Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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martes 28 de septiembre de 2010

Las opiniones de los demás

Hay escritores que, igual que ciertos futbolistas famosos o algunas estrellas de cine, afirman, puede que no sin cierta presunción, que jamás leen las críticas de sus libros en los suplementos culturales, o en Internet, donde ahora cualquiera puede, democrática o malévolamente, escribir lo que piensa o lo que quiere, que no siempre es lo mismo, sobre un libro que ha leído o tal vez no. Pero ésa es otra historia.

Yo hace poco más de un par de años que inauguré esta bitácora, no mucho después de publicar El factor Einstein, para recopilar la información abundante que estaba apareciendo en los medios sobre la novela y también para colgar cada viernes el artículo que se emitía en la radio en mi sección La separata. De ahí viene el nombre de este blog. Y así he seguido haciéndolo: escribir mi opinión sobre lo que me parece oportuno, como antes hacía en la radio o en un periódico, y subir las noticias que aparecen sobre mis libros. Para los periodistas resulta muy útil, porque antes de entrevistarte pueden encontrar la información necesaria (aunque a veces, por desgracia, en alguna entrevista me doy cuenta de que esperan que les dé la respuesta que ellos quieren y no la mía), y creo que para los lectores también, porque tienen la posibilidad de descubrir detalles interesantes o que les amplíen información sobre mis libros y ponerse en contacto conmigo de una forma abierta, pública, sin tapujos.

Mantener este blog resulta un poco trabajoso a veces, es verdad, pero también es muy gratificante.

De vez en cuando yo también buceo en otros blogs. No mucho, porque navegar por Internet sin rumbo definido me parece una pérdida de tiempo igual que encender la tele y ponerte a mirar pongan lo que pongan. Y nunca dejará de parecerme raro encontrar gente que habla de mis libros o mantiene una conversación pública sobre lo que le parece mi trabajo. Antes de seguir, quiero aclarar que cuando digo raro no significa que me moleste, sino que, por muchos libros que publique o los lectores que tenga, a uno le gusta sentirse el mismo escritor anónimo al que los editores siempre encontraban un pero para no publicar sus libros. Ya digo: yo creo que no es malo, incluso encuentro saludable que un escritor esté al tanto de lo que de su trabajo opinan los demás, pero tampoco hay que obsesionarse con ello. Ahora, con Internet, las críticas, o más bien las opiniones, parecen haberse democratizado y cada uno puede expresar públicamente lo que le plazca sobre un libro. Pero creo que el escritor debe mirar con cautela estos comentarios. Entrar en un blog ajeno y leer una ristra de opiniones de una novela tuya es como pegar la oreja a una puerta y escuchar lo que quienes comparten una conversación a la que no has sido invitado dicen de ti. Lo mejor es no meterte, aunque no puedas evitar tener la oreja pegada a la puerta. No es que haya descubierto a estas alturas que es imposible contentar a todo el mundo, pero es verdad que hasta ahora no me había percatado de lo divertido que resulta escuchar las opiniones tan dispares de los demás. Cuando publiqué La clave Pinner, algún crítico se alegró de que por fin la narrativa española hubiera escogido el género de espías durante la Segunda Guerra Mundial, y alabó que la novela en realidad estuviera llena de sugerencias y de silencios, que fuera más allá de los cánones del género. Otros, sin embargo, decían despectivamente que esta novela no era más que puro entretenimiento, afirmación que no dejo de leer a algunos, con elitismo resabiado, y creo que ya bastante anticuado, cada vez que publico un libro. Los lectores, lo mismo: a unos les encanta lo que has escrito, y algunos vienen a buscarte en las ferias del libro con una novela tuya que tienen guardada desde hace años esperando la oportunidad de que se la firmes, y te miran con tanto respeto mientras se la dedicas y te agradecen haberla escrito que te da un poco de vergüenza decirles que en realidad eres tú el que tienes que darles las gracias a ellos. Otros lectores te escriben o van a buscarte para decirte que no les ha gustado tu libro, incluso te regañan como si fueran tus profesores y tú un alumno díscolo empeñado en hacer las cosas a tu manera. Procuro atenderlos a todos, ser amable con los que disfrutan con mis libros y con los que no, pero no puedo gastar mi tiempo en intentar convencer a quien no le gusta un libro mío de las razones por las que debería gustarle.

Algunos prefieren mis cuentos, otros se decantan por mis novelas. También hay quien está convencido de que no valgo ni para cuentista ni para novelista. Hay gente que me dice que se nota que La clave Pinner es mi primera novela publicada para el gran público, porque las siguientes son muy superiores. Otros afirman lo contrario, y están convencidos que desde La clave Pinner he perdido la frescura y se sienten decepcionados. A unos El síndrome de Mowgli les parece una cosa extraña dentro de mi obra, otros la consideran su favorita. Hay quien asegura que El factor Einstein es una obra maestra mientras otros la desdeñan por eso que decía antes, porque les parece entretenimiento puro y duro. A unos les encanta que mis novelas sean psicológicas, introspectivas (thrillers intimistas, como dice mi amiga la escritora Antonia J. Corrales), y que eso las hace diferentes. Otros, por la misma razón, las consideran terriblemente aburridas. Hay lectores que se han enamorado de mis personajes y me han dicho que los acompañarán para siempre; sin embargo otros sostienen, con la misma pasión, que quienes habitan en mis novelas no son más creíbles como personas que cualquier figura de un museo de cera. A unos les fascina la estructura arriesgada de El violinista de Mauthausen y les da pena que se acabe después de casi 500 páginas. Por esas mismas razones otros la desprecian, y dicen que con 150 páginas, siendo generosos, habría bastado.

Con el tiempo he aprendido a divertirme con las opiniones de los demás sobre mis libros, y sigo a lo mío, sin preocuparme y sin gastar mi tiempo más que en dar las gracias. Yo escribo, lo mejor que puedo o lo mejor que me sale, y luego que cada uno diga lo que quiera. Nadie está obligado a leerme. Los que me conocen saben que, si no es con quien tenga mucha confianza y hay muy poca gente con la tenga mucha confianza, jamás pregunto a nadie si le ha gustado un libro mío (al que quiera decirme algo lo escucho, pero de mí no saldrá nunca esa pregunta) y que, salvo a unas cuantas personas muy queridas que me lo piden con insistencia, no castigo a nadie mandándole un original para que me dé su parecer. Pero como decía unas líneas más arriba, resulta divertido descubrir opiniones encontradas sobre tus libros. Como dice el maestro Stephen King, lo normal es que a unas personas les guste lo que has escrito y a otras no. Si hay empate, añade el creador de Misery, igual que en el béisbol, el punto es para el escritor.

Es decir, que a uno le reconforta saber que va por buen camino.

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2010

martes 21 de septiembre de 2010

Las caras de los lectores

Uno nunca llega a saber el recorrido que pueden tener los libros que escribe y, salvo en las ferias del libro, resulta complicado poner cara a los lectores. Hace unos meses, mi amiga, la escritora Antonia J. Corrales, me envió esta foto que su marido había hecho con el móvil a un lector de El violinista de Mauthausen en el metro, a las siete de la mañana.
Y esta que viene ahora me gusta mucho. Me la mandaron el otro día. Se publicó en La Razón.
El libro que lee este diputado de la Asamblea de Madrid no es otro que El violinista de Mauthausen.
Es cierto que a ninguno de estos lectores le puedo ver la cara, pero resulta curioso ver estas fotos, la verdad.

sábado 18 de septiembre de 2010

Los pilares de la Tierra, veinte años después

Hace veinte años yo no tenía el colmillo retorcido. Literariamente hablando, quiero decir. Ahora, con el tiempo, por desgracia cada vez me cuesta más disfrutar de la ficción. Una de las desventajas del oficio de escribir es que, a poco que te descuides, enseguida empiezas a buscarle las costuras a los libros, el mecanismo que sostiene la trama y los personajes, preguntándote cómo lo habrías hecho tú. Pero no os preocupéis. Disfruto, entre otras cosas porque no dejo de leer novelas, y al final siempre hay alguna que consigue que me olvide, cuando la estoy leyendo, de que yo también las escribo.

No sé si hoy pensaría lo mismo si leyese por primera vez Los pilares de la Tierra, de Ken Follet, pero hace veinte años ese libro me dejó clavado en un sillón hasta que no lo pude terminar. Recuerdo haberlo visto en la mesa de novedades de alguna librería, pero no me decidía a comprarlo. De muy jovencito había leído a Ken Follet, y me lo había pasado muy bien con La isla de las Tormentas, y había visto la fantástica versión cinematográfica, El ojo de la aguja, protagonizada por Donald Sutherland; o La clave está en Rebeca, con David Soul, el Hutch de Starsky & Hutch, haciendo de malo. En 1990 Ken Follet era para mí un excelente autor de novelas de espías ambientadas durante la Segunda Guerra Mundial, y me parecía raro encontrarme una novela suya que sucedía en la Edad Media. Pero hubo dos razones por las que compré el libro. La primera, porque, igual que la curiosidad por la vida dentro de los muros de un monasterio me había llevado a zamparme casi de un tirón El nombre de la rosa a mis dieciséis primaveras con el resultado de descubrir mucho, muchísimo más de lo que esperaba encontrar, también me atraía con fuerza la aventura de la construcción de una catedral en la Edad Media; no podía olvidar esas diapositivas que me habían hecho soñar en las clases de Historia del Arte cuando estaba en el instituto. La segunda razón que me llevó a comprar el libro, y puede que la más importante, fue ver a Ken Follet en un programa de televisión en España, en una tertulia que presentaba Cristina García Ramos, en plan La clave, los invitados reunidos después de ver una película. Ken Follet dijo unas cuantas cosas, y la que más me llamó la atención fue que él siempre pensaba en el lector, y que todo su trabajo lo enfocaba para que quien leyese una novela suya no pudiera dejar de pasar las páginas. Y eso, como escritor, os aseguro que no resulta nada sencillo.

Es cierto que no todos los libros que he leído de Ken Follet me han gustado. Es más, Un mundo sin fin consiguió aburrirme y que me saltara capítulos enteros. Pero si tuviera que quedarme solo con una docena de libros de los miles que tengo, estoy convencido de que uno de ellos sería Los pilares de la Tierra. No sé si me habrá enseñado algo (ya entonces, hace veinte años, fantaseaba con ser escritor, pero lo veía tan difícil como si ahora mismo me propusiera ser el primer hombre en pisar el suelo de Marte), pero disfruté tanto con su lectura que recuerdo casi cada pasaje de sus más de mil páginas. Ya, ya sé que la prosa de Ken Follet no es la más idónea para que los suplementos culturales coronen las reseñas de sus libros con muchas estrellitas, pero también estoy convencido de que él no busca eso, y que tampoco le importa. Habrá quien al leer esta entrada y enterarse de mi admiración por Los pilares de la Tierra se llevará las manos a la cabeza. Quizá otros se sorprendan de que muestre sin pudor mi entusiasmo por este libro. Alguno dirá que es normal, dada la poca calidad que, según ellos, tienen mis propias novelas. Pero bueno, he aprendido hace tiempo que es imposible que un libro guste a todo el mundo. Seguramente hablaré de ello en la próxima entrada. También me consta que Los pilares de la Tierra es el libro favorito de mucha gente.

Cuento todo esto porque el martes pasado se estrenó en España la versión televisiva de Los pilares de la Tierra. En Internet se puede ver en versión original desde hace semanas. Yo ya la he hecho. Y me ha encantado verla. En algunos puntos es bastante diferente a la novela, pero mantiene el espíritu. No soy de los que opinan que los libros son mejores que las películas, o viceversa. Pienso que son dos medios diferentes, dos maneras distintas de contar una misma historia. Hace muchos años que tenía ganas de ver la cara de los personajes. Algunos actores no me terminan de convencer, pero Jack y Aliena son como los imaginaba. Sobre todo Aliena. La veo en la pantalla y es como si leyera la novela y me enamorase de ella otra vez.

¿Se le pueden poner pegas a la serie? Pues sí, bastantes. Pero eso que lo hagan otros. Ya lo he dicho alguna vez por aquí: cuando algo me hace disfrutar, ¿para qué ponerle peros?

© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2010

sábado 11 de septiembre de 2010

Entretener, emocionar, aprender

Dejo aquí esta entrevista que me hicieron en diciembre pasado en Valencia, y que ha aparecido ahora en el diario digital Siglo XXI

En una novela han de suceder cosas que interesen al lector”

El escritor Andrés Pérez Domínguez (Sevilla, 1969) conquistó la edición del prestigioso Premio Ateneo de Sevilla del año 2009 con su novela ‘El violinista de Mauthausen’, una historia de amor, de intriga, de aventura y espionaje, que arranca en la primavera de 1940 y discurre a lo largo de más de quinientas páginas por diversos escenarios: París, el Berlín de la posguerra, devastado y cautivo, y el campo de exterminio nazi de Mauthausen.






Herme Cerezo / SIGLO XXI

Ahora Andrés Pérez Domínguez es escritor de oficio, sólido y exitoso, con cinco novelas ya en las alforjas, pero ¿a qué se dedicaba antes de darle a la tecla?

Bueno, he hecho muchas cosas. Soy diplomado en Turismo y ejercí esta profesión durante un tiempo. También trabajé en un negocio familiar de muebles, simultaneando esta ocupación con la escritura. Cuando mi padre su jubiló, ya había comenzado a despuntar en la literatura colaborando en periódicos y escribiendo cuentos, así que pensé que había llegado el momento de jugármela y eso hice.

En ‘El violinista de Mauthausen’, su obra premiada, ¿qué predomina: la documentación o la invención?

En parte es fruto de la investigación, de la lectura de todos los libros sobre este tema que cayeron en mis manos, pero también hay mucho de invención. Yo escribo ficción, no soy un notario que da fe de lo que ve, y lo que he hecho es construir una novela documentada, no un documental novelado. La documentación me ha servido para sustentar la obra con solidez y diseñar una trama atractiva.

¿Cuál fue el chispazo inicial que le hizo sentarse a escribirla?

El violinista de Mauthausen surge de una anécdota, de una imagen. Yo me encontraba en Viena, en una estación del metro, cuando una pareja comenzó a bailar un vals sin música. Esa imagen hermosa se convirtió en una obsesión que ha desembocado en esta novela.

El título mezcla la belleza del arte del violín con el horror de Mauthausen, ¿esto es algo intencionado o casual?

Mezclar el horror y la música ha sido algo completamente intencionado. Al principio del libro hay un proverbio alemán que dice: "Donde oigas cantar, siéntate tranquilamente. Los malvados no tienen canciones" y el violín me sirvió como una metáfora para ello. Estoy convencido de que si los años 30 ó 40 tuvieran banda sonora, ésta sería la música de un violín.

Sobre la II Guerra Mundial se ha escrito mucho, ¿qué diferencia ‘El violinista de Mauthausen’ de otros títulos sobre este mismo tema?

Mi novela tiene varios elementos diferenciadores. No sólo es un libro sobre la II Guerra Mundial, sino también la historia de un triángulo amoroso en la que, además, aparecen los republicanos españoles que estuvieron internados en aquel campo de exterminio, un aspecto que sólo se ha tratado en otra novela más que yo conozca. Muy poca gente sabe que en Mauthausen hubo muchos españoles sufriendo el holocausto.

La II Guerra Mundial es un tema recurrente en su trayectoria literaria.

La II Guerra Mundial finalizó hace sesenta años y ha condicionado el mundo de hoy. En este conflicto bélico, además, hay una serie de términos, la culpa, la lealtad, la traición, que se producen en términos superlativos y a mí me interesan mucho, porque forman parte de los sentimientos que gobiernan mis personajes y constituyen mi universo literario.

Su escritura, incluso en los momentos de tensión, es muy pausada, ¿en su proceso creativo borra y rompe con frecuencia?

Sí, antes de escribir hay tres cosas que trabajo intensamente: la caracterización de los personajes, la estructura y el ritmo. Hago varios esquemas y luego escribo diez o doce borradores antes de dar una novela por concluida.

En las páginas de ‘El violinista de Mauthausen’ suenan voces de otros escritores de su tierra como Soler Leal o Muñoz Molina, ¿existe una escuela andaluza de narradores?

No, no creo, de hecho yo hablo con acento andaluz pero es mi forma de expresarme en castellano, una forma que reivindico pero que, a la hora de escribir, no traslado a la hoja en blanco. A Soler Leal lo he leído menos, pero Muñoz Molina sí es uno de mis referentes. De mis cuatro novelas, tres empiezan con una cita suya, aunque el hecho de que Muñoz Molina sea andaluz pienso que sólo es una coincidencia. Una coincidencia y un honor para mí.

Usted ha visitado Mauthausen y habrá conocido o imaginado el horror que allí se vivió, a la hora de escribir ¿cómo ha conseguido distanciarse para poder hacerlo?

Además de Mauthausen he estado en otros campos de concentración para conocerlos, pero cuando llevas tiempo escribiendo te metes en la piel del personaje y tratas de pensar cómo vivía y pensaba, sin que eso te afecte en absoluto.

¿Escribir ficción sobre la II Guerra Mundial contribuye a salvaguardar la memoria histórica?

Sí, yo creo que sí, sobre todo la de los republicanos españoles de Mauthausen. Cuando visitas el campo sufres una decepción al comprobar que no hay una representación contundente de nuestro gobierno, de nuestro país, un homenaje a nuestros compatriotas que murieron allí. De todos modos, no quisiera que mi novela se politizara, pero eso ya no depende de mí.

Aunque el tema es delicado, su novela es un libro de entretenimiento y la literatura de entretenimiento tiene mal cartel por estos lares, ¿por qué?

Desde mi punto de vista, en España la literatura adolece de dos defectos: por un lado, se escriben novelas con una prosa extraordinaria, pero que yo no puedo leer más allá de la página diez; y por otro, tenemos el extremo contrario, obras de temática muy interesante a las que les falta un buen puñado de comas. Tenemos la falsa creencia de que lo aburrido, pesado y espeso es lo bueno y que lo entretenido, lo que nos hace disfrutar, es malo. Y eso no tiene por qué ser así. Cuando cojo un libro es para pasarlo bien, no para sufrir. No conozco a nadie que vaya a un restaurante y pida para comer algo que no le guste. Sin embargo, hay gente que se traga libros que no le dicen nada. Un escritor no puede contar en quinientas páginas cómo el protagonista se mira al espejo todo el tiempo. En una novela, a mi entender, han de suceder cosas que interesen porque el lector no puede perder tiempo en libros que no le gusten. La vida es muy corta para malgastarla.

Usted también ha escrito novela negra e incluso cuentos, ¿en qué territorio se siente más cómodo?

Yo no soy muy partidario de la clasificación de géneros, me gusta más el mestizaje. El oficio de escritor tiene una parte jugosa de riesgo y eso te obliga a cambiar de registro y a enriquecerte. Por eso mi próxima novela no tendrá nada que ver con la II Guerra Mundial. Cuando escribo solo trato de hacer mi trabajo lo mejor posible.

Si cada libro es un riesgo, escribir es una aventura, ¿no?

En efecto, cuando me pongo a escribir conozco el final y para llegar a él construyo un esquema previo y hago un esbozo capítulo a capítulo, aunque luego improvise o intercale. Dicen que hay escritores que trabajan con mapa y otros con brújula, yo hago una mezcla de las dos cosas y también me dejo llevar por la marea

domingo 5 de septiembre de 2010

En invierno con el sol, con las nubes en verano

El último día de agosto es como si hubieran dado un tirón con ganas al enchufe que mantenía encendido el verano. No es solo porque parezca que a las nubes las hayan pintado de gris de repente, o porque el aire tenga esa pesadez agradable y húmeda que prologa la tormenta. Agosto terminó el martes, pero desde el lunes la orilla se había ido despintando de sombrillas. Por la noche, te asomas a los bares y es como si hubieran instaurado el toque de queda: apenas hay algún turista irreductible. Sales a dar una larga caminata a última hora de la tarde, cuando el sol se desmaya en el horizonte, y de pronto parece que con el final de las vacaciones a la gente se le ha quitado las ganas de hacer deporte. Apenas quedan unos pocos veraneantes rezagados corriendo, montando en bicicleta o, simplemente, paseando. A mucha gente le da pena que se acabe el verano, pero yo soy de los que desde semanas antes de que termine agosto ya estoy contando los días. Me gusta la playa, y bañarme, y tomar el sol, pero me molesta el bullicio, cada vez más, en la playa y en las ciudades, en verano y en invierno, así que es ahora cuando de verdad disfruto del mar, y del sol, si puedo, y si no, también me gustan mucho los días nublados en la playa. Ya sé que me vais a llamar raro, pero estoy acostumbrado: me gusta la playa en invierno y la ciudad en verano. No sé si será lo mismo que quiere decir esa canción de Fito & Fitipaldis, pero yo cada vez que la escucho pienso que quiere decir exactamente eso:

“Sé que no puedo dormir
porque siempre estoy soñando
en invierno con el sol
con las nubes en verano”

El otro día me preguntaba un periodista si porque sea verano mi rutina cambia mucho. En realidad, no, le dije. A no ser que esté de viaje (de vacaciones o trabajando) suelo hacer lo mismo en verano que en cualquier otra época del año. Aparte de las mismas cosas que la mayoría de la gente, cada día escribo, leo, hago deporte, veo alguna película. Nada extraordinario, me temo. Fuera de las entrevistas y las firmas de libros, la vida del escritor puede parecer de lo más aburrida, tanto o más que la de cualquiera, y seguro que lo es. Pero tiene la ventaja, para mí impagable, de poder llevarte el trabajo allá donde estés. Me basta con los cuadernos, la pluma y unos cuantos libros. Y ahora, qué queréis que os diga: voy a aprovechar lo que queda del verano, y del comienzo del otoño, si puedo, lejos del ruido, de las ciudades, en alguna playa en la que solo habite gente que quizá también eche de menos el sol en invierno y las nubes en verano.
© Andrés Pérez Domínguez, septiembre de 2010