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Mostrando entradas de febrero, 2011

Sobreabundancia

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El otro día se me estropeó el ordenador portátil. Supongo que se paró, de puro agotamiento, como un caballo al que han llevado al galope durante demasiado tiempo. Los que entienden de informática me dijeron que no merecía la pena arreglarlo, así que me he pasado unas cuantas tardes recorriendo el departamento de electrónica de varios centros comerciales, o perdido en Internet mirando las diferentes características de cada modelo. Que haya tanta oferta es estupendo, sí, pero, qué quieren que les diga, como no sepas muy bien qué estás buscando es para volverse loco. Pero no pasa solo con los ordenadores. Pasa con todo. Hace unos meses, un librero me contaba que veinte años atrás su trabajo era mucho más sencillo, más cómodo. Para él y para los lectores, me decía. Se publicaban menos títulos, pero al menos cuando un cliente entraba en una librería no se mareaba, y lo que era más importante para él, el librero sabía lo que tenía. Ahora es imposible, se quejaba. Por muchas horas que le ech…

23 F

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Supongo que respecto al 23 F yo debo pertenecer a alguna generación perdida. Esto es, los que tenemos bastantes años para acordarnos de ese momento pero entonces no supimos qué significaba lo que estaba pasando. Recuerdo perfectamente aquel día, y también una tarde, pocas semanas antes, haciendo los deberes en mi casa y Adolfo Suárez en la tele anunciando su dimisión. Yo tenía once años el 23 de febrero de 1981, y algún compañero no fue a clase al día siguiente, pero lo que más nos llamaba la atención a los que sí fuimos era que por la noche habían puesto unas cuantas películas, para mantener entretenidos a los espectadores. Nunca supe si fue verdad o la exageración de algún compañero, pero esa fue la mayor noticia para mí, que me gustaban tanto las películas, y pensaba secretamente que si a los diputados los tenían otra noche más encerrados en el Congreso lo mismo podía aprovechar para una larga sesión nocturna de cine, si me dejaban. De aquel día no tengo recuerdos de miedo, ni siqu…

De vuelta de Barcelona

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He llegado de Barcelona cansado y satisfecho, pero por unos cuantos errores encadenados estuve a punto de no viajar. Cuando paso el control y estoy a punto de subir al AVE, desde la ventanilla me avisan y me dicen que me vuelva por donde he venido porque la fecha del billete es de justo hace un mes. Resulta que la agencia de viajes mandó a la institución que me había invitado los billetes, pero ninguno nos preocupamos de mirarlos, y se habían equivocado en la fecha. Lo único que puedo hacer es coger un taxi al el aeropuerto, jugármelo a una carta por si mientras tanto pueden reservarme una plaza en algún vuelo. Pocas cosas me agobian más que llegar con el tiempo justo a los sitios, tener que ir corriendo, como si te fuera la vida en ello, para coger un tren o un avión, y rara vez no llego con más de media hora de sobra. Incluso el año pasado, creo que lo conté por aquí, estuve durante un rato en la puerta de un aeropuerto hasta que abrieron.Pero a media mañana estoy sentado en un avió…

Egipto

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Termino la jornada con la alegría del viernes por la tarde. Estoy contento porque después de tantos meses solo me quedan siete u ocho semanas para terminar mi nueva novela, en bruto. Luego vendrán dos o tres meses más de trabajo, pero lo más difícil ya está a punto de terminar. Como siempre, escribo en silencio, aislado, sin estar conectado a Internet siquiera, y al encender la radio me entero de que Mubarak ha dimitido. Nadie sabe qué pasará ahora. Durante estas semanas he escuchado muchas veces en las tertulias radiofónicas a más de uno desempolvar el fantasma del integrismo como chantaje para mantener en el poder al dictador. No estoy seguro de quién ganará al final en esta revolución, si los moderados o los radicales, si la democracia o el fanatismo, pero hoy quiero creer que tantos días de protesta incansable en El Cairo han servido para algo, que los muertos no han sido en vano; que quizá, a pesar de lo que algunos sostienen con el colmillo retorcido, sea posible la esperanza si…

Madrid (y III: El museo del ferrrocarril)

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El martes es nuestro último día en Madrid, pero no tenemos el AVE hasta por la tarde. Todavía hay muchas cosas que tengo que ver, y quiero aprovechar la mañana. Lo primero es coger el metro hasta Delicias, para echar un vistazo al Museo del ferrocarril. Hay varias filas de vagones, locomotoras de vapor, y una sala con trenes eléctricos de juguete a los que, aunque ahora me gusta tanto el ferrocarril, nunca fui aficionado de niño y objetos curiosos que me servirán para amueblar unos cuantos capítulos de la novela que ando escribiendo. Tengo unas cuantas dudas, y no puedo resolverlas sólo mirando los vagones y las locomotoras. Hay varios grupos de niños visitando el museo, y quienes hacen de guía son unos hombres mayores, tal vez jubilados voluntarios que en su día trabajaron en RENFE. Cuando un grupo de estudiantes se marcha le digo a uno de estos guías que me gustaría hacerle unas preguntas. Le cuento que estoy escribiendo una novela, y le pido que me diga cuál era el vagón que utili…

Madrid (II, El club de la comedia)

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El museo de Historia de Madrid está cerrado por obras, y el del Ferrocarril no abre los lunes, pero no hay problema: dedico la mañana a recorrer los mismos lugares que los personajes de mi novela. Qué curioso, y qué extraño también, caminar por sitios donde tu imaginación ha transitado tanto durante los últimos meses: el Retiro, paseo del Prado, Lavapiés, Puerta del Sol, Gran Vía, y un club de alterne imaginario en una bocacalle de esta famosa avenida. Aunque las nubes se han ido y hoy luce una mañana luminosa y fría, la realidad se confunde con la ficción, y como en mi novela nieva sobre Madrid, a pesar del sol imagino el cielo gris oscuro, igual que la tarde del domingo, los copos de nieve, los tranvías, los abrigos y los sombreros de hace sesenta y un años, la gente que camina tan encorvada que apenas se le puede ver la cara, y un hombre al que buscan otros hombres que una vez fueron sus amigos...Subimos a la azotea del Círculo de Bellas Artes. Cómo pasa el tiempo. Pronto hará once…

Madrid (I)

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Salimos de viaje el domingo por la mañana, y aunque no es demasiado temprano la ciudad tiene ese aire desolado, como de película de ciencia ficción en la que los habitantes de la Tierra han desaparecido y solo quedamos unos pocos: el camarero del bar donde desayunamos, que también es un horno, y algún cliente que viene a comprar una barra de pan o a tomar café mientras pasa con lentitud dominical las páginas del periódico; y en la estación del AVE en Sevilla los pocos viajeros no parecen tener esa prisa tan molesta y contagiosa de quienes suben al tren entre semana.Ahora he traído el cuaderno y la pluma, por si acaso, pero también me he prometido que durante estos tres días no voy a escribir, solo tomar notas, hacer fotografías y pasearme por los lugares de Madrid donde se mueven mis personajes. Tengo que visitar unos cuantos sitios, lo demás será improvisado. Hasta hace no demasiados años no me entusiasmaba Madrid, lo confieso, pero poco a poco he aprendido a disfrutar de la ciudad, …