De vuelta de Barcelona

He llegado de Barcelona cansado y satisfecho, pero por unos cuantos errores encadenados estuve a punto de no viajar.

Cuando paso el control y estoy a punto de subir al AVE, desde la ventanilla me avisan y me dicen que me vuelva por donde he venido porque la fecha del billete es de justo hace un mes. Resulta que la agencia de viajes mandó a la institución que me había invitado los billetes, pero ninguno nos preocupamos de mirarlos, y se habían equivocado en la fecha. Lo único que puedo hacer es coger un taxi al el aeropuerto, jugármelo a una carta por si mientras tanto pueden reservarme una plaza en algún vuelo. Pocas cosas me agobian más que llegar con el tiempo justo a los sitios, tener que ir corriendo, como si te fuera la vida en ello, para coger un tren o un avión, y rara vez no llego con más de media hora de sobra. Incluso el año pasado, creo que lo conté por aquí, estuve durante un rato en la puerta de un aeropuerto hasta que abrieron.

Pero a media mañana estoy sentado en un avión rumbo a Barcelona. Prefería el AVE, la verdad. Es más cómodo, y cinco horas y media dan para mucho. He traído mis cuadernos para trabajar, pero en el avión es imposible. Demasiado estrecho, la pluma de la tinta se vuelve traviesa y a veces se escapa a chorros, y no siempre apunta al papel. La noche antes había visto en la tele que una cortina de nubes cubría España y Portugal enteritas. Menos mal que voy en AVE, me dije. Pues taza y media: antes de despegar el piloto dice que nos vamos a encontrar turbulencias. Y cuando un piloto advierte algo así es como cuando el dentista te dice que te va a doler un poco. O sea, que vamos a dar unos cuantos botes. De escribir, mejor olvidarse por hoy.

A pesar de los baches aéreos, llego a Barcelona de una pieza y por la tarde participo en una mesa redonda sobre Literatura y Holocausto. Ante un público formado por profesores de instituto, hablamos sobre ficción, realidad y otras muchas cosas; sobre lo que cada uno de los que participamos en el coloquio pensamos que es mejor para contar a los estudiantes lo que sucedió en los campos de exterminio. No está mal, pero yo no acabo de sentirme cómodo.

La ciudad, como siempre, espectacular. Decían en la tele estos días que en Barcelona no cabía un alfiler porque se estaba celebrando el Mobile World Congress, pero yo la veo tan bulliciosa y cosmopolita como siempre, igual que la primera vez que estuve, hace ya muchos años.

Cae la tarde y llueve sobre los tejados del Borne, y también lloverá al día siguiente. Pero el agua no me desanima a caminar, como me gusta hacer siempre que visito una ciudad y, a pesar de la manta de agua, por la mañana me pateo todo el Paseo de Gracia aprovechando que tengo una cita en la otra punta de Barcelona a mediodía. Me desvío un poco para entrar en Laie, una de las muchas librerías de la ciudad a las que vale la pena ir solo por ver el local y su cafetería; me quedo un momento mirando, como si no estuviera lloviendo, las fachadas de la casa Batlló y La Pedrera, que siempre se me antojaron como edificios donde los Hobbits se sentirían tan cómodos como si no hubieran salido de la Tierra Media, incluso muchos años antes de que Peter Jackson adaptase al cine la obra de Tolkien.

Es casi la hora de comer cuando vuelvo a patearme la ciudad en sentido contrario para acudir a otro encuentro. Me hubiera gustado saludar a unos cuantos amigos muy queridos de Barcelona, pero no me ha dado tiempo: por la tarde tengo que coger el AVE, y ya me han arreglado lo del billete.

Llego a Sevilla de noche, y en el autobús al que subo en la estación, una mujer joven asegura que por la tarde ha escuchado en Canal que han encontrado el cuerpo de Marta del Castillo. Lo afirma con tanta vehemencia que no parece haberse dado cuenta de que se ha debido de confundir con la otra niña, la de Huelva, Mari Luz Cortés. Tan convencida está que ni siquiera ha reparado en que aunque hubieran encontrado el cuerpo por la tarde, ni aún con el concurso de todo el equipo de CSI sería imposible tenerlo identificado a las nueve de la noche. Con gran alborozo, la joven recita uno por uno el nombre de todos los implicados en el asesinato de la joven sevillana, y ahora, puesto que ya no tienen escapatoria, celebra que los vayan a matar en la cárcel. Qué peligrosa es la ignorancia cuando se mezcla con la imaginación. Qué triste resulta a veces escuchar conversaciones que no te apetece. Saco el mp4, me coloco los auriculares y me pongo de pie aunque todavía faltan un par de paradas para bajarme. Es la única forma de no sentir que el autobús se ha convertido en el plató de Sálvame. Viendo el personal, no me extraña que estos programas que me repugnan tengan tanto éxito.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011

Comentarios

  1. Curiosas cuanto menos las vivencias en la barcelona cosmopolita y atractiva.

    Coincido con usted en el acertado comentario del autobús.

    Esperamos con ansia la próxima novela.

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  2. Nunca antes pensé en la comparación del piloto y el dentista.

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  3. Visita rayo, por lo que veo. Lástima, me hubiera gustado saludarte.
    Un abrazo.

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  4. Hola cada vez me gusta más leer tú blog,es interesante y las fotos que has puesto me gustan sobre todo la ultima,como no conozco Barcelona,(quizas es la manera de ver algo de la ciudad) gracias por las fotos tan bonitas. Saludos Andrés

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  5. Yo también perdí el AVE el viernes a Toledo. Presentaba mi novela horas después allí. La culpa fue mía que me equivoqué de hora. Al final, en taxi, menos mal que está cerca. Estas cosas pasan, Andrés. Un abrazo.

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  6. Andrés has hecho una reseña muy buena de tu viaje acidentado a nuestra ciudad, pero erdad que una vez zqauí valió la pena?. Barcelona es una maravilla o al menos eso es lo que pensamos todos los barceloneses.
    Me alegro que al final se solucionaran todos tus problemas y lo del dentista en muy bueno.

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  7. Gracias por vuestros comentarios.
    Abrazos para todos,

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