Sobreabundancia

El otro día se me estropeó el ordenador portátil. Supongo que se paró, de puro agotamiento, como un caballo al que han llevado al galope durante demasiado tiempo. Los que entienden de informática me dijeron que no merecía la pena arreglarlo, así que me he pasado unas cuantas tardes recorriendo el departamento de electrónica de varios centros comerciales, o perdido en Internet mirando las diferentes características de cada modelo. Que haya tanta oferta es estupendo, sí, pero, qué quieren que les diga, como no sepas muy bien qué estás buscando es para volverse loco. Pero no pasa solo con los ordenadores. Pasa con todo. Hace unos meses, un librero me contaba que veinte años atrás su trabajo era mucho más sencillo, más cómodo. Para él y para los lectores, me decía. Se publicaban menos títulos, pero al menos cuando un cliente entraba en una librería no se mareaba, y lo que era más importante para él, el librero sabía lo que tenía. Ahora es imposible, se quejaba. Por muchas horas que le eche no puedo absorber todas las novedades que me llegan cada semana. He llegado a un punto, que salvo unos cuantos nombres, ni siquiera sé lo que tengo.

Ya digo, es estupendo que haya mucho de todo, pero a no ser que tengas muy claro lo que quieres, entrar en un centro comercial para buscar cualquier cosa resulta tan mareante como las cartas con listas interminables de comidas y nombres tan raros de muchos bares, que al final siempre acabo pidiendo lo primero que leo, más que nada para no preguntar qué lleva cada plato.

Con la ropa, tres cuartos de lo mismo. Antes ibas a buscar unas zapatillas de deporte, y como solo había cuatro o cinco modelos, le pedías al dependiente tu número, te las probabas, y andando. Ahora, entras en una macrotienda de estas y te sientes tan ignorante o tan culpable como si en tu vida hubieras hecho deporte o lo hubieras estado haciendo mal todo el tiempo. Zapatillas para jugar al tenis, para montar en bici, para andar o para correr, para trotar por el campo o para navegar, y dentro de cada modalidad, por si fuera poco, también tienes que saber si es para uso frecuente u ocasional. A poco que te descuides terminas contándole tu vida y tus secretos inconfesables al vendedor para no meter la pata y llevarte a tu casa unas botas de alpinista en lugar de unas zapatillas de las de siempre, cuando hacer footing se llamaba salir a correr y pasear por el campo, como la gente ha hecho toda la vida, aún no se había bautizado como senderismo. Y luego te quedas en tu casa mirando las zapatillas un poco mosqueado antes de ponértelas, porque el vendedor, aunque te da en la nariz que tampoco sabe muy bien de lo que te está hablando, te ha preguntado si eres pronador, supinador o neutro, y a lo mejor, para no quedar mal, has dicho lo primero que se te ha ocurrido.

¿Y el ordenador para que lo quieres? Te pregunta el vendedor, que a lo mejor todavía ni siquiera se afeita. Pues para escribir, navegar de vez en cuando por Internet. Nada del otro mundo. Vamos, que no tengo pensado hacer cálculos para mandar un cohete a Marte o cosas por el estilo. Tenemos este modelo, te explica, pero para ese precio yo me llevaría este otro, que tiene más megas, mejor procesador, y se pueden ver películas en bluray. Y tú, aunque no tengas ninguna película en el bluray ese o como se llame, te preguntas si te vas a equivocar si no le haces caso, y aunque no lo necesitas ya estás dudando si comprar el que te ha ofrecido porque a lo mejor no quieres molestar más al chaval, pero aún no acabas de decidirlo cuando pasas por delante de esos notebooks, tan pequeñitos, que ahora causan furor, y te quedas mirándolos, a pesar que siempre se te hace un poco raro cuando ves a la gente en las estaciones y en los aeropuertos mirando embobados las pantallas, como si estar desconectado de internet un par de horas fuese un pecado. Y al final, para resolver el asunto, tiras por la calle de en medio, igual que cuando ya estás harto de leer la carta de un restaurante, y señalas un ordenador casi al azar, porque quieres terminar cuanto antes. Y te vas a tu casa con una caja enorme bajo el brazo y la misma incertidumbre de cuando esperas que el camarero te traiga el plato ese tan raro.

P.S: este texto está escrito con mi ordenador nuevo, así que parece que, por el momento, he acertado...

© Andrés Pérez Domínguez, febrero de 2011

Comentarios

  1. Eres la leche Andres.
    Eres fenomenal.
    Feliz dia, Andaluz.

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  2. jajaja tienes razón hoy comprar cualquier cosa es una odisea, y nunca sabes si vas a acertar o no

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  3. Andrés, quisiera hacerle una petición para un instituto sevillano. Si tiene a bien colaborar con nosotros en la feria del libro del centro que vamos a celebrar, póngase, por favor, en contacto en la siguiente dirección:

    angelmarribas@gmail.com

    Un saludo y gracias.

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  4. Dices bien, amigo Andrés. Mucha variedad en todo, lo cual no está mal. Como sabes soy profe de electrónica. Antes abrías una radio o cualquier cosa y la reparadas. Hoy en día, se tira a la basura, o se sustituyen las dichosas tarjetas con nombres extraños. Es la sofisticación. Qué le vamos a hacer. Y qué razón lleva el librero.
    Enhorabuena por tu nuevo portátil. Un abrazo.

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  5. Hola :la verdad que es un poco fastidioso ,a mi me gusta ir.Se lo que quiero ,pero hay tanto que me pierdo,con el ordenador no mire mucho,dos o tres nada más (no queria complicarme mucho).un saludo Andrés ,me gusta mucho tú blog como lo cuentas yo no creo que sepa hacerlo como tú

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  6. Gracias por vuestros comentarios.
    Abrazos para todos,

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