Para manejarse por este blog y no perderse

Por aquí dejaré cualquier cosa que la vida me traiga y me parezca interesante compartir. Si alguien que se asome quiere información sobre mis libros, en la columna de la izquierda puede pinchar en las etiquetas de cada título. Si quiere acceder directamente a los vídeos (entrevistas en televisión, alguna curiosidad), o a las entrevistas en la radio, solo tiene que mirar en la columna de la derecha. Bienvenidos.

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viernes 31 de diciembre de 2010

Nochevieja

Nunca me gustó la Nochevieja, pero no porque yo sea de esos que se ponen nostálgicos el 31 de diciembre, sino porque, a pesar de que la Navidad me agrada bastante, la fiesta de esta noche siempre me ha resultado incómoda, muy cansada, como si uno tuviera que pasárselo bien por narices -por imperativo genital, como decía un viejo amigo- entre matasuegras y canciones pasadas de moda.

A pesar de ello he claudicado y he ido dos veces a un cotillón, hace muchos años, con tal mal recuerdo como hastío, con el único resultado positivo de un cuento que sucede el día de Nochevieja, que Félix J. Palma, a quien todavía no conocía, y su hermano (supongo que Juan Carlos, al que no conozco personalmente pero tengo enlazado en el blog) me publicaron en un suplemento cultural que dirigían, hace catorce años.

Qué queréis que os diga. No me gustan las uvas, y en una fiesta de Nochevieja uno no puede evitar la sensación de estar haciendo el ridículo mientras los demás picotean nerviosos en la copa para que no se pasen los cuartos. Así que prefiero pasarla con la familia, como si fuera una noche cualquiera, brindar por el año nuevo y desear lo mejor para todos, como ahora mientras tecleo esta entrada: lo mejor para mi familia, para mis amigos, para la gente que se asoma por esta bitácora y deja un comentario o se marcha sin hacer ruido. Que vuestros propósitos y vuestros deseos se hagan realidad, que estéis contentos.

Yo no pido demasiado al año que entrará luego: que los míos estén bien. Todo lo demás resulta accesorio.

Feliz 2011 a todos. De corazón.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010

lunes 27 de diciembre de 2010

Los tomates de Bardem

En Navidad suelo tomarme el trabajo con un poco de calma. Unas semivacaciones para intentar recuperar algo de estas fiestas cuando era un niño. Procuro no escribir mucho, y leer bastante, sobre todo cosas que no tengan nada que ver con el libro en el que esté trabajando. No siempre lo cumplo, pero al menos lo intento.

Por casualidad me topé el otro día con un artículo del actor Javier Bardem en El País, en el que se quejaba de la piratería en Internet, y ponía el ejemplo de que si los tomates pudieran duplicarse con un ordenador y con solo pulsar un botón mágico uno pudiera descargárselos, nadie acudiría al mercado a comprar tomates. A mí me pareció un ejemplo muy acertado, y después de poner el enlace del artículo en Facebook y en Twitter empezó un debate interesante sobre estos derechos tan confusos de los creadores y de los usuarios que desean acceder gratis a todo lo que está en la Red. Como el blog me permite todo el espacio que quiera, voy a dejar clara mi postura, por si le interesa a alguien.

Migue, un amigo al que conozco desde hace años, argumentaba que si los tomates pudieran descargarse de un ordenador se acabaría el hambre en el mundo. Yo decía que no, porque los tomates no los fabrica el ordenador, sino un agricultor que los planta, los riega, los cuida y los mima, y el ordenador solo los copia. Por tanto, si con un solo tomate fabricado por él, pueden reproducirse millones, difícilmente el agricultor podrá seguir plantándolos y regándolos, porque para comer necesita obtener un beneficio de su trabajo, como cualquiera. Alguno decía que el beneficio de la industria de la música o del cine, incluso de los libros, es muchas veces exagerado, y que si bajaran los precios seguro que no habría tanta piratería. Yo no estoy tan seguro de eso, quiero decir de que el beneficio sea exagerado (con toda la subjetividad que tiene este argumento), o de que con unos precios más bajos se acabaría con la piratería. Creo que cuando la gente se acostumbra a conseguir las cosas gratis difícilmente se podrá cambiar su manera de obtenerlas. Además, este razonamiento de un precio desorbitado, a mi juicio, encierra una trampa mayor: justificar el robo. Porque llevarse algo por la cara sin el consentimiento de su dueño legítimo es robar, no nos engañemos. Y que un Ferrari sea caro, explicaba yo, sin mucha esperanza de que alguien me comprendiese, no me da derecho a entrar en un concesionario y llevarme el coche por la patilla. Simplemente, en lugar de gastarme mi dinero en esa marca me lo gasto en otra más asequible, o en ninguna, pero de ningún modo se me ocurre robarlo. De igual manera que si J.K. Rowling se ha podido comprar un castillo gracias a las ganancias millonarias de sus libros, eso no legitima a nadie para robar en Internet las novelas de Harry Potter. Qué curioso, y qué triste, que esta forma de apropiarse de lo ajeno esté bien vista por una gran parte de la sociedad.

Y es que, cuando Javier Bardem o un actor rico y famoso habla de la piratería enseguida hay quien salta porque es millonario. ¿Y qué? En realidad, cuanto más famoso sea uno, a más gente podrá llegar el mensaje que quiere transmitir. Y seguro que las palabras de Javier Bardem tendrán mucho más eco que las mías. Además, no nos engañemos: el cine no es la alfombra roja, sino los técnicos, los guionistas, los maquilladores, los productores que arriesgan su dinero. ¿Que hay subvenciones? Pues sí. Pero también las hay para la industria del automóvil y para los bancos, y seguro que para muchos más sectores, con unas cifras estratosféricas si las comparamos con las subvenciones a las películas. Además, eso daría para otro debate, y no es de lo que quiero hablar.

A mí, el caso que me toca más cerca es el de los libros, claro. Algunos me dicen que, gracias a Internet, mucha gente puede publicar sin tener que pasar por el filtro de una editorial, y que así la Literatura se ha democratizado. Vayamos por partes: que cualquiera que escriba una novela pueda publicarla en Internet no significa, y lo digo con todo el respeto, que merezca la pena ser leída. No digo que no se pueda pescar en la Red alguna obra que valga la pena, pero yo, antes de pasarme meses navegando en Internet hasta encontrar la obra maestra de un escritor inédito, prefiero pagar lo que cueste una novela publicada por una editorial en la que confíe porque sé que tendré muchas menos posibilidades de sentirme defraudado.

Esto no quita para que, el que quiera, pueda colgar sus novelas, poemas, canciones o películas en Internet para que cualquiera pueda disfrutarlas. Faltaría más. Pero de una forma voluntaria, y aquí es donde creo que está la madre del cordero, porque debe ser el autor el que decida libremente si quiere que su obra esté en Internet. Es tan simple que ni siquiera debería explicarse: nadie, con el argumento cínico de “compartir” debería poder colgar una obra mía en Internet sin mi consentimiento. Sin el modelo original no existiría ninguna copia, y se trata de mi trabajo, de mi esfuerzo, de mis desvelos, de mi vida, vaya, y solo yo debo ser quien decida cómo se puede comprar, o si la quiero regalar, si llega el caso. Y con el apellido Sinde o como se llame en el futuro, me gustaría que hubiera una ley que protegiera mi derecho (un derecho incuestionable, diría yo) a explotar el fruto de mi trabajo como me plazca, igual que cualquiera.

En fin. Ya he dejado clara mi postura. Y todos los creadores creo que deberían hacerlo. No vaya a ser que al final se nos puedan aplicar esos versos tan famosos de Bertold Bretch, y que, cuando vengan por nosotros, ya no quede nadie para protestar.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010

domingo 19 de diciembre de 2010

Lectores

La tarde de ayer estaba desapacible en Sevilla. Los últimos días ha hecho mucho frío y por la mañana las nubes han descargado con tanta fuerza que supongo que ni el más valiente se habrá atrevido a salir a la calle. No pienso que vayan a venir muchos lectores, pero yo tengo que firmar en La Casa del Libro. Dejo el coche muy lejos y me voy dando un paseo hasta el centro. Hace mucho que no entro con el coche en ese laberinto de atascos y conductores impacientes a los que parece que se les ha quedado la mano pegada al claxon, y menos ahora con este rompecabezas desquiciado en que se ha convertido el casco antiguo, donde te puedes meter por una calle, y si no sales por la que te corresponde, es como si te hubieras quedado allí para siempre. Pero este galimatías no viene al caso ahora.

Llego puntual, y después de una caminata tan larga tengo calor y me sobra el abrigo. En las firmas de El violinista de Mauthausen siempre hay alguien de la editorial, un detalle que no es necesario, pero siempre de agradecer. Me acompaña Juan, uno de los comerciales de Anaya; el domingo por la mañana estaré en Tomares con Jesús. Además, me gusta hablar con los comerciales de las editoriales porque te cuentan una parte del negocio de los libros que a menudo se nos pasa por alto a los escritores: la lucha diaria, muchas veces desigual, para conseguir que los títulos de sus autores lleguen a las mesas de novedades, la dificultad de salir adelante en un negocio tan complejo como este.

Y es saludable, ya lo he dicho alguna vez, que un escritor deje su despacho y se acerque a los lectores. Que la gente vea que somos personas tan normales o tan raras como las demás, tan simpáticos o tan antipáticos. Antes no era así, pero ahora, con las redes sociales, resulta bastante sencillo ponerte en contacto con un escritor, contarle que te ha gustado una obra suya o llamarle la atención sobre algo que no te convence. Y yo, en la medida de mis posibibilidades (uno no dispone de todo el tiempo que le gustaría), intento contestar siempre, aunque sea de una forma muy breve. Por eso me gusta cuando en una firma alguien se te acerca y te dice su nombre, con la complicidad de quien sigue tus avatares en Facebook, en Twitter, o en este blog. Ayer pasé un rato agradable con Rocío y con María Jesús, que fueron hasta La Casa del Libro con un Violinista cada una para que les estampase una firma, y luego me las encontré cuando estaba cenando en un bar.

Hay unos cuantos escritores, no sé, pongamos seis o siete, de los que he leído todos los libros que han publicado y siempre estoy pendiente cada vez que sacan uno, porque me gusta cómo escriben, me interesa su obra o me siento identificado con su manera de ver el mundo. O, simplemente, porque sí, vaya, que tampoco se trata de justificarse. Y aunque haya lectores que compren todos tus libros, y además los lean, nunca dejará de llamarme la atención que a mí también pueda pasarme algo parecido. Uno no tiene más remedio que sentirse muy agradecido, y contarlo públicamente, cuando Sara, otra lectora que me conoce de Facebook, se presentó ayer en La Casa del Libro con un bolso en el que llevaba todos mis libros que se han publicado en editoriales comerciales. Hola, soy Sara, me dijo, y luego abrió un bolso grande y sacó El violinista de Mauthausen, El síndrome de Mowgli, El factor Einstein, El centro de la Tierra y La clave Pinner. Creo que solo por llevar al Violinista y a Einstein durante un rato se convalidarían unas cuantas horas de gimnasio, y Sara, aparte de haberse leído todos mis libros, venía cargando con ellos desde muy lejos.

Los lectores siempre nos lo agradecen, pero a mí me gusta pensar que somos los escritores los que debemos dar las gracias a los lectores. En un trabajo tan complicado y a veces tan frustrante como es la escritura, nunca me he sentido mejor pagado que cuando alguien me ha dicho que ha disfrutado leyendo un libro mío.

Y Sara se merece esta entrada.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010

sábado 18 de diciembre de 2010

El hombre que pudo reinar

Cómo pasa el tiempo. La otra noche, zapeando, un documental nocturno me recordó que hace treinta y cinco años, nada menos, que se estrenó El hombre que pudo reinar, una de mis películas favoritas. Y además, gracias a esos caminos extraños por donde circula la memoria, para mí es muy especial. Yo no sé si la vi en 1975, pero recuerdo que era muy pequeño, y que fui con mi hermana. No soy capaz de acordarme si nos acompañaba alguien mayor, puesto que mi hermana no tendría ni diez años. Eran otros tiempos, claro. Yo era tan pequeño que no se me quedó nada de la película, salvo un detalle. No sé si con cinco o seis años me enteré de que los dos personajes principales eran Daniel Dravot y Peachy Carnehan, dos aventureros británicos empeñados en conquistar un reino y hacerse ricos, ni que los actores con los que iba a pasar tan buenos ratos en el futuro eran Sean Connery y Michael Caine. Pero, por alguna razón inexplicable, durante años me perseguía la imagen de uno de los dos personajes, enfrentándose a la muerte con la dignidad de los héroes o los valientes que se lo han jugado todo a una carta en pos de la gloria y han perdido la partida, entonando a pleno pulmón, y sin perder la compostura, una canción en un puente colgante que estaban a punto de derribar a machetazos.

Qué curiosa es la memoria. Recuerdo como si fuera ayer la primera vez que vi El hombre que pudo reinar aunque para el crío que fui era como si la película se redujese al momento en que Sean Connery empezaba a cantar en el puente mientras Michael Caine lo secundaba desde el borde del barranco, pero no soy capaz de ubicar la segunda vez que vi esta película, muchos años después, y moví la cabeza, seguro que sí, sonriendo al recuperar por sorpresa aquella imagen del pasado, como un eco devuelto cuando ya hace mucho que dejaste de esperarlo después de haberle gritado al desfiladero.

He visto esta película unas cuantas veces, con el mismo disfrute siempre: Kipling, Huston, Sean Connery, Michael Caine, Christopher Plummer. Es difícil que de un cóctel con estos ingredientes no resulte una obra maestra. Es una película de aventuras de las de siempre, sin efectos digitales, con escenas memorables, personajes de los que se quedan contigo para siempre y un lúcido mensaje soterrado para el que quiera encontrarlo. No pido mucho más. Son las historias que me gustan, en el cine y en los libros; historias donde pasan cosas y me emociono y luego no puedo olvidarme de ellas. Así de simple y así de claro.

Llueve, hace frío y falta poco para la Navidad. Me apetece buscar el dvd y sentarme a ver otra vez El hombre que pudo reinar, disfrutar, como cuando tenía seis años. ¿Hay quien dé más?

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010

lunes 13 de diciembre de 2010

Firmas en Sevilla y Tomares

Por si alguien está interesado, el próximo sábado 18 de diciembre estaré firmando ejemplares de El violinista de Mauthausen y cualquier otro libro que se tercie en La Casa del Libro de Sevilla, de 18,30 a 20,30; y el domingo 19, en la feria del libro de Tomares, de 12,00 a 13,00, en la caseta de la librería Reguera.
Pues eso, el que quiera, ya sabe dónde encontrarme.


sábado 11 de diciembre de 2010

De profesión, escritor

No deja de apoderarse de mí cierta vergüenza inconfesable cada vez que tengo que manejar la situación. Llega un momento en que alguien, mientras rellena un formulario con tus datos, después de los apellidos, el nombre y la fecha de nacimiento, te pregunta mecánicamente, sin levantar los ojos del papel, cuál es tu profesión, y en cuanto piensas “ahí voy” y respondes que eres escritor, te das cuenta de que el bolígrafo se detiene un instante, como si la tinta se hubiera atascado; o que la persona al otro lado de la mesa frunce el ceño levemente. Le adivinas el pensamiento: a ver, me ha dicho que se llama Pérez Domínguez. ¿Pérez Domínguez? ¿Debería sonarme?

Creo que hay gente que piensa equivocadamente que los escritores somos tan conocidos que no podemos ir por la calle sin que la gente nos señale con el dedo o se dé codazos cuando no la estamos viendo, pero nunca, o casi nunca, es así. Y, ya que estamos, me parece muy bien que sea así... Por regla general, en el mundo real, salvo contadas excepciones, la cara de un escritor es tan anónima como la de cualquiera que camine por la calle. Yo, a pesar de los años y los libros escritos y publicados, no he conseguido despojarme del todo de la costumbre de contestar otra cosa cuando me preguntan mi profesión. A veces, cuando he tenido que responder a esta pregunta tan corriente y tan trivial, he dicho que era periodista, lo que no era verdad, porque jamás he pisado la facultad de periodismo, pero como durante mucho tiempo he colaborado en algunos medios de comunicación, la respuesta me parecía menos engorrosa y lo suficientemente válida para que lo siguiente no fuera enumerar alguno de mis libros hasta que a quien me preguntaba le sonase algún título.

Estos días, de una consulta de médico a otra por mi lesión en el hombro, me he visto varias veces en la misma situación, que ha terminado por hacerme gracia, de contar mi profesión a una persona que rellena un formulario. Las reacciones son diversas, desde quien se disculpa por no conocerte, como si eso no fuera lo más lógico, hasta quien escribe tu nombre y se queda mirándote, como si te dijera: sabía que eras tú.

Hace justo un año, viajando en el AVE camino de Córdoba, llevaba un ejemplar de El violinista de Mauthausen en el que estaba anotando con un lápiz algunas erratas que quería que se corrigiesen. En un momento dado, la mujer que estaba enfrente de mí me preguntó por la novela, si me gustaba. A ella le habían hablado muy bien del libro, me explicó, y me contó que lo tenía en su casa, pendiente de leer. Yo creo que es una buena novela, le dije, en voz baja, cuando el tren llegaba a Córdoba. Pero no puedo ser objetivo porque la he escrito yo. Nada más decirla pensé que quizá la última frase podía habérmela ahorrado, supongo que porque siempre he sido muy pudoroso y muy reservado. Y esta forma de proceder tiene más que ver con la manera de ser de cada uno que con la profesión que ha escogido.

Pudor y reservas aparte, quizá no pueda negar que padezco alguna rara enfermedad o complejo, como me dijo una vez que nos pasa a la mayoría de los escritores, y escribió en su blog, mi amigo Rafael, de La Casa del Libro de Sevilla: los escritores, cuando entramos en una librería casi nunca somos capaces de ver nuestros libros. Recuerdo que Rafael se reía entonces, cuando le preguntaba si ya no tenía ejemplares de El síndrome de Mowgli, y me lo enseñaba muy bien colocado, a la altura de los ojos, en una de las paredes de la tienda.

Y ahora que El violinista de Mauthausen está otra vez en la brecha gracias a la nueva edición, con fotos y más páginas, no puedo evitar sentir cierto apuro, porque los libreros me conocen, y algunos, como Rafael, son amigos, y no me gustaría que pensaran que uno entra en su comercio a controlar los ejemplares de mis novelas que aún quedan sin vender. Es verdad que un escritor, aunque vaya para otra cosa ―y creedme, la mayoría de las veces entra en una librería para otra cosa―, no puede evitar mirar, aunque sea con el rabillo del ojo, cómo están colocadas sus propias obras en una librería.

La otra tarde entré en una librería, a perderme un rato entre las novedades, leer las primeras frases de las novelas ―una de mis manías―, comprar algún libro para que haga cola entre los muchos que tengo pendientes de leer. Pero al cabo de unos minutos, supongo que sin darme cuenta, maquinalmente, me puse a buscar y no encontré El violinista de Mauthausen sino en las manos de una mujer que hacía cola en la caja para llevárselo. Quienes me conocen, ya lo he dicho alguna vez por aquí, saben que nunca pregunto a nadie si le ha gustado un libro mío, pero que si alguien quiere decirme algo estaré encantado de atenderlo, de dedicárselo, lo que haga falta. A lo mejor debería haberme acercado a esa lectora, preguntarle si quería llevarse el libro con una dedicatoria, pero uno siempre ha procurado molestar lo menos posible y le ha gustado ver sin ser visto, observar el mundo desde una distancia saludable, conque solo pude clavar la barbilla en el pecho, como si hubiera cometido un delito, y marcharme discretamente de la librería.

La semana que viene estaré firmando ejemplares un par de días en Sevilla. Estaré encantado de atender a todo el que quiera acercarse para llevarse un libro dedicado. Ojalá que esa lectora que compró mi novela el otro día se asome al blog de vez en cuando.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010

martes 7 de diciembre de 2010

De lobos y hombres

Llueve tanto en el sur de España que algunos ríos se han desbordado. Antes de la hora de comer a veces está tan oscuro que parece que se ha hecho de noche de pronto, como si en lugar de a un tiro de piedra de África estuviésemos cerca del círculo polar. Sin embargo la temperatura, que tanto había bajado los últimos días, por culpa de las nubes ha subido hasta rondar los veinte grados, y uno sale a la calle preparado para no pasar frío porque está muy cerca el invierno y enseguida se da cuenta de que la ropa de abrigo empieza a sobrar, y te metes en un bar y al poco tiempo te gustaría que estuviera conectado el aire acondicionado.

Abrigado más de la cuenta dejo el coche lejos del cine, como siempre, para dar un largo paseo. La ciudad se antoja vacía salvo por unos cuantos grupos de franceses con los que me cruzo. Me pregunto si no les habrá pillado el conflicto de los controladores al llegar a España, y me da un poco de pena al verlos en la ciudad en un puente con tanta agua. La lluvia me gusta, pero siempre acaba resultando un poco incómoda, y conducir es mucho más peligroso. Prefiero los días de invierno en los que hace mucho frío pero luce el sol.

Muy cerca del cine, un chaval cruza un semáforo en rojo sin preocuparse de que en ese momento estén pasando los coches, y no se le ocurre otra cosa que insultar a un conductor que tiene la prudencia de hacer sonar el claxon para no atropellarlo. Le enseña la punta del paraguas, amenazándolo. Marica, le increpa, varias veces. Nunca seré capaz de entender cómo alguien puede tener la desvergüenza de no agachar la cabeza o acaso pedir disculpas cuando sabe que ha metido la pata y que el otro tiene razón. Pasa al volante, demasiadas veces, y después de tantos años conduciendo nunca termino de acostumbrarme.

Entre lobos no la ponían en mi cine favorito, pero yo, que tanto he hablado de Mowgli y de los lobos de la manada de Seonee, tenía interés en ver esta película. Lo pasé bien, y en algunos momentos me sorprendió. Resulta agradable y novedoso ver un paisaje español en una película de aventuras como ésta, y por el rato que aparece Sancho Gracia creo que merece la pena pagar la entrada. Supongo que es inevitable acabar preguntándote cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en lo que has visto. Al final, unas letras sobreimpresionadas en la pantalla te explican que Marcos Pantoja, el hombre que vivió entre lobos, dice que los momentos más auténticos de toda su existencia sucedieron cuando vivía con los animales.

Muchas veces miro a mi alrededor y estoy convencido de que lleva razón.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010

domingo 5 de diciembre de 2010

Viejas revistas

La mañana de hoy se ha presentado lluviosa y hace frío, así que me dedico a mirar en los baúles para buscar revistas viejas. De vez en cuando me gusta repasar las que tengo, ordenarlas, volverlas a colocar en algún sitio donde seguramente quedarán olvidadas hasta la próxima vez que dedique un rato a revolver la cantidad de papeles que hay en mi despacho, que a veces tengo la sensación de que se reproducen a escondidas o se cambian de sitio para volverme loco.

Creo que son ya veintinueve tomos, uno por año, los que tengo de la revista Muy interesante. Yo tenía doce años y andaba en séptimo de EGB cuando mi padre me regaló la suscripción a la revista. De los muchos tebeos y revistas que se han ido quedando olvidados en alguna mudanza desde entonces, por alguna extraña y feliz razón, la colección de Muy interesante me ha acompañado siempre. Veintinueve tomos es como una enciclopedia, una clase magistral y amena de ciencia, historia, curiosidades y tecnología. Tan útil resulta que más de una vez he mirado los índices anuales para investigar algún tema sobre el que estaba escribiendo. Estos días en los que intento poner mi despacho en orden siempre encuentro algún ejemplar de la inconfundible revista roja todavía envuelto en el plástico del correo, y rara vez no termino sentándome a leerla, encontrando algún tema que me llame la atención y del que quiero saber más.

Hasta ayer por la tarde yo pensaba que mis tomos encuadernados de casi treinta años de Muy interesante eran como para dar envidia a cualquier aficionado al coleccionismo, pero mi amigo Patricio me hizo poner los pies en el suelo al enseñarme los ejemplares del Reader´s Digest y de National Geographic que habían pertenecido a su abuelo. Del Reader´s Digest yo también conservo algunos, pero de los primeros ochenta. Los que me enseña Patricio ayer son más antiguos. Pero me entusiasman los ejemplares de National Geographic de finales de los cincuenta: en inglés, a doble columna, sin mácula, como si acabasen de salir de la imprenta; las páginas gruesas, su peso, igual, o incluso mayor, que la mayoría de los libros que se publican hoy. Qué curioso ver las fotos, los anuncios de la época, que parecen pergeñados por los hombres de Don Drapper (ya me lo había dicho Patricio, que también se ha enganchado a Mad men); los reportajes, tan extensos; los mapas, las ilustraciones que Guillermo, el hijo de mi amigo, no podía dejar de señalar, sentado a mi lado, cada vez que pasaba una página. Un reportaje sobre la fundación de Jamestown, en Virginia, en 1607, con el capitán Smith y la india Pocahontas; otro sobre la explosión turística de las islas Baleares; un montón de páginas espléndidas sobre los colonos del Mayflower.

Este, el número 5 de The National Geographic Magazine, de mayo de 1957, es especial, me explica Patricio. ¿Ves? Tiene cuatro páginas repetidas, un error de imprenta, y por eso es un ejemplar único, mucho más valioso. Lo cuento porque Patricio me regaló la revista, y ahora mismo la tengo en mi mesa, y la miro casi sin atreverme a tocarla, como quien no quiere estropear un tesoro.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010

viernes 3 de diciembre de 2010

El chantaje de los controladores

Yo soy de los que procura no viajar en avión si no tiene más remedio y si, pongamos el caso, tengo que ir desde Sevilla a Oviedo, prefiero pasarme seis o siete horas metido en un tren, levantándome tranquilamente cuando me dé la gana para ir a la cafetería, estirar las piernas o mirar el paisaje correr al otro lado de la ventana. Estoy convencido de que, para desplazarte sin salir de España, en avión no se ahorra tanto tiempo: que si dos horas antes tienes que estar en el aeropuerto, que si retrasos, que si la conexión de un vuelo te falla y cuando llegas con la lengua fuera a la puerta de la T4 después de haberte dejado los ojos buscando el número en las pantallas, una empleada del aeropuerto que no sabe lo que es una sonrisa te dice que no corras, que el comandante tiene prisa por llegar a su casa a cenar y, aunque sabe que acaba de aterrizar el avión que viene de Santiago con dos pasajeros que tienen billete para Sevilla, no ha podido esperar dos minutos.

Lo dicho, que prefiero el tren, que aunque tampoco es perfecto, al menos tiene la ventaja de que la mayoría de las veces no has de estar mirando a alguien que no fue al colegio el día que enseñaron amabilidad como si fuera a perdonarte la vida. Estoy harto de aviones, lo confieso, de esperas en aeropuertos, de colas que nunca se acaban y de malos modales. Sobre todo eso, de malos modales.

Y qué curioso: el mismo día que me entero en el telediario de que en las familias del 40% de los parados en España nadie tiene trabajo, a los controladores aéreos les haya dado por montar este golpe de estado. Tampoco creo que a ellos les importe. No sé cuál es la media de sueldo de un controlador aéreo, y escribo de memoria, pero creo que ronda los 200.000 euros al año. No está mal, la verdad, en un país donde, literalmente, nos estamos yendo cuesta abajo y sin frenos. Bastante vergonzoso resulta que todo un gremio disfrute de unos sueldos indecentes mientras mucha gente tiene que hacer malabares para cuadrar las cuentas, como para que además se permita la chulería de chantajearnos a todos. Tal vez convendría que a los controladores, en lugar de mirarse el ombligo y contar sus ahorros, alguien les diera un paseo por las calles, como al avaro Scrooge, que mirasen las tiendas, los locales vacíos, los carteles tristes que anuncian saldos, la gente que hunde las manos en los contenedores de basura buscando comida, a ver si de dan cuenta de lo difícil que está la vida.

© Andrés Pérez Domínguez, diciembre de 2010