Para manejarse por este blog y no perderse

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domingo 22 de agosto de 2010

Tragedia, pero menos

En agosto siempre hay un día que llueve tanto que parece que de pronto se ha acabado el verano, conque no tengo perdón. La semana pasada con el cielo de plomo se barruntaba lluvia. Me fui de casa, dejé la ventana abierta. Y llovió. Tanto como no recuerdo haber visto llover nunca en verano. Tanto como debía de llover el día que Noé decidió embarcar a los animales en el arca. Caía el agua como decía Forrest Gump en Vietnam: desde arriba, por los lados, desde abajo.

A mí con la lluvia me pasa lo que a los pirómanos con el fuego: me quedo mirando el agua caer, embobado. El otro día me pasó lo mismo. Ya no estaba en casa cuando llovía, y ni siquiera pensé en los cuadernos. No me di cuenta hasta que llegué, por la noche, unas cuantas horas más tarde. Igual que el Paul Sheldon de la espléndida Misery, solo guardo una copia de mis novelas hasta que las tengo terminadas y, además, y escribo a mano el primer borrador, con pluma. Por eso los tres cuadernos se había convertido en un bloque de pasta de papel borroso. Tanta agua había entrado por la ventana que la tapa de uno de los cuadernos se había quedado tatuada en la mesa. Todavía se puede leer la marca en mi escritorio.

Doscientas setenta y nueve páginas. El trabajo de varios meses que no sabía si podría recuperar. Fue la misma sensación que perder un amigo. Un desastre, y todo por no haber cerrado una ventana. Seguro que alguno de los que os pasáis por aquí ya lo visteis en Facebook. Hasta las seis de la mañana estuve con un secador, página a página, con paciencia de orfebre (mejor no me preguntéis dónde encontré un secador a esas horas, porque no tengo en casa), y el resultado son tres cuadernos arrugados que ahora habré de interpretar, a ver lo que saco. Del primero de ellos, el que estaba encima, ha desaparecido alrededor del un tercio. El resto del cuaderno tiene un pequeño océano de tinta desleída en cada página, pero lo demás ha quedado más o menos legible. El segundo cuaderno tiene manchadas todas las páginas por los márgenes centrales, de arriba abajo, y aunque no puedo leer las frases completas, creo que podré interpretar o al menos acordarme de lo que escribí. El tercer cuaderno se ha esfumado por completo. Lo que hubiera escrito se quedó tatuado en mi mesa, y aquí no valen interpretaciones ni cosas raras: solo me queda frotar con un estropajo empapado en lejía para dejar la mesa en condiciones aceptables y volver a escribir el cuaderno por completo.

Hay quien me aconseja no volver a escribir a mano, pero hubiera sido peor perder un archivo en el ordenador. También, si escribieras en ordenador, me han dicho muchas veces, tardarías la mitad y te ahorrarías luego el trabajo tedioso de tener que escribirlo de nuevo. Es posible, pero a mí me gusta escribir a mano. Y al pasarlo al ordenador luego el trabajo se ralentiza de una forma que me parece muy positiva para el resultado final. Siempre lo he hecho así, y no me ha ido mal. Yo creo que incluso escribo bastante rápido para garrapatear a mano el primer borrador.

Y no es que me vaya a poner a dar saltos de alegría, que tampoco, pero, sinceramente, lo que me ha pasado tiene una parte que me resulta extrañamente grata, estimulante. Ya había cruzado el ecuador de mi nueva novela, y creo que la mayoría de los novelistas estarán de acuerdo en que, sin pensar alegremente que a partir de este punto basta cerrar los ojos y dejar volar la imaginación, sí es verdad que desde la mitad hacia el final se va un poco cuesta abajo, incluso hay que agarrar con fuerza las riendas para no correr demasiado.

En mi caso, cuando he terminado el primer borrador de una novela, he de afrontar la primera parte como quien abre la puerta de un almacén abandonado en el que hay que hacer limpieza, quitar chismes que ahora te das cuenta de que no sirven para nada; colocar en las estanterías materiales nuevos con los que no contabas cuando lo llenaste por primera vez. Así que he seguido escribiendo la segunda parte de mi novela en un cuaderno nuevo, como si no hubiera pasado nada, y empezaré a hacer limpieza en el viejo almacén, que está un poco maltrecho, eso sí, pero nada que no pueda arreglarse con un poco de paciencia y esfuerzo.

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2010

miércoles 18 de agosto de 2010

Origen (Inception)

Seguro que a estas alturas muchos de los lectores de este blog habrán ido al cine a ver Origen. Yo no soy crítico de cine, ni lo pretendo, pero me gusta mucho compartir las cosas buenas con los amigos. La semana pasada fui a ver Origen y, a medida que pasan los días, no dejo de pensar que he pasado en el cine uno de los mejores ratos que recuerdo en mucho, muchísimo tiempo. Tanto me gustó que creo que soy de los que va a ir a verla otra vez, y que, si no lo he hecho todavía, es porque quiero que ese sabor de boca que me dejó no se esfume por ver la película, de nuevo, con otros ojos. Por ahí he leído que la comparan con Matrix. No sé, la verdad: a mí Matrix no me gustó, y Origen me ha dejado, literalmente, tumbado. Tampoco Leonardo Di Caprio fue nunca santo de mi devoción, y me ha demostrado con las últimas cuatro películas suyas que he visto (Infiltrados, Revolutionary Road, Shutter Island y Origen) que va camino de convertirse en uno de los más grandes. Aún queda mucho para los Oscar, pero me pregunto si los de la Academia de Hollywood se atreverán a premiar a esta película como creo que merece. No solo en los apartados técnicos, sino en las tres categorías donde, a mi juicio, destaca: mejor dirección, actor principal, y, por supuesto, guión original.
Yo fui a verla sin saber mucho de qué iba, que es, creo, la mejor forma de enfrentarte a un artefacto como Origen. Os dejo un tráiler, y, lo dicho: si no habéis ido a verla, ya estáis tardando.

martes 10 de agosto de 2010

Un escritor sin soberbia

Tenía pendiente colgar esto en el blog desde mayo. A finales de ese mes estuve presentando El violinista de Mauthausen en Almería, y Miguel Ángel Muñoz tuvo la generosidad de meterse entre pecho y espalda un tocho de casi 500 páginas escrito por un desconocido. Había preparado un texto para la presentación y le pedí permiso para ponerlo aquí. No creo que haga falta explicar quién es Miguel Ángel Muñoz, pues es de sobra conocido para aquellos que frecuentan ese género delicioso que es la narrativa breve. Tiene uno de los blogs más visitados que conozco, El síndrome Chéjov, que toma prestado el nombre de su primer libro de cuentos en la editorial Páginas de espuma. El año pasado publicó otro en la misma editorial, Quédate donde estás. Yo también pienso de él que es un escritor sin soberbia y un narrador soberbio. Estas fueron las palabras de Miguel Ángel Muñoz en la presentación.

“El violinista de Mauthausen” anuncia desde su título la dolorosa paradoja a la que nos sigue enfrentando el recuerdo de las atrocidades hechas por los nazis: aquellos que abrían las puertas del infierno, y decidían quiénes debían ingresar o no en él, lo hacían acompañados de un bagaje cultural europeo –musical, literario, artístico- que vuelve su crueldad más incomprensible aún para los que pensamos que la cultura va unida a la idea finalista del progreso, la mejora del ser humano, o como en palabras de Kant, el logro de “la paz perpetua”. En un mismo sintagma, el título de esta novela nos habla de música y de horror.

Andrés Pérez Domínguez, desde su título, nos dice que la historia se va a mover en un terreno de decisiones morales, de maldades apenas equilibradas por la posibilidad de la belleza. Así entrecruza las vidas de cuatro personajes bien distintos, y que con sana intención saca de las casillas estereotipadas de lo obvio. Franz Müller, su nazi, no es exactamente un nazi, sino un ingeniero en desacuerdo con la ideología nazi aunque ponga su talento al servicio de ella; Anna Cavour, su heroína, es una francesa, pero con ascendencia alemana, lo que la salva del destino concentracionario de su pareja, y además le permite moverse con relativa libertad, aproximándose al régimen nazi, al servicio del espionaje americano; Rubén Castro, el protagonista, prometido de Anna que es internado por la Gestapo en el campo de Mauthausen, no es la víctima usual de tantas novelas o películas sobre la época: es un republicano español, lo que no es nada extravagante, puesto que no en vano el campo de Mauthausen es el más unido en la memoria a la experiencia cruel de miles de españoles, pero a la vez es una vuelta de tuerca que le da un toque novedoso a la intriga que Andrés narra a lo largo de estas caudalosas y vibrantes 500 páginas. Andrés ha buceado con nobleza en uno de los desafíos mayores del escritor: encontrar algo que no se haya contado, allí donde todo ya ha sido contado.
Es una historia, por tanto, donde nadie es lo que parece. Hay suplantaciones y engaños, como el de Anna, motivados por el deseo de salvación hacia Rubén, su prometido. De hecho, el cuarto personaje de la historia es Robert Bishop, un espía norteamericano, que pertenece a la CIA cuando la CIA todavía no era la CIA, el OSS, la agencia de inteligencia que puso los mimbres de aquella. Pero incluso, y quiero remarcarlo porque lo considero elemento central en la novela, y de los aspectos que más sugestivos me han parecido, Rubén Castro no es sino un aparecido –“soy un moribundo”, dice al comienzo de la novela, "Cuando Rubén Castro llega a París ya está muerto", es la primera frase de la obra-, alguien que ha perdido en el campo su peso, su salud, pero también su nombre, su dignidad, todo aquello que lo identificaba como Rubén. Cuando oye su nombre por primera vez, después de cinco años, de nuevo en boca de alguien, en lugar del número que lo “nombraba” en el campo de concentración, adquiere conciencia de su frágil condición de superviviente, lo que es casi como decir de fantasma. Rubén es un fantasma que se pasea llevando con él el estigma del animal en que los nazis han intentado convertirlo en el campo, y a su alrededor, París no parece haber cambiado. Siempre nos quedará París, mientras todo se viene abajo, decían en Casablanca -más o menos- pero en “El violinista de Mauthausen” esas ciudades por las que parece no haber pasado la guerra, aunque sus habitantes ya nunca podrán volver a ser las mismas personas, son como la penúltima burla del horror, la demostración de que el mundo puede seguir sin nosotros, aunque seamos perfectamente capaces de convertir la tierra en una carnicería.
Ese dilema moral de Rubén, luchando durante toda la novela contra sí mismo, contra la imagen que la vida en el campo de Mauthausen -narrada en unas páginas duras y al tiempo nada sensibleras- ha instalado en su cabeza, hasta poseerlo desposeyéndolo de lo que fue, es un constante latigazo de intensidad a lo largo de la novela.

Quisiera destacar también, para no alargarme y darle la palabra a Andrés, un par de elementos que me parecen especialmente destacables: esta novela sin villanos, llena de elecciones morales, está muy bien documentada, como creo que es obligación prioritaria de un escritor que quiera hacer creíble su historia. Andrés Pérez Domínguez lo sabe bien, y es firme defensor de documentar previamente la historia a escribir, de trazar un mapa sólido para poder luego, en el momento de la escritura, dar la encarnadura necesaria a las pasiones y zozobras de sus personajes. Andrés documenta sus libros, pero se cuida mucho de que esa documentación ahogue la trama, a los personajes y sobre todo al lector. Tengan la seguridad de que “El violinista de Mauthausen” no es de esas molestas novelas en las que incomoda la pretensión del autor de hacer notar todos los libros que ha leído para preparar la novela.

Destacaría también la humildad con que Andrés afronta el trabajo literario. Humildad que no está reñida, al contrario, con la ambición narrativa. Recuerdo cómo, en el "making off", el epílogo de su muy buen libro de relatos “El centro de la Tierra”, escribía sobre su credo en el trabajo diario y constante, en el escritor que se va haciendo poco a poco, sin prisa ni pausa. Allí se reconocía como el "mismo cabezota disciplinado" de los tiempos en que había comenzado a escribir. También en “El violinista de Mauthausen” Andrés Pérez Domínguez se pone al servicio de su novela, acompaña a sus personajes y los mira no con la soberbia condescendiente del escritor que todo lo sabe y todo lo puede, sino con la humildad del narrador de historias que traza meticulosamente el mapa de la fantasía y luego nos invita a recorrer a su lado su aventura imaginaria, a vivir lo que sus personajes vivieron y a emocionarnos con aquello que a ellos les emocionó. Como dice el propio Rubén Castro: "Gracias a ilusionarse se puede seguir vivo aunque sólo sea por un día más".

Andrés Pérez Domínguez es un escritor sin soberbia y un narrador soberbio. Acepten su invitación y acompáñenlo en esta historia en la que la música y el horror se dan la mano.

lunes 2 de agosto de 2010

Mad men, o las miserias de los hombres

Permitidme, de nuevo, el fácil juego de palabras con el que titulé una entrada en esta bitácora en febrero: Lost without Lost, o sea, Perdido sin Perdidos. Acostumbrado a las aventuras de los supervivientes del vuelo 815 de Oceanic desde el verano pasado, afirmaba, con sinceridad lastimera, que iba a pasar mucho tiempo hasta que otra serie me enganchase o me hiciese disfrutar (¿acaso no es lo mismo?) como lo había hecho Perdidos. Con las series que me gustan me sucede lo mismo que con los libros que me hacen disfrutar: la tristeza al terminarlos, el vacío, tan grande, y la certidumbre incómoda de que me va a costar mucho encontrar otra historia que ocupe su lugar. Pero al final siempre hay buenos libros apilados en la estantería, y no creo que haya habido jamás una oferta tan interesante de series como la de ahora.

Igual que por otras series de las que aún no he visto un solo capítulo, sentía cierta curiosidad por Mad men. No sabía nada del argumento, salvo que se desarrollaba en una agencia de publicidad neoyorquina en los sesenta, y algún fragmento que había pillado zapeando en Canal +, sin prestar atención, en el que me había parecido distinguir a la actriz que interpretaba a la hija del presidente de los Estados Unidos en otra serie que también disfruté mucho durante sus primeras temporadas: El ala oeste de la Casa Blanca.

Y como a pesar de estar arremangado hasta los codos con una nueva novela, la holganza del verano es muy apropiada para sentarte a ver cómo trabajan los demás, con una novela de esas que igual te sirven para ejercitar los brazos que para pasártelo en grande o con una serie de televisión por descubrir, el otro día empecé a ver la primera temporada de Mad men, y ya estoy envenenado, sin posibilidad de cura, parece. No sé si porque no hay enigmas, ni efectos especiales o una intriga potente tendrá menos espectadores que otras series, pero no recuerdo haber visto retratadas en mucho tiempo en una serie de televisión (haberlo visto alguna vez, quizá), de una forma tan clara y tan contundente las miserias del alma de los hombres: la ambición, la hipocresía, los celos, la vanidad, el machismo, el cinismo, la forma en que las mujeres aceptan con resignación o incluso se aprovechan del papel que les ha tocado jugar en esos años.

Me gusta Mad men. Me gusta mucho. Y no solo lo que cuenta. Me gustan los tonos pastel, me gustan los títulos de crédito. Me gusta la forma sugerente o inquietante como suelen terminar los episodios. Don Drapper se me antoja un galán transportado desde el Hollywood clásico, y su preciosa mujer me recuerda a Grace Kelly. Veo en escena a Joan Holloway, la jefa de secretarias, y es como si en la pantalla apareciese Sofía Loren. La miro caminar por la oficina, con esos andares calculados de quien se sabe culpable de la tortícolis de los hombres que trabajan en la agencia de publicidad Sterling & Cooper y también me dan ganas de girar la cabeza, para no perderme nada, igual que hace Roger Sterling, aunque haya sufrido un infarto. Esa es una de las cosas más maravillosas de la ficción: que consiga que lo que vemos en la pantalla o leemos en las páginas de un libro parezca real, que te haga sentir que es posible, que tengas que reconocer que te gustaría estar ahí.

© Andrés Pérez Domínguez, agosto de 2010