Aunque parezca mentira, la semana próxima hará un año que presentamos en el Ateneo de Sevilla El violinista de Mauthausen. Hace doces meses ni siquiera los que se las dan de Rappel podrían avizorar el recorrido de la novela. Yo tampoco, porque con unos cuantos libros ya en el saco y el colmillo retorcido (al menos así me lo parece cada vez que me miro al espejo), me he acostumbrado a no tener demasiadas expectativas cuando se publica un libro con mi nombre en la cubierta. Uno hace su trabajo lo mejor que sabe o lo mejor que puede (sí, ya sé que he escrito esto alguna vez por aquí, pero es la verdad), y lo que pase luego depende, en gran medida, de cómo rueden los dados. Pero la vida es caprichosa, y un año después de aquella presentación sale a la venta la novena edición de mi Violinista. Es una edición especial, por varias razones: la primera, porque lleva un cuadernillo de sesenta y cuatro páginas con fotografías, una carta de mi editor en Algaida, Miguel Ángel Matellanes; un artículo muy interesante de Rosa Torán, la presidenta de la asociación Amical de Mauthausen; y un texto mío en el cuento la gestación de la novela. He querido escribirlo porque a mí siempre me ha interesado saber las circunstancias que rodean la creación de una novela, y supongo que habrá lectores de El violinista de Mauthausen a los que también les complacerá enterarse de algunas anécdotas que me sucedieron mientras escribía el libro. La segunda razón es que, según parece (y cruzo los dedos), las erratas que se habían colado en la primera edición, y que se habían agarrado como chinches hasta la octava, por fin se han corregido. A todos los escritores nos ha pasado alguna vez: el editor te manda tu última novela recién salida de la imprenta, y tienes la mala pata de abrirla siempre por la página en la que una coma no está en su sitio o se te ha pasado un acento. Te da tanta vergüenza que, si pudieras, correrías al almacén saltándote todos los semáforos en rojo para llevarte toda la edición, pero es imposible, claro.
Por eso siempre pido corregir las galeradas de un libro al menos dos veces antes de publicarse, pero con El violinista de Mauthausen andábamos muy ajustados de tiempo. Con el libro ya en las mesas de novedades de toda España, pasé muchas horas al teléfono con Charo Cuevas, una de las personas más amables y pacientes con las que he trabajado, señalándole una por una todas las correcciones que quería incluir en la novela si teníamos la suerte de que hubiese una segunda edición. Y hubo una segunda edición, inmediatamente, y una tecera, y una cuarta, y no ha sido hasta ahora, cuando sale a la venta la novena, que por fin se han incluido las correcciones. Nada grave: poner en su sitio alguna coma traviesa, cambiar alguna palabra que me chirriaba. Manías de escritor exigente, porque luego te das cuenta, aliviado, de que la mayoría de los lectores no son tan quisquillos como tú. Charo, además, volvió a meterse entre pecho y espalda este verano El violinista para asegurarse de que todo estuviera en orden. Conociéndola, me da que no le va a gustar que hable de ella en el blog, pero su esfuerzo no merece menos que mi reconocimiento público.
El caso es que ahí está ya esta nueva edición de El violinista, con 64 páginas extra, y al mismo precio.
Es para estar contento. Yo lo estoy.
© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2010










