No deja de apoderarse de mí cierta vergüenza inconfesable cada vez que tengo que manejar la situación. Llega un momento en que alguien, mientras rellena un formulario con tus datos, después de los apellidos, el nombre y la fecha de nacimiento, te pregunta mecánicamente, sin levantar los ojos del papel, cuál es tu profesión, y en cuanto piensas “ahí voy” y respondes que eres escritor, te das cuenta de que el bolígrafo se detiene un instante, como si la tinta se hubiera atascado; o que la persona al otro lado de la mesa frunce el ceño levemente. Le adivinas el pensamiento: a ver, me ha dicho que se llama Pérez Domínguez. ¿Pérez Domínguez? ¿Debería sonarme? 
Creo que hay gente que piensa equivocadamente que los escritores somos tan conocidos que no podemos ir por la calle sin que la gente nos señale con el dedo o se dé codazos cuando no la estamos viendo, pero nunca, o casi nunca, es así. Y, ya que estamos, me parece muy bien que sea así... Por regla general, en el mundo real, salvo contadas excepciones, la cara de un escritor es tan anónima como la de cualquiera que camine por la calle. Yo, a pesar de los años y los libros escritos y publicados, no he conseguido despojarme del todo de la costumbre de contestar otra cosa cuando me preguntan mi profesión. A veces, cuando he tenido que responder a esta pregunta tan corriente y tan trivial, he dicho que era periodista, lo que no era verdad, porque jamás he pisado la facultad de periodismo, pero como durante mucho tiempo he colaborado en algunos medios de comunicación, la respuesta me parecía menos engorrosa y lo suficientemente válida para que lo siguiente no fuera enumerar alguno de mis libros hasta que a quien me preguntaba le sonase algún título.
Estos días, de una consulta de médico a otra por mi lesión en el hombro, me he visto varias veces en la misma situación, que ha terminado por hacerme gracia, de contar mi profesión a una persona que rellena un formulario. Las reacciones son diversas, desde quien se disculpa por no conocerte, como si eso no fuera lo más lógico, hasta quien escribe tu nombre y se queda mirándote, como si te dijera: sabía que eras tú.
Hace justo un año, viajando en el AVE camino de Córdoba, llevaba un ejemplar de El violinista de Mauthausen en el que estaba anotando con un lápiz algunas erratas que quería que se corrigiesen. En un momento dado, la mujer que estaba enfrente de mí me preguntó por la novela, si me gustaba. A ella le habían hablado muy bien del libro, me explicó, y me contó que lo tenía en su casa, pendiente de leer. Yo creo que es una buena novela, le dije, en voz baja, cuando el tren llegaba a Córdoba. Pero no puedo ser objetivo porque la he escrito yo. Nada más decirla pensé que quizá la última frase podía habérmela ahorrado, supongo que porque siempre he sido muy pudoroso y muy reservado. Y esta forma de proceder tiene más que ver con la manera de ser de cada uno que con la profesión que ha escogido.
Pudor y reservas aparte, quizá no pueda negar que padezco alguna rara enfermedad o complejo, como me dijo una vez que nos pasa a la mayoría de los escritores, y escribió en su blog, mi amigo Rafael, de La Casa del Libro de Sevilla: los escritores, cuando entramos en una librería casi nunca somos capaces de ver nuestros libros. Recuerdo que Rafael se reía entonces, cuando le preguntaba si ya no tenía ejemplares de El síndrome de Mowgli, y me lo enseñaba muy bien colocado, a la altura de los ojos, en una de las paredes de la tienda. 
Y ahora que El violinista de Mauthausen está otra vez en la brecha gracias a la nueva edición, con fotos y más páginas, no puedo evitar sentir cierto apuro, porque los libreros me conocen, y algunos, como Rafael, son amigos, y no me gustaría que pensaran que uno entra en su comercio a controlar los ejemplares de mis novelas que aún quedan sin vender. Es verdad que un escritor, aunque vaya para otra cosa ―y creedme, la mayoría de las veces entra en una librería para otra cosa―, no puede evitar mirar, aunque sea con el rabillo del ojo, cómo están colocadas sus propias obras en una librería.
La otra tarde entré en una librería, a perderme un rato entre las novedades, leer las primeras frases de las novelas ―una de mis manías―, comprar algún libro para que haga cola entre los muchos que tengo pendientes de leer. Pero al cabo de unos minutos, supongo que sin darme cuenta, maquinalmente, me puse a buscar y no encontré El violinista de Mauthausen sino en las manos de una mujer que hacía cola en la caja para llevárselo. Quienes me conocen, ya lo he dicho alguna vez por aquí, saben que nunca pregunto a nadie si le ha gustado un libro mío, pero que si alguien quiere decirme algo estaré encantado de atenderlo, de dedicárselo, lo que haga falta. A lo mejor debería haberme acercado a esa lectora, preguntarle si quería llevarse el libro con una dedicatoria, pero uno siempre ha procurado molestar lo menos posible y le ha gustado ver sin ser visto, observar el mundo desde una distancia saludable, conque solo pude clavar la barbilla en el pecho, como si hubiera cometido un delito, y marcharme discretamente de la librería.
La semana que viene estaré firmando ejemplares un par de días en Sevilla. Estaré encantado de atender a todo el que quiera acercarse para llevarse un libro dedicado. Ojalá que esa lectora que compró mi novela el otro día se asome al blog de vez en cuando.
© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010