El problema de otro

El viernes por la noche hace frío, pero me gusta. Me acuerdo de cuando era niño y en casa siempre estaba encendida la chimenea en invierno y el viernes era el mejor día de la semana, cuando todavía no me había convertido en un adolescente al que le gustaba salir los fines de semana o que muchas veces lo haría por costumbre o porque lo animaran algunos amigos que nunca entendían que más de una noche me apeteciera quedarme en casa. Puede que por esto me guste recobrar la felicidad infantil de los viernes, la perspectiva todavía inabarcable del fin de semana que acabaría con tristeza el domingo por la noche. Creo que en esa melancolía inevitable de domingo por la noche nos pareceremos siempre los adultos y los niños.

La noche del viernes pasado es angustiosa porque tengo que ir a la sala de urgencias de un hospital, y aunque sepas o esperas que no sea nada no puedes evitar la preocupación mientras conduces, buscando el camino más corto, evitando los semáforos y saltándote alguna señal de tráfico para no tardar. Aparcas cerca del hospital y piensas que no es nada mientras paseas mecánicamente en la sala de espera de urgencias, que huele muy raro, como si estuviera recién pintada, y no sabes si el celador se fija en ti porque te conoce o si está mirando sin verte, como si no fueras más que una de las sillas vacías. Esperas convencido o deseando que no sea nada, pero no puedes evitar distraer la mente con lo primero que tienes a mano: cuántas sillas hay en la sala de espera, cuántos interruptores o aparatos de aire acondicionado. Luego entran varias personas: una pareja con un bebé, una madre con su hijo adolescente, y una mujer joven llorando que le cuenta al recepcionista que un perro la ha atacado en la calle. Le dice que ha ido al cuartel de la guardia civil para denunciarlo pero que le han dicho que eso es asunto de la policía local. Cuando va a sentarse la veo cojear, pero me pregunto si llora por el dolor de una dentellada o por esa rabia que produce la impotencia de pedir ayuda y saber que quien te escucha lo único que desea es que te conviertas en el problema de otro.

Por fin sale de la consulta del médico la persona a quien espero, y me tranquiliza, me dice que no es nada. Yo también respiro, con gran alivio, pero el fin de semana ya no volverá a ser tranquilo: la mañana del domingo descubro que un gamberro me ha robado la bicicleta. Solucionarlo es tan fácil como comprar una nueva, pero me digo que ya no será lo mismo. Me pongo a recordar los miles de kilómetros que había sumado pedalada a pedalada en el contador que tenía en el manillar, en cuántos buenos ratos he pasado recorriendo caminos, con el agua en la mochila y las herramientas para arreglar los pinchazos tan frecuentes en el campo.

Sé que no va a servir de mucho, pero lo mejor es poner una denuncia. Tengo suerte. Los policías son muy amables, me atienden bien, incluso uno de ellos es lector mío, me cuenta; pero mientras los buscaba no podía dejar de preguntarme si no me iba a encontrar con alguien cuyo único deseo fuera que me convirtiese en el problema de otro.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

Comentarios

  1. Que bien delineada la circunstancia del problema del otro, Andrés. Porque es eso, así como lo dices. Cuando nos convertimos en el problema de otro nos gusta que nos atiendan. Y a veces nos molesta que otro se convierta en nuestro problema, o nos pilla bien y se lo resolvemos, que somos humanos y como tales erramos. Siento lo de la bici. Pero, bueno, así tienes la oportunidad de cambiar. Un abrazo.

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  2. Espero no sea nada al que acompañastes y deseo que encuentres la bicicleta, a mi yerno hace pocos dias también se la robaron y todavia no ha aparecido.

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  3. Hola,espero que encuentren tu bicicleta ,(si aparece es un milagro)y que la persona que llevaste este bien,en urgencias,si no pasaste la noche entera tuviste suerte.nosotros estuvimos un sabado desde las dos de la tarde hasta las diez de la noche.un saludo

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  4. Gracias por vuestros comentarios.

    Abrazos para todos,

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