Madrid (I)

Salimos de viaje el domingo por la mañana, y aunque no es demasiado temprano la ciudad tiene ese aire desolado, como de película de ciencia ficción en la que los habitantes de la Tierra han desaparecido y solo quedamos unos pocos: el camarero del bar donde desayunamos, que también es un horno, y algún cliente que viene a comprar una barra de pan o a tomar café mientras pasa con lentitud dominical las páginas del periódico; y en la estación del AVE en Sevilla los pocos viajeros no parecen tener esa prisa tan molesta y contagiosa de quienes suben al tren entre semana.

Ahora he traído el cuaderno y la pluma, por si acaso, pero también me he prometido que durante estos tres días no voy a escribir, solo tomar notas, hacer fotografías y pasearme por los lugares de Madrid donde se mueven mis personajes. Tengo que visitar unos cuantos sitios, lo demás será improvisado. Hasta hace no demasiados años no me entusiasmaba Madrid, lo confieso, pero poco a poco he aprendido a disfrutar de la ciudad, a pesar del bullicio de muchas calles que, aunque no ha dejado nunca de parecerme molesto, he acabado por encontrar estimulante.

No soy capaz de recordar cuántas veces estuve o pasé por Madrid entre el otoño de 2009 y la primavera de 2010. Muchas, y creo que la última vez fue el día que cerraba la feria del libro, en el Retiro. Entonces hacía ya un par de meses que había empezado a escribir mi nueva novela, y muchas páginas las había escrito en el AVE, inclinado sobre la mesa, concentrado para ahuyentar las conversaciones molestas de la gente por los teléfonos móviles, mirando de cuando en cuando el paisaje por la ventana.

Tengo ganas de llegar a Despeñaperros. Las últimas semanas las he pasado escribiendo varios capítulos que suceden en un tren entre Madrid y Andalucía en enero de 1950, exactamente sesenta y un años antes de ahora, y al ver los riscos y el paisaje salvaje de Sierra Morena para mí es como viajar al pasado pero también al interior de las páginas de un libro que hasta ahora solo existe en mi cabeza y en mis cuadernos y que guardo como un tesoro. El que mira por la ventana no soy yo, sino cualquiera de los personajes que me ha acompañado desde la primavera y que seguirá acompañándome durante unos meses más.

Cuando falta muy poco para llegar a Madrid veo un poblado de chabolas. Me llaman la atención un todoterreno enorme y un turismo de lujo resguardados debajo de un sombrajo. Estremece el contraste. Me pregunto si dentro de alguna de esas chozas también habrá televisiones de plasma y ordenadores portátiles. Pero el AVE viaja tan rápido que el paisaje cambia enseguida. Al cabo de un momento hemos llegado a la estación de Atocha, y como soy uno de esos tipos tan raros a los que les gusta el frío, en el andén ya empiezo a sentirme más activo, con ganas de moverme o hacer cosas, como si cada minuto estuviera lleno de posibilidades ilimitadas, la misma sensación deliciosa de llegar a una ciudad que no es la tuya sin más obligaciones que lo que te apetezca hacer en cada momento.

Como es domingo, en cuanto dejamos las maletas en el hotel nos acercamos dando un paseo hasta el Rastro. Pasamos por el mercado de San Miguel, donde ya había estado una tarde hace más de un año, pero hoy apenas se puede andar porque hay demasiada gente. Se hace la boca agua con las vitrinas llenas de comida, con los olores: a calamares, a pinchos morunos, a cerveza, a vino, a pulpo, a verduras, a carne recién salida de la plancha.

En la Latina los bares tienen estufas en la calle, para que la gente pueda fumar sin pasar mucho frío. Dicen que en los comercios se han agotado estos aparatos. Están abiertas todas las tiendas en el centro, pero algunos de los museos que tengo que visitar están cerrados por obras o no abrirán hasta el martes. Por la Gran Vía, en dirección a Cibeles, el cielo está tan oscuro que la tormenta es inevitable. Y empieza a llover tanto que algunas calles aledañas, abarrotadas de gente un momento antes, ahora se han quedado vacías.

Nos acercamos al teatro para ver Los miserables, pero las únicas localidades que quedan son de visibilidad reducida. Yo soy muy comodón para estas cosas, así que prefiero no entrar. Mejor seguir paseando por la ciudad. Aunque llueva o haga frío.

Mañana será otro día.

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011

Comentarios

  1. Hola,buen paseo ,los miserables es una gran novela yo la tengo ,si puedes verla no te la pierdas, y espero que puedas visitar todo lo que necesitas ver para tu novela ,y nos lo cuentes .(mucha suerte) de veras.Un saludo Andrés

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  2. Sabes que esta es una de las cosas que más me gustan de ti, pero ahora tras leer lo que has publicado en tu blog, no veas las ganas que tengo de que esa novela este terminada para disfrutar nuevamente de tu maravillosa forma de transportarnos entre la distancia y el tiempo "no tardes"

    Rafa Rodrigo

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  3. Muy bonita la nota que has compartido de tu viaje a Madrid, Andrés.
    ¡Muchos éxitos con tu nueva novela!
    Un saludo.

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  4. Gracias por vuestros comentarios. Ya está colgada la segunda entrega del viaje...
    Abrazos,

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