Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

Seguidores

domingo 28 de noviembre de 2010

Domingo por la tarde

Ayer el día se presentó desapacible. El aire estaba tan frío que parecía que la Navidad había llegado con un mes de adelanto, el hilillo del humo de las chimeneas escapándose por los tejados, las gotas de agua tan frías que encogías el cuello al caminar para que no te bajase una por la espalda y perdieses la compostura en plena calle. Sin embargo esta mañana parecía que lo de ayer había sido un espejismo, como si alguien hubiera soplado las nubes negras y despejado el cielo porque era domingo.

Mañana es lunes y hay que seguir con el trabajo, pero el domingo por la mañana ya estoy estrujándome la cabeza para resolver algún pasaje que no termina de convencerme de la novela que estoy escribiendo , y no dejo de darle vueltas, con los ojos cerrados, sentado y disfrutando del sol agradable del final del otoño. Supongo que por eso me obligo a salir al campo esta mañana luminosa, para no pasarme hasta la hora de comer encerrado en mi despacho trabajando, para que los días del fin de semana no sean iguales que los demás.

Al poco de la caminata un perro me persigue. No es mucho más grande que una rata, pero no deja de ladrar, con ese tono agudo y molesto de los perros enanos. Le decía Kevin Costner a Whitney Houston en El guardaespaldas que le gustaban los perros pequeños porque los grandes no saben a quien se comen. A mí me pasa todo lo contrario: adoro los perros, pero cuanto más grandes, mejor. Los pequeños me resultan antipáticos, demasiado ruidosos, con una mala leche inversamente proporcional a su envergadura, como el que me sigue esta mañana por el campo. Pocos minutos después se aburre y da media vuelta, pero me parece que no le han faltado ganas de hincarme el diente en la pantorrilla.

Una hora y media después de sortear caminos embarrados estoy de vuelta. Ni siquiera he comprado el periódico hoy. Qué curioso que hace años acostumbrase a comprar al menos un par de periódicos, y ahora a veces pasan los días sin que preste atención a las noticias, como si prefiese mantenerme al margen, estar aislado de todo.

Se ha hecho tarde, y las nubes han devuelto al cielo su color de finales de noviembre. Ha sido buena idea lo de salir al campo. Almuerzo tarde, hago una llamada, recibo otra, y como todo está en orden me quedo dormido. Cuando abro los ojos la tarde se muere. Nadal está a punto de jugar la final en Londres, pero yo tengo que preparar el trabajo de mañana. Fuera de mi despacho todo está oscuro.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

viernes 26 de noviembre de 2010

Resonancia magnética

Yo soy de los cabezotas que no van al médico si no tienen más remedio, y me resisto a tomar una pastilla con la misma intransigencia que si profesara una religión extraña que me lo prohibiera; pero como además de ser tan bruto no soy Supermán, al final tengo que pedir cita y pasar por la consulta, como todo el mundo. Desde hace casi una década arrastro una lesión en un hombro de la que no me atrevo a operarme, y aunque el dolor se ha vuelto un compañero inseparable solo me salto los preceptos estúpidos de no visitar la consulta del médico cuando se vuelve insoportable. El otro día mi traumatólogo me soltó una reprimenda nada más verme porque hace un año y medio me dio un volante para una resonancia que nunca me hice. Si no me vas a hacer caso, me advirtió, mejor búscate otro médico.

Así que he sido obediente y esta mañana la he pasado haciendo cola en la clínica. Sentado en un rincón, con los auriculares puestos para escuchar la radio, he terminado sacando mi libreta del bolsillo para tomar algunas notas. La sala de espera de un hospital es una fuente inagotable de historias. Antes de entrar he apagado el móvil, y me gustaría poder resistirme a la tentación de encenderlo cuando salgo. Cada vez me gustan menos estos cacharros. La hora larga que paso esperando antes de ver al médico ha sido un catálogo de politonos molestos y conversaciones en voz alta que no me interesan, gente que no es capaz de dejar de hablar por teléfono ni siquiera cuando entra en la consulta. Nunca me ha gustado hablar por teléfono en presencia de nadie, ni cuando voy andando por la calle o estoy haciendo otra cosa. Por eso me cae tan bien la gente, cada vez más rara, que, cuando la llaman al móvil, se levanta educadamente y busca un rincón apartado para poder hablar.

De vez en cuando se asoman a la sala de espera hombres y mujeres que llevan batas blancas, no sé si son enfermeros o médicos, y dicen en voz alta un nombre. Los pacientes se levantan con la misma prisa que si estuvieran en un avión y fueran a saltar en paracaídas o pensaran que el médico no puede esperar que recorran unos cuantos pasos. No puedo evitar contagiarme un poco de esa urgencia, y temo que cuando digan mi nombre tendré que sacarme los auriculares de las orejas, guardar el mp4, la pequeña libreta y las gafas, y para entonces a lo mejor mi turno habrá pasado. Pero no han dicho mi nombre, sino el de un señor que no puede ponerse en pie apoyándose con las muletas. Voy a levantarme para ayudarlo, pero antes tengo que soltar el mp4 y la libreta, y un chaval se me adelanta. Me gustan mucho las personas amables, la gente que enseguida ofrece su ayuda desinteresadamente, por cortesía, aunque no sea necesaria.

Con los médicos me pasa lo mismo: quiero que al menos sean amables. Casi siempre he tenido suerte. Otras, muy pocas, no puedo dejar de preguntarme si el sarcástico doctor House se parece a los médicos de verdad o son algunos médicos los que pretenden imitarlo. El que me llama esta mañana por mis dos apellidos, Pérez Domínguez, obviando mi nombre de pila, como muchos lectores, tiene buenos modales. Me pregunta qué me pasa, se lo cuento, y le explico que nunca me han hecho una resonancia magnética, que estar allí dentro me resulta tan raro como pisar el suelo de Marte. Y tiene algo de viaje a otro planeta, supongo, embutirte un rato en un aparato que parece una cápsula espacial, sin moverte, mientras un motor no deja de zumbar. El lunes o el martes tengo que recoger los resultados. Me quedan unas cuantas semanas de médicos, a ver si al final tengo que operarme del hombro o habrá alguna solución menos traumática.

Cuando salgo de la clínica, un negro que vende pañuelos en un semáforo se mueve con mucha energía al ritmo de una canción que él mismo interpreta, seguro que para espantar el frío que está haciendo en Sevilla. Termina el repertorio gritando varias veces el nombre de un ex jugador africano del Real Madrid. Me echo a reír y, antes de coger una bicicleta, enciendo el móvil.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

lunes 22 de noviembre de 2010

Sábado

Siempre me han llamado la atención los jubilados que cada mañana se siguen levantando tan temprano con la misma energía que si tuvieran que lidiar con el ajetreo de la vida laboral. Me pasa lo mismo con la gente que, cuando viaja, acostumbra a hacerlo por un motivo relacionado con su trabajo, como si así pudieran eludir alguna clase de sentimiento de culpabilidad inconfesable al alejarse de su rutina. Pero yo ahora de lunes a viernes me paso el día entre libros, entre los que escribo y los que leo, y muy pocas veces de las que he salido al extranjero durante los últimos años no ha sido para documentarme sobre alguna novela en la que esté trabajando o he podido resistirme a utilizar las ciudades que he visitado como escenario donde suceden las historias que me invento.

Always be closing, les sermonea Blake, el personaje que interpreta Alec Baldwin, a los arrinconados vendedores en Glengarry Glenn Ross. Always be closing. Siempre estar vendiendo.

Todo es trabajo, parece. El sábado, desde muy temprano, pese a que se barrunta tormenta, mi único objetivo es acercarme a la Feria del Libro Antiguo, en la plaza Nueva de Sevilla. Tres noches antes, la niebla era tan densa que el puente de Triana se antojaba el Tower bridge, y el otro día, al llegar a la plaza Nueva, ya tengo los pantalones mojados hasta las rodillas.

Me gusta eschar un vistazo siempre a los puestos de libros viejos, y aunque voy dispuesto a gastar la mañana curioseando en las casetas, no resulta cómodo coger los libros, abrirlos con cuidado, preparándote para recibir ese olor a canela de las páginas usadas mil veces mientras sujetas el paraguas y regateas el chaparrón. Veo algunos libros que me interesan para la novela que estoy escribiendo, o para alguna otra que quizá escribiré en el futuro, pero en lugar de llevármelos, memorizo los títulos para volver otro día, a ser posible entre semana y sin lluvia.

A mi lado una mujer joven pide el beneplácito a su pareja para comprar una novela histórica que solo cuesta un euro. Él asiente, pero ella tampoco parece muy segura. Si cuestan tan baratos será por algo, dice. No estaría mal explicarle que los libros tienen una vida tan corta que muy pocos se libran de la guillotina o de criar polvo en los almacenes dos o tres años después de su publicación. Es una de las cosas que más cuesta aceptar en este oficio, y lo mejor es asumirlo cuanto antes y no lamentarse. Pero nadie me ha dado vela en ese entierro, y no acostumbro a ponerme a hablar con quien no conozco, así que sigo mi camino.

Detrás de un mostrador hay un librero sentado con la cabeza medio escondida, como si ya estuviera muy cansado a pesar de que la jornada no ha hecho más que empezar. Veo algo en la pared que me interesa. En la mayoría de las casetas se puede pasar para curiosear en las estanterías, pero yo siempre prefiero pedir permiso antes de entrar. Cuando se lo pregunto, el hombre asiente levemente con la cabeza, con tanta desgana que no acabo de estar seguro de poder hacerlo. Me pregunto también si le pasa algo, si ha tenido algún problema durante la noche y ahora no le queda más remedio que atender a los clientes encorvado de mala manera sobre los libros. Entro, procurando no fijarme en él, por pudor, y echo un vistazo a lo que me interesa. Enseguida percibo un olor dulzón, inconfundible, y no puedo evitar una sonrisa. Esta maldita imaginación muchas veces me juega malas pasadas: el librero me ha dejado entrar a regañadientes porque se está fumando un canuto.

Fuera, la lluvia arrecia, y yo tengo los calcetines empapados.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

miércoles 17 de noviembre de 2010

Gregorio León

Solo nos hemos visto tres o cuatro veces, pero Gregorio León es uno de los pocos amigos que tengo en la charca de pirañas que muchas veces se me antoja el gremio de los escritores. La primera vez que hablé con él fue hace casi tres años, cuando se acababa de publicar El factor Einstein y me llamó para hacerme una entrevista. Unos meses después coincidimos en Sevilla y se acercó a la mesa a saludarme, la noche que Félix J. Palma, otro de los viejos colegas de este oficio, ganó el Ateneo por El mapa del tiempo. Soy Gregorio León, me dijo. No sé si te acordarás de mí. Claro que me acordaba. Cuando uno escucha la voz de Gregorio León se imagina que un mago lo acarició con su varita, porque es de esos periodistas que fuera de un estudio de radio te dan envidia porque siempre son capaces de modular cada sílaba como si tuvieran el micrófono delante.

Pero me acordaba también porque Gregorio, además de retransmitir partidos de fútbol, hace unas entrevistas estupendas a los escritores en Onda Regional de Murcia, y sabe muy bien lo que se hace cuando de libros se trata. Como no podía ser de otra manera, las pocas veces que nos hemos visto ha sido por asuntos literarios, incluso una mañana de enero coincidimos los dos curioseando en los puestos de libros de saldo de la Cuesta de Moyano, en Madrid; y el año pasado ejerció amablamente de anfitrión cuando estuve con Óscar Oliveira en Murcia presentando El violinista de Mauthausen.

Gregorio, además de periodista, es un escritor notable que escribe novelas casi a la misma velocidad como gana premios. El otro día hablamos un rato por teléfono, y le contaba que me daba mucha alegría ver su última novela, El último secreto de Frida K., muy bien colocada en las mesas de novedades de las librerías. Me dijo Gregorio que está funcionando estupendamente, y también sé que tiene otra novela inédita. En un gremio donde la envidia, el chismorreo malintencionado o la puñalada trapera tan española y de toda la vida son muy habituales, uno se alegra de que a la buena gente, a los tipos discretos y sencillos como Gregorio, le vayan bien las cosas.

Y aunque solo nos hemos visto tres o cuatro veces, últimamente es como si conviviera con él (en sentido figurado, claro, porque a los dos nos gustan las mujeres, a él todavía más que a mí, estoy seguro...), porque en la novela que estoy escribiendo ejerce de secundario de lujo. Hace varios meses le pregunté si no le importaba que le pusiera su nombre a un personaje de mi nueva novela. Gregorio León respondió que sí, que encantado, y lo he metido en una trama donde creo que se va a sentir muy a gusto: no me ha costado imaginármelo en el Madrid de 1950, con esa pinta de chulillo de buen corazón que tiene, empeñado en resolver un asunto imposible entre espías, recorriendo locales de alterne y jugándose el tipo por una buena causa. En mi novela, además, igual que en la vida real, es un periodista deportivo. Del Real Madrid hasta los huesos, aquella temporada, la 1949 – 1950, anda un poco mosqueado porque la liga no se la llevó su equipo, sino el Atleti. Quién sabe. Lo mismo esta temporada, la 2010 – 2011, se lleva una alegría.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

lunes 15 de noviembre de 2010

Que levante la mano el que no pague impuestos

El fin de semana termina, y el lunes por la mañana uno ha de reconocer, con un poco de vergüenza incluso, que ya tenía ganas. Por suerte, a veces pasa eso cuando escribes, que estás deseando volver a la tarea pendiente, porque es tu obligación y porque te gusta, pero también porque sumergirte en un mundo inventado tiene muchas ventajas, sobre todo, estar durante unas cuantas de horas cada día tan concentrado en tu trabajo que a veces es como si el universo entero, el de verdad, dejara de existir. El mundo real es más complicado. Anoche, precisamente, tuve una conversación muy interesante sobre este asunto. Escribir también sirve para eso, decía yo, para ordenar un poco el caos de la vida.

Lo malo es que muy temprano, mientras desayuno, acostumbro a poner la radio, y hoy me entero de que Puigcercós, el político catalán, ha soltado la gracia de que en Andalucía no paga impuestos ni Dios. Ignoro el motivo por el que algunos políticos catalanes no pueden evitar hablar mal de Andalucía, y está visto que la majadería no entiende de colores. Monserrat Nebrera ya se retrató hace tiempo, pero ya hablé de ella entonces, en la radio y en el blog. Puigcercós, por el contrario, sin ahondar en sus ideas, que, para ser sincero, me resbalan bastante -las suyas y las de casi todos los políticos-, siempre me había parecido un tipo sensato, agradable de escuchar, del que podías aprender algo cuando lo veías en la tele. Pero bueno, está claro que lo mejor es no admirar mucho a nadie, porque tarde o temprano se te cae el mito.

Ponerme a rebatir un argumento tan risible como el que Puigcercós nos ha dedicado a los andaluces sería perder el tiempo. El mío, y el de los que se asoman por aquí, pero aunque el amor a la tierra no me quita el sueño y nunca he tenido reparos en criticar lo que no me gusta de Andalucía -de hecho, se me ocurren unos cuantos sitos donde creo que podría vivir y ser muy feliz fuera de Andalucía-, sí me molesta la prepotencia que asoma cuando uno escarba un poco en comentarios de gente como Montserrat Nebrera o Joan Puigcercós. Yo soy andaluz, y de pueblo, y no me ha ido mal en la vida. Padecer algún estúpido complejo por ello sería mucho más triste que las declaraciones desafortunadas de este señor. No creo que me hubiera ido mejor por ser catalán, madrileño, vasco, gallego o asturiano, y en todos estos lugares tengo buenos amigos. Pero está claro que imbéciles que no saben mirar más allá de su boina, o de su barretina, los hay en todos sitios.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

jueves 11 de noviembre de 2010

De manuscritos y apocalipsis

Asombra e inquieta al mismo tiempo que los demás sepan tantas cosas de ti. Por la mañana, cuando ya llevo un rato trabajando, suena el teléfono y alguien me pide si puedo entrar en directo en un programa de radio en el que van a hablar de la gente que aún escribe a mano, y por un momento me pregunto si no me estaré haciendo más viejo de lo que soy capaz de darme cuenta. Ayer, los chavales de un instituto al que fui a dar una charla me trataban respetuosamente de usted a pesar de que todos los días he de hacer un esfuerzo para recordarme que hace ya muchos años que dejé atrás la adolescencia, y hoy parece que soy uno de los pocos escritores que aún utilizan pluma y cuaderno para el primer borrador de sus novelas.

Uno escribe libros y cuenta cosas sobre su vida en el blog, pero nunca es consciente de cuánta gente hay al otro lado: lectores que se llevan a la cama tus novelas y luego las dejan en la mesita de noche después de doblar el pico de una página cuando los vence el sueño, o personas que se asoman a esta bitácora virtual aunque no se entretengan en dejar constancia de su visita con un comentario.

Por lo visto se ha hecho público el estudio de una universidad norteamericana que dice que al escribir a mano se pueden expresar mejor las ideas, pero durante unos pocos minutos de charla agradable en directo explico que suelo escribir a mano el primer borrador de mis libros, y que la única razón es que me gusta el contacto de la pluma con el papel. Luego paso al ordenador lo que he escrito, y en los sucesivos borradores ya sólo utilizo el ordenador. Aunque, matizo, para los textos cortos, como un artículo, prefiero utilizar el teclado directamente.

Sin embargo, me pregunta alguien desde el estudio de radio, a pesar de escribir a mano mantienes un blog bastante activo. Por supuesto, respondo. Lo cortés no quita lo valiente. Que me guste escribir a mano no significa que esté en contra de las nuevas tecnologías. Todo lo contrario.

Hay una pregunta que, como una enfermedad contagiosa, se suele repetir desde hace meses cada vez que alguien me entrevista: ¿qué opinas de los libros electrónicos? No creo que nadie pueda saber qué pasará con estos cacharros, pero supongo que convivirán de una manera más o menos civilizada con los libros de toda la vida. De hecho, El violinista de Mauthausen sale estos días a la venta en formato digital. La verdad es que a mí me gusta más leer en papel, pero cada uno tiene sus preferencias. También prefiero usar los libros y las enciclopedias de toda la vida para consultar algún dato antes de pasarme horas organizando toda la información a la que se puede acceder en Internet con solo pulsar un botón.

Pero sí me preocupa mucho más la piratería. Ayer, en un periódico alguien se mostraba muy pesimista respecto al futuro del libro. La ventas han caído hasta niveles inquietantes, decía; las devoluciones crecen de manera alarmante, y la sombra de la piratería amenaza a los libros igual que a la música y a las películas. No sé hasta qué punto llegarán a resultar acertadas estas predicciones apocalípticas, pero, quién sabe, con esta maldita costumbre que tenemos del todo gratis, a lo mejor llega un momento en que más de un escritor empiece a plantearse si tantas horas de esfuerzo merecen la pena. Uno escribe por vocación, sobre todo, les decía ayer a los chavales de Aracena, pero solo con la vocación y el amor al arte, que yo sepa, no se puede llenar el carrito del supermercado.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

miércoles 10 de noviembre de 2010

Aracena

Acostumbrado a sentarme delante de la mesa de mi despacho cada día, no dejo de sentirme un poco raro al salir de mi casa esta mañana y conducir más de cien kilómetros para hablar durante una hora a un grupo de estudiantes, porque, cuando he cogido velocidad de crucero en la escritura de una novela, me da mucha pereza abandonar mi trabajo para cumplir con algún compromiso, y a duras penas consigo dominar el sentimiento de culpabilidad cuando me alejo de mi despacho y de mis cuadernos. Pero el trabajo de un escritor no se reduce a inventar historias, sino a salir a contarlas a la prensa o a los lectores durante la promoción, o acudir a donde te llamen para hablar de libros. Cuando yo tenía quince o dieciséis años nunca vino un escritor a clase para hablarnos de su oficio, por eso me parece muy importante que los chavales se den cuenta de que los que firmamos novelas somos tipos normales, de carne y hueso. Por algún prejuicio estúpido, a veces uno va a un instituto convencido de que la tarea no resultará sencilla, que siempre es mejor un club de lectura o un centro de adultos, donde, normalmente, la gente se muestra muy interesada en escuchar lo que tenga que decirles un escritor.

Se disfruta el camino hasta Aracena por el verde inagotable del campo, los toros pastando apaciblemente en las fincas junto a la carretera, y la evidencia del otoño en el estallido de color de las hojas de los árboles; la muestra de que no hay que irse muy lejos para encontrar un sitio donde las cuatro estaciones del año están marcadas en lugar de las dos únicas que suelen alternarse en Sevilla: el invierno y el verano. Apenas son cien kilómetros, pero baja uno del coche en Aracena y enseguida el aire se le antoja más limpio y más frío, como si faltase muy poco ya para la Navidad. No sé si por las tiendas de souvenirs, las pastelerías tan conocidas, la Gruta de las Maravillas o el castillo medieval, pero Aracena siempre se me antoja mucho más grande de lo que en realidad es. Y es cierto que, contra lo que pueda parecer, el interés de las personas por la cultura muchas veces es inversamente proporcional al tamaño del lugar donde habitan.

Antes de empezar la charla le digo a Isabel, la profesora del instituto San Blas, que con los chavales nunca sabe uno cómo van a salir estas cosas, pero me dice que han preparado preguntas, que a la mayoría les gusta la lectura, y que al final me sorprenderán. Y tiene razón. Apenas he terminado de hablar empiezan a levantar la mano, muy educados, interesándose por cuestiones relevantes del oficio de escritor. Incluso un par de ellos quieren saber cuánto se gana o qué porcentaje nos llevamos los autores de las ventas de nuestros libros. Si alguno quiere ser escritor, trato de explicarles, mi recomendación es que no piense en ganar dinero, hacerse famoso o salir en la tele. Ganar dinero, hacerse famoso, salir en la tele, incluso que las mujeres guapas hagan cola para que le firmes un libro, es el resultado de mucho trabajo, y muy pocas veces sucede. En este oficio la vocación y la constancia son las únicas cosas que al final importan.

Al final del acto firmo unos cuantos libros. Se han agotado los ejemplares de El violinista de Mauthausen en Aracena, me cuentan. Muchos lo habían encargado, y como no tienen la novela les escribo las dedicatorias en sus cuadernos, para que puedan pegarlas cuando lleguen los libros. También le dedico uno a Isabel, la profesora, y otro a una alumna que está en el hospital y no ha podido venir. Luego me hago una foto con ellos y les prometo ponerla en el blog.

Y uno siempre ha sido un hombre de palabra.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

sábado 6 de noviembre de 2010

¿Holganza?

No puedo evitar cuando llega el fin de semana acordarme de que durante muchos años he tenido que trabajar los sábados por la mañana, y a menudo los domingos, en otros menesteres que nada tienen que ver con la Literatura, de cuánto echaba de menos las tardes del viernes de mi infancia, el mejor momento de la semana, con la única perspectiva de no tener nada más que hacer hasta el lunes que montarme en la bicicleta, ver alguna película en la tele si no era de dos rombos o leer los tebeos que mi padre me traía puntualmente cada viernes.

Ahora, que aunque hago otras muchas cosas mi principal ocupación es la Literatura, a no ser que tenga algún trabajo pendiente o un encargo ineludible, lo que sucede más veces de las que me gustaría, procuro no escribir los fines de semana, recobrar aquella sensación perdida de felicidad, hace tantos años, pensar en el viernes por la tarde, el sábado y el domingo como los momentos perfectos para dedicarlos a la holganza más absoluta. Creo que a bastantes lectores puede resultar extraño, incluso decepcionante, que el trabajo de un escritor sea más parecido al de un oficinista aburrido que al de un cazador valiente que se adentra en la selva africana con un rifle para cazar elefantes. Que aunque en tu novela sucedan aventuras, tragedias o romances, a menudo has escrito esos pasajes abrigado junto a una estufa o enfundado en tu pijama, y que cuando has apagado el ordenador la mayoría de las veces has tenido que ir a la compra, al banco, a la oficina de Correos, llevar el coche al taller o hacer cola en el supermercado, como la mayoría de la gente.

No sé qué harán otros escritores, pero yo necesito acogerme a una rutina bastante estricta para que mi vida personal y el oficio de escritor no se conviertan en un caos. Escribir, con las características propias o la parte de arte que le queramos adjudicar, al final no es más que un oficio, un trabajo al que hay que echarle unas cuantas horas cada día hasta que al final acabe saliéndote algo digno, si es que sale. Yo procuro escribir por las mañanas y un poco por la tarde también, de lunes a viernes. Y desde el viernes por la tarde me obligo a hacer otras cosas que no tengan mucho que ver con lo literario. Entonces, se preguntarán ustedes, qué hago colgando esta entrada en mi blog un sábado. Será que no puedo dejar de escribir, de contarme cosas a mí mismo y a la vez contárselas a los demás.

De niño, un profesor acostumbraba a decirnos en el colegio que se descansaba cambiando de tema. Cuando llevas muchos meses arremangado con una novela resulta bastante liberador poder escribir un texto a vuelapluma, una reflexión en la que no haya diálogos ni personajes o la urgencia de una trama que aún tardará mucho en resolverse. Tres décadas después, recuerdo las palabras de aquel cura de los Maristas como una verdad inmutable, una premonición exacta que el tiempo ha terminado demostrándome.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

miércoles 3 de noviembre de 2010

Los ojos de Belén Rueda

Llegamos pronto, porque una de las manías de las que no tengo intención de desprenderme cuando voy a cine es acomodarme en la última fila, cerca del pasillo, antes de que se apaguen las luces, ver los tráilers y los anuncios que, aunque a veces sean los mismos, no se disfrutan igual que en la tele.

Cruzar la puerta del Cervantes, en Sevilla, siempre es un momento agradable. Con tanta multisala enlatada, procuro ver siempre las películas en este viejo teatro con palco, lámpara majestuosa en el techo, gruesas cortinas rojas y un leve olor a humedad, a cuarto que ha estado cerrado demasiado tiempo. Resulta demasiado desconsolador sentarse en una sala tan grande sólo junto a cinco o seis personas, pero el cine Cervantes se mantiene en el centro de Sevilla, irreductible, orgulloso, el útimo de una especie, como el Alameda multicines o el Avenida, que se ha ido extinguiendo sin que nadie haya sido capaz de levantar la voz lo suficiente para conservarlos. No sé si la gente joven que hoy va al cine en Sevilla ha llegado a conocer las butacas tan cómodas del Bécquer, en la Macarena; el viejo Regina, muy cerca de donde ahora se levanta ese paisaje que recuerda a Terminator de las setas de la Encarnación; o el Fantasio, en Triana, donde vi Parque Jurásico hace diecisiete años; las tres salas del Cristina, donde recuerdo haber visto La caja de música, de Costa Gavras o Pretty woman; o el viejo Pathé, donde vi con mi hernana, fascinado, en una de esas reposiciones que también desaparecieron para siempre, El Padrino, a finales del verano de 1983, cuando acababa de cumplir catorce años.

Son muchos más: el Florida, el Corona, el olvidado Astoria, el Rialto, pero en el Cervantes recuerdo haber pasado muchos de los mejores ratos como cinéfilo en los últimos veinte años: Bailando con lobos, La lista de Schindler, La vida es bella, El paciente inglés, Los chicos del coro y, no hace mucho, la fabulosa Origen. No sé si serán buenas películas o no, pero a mí me hicieron muy feliz mientras las veía. Me gusta tanto este cine que casi siempre, al mirar la cartelera, busco qué ponen en el Cervantes antes de decidir lo que voy a ver. Ayer ya se habían terminado las colas del fin de semana, los miles de espectadores que se ha echado al zurrón Los ojos de Julia desde que se estrenó el viernes pasado.

Dos décadas atrás no me entusiasmaba Belén Rueda. Eran los primeros tiempos de las televisiones privadas, y aunque no podía negar que tenía encanto, ella no era de las mujeres que más me gustaban. Creo que no empezó a interesarme hasta los últimos episodios de Periodistas, cuando se dejó el pelo largo, me parece, y se disputaba con Esther Arroyo el amor de Ginés García Millán, un tipo con suerte donde los haya, por cierto. En Los Serrano no resultaba difícil entender el drama del bueno de Antonio Resines, que no dejaba de preguntarse todo el tiempo qué estaba haciendo una mujer como ella con un tipo como él.

Por si todo esto fuera poco, Belén Rueda además es buena actriz. Anoche disfruté mucho viendo Los ojos de Julia, y en algunos momentos pasé miedo, lo que no es mala cosa en la sala oscura de un cine. ¿Que en algunos momentos se parece demasiado a Psicosis y está llena de tópicos facilones? Pues sí. ¿Que bastantes de las cosas que suceden son increíbles? Pues también. ¿Que a lo mejor viéndola otra vez no me gustaría tanto? Es posible. Pero es que me da mucha pereza ponerle pegas a las películas que me hacen pasar buenos ratos. Eso, mejor que lo hagan otros.

Al poco de empezar la película tuvimos que cambiarnos de sitio porque una de las luces de emergencia se encendía y se apagaba. Me pregunto ahora si además del sonido envolvente, ese parpadeo caprichoso no sería otro de los recursos de la sala para hacer la película más creíble, para que diese más miedo.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010

lunes 1 de noviembre de 2010

¿Truco o trato?

Noviembre empieza con un sol maravilloso en el sur de España a pesar de que la noche del sábado el viento soplaba tan fuerte que por la mañana se veían algunas ramas rotas en las aceras. A mediodía de una fiesta de Todos los Santos en la que nunca visito los cementerios se podía uno sentar en la terraza y casi tomar el sol como si todavía fuera verano, pero la luz y el calor ahora no son tan agobiantes como hace dos meses, cuando ni siquiera podía pensar en salir a la terraza en las horas centrales del día si no era embadurnado de crema protectora y con un sombrero de paja.

Veo en la televisión que la gente sigue acudiendo a los cementerios cada uno de noviembre. Me agrada ver que las tradiciones se mantienen, aunque yo sólo visite los cementerios cuando recalo en alguna ciudad extranjera con la misma curiosidad que cruzo la puerta de un museo o me cuelo en la quietud penumbrosa de una iglesia.

Hoy es día de fiesta pero he estado toda la mañana y buena parte de la tarde trabajando. Siempre me digo que la próxima novela la escribiré sin prisas, sin ponerme yo mismo una fecha límite, pero cuando he pasado el ecuador me doy cuenta de que soy incapaz de parar. Creo que me quedan tres o cuatro meses para terminarla, y aunque disfruto con el ritmo tranquilo pero sin pausa de mi escritura, sé que si no la termino cuando calculo me sentiré un poco decepcionado. Muy bien puede resultar extraño, incluso inconveniente, que alguien que trabaje por su cuenta se imponga la obligación de una fecha, el agobio innecesario de acabar un libro que nadie te ha encargado y que nunca se sabe con certeza si alguien al final querrá leer, pero la disciplina es muy importante en este oficio, más importante que casi todo lo demás quizá.

Antes de que nadie hablase del cambio climático, en el sur los mayores tenían la costumbre de inaugurar el brasero el día de Todos los Santos. Me acordé anoche, porque, a pesar del sol que recuerda el verano tardío, cuando oscureció el aire olía a invierno, a humo de chimenea y a barro húmedo del campo. Unos chiquillos con disfraces de Halloween llamaron al timbre y me dijeron eso que he escuchado tantas veces en las películas norteamericanas, truco o trato, y no supe qué responder. Les di unas monedas, y luego me pregunté si a lo mejor ellos esperaban unos caramelos. Mientras los veía llamar a otra puerta me acordé de la escena con la que termina uno de los últimos episodios de la tercera temporada de la espléndida Mad men: un hombre mira a Don y a Betty después de abrir la puerta de su casa en Halloween. ¿Y ustedes?, les pregunta. ¿Quiénes son ustedes?

La vida se mezcla con la ficción, con lo que uno lee, con lo que sueña o lo que ve en las películas o en las series de televisión que le gustan. No es imposible que la locura incurable de Alonso Quijano también empezase con los mismos síntomas.

© Andrés Pérez Domínguez, noviembre de 2010