Festín de libros

A la mayoría de las personas con las que me relaciono habitualmente les encanta el calor, el buen tiempo, con ese ritual que a mí nunca me ha gustado de visitar las playas multitudinarias en verano. Sin embargo yo prefiero el frío, y disfruto más de los paseos los días con luz y temperaturas bajas en el sur que de esas tardes interminables de verano, cuando parece que nunca se apagará el sol y lo único que me apetece es encerrarme en una habitación con aire acondicionado.

Dos días antes de la noche de Reyes hace frío, y por la tarde doy un paseo hasta el centro, pero enseguida me doy cuenta de que todo el mundo ha decidido hacer lo mismo y a la misma hora que yo. Por algunas calles es imposible dar dos pasos seguidos sin chocarte con nadie. Entro en El Corte Inglés y me sorprende ver, como cada año por estas fechas, y a pesar de la crisis, una máquina expendedora de números en el departamento de joyería y a docenas de personas haciendo cola. Colas por todos sitios, igual que las he visto esta mañana en una pastelería donde venden el roscón de Reyes. Quiero echar un vistazo en La Casa del Libro, pero nada más entrar y saludar a Rafael ya estoy en la calle otra vez porque en la tienda hay tanta gente que es imposible asomarte a las mesas para echar un vistazo. Con todo, me alegra ver El violinista de Mauthausen, como los irreductibles galos de la aldea de Astérix, todavía colocado en un lugar preferente catorce meses después de que saliera a la venta la primera edición.

Me apetece echar un vistazo a las novedades. Ya lo sabéis quienes os asomáis por aquí: abrir los libros, leer la primera frase, sujetarlos para sentir su peso. A mí me gusta que los libros pesen: desconfío de los libros gruesos que al cogerlos resultan tan ligeros como si fueran de bolsillo. Tengo que irme lejos del centro, caminar otra vez durante un rato, para entrar en una librería donde no tenga que abrirme paso a codazos con los demás clientes.

Nunca he sido una persona dada a los vicios, pero cuando entro en una librería soy capaz de entender la tentación de quien entra en una tienda de ropa o de joyas y sale con la tarjeta de crédito en números rojos. La mesa de novedades de una librería es uno de los sitios donde siento que el tiempo se detiene, donde no me gusta que nadie me esté esperando ni me pida que me dé prisa; igual que el olor en la puerta de una panadería o en una pastelería cuando llega la hora de comer.

Me interesan muchos de los libros que encuentro. Demasiados. Tantos que necesitaría un saco para llevármelos todos. Novelas que me apetece leer y ensayos que me serán útiles para los libros que tal vez escriba en el futuro. Detrás de cada libro que veo se me ocurre una historia, como si de pronto empezase a estar rodeado de gente que no existe; un hilo del que tirar, el esbozo de una nueva novela o un relato que guardaré en mi cabeza, como un tesoro o apuntaré en mi cuaderno más tarde.

Tengo demasiados libros, varios miles, pero no puedo resistirme a llevarme alguno. Supongo que habrá escritores que disfrutan documentándose buceando en Internet, pero yo soy de los que prefiere sumergirse en los libros, sentarme con un lápiz y una libreta, como si estuviese estudiando. Y, bien mirado, para mí escribir una novela es como volver a estudiar, cada nuevo libro que empiezo es como hacer un máster; y tan estimulante como inventarme las vidas de otros me resulta investigar, aprender cosas de las que apenas sabía nada antes de empezar a trabajar. Es de las mejores cosas que te llevas de este oficio tan raro, estoy convencido: antes de escribir La clave Pinner me zampé unas cuantas biografías de espías que operaron en los años treinta y cuarenta. Artemio Corona, mi personaje favorito de esa novela, no hubiera sido posible sin un libro fantástico sobre el tráfico de armas durante la guerra civil española que cayó en mis manos, por casualidad, mientras curioseaba en una librería. Para escribir El síndrome de Mowgli me metí entre pecho y espalda todo el reglamento del boxeo profesional. Luego en la novela apenas hay golpes, como decía en una reseña Francisco Núñez Roldán, pero yo necesito saber cómo se siente un personaje, qué come, por dónde se mueve o cómo respira. En la novela apenas se ve la punta del iceberg, pero para una persona de letras fue un placer intentar comprender tantos conceptos importantes y útiles sobre Física que descubrí al preparar El factor Einstein; y para El violinista de Mauthausen leí todos los libros que encontré con testimonios de supervivientes del Holocausto. Es una tarea tan agotadora como fascinante y enriquecedora. Ya digo, quizá la parte que más me gusta de este trabajo, la más provechosa, diría.

Para la novela en la que trabajo ahora estoy leyendo algunos libros que compré hace siete u ocho años, con la vaga impresión de que me podrían ser útiles en el futuro. La experiencia me dice que cuando pasa el tiempo no resulta fácil encontrar la mayoría de los libros que se publican: es la tiranía del mercado literario. De momento me llevo un libro que necesito ahora sobre la posguerra en Austria. El de las fotografías de Robert Capa, el de Albert Einstein, ese tan curioso sobre las legiones romanas, el de las batallas medievales, el de los superhéroes, el de la caída de la bolsa en 1929 o la biografía de esa escritora que me gusta mucho tendrán que esperar.

Tengo tantos libros que no viviré para leerlos todos.

Se me ocurren tantas historias que me moriré sin poder haber escrito ni una sola línea de la mayoría.

© Andrés Pérez Domínguez, enero de 2011

Comentarios

  1. No puedo evitar sentirme identificado. A veces tengo envidia de los guionistas de cómics americanos, que llevan cuatro colecciones a la vez y sacan tomos unitarios cada cierto tiempo. Esos sí que pueden expresar todo lo que tienen dentro al momento, sin dejar morir ideas o reciclarla en otras novelas...

    Suerte con esa documentación!

    C.

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  2. Te pasa lo mismo que a mí, Andrés, que las librerías me pierden. Yo, por contra, prefiero el verano, me aburre estrepitosamente el invierno. Te dejo de regalo la primera frase de mi libro:
    -¡Por el amor de Dios, ayudadme! ¡No sé quién soy ni tampoco sé dónde estoy!

    que por cierto, ha llegado hoy a mis manos. Un abrazo.

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  3. Hola ,vaya hay más gente como yo que se queda horas mirando libros,no puedo evitarlo,( los amigos tiran de mi cuando paso delante de una libreria y puesto de libros )asi que me alegra que ver que hay más como yo.Un saludo ¿ como va tu hombro?

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  4. Hoy los Reyes me han regalado tu violinista. ¿Eres consciente de los muchos zapatos en los que habrá amanecido envuelto esta mañana?

    Enhorabuena.

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  5. Hoy los Reyes me han regalado tu violinista. ¿Eres consciente de los muchos zapatos en los que habrá amanecido envuelto esta mañana?

    Enhorabuena.

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  6. Hola Andrés,Cuando voy a una librería ,me encantan mirar los libros,y si hay uno que me me llama la atención lo llevo.
    Me gustan las obras literarias,los libros de psicología infantil y libros antiguos. Espero leer tus novelas que han alcanzado gran éxito.
    Un abrazo.

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  7. Como tantas veces, he leído en tu blog lo que me pasa a mi misma. Gracias por describírmelo y hacérmelo más claro. Un abrazo y buen año.

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  8. Hola Andrés, soy una no-lectora tuya hasta el lunes empiezo El violinista de Mauthausen y la primera dieta del año jejeje. Estaba leyendo lo que comentabas del frío, he pasado junto a mi hija y esposo las Navidades en Polonia, cerca de Lodz y llegamos a 20 grados bajo cero, esto es frío!!!! A mí me encanta el frío, adoro el invierno y los inviernos polacos y al pueblo polaco con su vodka, su bigos, sus sopitas de remolacha… ese vodka de 40º que te acaba quemando hasta los tacones por Dios! pero donde fueres haz lo que vieres ... En fin, Andrés, te deseo mucho éxito en tu vida y mucho tiempo libre para disfrutar de la lectura y leer, leer, leer… Saludos.

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  9. Los libros son también mi debilidad... Entre mis lecturas pendientes para este año está "El violinista de Mauthausen".
    Te sigo.
    Un saludo,

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  10. Gracias por vuestros comentarios.

    Paco, suerte con esa novela.

    Estafetakoa: espero que disfrutes con mi novela. Si los Reyes Magos la han dejado en muchos zapatos es una buena noticia...

    María: espero que te guste el libro.

    Carmen: lo mismo, que disfrutes con El violinista de Mauthausen

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