Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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jueves 28 de octubre de 2010

¡Extra! ¡Extra! ¡Edición especial!

Aunque parezca mentira, la semana próxima hará un año que presentamos en el Ateneo de Sevilla El violinista de Mauthausen. Hace doces meses ni siquiera los que se las dan de Rappel podrían avizorar el recorrido de la novela. Yo tampoco, porque con unos cuantos libros ya en el saco y el colmillo retorcido (al menos así me lo parece cada vez que me miro al espejo), me he acostumbrado a no tener demasiadas expectativas cuando se publica un libro con mi nombre en la cubierta. Uno hace su trabajo lo mejor que sabe o lo mejor que puede (sí, ya sé que he escrito esto alguna vez por aquí, pero es la verdad), y lo que pase luego depende, en gran medida, de cómo rueden los dados. Pero la vida es caprichosa, y un año después de aquella presentación sale a la venta la novena edición de mi Violinista. Es una edición especial, por varias razones: la primera, porque lleva un cuadernillo de sesenta y cuatro páginas con fotografías, una carta de mi editor en Algaida, Miguel Ángel Matellanes; un artículo muy interesante de Rosa Torán, la presidenta de la asociación Amical de Mauthausen; y un texto mío en el cuento la gestación de la novela. He querido escribirlo porque a mí siempre me ha interesado saber las circunstancias que rodean la creación de una novela, y supongo que habrá lectores de El violinista de Mauthausen a los que también les complacerá enterarse de algunas anécdotas que me sucedieron mientras escribía el libro. La segunda razón es que, según parece (y cruzo los dedos), las erratas que se habían colado en la primera edición, y que se habían agarrado como chinches hasta la octava, por fin se han corregido. A todos los escritores nos ha pasado alguna vez: el editor te manda tu última novela recién salida de la imprenta, y tienes la mala pata de abrirla siempre por la página en la que una coma no está en su sitio o se te ha pasado un acento. Te da tanta vergüenza que, si pudieras, correrías al almacén saltándote todos los semáforos en rojo para llevarte toda la edición, pero es imposible, claro.

Por eso siempre pido corregir las galeradas de un libro al menos dos veces antes de publicarse, pero con El violinista de Mauthausen andábamos muy ajustados de tiempo. Con el libro ya en las mesas de novedades de toda España, pasé muchas horas al teléfono con Charo Cuevas, una de las personas más amables y pacientes con las que he trabajado, señalándole una por una todas las correcciones que quería incluir en la novela si teníamos la suerte de que hubiese una segunda edición. Y hubo una segunda edición, inmediatamente, y una tecera, y una cuarta, y no ha sido hasta ahora, cuando sale a la venta la novena, que por fin se han incluido las correcciones. Nada grave: poner en su sitio alguna coma traviesa, cambiar alguna palabra que me chirriaba. Manías de escritor exigente, porque luego te das cuenta, aliviado, de que la mayoría de los lectores no son tan quisquillos como tú. Charo, además, volvió a meterse entre pecho y espalda este verano El violinista para asegurarse de que todo estuviera en orden. Conociéndola, me da que no le va a gustar que hable de ella en el blog, pero su esfuerzo no merece menos que mi reconocimiento público.

El caso es que ahí está ya esta nueva edición de El violinista, con 64 páginas extra, y al mismo precio.

Es para estar contento. Yo lo estoy.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2010

sábado 16 de octubre de 2010

Philip Kerr

¿Pero tú no has leído las novelas de Philip Kerr? Es una pregunta que me han hecho alguna vez. ¿Cómo es posible que hayas escrito tres novelas que tienen la Segunda Guerra Mundial como telón de fondo y no hayas leído ni una sola novela de Philip Kerr? Hace tiempo que cuando alguien me pregunta con esa contundencia si no he leído un libro, ya no me entretengo en dar explicaciones. Me encojo de hombros que, además, es un ejercicio estupendo y espero a que el curioso se aburra. Pero después de que mis queridos Óscar Oliveira, el jefe de prensa de Algaida, y Gregorio León, el autor de El último secreto de Frida K. , me hablaran muy bien de este escritor escocés, al final acabé interesándome. De hecho, compré una de sus novelas, al azar, en un librería, hace pocas semanas. Hay escritores que dicen que no leen novela cuando están escribiendo las suyas. Yo no soy de ésos, y puede que a lo mejor me estén gustando tanto los libros de Philip Kerr porque ando arremangado con una novela ambientada en los años 50, con agentes secretos desencantados y nazis nostálgicos.

Resulta que Philip Kerr es autor de una serie de novelas (seis, hasta ahora), ambientadas en la Alemania de los años 30 y 40, antes, durante y después de la Segunda Guerra Mundial, y protagonizadas por el detective Bernie Gunther. Ahora, cuando ya me he zampado dos seguidas, no puedo sino recomendarlas en mi bitácora a aquellos que estén interesados en esa época tan dura como fascinante de la Historia. La primera que he leído ha sido la tercera, Réquiem alemán, para empalmarla con la cuarta, Unos por otros, que he disfrutado aún más. Aún no he leído Una llama misteriosa (la quinta), Si los muertos no resucitan (la sexta, Premio Internacional de Novela Negra RBA), Violetas de marzo (la primera), ni Pálido criminal (la segunda), pero estoy seguro de que me las iré metiendo entre pecho y espalda próximamente.

Bernie Gunther es ex policía y ex SS, con un sentido muy particular de la justicia, y honrado. Sé que todo suena muy tópico, pero a lo mejor ahí está el encanto de estas novelas. Gregorio León me decía el otro día que era como leer a Philip Marlowe en Berlín, y yo creo que tiene toda la razón. Gregorio León además estuvo con Philip Kerr en Berlín el año pasado, y lo entrevistó para Onda Regional de Murcia.

Además de Bernie Gunther, por estas páginas aparecen personajes históricos muy conocidos, y sucede en ellas eso tan difícil que me gusta tanto: que la realidad y la ficción se mezclen y el lector pueda acabar preguntándose si Bernie Gunther fue un personaje tan real como Göering, Himmler o Adolf Eichman

Ya digo, al que le guste la novela negra o tenga interés en esa época no se sentirá defraudado. Habrá quien dirá que eso no es literatura o que solo es un entretenimiento puro y duro. Allá cada cual con sus gustos. A mí me da igual, y no me importa repetir esta frase que se va a terminar convirtiendo en el lema de este blog: si algo me hace disfrutar, ¿para qué buscarle peros?

Tampoco creo que a Philip Kerr le importe demasiado…

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2010

jueves 7 de octubre de 2010

Aprender a escribir

Es la pregunta del millón: ¿se puede aprender a escribir? Antes o después alguien te la formula en alguna presentación, o te manda un correo electrónico o te para por la calle y te lo suelta. Yo creo que a todos los escritores nos habrán preguntado alguna vez cómo lo hacemos, qué hay que hacer para conseguir ver un libro con tu nombre en la cubierta, como si fuera el resultado de un conjuro nigromántico antes que el resultado de mucho esfuerzo, paciencia y contumacia. Vale, pero entonces, ¿se puede o no se puede aprender a escribir? Yo diría que sí, porque escribo libros y no nací sabiendo. Incluso mi madre me cuenta que de niño lloraba porque se me olvidada ponerle el punto a la “i” en los ejercicios de caligrafía. Pero ya sabemos lo exageradas que son las madres... Y está bien que sean así. Pero es una pregunta un poco tramposa, porque si se puede aprender a escribir, la lógica apuntaría a que también se puede enseñar, y eso no lo tengo tan claro.

Muchos escritores opinan que sí se puede enseñar, pero también es verdad que algunos de ellos imparten cursos de escritura creativa y, pongamos el caso, no está bien decir que el pan engorda si tienes una panadería. Antes que alguien se enfade, me apresuro a aclarar que no estoy diciendo que los talleres de escritura no sirvan para nada. Seguro que son útiles, y mucho, sobre todo porque en una misma clase un aspirante a escritor puede encontrar gente con sus mismas inquietudes y dudas, algo que no siempre sucede en la vida diaria. Yo creo que eso es lo mejor de los cursos de escritura: poder encontrar gente que comparte tu misma pasión y escuchar a alguien al que ya se supone que le han dado el carnet de escritor. Lo de carnet de escritor me lo acabo de inventar.

Mirando atrás, es cierto que, cuando yo empezaba, eché en falta el contacto con gente que también escribiera y que aún no fuera conocida, y durante mucho tiempo me daba vergüenza que incluso mis amigos supieran que robaba horas al sueño y al descanso empeñado en la quimera de inventar historias, cruzando los dedos secretamente para poder vivir algún día de ello. Entonces descubrí que para mí los mejores profesores habían sido, sin darme cuenta, los escritores que había leído desde niño, y mi mayor motivación la ilusión de contar historias a mi manera y que algún día alguien pudiera leerlas, comprar mis libros.

Y es verdad que a casi todo el mundo, creo yo, le gustaría ver un libro con su nombre en la cubierta. Para eso, dicen, hace falta talento. Pero tampoco estoy tan seguro. Yo creo que escribir, lo he dicho más de una vez, es el resultado de varios factores, como una comida sabrosa en la que cada ingrediente debe estar en la proporción adecuada. La receta, viene a ser más menos así: imaginación, constancia, lecturas y cultura. Yo creo que si todos estos ingredientes se dan en la medida justa, y si las circunstancias de la vida o las ganas de comprobar si erez capaz suceden, se puede llegar a ser escritor. Me explicaré un poco mejor: se puede tener una imaginación desbordante pero faltarte la constancia necesaria para afrontar la escritura de una novela; o uno puede saberse de memoria la Enciclopedia Británica pero carecer de imaginación. Hay excepciones, claro: escritores incultos o sin imaginación, o magníficos escritores que nunca llegan a saber que lo son porque son demasiado perezosos para desperdiciar muchos meses de su vida construyendo una novela. Pero en general es así.

Sí quiero recomendar tres libros a cualquiera que se asome por aquí y sienta que tiene una historia que contar pero está convencido de que no va a ser capaz. No me cabe duda de que estos libros lo pueden ayudar bastante.

El primero es La práctica del relato, de Ángel Zapata. Se trata de un libro delicioso, escrito con tanta inteligencia y sencillez que creo que trece o catorce años después de su publicación la gente con inquietudes literarias no deja de leerlo. Tiene este libro, a mi juicio, una cosa estupenda, y es que además de sugerirte lo que debes hacer para escribir bien, te cuenta sinceramente lo que no debes hacer.

El segundo es Mientras escribo, de Stephen King. Leer muchas de las novelas de Stephen King protagonizadas por un novelista es como recibir una clase magistral de escritura (Misery, por ejemplo), pero esta obra, mitad memorias mitad libro de escritura creativa, muestra el genio de uno de los más grandes autores contemporáneos. Ya sé que algunos me van a crucificar por esto, pero Stephen King tiene mucho más talento que la mayoría de los que lo critican.

Y el tercero es Zen en el arte de escribir, de Ray Bradbury. Me da un poco de pena pensar que haya gente, sobre todo gente joven, que no sepa que Crónicas marcianas eran una serie de narraciones cortas del autor de Farenheit 451 décadas antes de que Javier Sardá tuviera el mal gusto de robar el título para un programa de televisión. Zen en el arte de escribir me lo recomendó hace unos cuantos años un amigo que sé que se asoma de vez en cuando por aquí. Si a él le parece bien, que deje un comentario y lo cuente. Es una colección de artículos sobre el oficio de escribir con un entusiasmo tan contagioso que, si después de leerlo de un tirón eres capaz resistirte a sentarte a escribir lo primero que se te pase por la cabeza, te aconsejo que dediques tu tiempo a otra cosa y te olvides para siempre de querer ser escritor.

En fin. Espero haber podido ayudar a alguien con estas recomendaciones. Hay muchos más libros, pero con estos tres yo creo que basta para curiosear sobre los vericuetos del oficio.

Y, por último: escritor es quien escribe. En realidad, ver tu nombre en la cubierta de un libro tampoco significa mucho.

© Andrés Pérez Domínguez, octubre de 2010