parte que me resulta extrañamente grata, estimulante. Ya había cruzado el ecuador de mi nueva novela, y creo que la mayoría de los novelistas estarán de acuerdo en que, sin pensar alegremente que a partir de este punto basta cerrar los ojos y dejar volar la imaginación, sí es verdad que desde la mitad hacia el final se va un poco cuesta abajo, incluso hay que agarrar con fuerza las riendas para no correr demasiado.
En mi caso, cuando he terminado el primer borrador de una novela, he de afrontar la primera parte como quien abre la puerta de un almacén abandonado en el que hay que hacer limpieza, quitar chismes que ahora te das cuenta de que no sirven para nada; colocar en las estanterías materiales nuevos con los que no contabas cuando lo llenaste por primera vez. Así que he seguido escribiendo la segunda parte de mi novela en un cuaderno nuevo, como si no hubiera pasado nada, y empezaré a hacer limpieza en el viejo almacén, que está un poco maltrecho, eso sí, pero nada que no pueda arreglarse con un poco de paciencia y esfuerzo.
© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2010




