Anuncios navideños
Igual que los petardos insoportables y los árboles de Navidad de los chinos, abundan estos días los cascarrabias nostálgicos de Scrooge que abominan de las fiestas, del buenismo hipócrita y la felicidad irreal o sospechosamente forzada de los últimos días de diciembre. Sin embargo, a mí me gusta la Navidad. Casi siempre, y aunque moleste a los aguafiestas, saca lo mejor de nosotros durante unos días. La vida ya es bastante jodida y hay demasiados hijos de puta sueltos por ahí como para no alegrarse de tener una tregua. No soy de lágrima fácil, pero una de las cosas que más me gustan de la Navidad son los anuncios. No tiene nada de extraordinario porque los anuncios me gustan en cualquier época del año. Pero, sí, los anuncios navideños tienen algo especial. Desde los turrones El almendro hasta ese de hace dos o tres años, creo, en el que un padre aprovechaba para escuchar un “te quiero” de labios de su hijo gracias a una película; o el año pasado, el de la niña cubana que le regalaba...